Johann Joachim Becher

Nacido en Spira en 1635 y m. en Londres en 1682. Mineralo­gista y químico de amplios conocimientos, vivió una existencia agitada, y si unas veces disfrutó del favor de los príncipes, otras, en cambio, se vio atacado por los numerosos enemigos que su carácter duro y vanidoso le atrajera.

Huérfano de padre todavía joven, pudo, sin embargo, continuar sus estudios actuando como repetidor. Ad­quirió una extensa cultura científica y ad­ministrativa, y fue asesor de industrias y empresas comerciales, profesor en Magun­cia, médico del elector de Baviera en Mu­nich y consejero áulico del emperador en Viena.

En Haarlem, una de las últimas ciu­dades en las que residió antes de marchar a Londres, ideó una máquina para el tra­bajo de la seda. En Francfort publicó las obras principales de las muchas que escribiera: Física subterránea (v.) y Discurso político en torno a las verdaderas causas de la prosperidad y la decadencia de las ciu­dades… (v.).

Se interesó incluso por una nueva escritura universal, y trató — aun en verso — cuestiones de medicina. Después de Boyle, y ya como precursor de Stahl, fue uno de los primeros que poseyeron una idea científica de la química, netamente dis­tinta de la de los alquimistas.

Así, en la obra citada trata de explicar la combustión admitiendo que los metales se componen de una sustancia terrosa común a todos ellos, de un mismo principio combustible, de una materia especial variable de un me­tal a otro y de la «sustancia mercurial»; calentando con intensidad tales cuerpos esta última desaparece, y queda únicamente la «base metálica».

Se trata, como fácilmente puede verse, de una teoría que anuncia la del «flogisto», debida a Stahl (v. Ensayo becheriano).

U. Forti

Beda el Venerable

Nació en 672-73 en Wearmouth y m. en 735. Debido a la gran fama que rodeaba su nombre, la Edad Me­dia le conoció, ya desde el siglo IX, con el calificativo de «Venerable», que se daba solamente a los abades.

Había nacido en la parte de Northumbria, donde Benedicto Biscop fundaba por este tiempo los monasterios de Wearmouth (674) y Yarrow (681- 82). Huérfano muy pronto, pasó en ellos su infancia y juventud, discípulo al principio del mismo Benedicto y luego del abad Ceolfrido.

A los diecinueve años era diácono y a los treinta sacerdote. Fijada definitiva­mente su residencia en Yarrow, vivió allí el resto de sus días, dedicado al estudio y a la enseñanza o bien escribiendo, como él mismo dice en una expresión que resume toda su existencia: «semper aut discere aut docere aut scribere dulce habui».

Su pro­ducción literaria, aun sin distinguirse por una gran originalidad, resultó nada común, y estuvo al servicio de la Iglesia, de la escuela, de aquella cultura que los anglo­sajones apreciaban casi tanto como su mis­ma fe y de la cual había de ser Beda uno de los mayores representantes.

Llevó a cabo personalmente un sinfín de actividades: in­vestigaciones, transcripciones y análisis de documentos, reconstitución de fuentes y or­ganización de programas de enseñanza. En tal labor múltiple demostró con frecuencia una seriedad y una objetividad que le apro­ximan a la concepción y a la metodología modernas.

Tuvo gran número de sabios dis­cípulos, muchos de los cuales ocuparon lue­go elevados cargos: así, Hvaethberto y Cuthberto, que fueron, después de Ceolfrido, abades del monasterio donde vivía su maes­tro; Nothelmo, posteriormente arzobispo de Canterbury, y otros. Consultábales frecuen­temente para dar a sus investigaciones una mayor amplitud y una documentación más abundante, y a ellos dedicó varios de sus textos.

Sus colaboradores más próximos fue­ron Acca y Albino. La obra más impor­tante de Beda es la Historia eclesiástica de los anglos (v.), en la que trabajó hasta el fin de sus días y a la cual debe su catego­ría de padre de la Historia anglosajona. An­tes de morir quiso traducir a la lengua de su pueblo el Evangelio de San Juan; pero no llegó más allá del capítulo sexto.

