Historia del Estado de los Países Bajos y de la Religión de España, Francisco Du Chesne

Obra redactada en su primera ver­sión en latín y publicada en francés en Gi­nebra, en 1558, figurando como autor Francisco Du Chesne, forma francesa que en­cubre el nombre de Francisco de Enzinas (1520-1552), escritor burgalés formado en Lovaina y discípulo de Melanchton en Wittemberg. Fue también conocido con los nombres de Dryander, que es su apellido helenizado, Van-Eick y Eichmann, de los que hizo uso para escapar a la vigilancia de la justicia. Su Historia del Estado de los Países Bajos y de la religión de España es una especie de autobiografía en la que narra cómo, disgustado del catolicismo, unió su suerte a la de los luteranos al convertirse en discípulo de Melanchton a raíz de su estancia en Wittemberg; los disgustos que le valió su traducción del Nuevo Tes­tamento, a pesar de haberlo dedicado al emperador, y la persecución de que fue objeto por parte de Carlos V a causa sobre todo de la intransigencia de Pedro de Soto, que no obstante buscaba la conversión de Enzinas y no su condenación. La obra deja adivinar el fino gusto del helenista, cuyo mayor error fue posiblemente el haber que­rido interpretar el catolicismo bajo el par­ticular punto de vista de su formación en el pensamiento griego. La abundancia de datos y la visión personal de la sociedad que frecuentó, contribuyen a prestar un mayor interés a este libro.

Historia del Emperador Carlos V, Prudencio de Sandoval

Obra del historiador español Prudencio de Sandoval (15539-1620?), autor de una Historia de los cinco reyes (v.), a la que precedió la de Carlos, publicada en 1604-1606. Fue probablemente Felipe III quien le encomendó esa historia de su abue­lo, al igual que se le encargó, nombrándole cronista (1600), la continuación de la Cró­nica general de España (v.), y trabajó rápi­damente en ella, componiendo en tres años el tomo I (1500-1528) y en dos el segundo, que comprende hasta la muerte del Empe­rador. Aquí usó mucho de las historias ya hechas, sobre todo las de Garibay y Zurita; en menor escala, las de Galíndez de Carvajal, Alonso de Santa Cruz, Gomara y Mexía. Debió también de servirse de fuentes italianas — desde luego, de Paulo Jovio — y francesas. Utilizó, en fin, en gran cantidad, documentos y relaciones de diversa índole, que con frecuencia trasladaba en su tota­lidad, explicándose por ello la extensión de la obra. En cuanto a sus calidades de historiador, además de incansable indaga­dor fue ecuánime en sus juicios, pero, como allegador de noticias, poco escrupulo­so; en su anhelo de acumular datos y de­talles, incurre en repeticiones e inexactitu­des. Su gran afición a la genealogía — que en esta obra se muestra en el extravagante intento de trazar la del Emperador nada menos que tomándola desde Adán — hubo forzosamente de familiarizarle con el am­biente habitual de esas indagaciones, en las que tanta parte se da a la fantasía. La suya era desbordante, pudiendo muy bien apreciarse cuando se cotejan sus escritos con las fuentes utilizadas, que son por él esmal­tadas de toda suerte de pormenores. Esta condición del autor, peligrosa en un histo­riador, comunica en compensación no poco atractivo a su prosa y, en conjunto, no desvaloriza su obra, que, leída con cautela, merece la estimación que le procura su abundancia de noticias.

B. Sánchez Alonso

Historia Del Emperador Carlos V, Pero Mexía

Obra del humanista y cronista es­pañol Pero Mexía (1497?-1551), cuya pri­mera obra de historiador, la Historia im­perial y cesárea (v.), le valió el nombra­miento de cronista (1548), por él deseado con vehemencia de tiempo atrás. Rehusó, no obstante, por el ya precario estado de su salud, pero el emperador no le admitió la renuncia y le autorizó para continuar residiendo en Sevilla, su ciudad natal. No estando obligado a seguir a la andariega corte, se consagró de lleno a la tarea, para la que se cree tenía ya algo hecho. Pero era poco lo que de vida le quedaba, y sólo alcanzó a terminar el libro IV y parte del V, llegando en su reseña hasta 1530. Su lejanía del teatro de los principales sucesos — que, como nota su último editor, J. de M. Carriazo, le daba mejor perspectiva para enjuiciarlos en una labor reposada—, le obli­gó a trabajar sobre documentos. El disponer de algunos sólo a él asequibles presta espe­cial valor a varias partes de la obra; su disparidad, por ejemplo, de las fuentes italianas al narrar las guerras en aquel país, indica que pudo utilizar las cartas envia­das por los generales a la corte, que de allí le eran retransmitidas. Algunas fuentes narrativas de que se sirvió han podido identificarse.