Tanto por la amplitud de su erudición y de su obra, que abarca desde la historia (v. Cró­nica anglosajona) hasta la ciencia (v. Divi­sión del tiempo y De la naturaleza de las cosas, etc.), Beda ocupa un lugar destacado en la cultura de la alta Edad Media.

Si bien no aportó nada nuevo al pensamiento contemporáneo, su saber, fruto del de las generaciones precedentes y alimentado so­bre todo por el patrimonio de los Santos Padres, formó a su vez y durante varios siglos a generaciones enteras; y ello, indu­dablemente, no deja de ser una manera de servir a la civilización.

E. Franceschini

Gustavo Adolfo Bécquer

Poeta y es­critor español. N. en Sevilla el 17 de fe­brero de 1836 y m. en Madrid el 22 de di­ciembre de 1870. Era hijo del pintor José Domínguez Isausti Bécquer y de su esposa Joa­quina Bastida y Vargas.

Desde sus princi­pios literarios, nuestro autor usó el ape­llido Bécquer, que correspondía a uno de los antepasados de su padre y que le pare­ció más en consonancia con sus ensueños literarios románticos y nórdicos.

Quedó huérfano a los nueve años y fue recogido junto con su hermano Valeriano por su tío Juan Vargas; pero fue su madrina Ma­nuela Monahay, mujer que gozaba de cier­ta posición, quien cuidó de sus estudios e hizo ingresar a Gustavo Adolfo en el Cole­gio de San Telmo para que se preparase para la Escuela Náutica.

No obstante, se dio la circunstancia de que a los tres años, el Colegio de San Telmo cerró sus puertas, y como no era el mar lo que realmente le atraía, Gustavo Adolfo se dio apasionada­mente a la lectura en la bien surtida biblio­teca de su madrina.

A los 14 años, al tiem­po que se embebía con toda clase de libros, probó el camino de la pintura, para lo cual entró en el taller de Antonio Cabral Beja- rano, y más tarde en el de su tío Joaquín, que al igual que su padre era pintor.

Mien­tras que Valeriano encontraba su camino en la pintura, Gustavo Adolfo la abando­naba para estudiar música sin gran pro­vecho; finalmente se decidió por la lite­ratura, que era su gran pasión desde la niñez.

En 1854, los hermanos Bécquer se trasladaron a Madrid en pos de la gloria y en busca de más amplios horizontes. Disponían de escasos recursos económicos y bien pron­to conocieron las estrecheces que les acom­pañarían de por vida.

A fin de proporcio­narse unos ingresos, por modestos que fue­ran, Gustavo Adolfo pidió y obtuvo un empleo administrativo en la Dirección de Bienes Nacionales, de donde sacaba un suel­do exiguo, que para colmo de males pron­to perdió al ser sorprendido por su jefe escribiendo versos en la oficina, lo cual le costó el cese.

A poco, le fue confiada la dirección de El Mundo, publicación de vida efímera, de la que pasó a formar parte de la redacción de El Porvenir, empleo que dejó para fundar, con algunos amigos, la revista España artística y literaria, también de corta vida.

En 1856, con alguna mejor fortuna, Bécquer escribió algunas obras de teatro en colaboración con Luis García Luna, que fueron estrenadas bajo el nombre de su colaborador. En 1857, con Juan de la Puer­ta, publicó el primer volumen de la Histo­ria de los templos de España, para cuya composición visitó Soria, Ávila y Toledo, y que después no continuó, dejándola incon­clusa.

En 1858 se enamoró apasionadamente de Julia Espín, hija de un profesor del Con­servatorio, a la que dedicó algunas de sus más inspiradas poesías. Aquel amor se vio truncado por la aparición de la enfermedad que llevaría al sepulcro al poeta: la tuber­culosis.

A instancias de su hermano, aban­donó Madrid y fue a reponerse al Monas­terio de Veruela, en la sierra de Moncayo, desdé donde envió a El Contemporáneo ver­sos, leyendas y numerosos artículos, entre los que figuraban sus famosas Cartas desde mi celda.