El tono de la Historia es el que corresponde a un admirador y agra­decido de Carlos, a quien él llama Máximo, poniéndolo así por encima de Carlomagno; muestra también lo fervoroso de su monarquismo y de su catolicismo. Pero no se descubre saña en su mención de los con­trarios, ni parcialidad al exponer los he­chos, que se esfuerza en relatar con exacti­tud. Como escritor es bastante apreciable, aunque faltó la última lima a la obra. Ésta, al quedar inconclusa, quedó también iné­dita, aprovechando Sandoval su manuscrito, que no ha sido publicado hasta nuestro tiempo.

B. Sánchez Alonso

Historia del Derecho Romano en la Edad Media, Friedrich Karl von Savigny

[Geschichte des römischen Rechts im Mittelalter]. Es tal vez la obra más célebre e importante de Friedrich Karl von Savigny (1779-1861), publicada en Heidelberg en seis libros entre los años 1815 y 1831. Según expresa indicación del autor, la obra se divide en dos partes. La primera, que comprende los dos primeros libros, está dedicada al estudio de la per­sistencia del Derecho romano en el mundo bárbaro, de los siglos V al XII, la cual se afirma no tanto en la enseñanza y en la práctica de la jurisprudencia como en las fuentes que revelan sus vestigios. En esta parte, tras haber perfilado las respectivas posiciones jurídicas de los romanos y ger­manos en el siglo V, Savigny sigue la evolución del Derecho romano de los nuevos estados, del reino borgoñón al franco, al visigodo, al longobardo, en Italia bajo los griegos, el Papa y el Emperador, en el es­tado de Inglaterra, etc., recogiendo y dan­do a conocer, separadamente, en un apén­dice, algunas fuentes.

La segunda parte, que se inicia con el siglo XII para extenderse hasta el XV, abarca las vicisitudes del Derecho romano bajo el aspecto de his­toria literaria, y está dedicada a la ense­ñanza científica del Derecho, que en tales épocas es el mejor medio para la transmi­sión del antiguo saber jurídico. En una parte general contenida en el libro tercero, se extiende Savigny sobre las fuentes de tal historia literaria, sobre las causas del resurgimiento de la jurisprudencia, las uni­versidades y su organización, los procedi­mientos de enseñanza del Derecho y, fi­nalmente, sobre las condiciones y los medios extrínsecos de la literatura jurídica de aquel tiempo; fabricación, comercio, valor de los libros, bibliotecas, vida de los pro­fesores y de los alumnos. En los libros si­guientes son estudiados individualmente los diversos doctores, en su vida y en sus obras, hasta Accursio y la escuela de la «Glosa», y después, a medida que el número de maestros aumenta, los trata por grupos o tendencias. Es una reseña imponente de juristas que empieza por Irnerio, culmina en Accursio, pasa por Bartolo y Baldo y, cabe decir, termina con Giasone del Maino, cuando al afirmarse el espíritu humanista y, en parte, por efecto de la invención de la imprenta, se ve surgir una nueva escuela en la que la filología y el amor al texto se acoplan con la exposición y el comenta­rio del Derecho.

A. Amorth

Historia del Descubrimiento y Conquista Portuguesa de la India, Fernao Lopes de Castanheda

[Historia do descobrimento e conquista da India pelos Portugueses]. Obra de Fernao Lopes de Castanheda (hacia 1500-1559), en diez libros. El primero se publicó en Coimbra en 1551 (reimpreso en Lisboa con adi­ciones en 1554); el segundo y el tercero, en 1552; el cuarto y el quinto, en 1553; el sexto y el séptimo, en 1554, y finalmente el octavo fue publicado póstumo por los hijos del autor en 1561; el noveno y el dé­cimo no se publicaron hasta 1833. Cas­tanheda residió largo tiempo en los países que constituyen el ambiente geográfico de su historia, y se alaba de ello. Todo el que se proponga escribir la historia de un país, dice a su lector, «debe efectuar las investigaciones que yo he llevado a cabo y ver, como yo he visto, el país de que ha de hablar». El autor, en efecto, recorrió el país durante diez años (1528-38) en busca de documentos e inscripciones que habían de servir para su historia, y recogió los testimonios directos de todos cuantos to­maron parte en la conquista y tuvieron in­tervención importante en el gobierno. Este escrúpulo confiere gran autoridad a la obra que a menudo conserva el color y el sabor de lo que vio su autor. Los cuarenta años que abarca esta historia están reconstruidos con minuciosa y, con frecuencia, fastidiosa exactitud, y todos los acontecimientos prin­cipales hallan su lugar en la obra. El inte­rés decrece a medida que el autor pasa a hablar de sus contemporáneos y quizás el descontento suscitado por el libro séptimo, que se resuelve en una crónica de minucias administrativas, sugirió el propósito de sus­pender la publicación del libro octavo, que llega hasta 1538. Los libros IX y X contie­nen juicios harto realistas acerca de hom­bres contemporáneos, y los interesados pri­mero y sus descendientes más tarde, obtu­vieron de la Corona el veto a su publica­ción. Castanheda no es un estilista y su mérito mayor reside en su imparcialidad. Esta historia fue traducida a varias lenguas.

A. R. Ferrarin