Vuelto a Madrid, nuestro autor se enamoró y casó con Casta Esteban Na­varro, hija del médico que le había cuidado en la época aguda de su enfermedad, la cual le dio tres hijos: Gregorio Gustavo Adolfo, Jorge y Emilio Eusebio.

En 1864, Bécquer fue nombrado «fiscal de novelas» o censor, car­go que le permitió cierta estabilidad eco­nómica siempre dentro de las estrecheces que presidieron su vida, pero que tampoco debía durar por cuanto la revolución de 1868 lo dejó sin empleo.

Este cese, agravado por el hecho de que Gustavo Adolfo llevara a su hermano a vivir en su casa, fue causa de desavenencias conyugales que culmina­ron con el abandono del hogar por parte de su esposa, la cual no regresó hasta la muerte de Valeriano, ocurrida en 1870.

Pa­rece ser que volvió a reinar la armonía en el matrimonio, pero por poco tiempo, ya que a fines de aquel mismo año moría Gus­tavo Adolfo, mientras preparaba la edición de sus obras completas. Pueden éstas, apar­te de numerosos artículos, críticas, impre­siones de viaje y un prólogo a un libro de poesías de Augusto Ferrán, dividirse en Rimas (v.), Leyendas (v.) y Cartas, amén de las obras teatrales y la inconclusa His­toria de los templos de España, ya citadas.

En 1872, y posteriormente en 1898, gracias al cuidado de sus amigos Ramón Rodríguez Correa, que compuso el prólogo; Augusto Ferrán, a quien puede considerarse su dis­cípulo, Nombela y Campillo, aparecieron dichas Obras completas (1872 y 1898, 1911 y 1949) que muy pronto alcanzaron cierta popularidad.

Hoy nadie discute te influen­cia de Heinrich Heine en la poesía de Bécquer; éste conocía la obra del alemán a través de las traducciones e imitaciones de Eulo­gio Florentino Sanz. Pero la personalidad de nuestro poeta se impone.

En el cuadro del romanticismo español, retórico y for­mulista en Núñez de Arce, frío y prosaico en Campoamor, las Rimas de Bécquer constituyen un admirable ejemplo de esencialidad y de contención. El motivo dominante es el amor, soñado o vivido en el deseo, suspirado en voz baja como un secreto entre dos, fruto agri­dulce de una inspiración viril y casta a la vez.

El verso tiene calidades de música sua­ve, de inefables aromas, de delicadas nieblas. Dentro de los modos románticos, las Rimas son poesía pura y hacen presentir la expre­sión esencial de Juan Ramón Jiménez, el poeta que descubrió y reveló a Bécquer, cuya influencia posterior en la lírica espa­ñola, a través de los poetas de la generación de la Dictadura, fue considerable, decisiva.

En prosa, Bécquer sigue siendo poeta. En sus Le­yendas se combinan las más delicadas fan­tasías con páginas descriptivas y coloreadas de gran pintor; en este aspecto, Bécquer ha sido comparado con Hoffmann y aun con Ner­val o Gautier.

La fama de Bécquer durante su breve vida fue modestísima; hoy, en cambio, se le considera como el más alto y puro representante del romanticismo español.

Henry Becque

Nació el 28 de abril de 1837 en París, donde murió el 12 del mismo mes de 1899. Hijo de una familia humilde, rea­lizó estudios mediocres y desempeñó du­rante su juventud modestos empleos: en 1854 y 1855 trabajó en la Compañía de los Fe­rrocarriles del Norte, y en 1860 fue auxiliar de la Gran Cancillería.

Luego vivió de lec­ciones particulares. En el teatro hay que buscar su pasión principal. Inició esta actividad en 1867 con el melodrama Sardana palé, al que puso música su compañero de vida bohemia Victorin Jonciéres.

El mismo año estrena, con el auxilio de Victorien Sardón y un éxito discreto, su comedia cómica L’Enfant Prodigue. Mayores ambiciones se dan en el drama social Michel Pauper, que Becque hizo estrenar por su cuenta en 1870 y resultó muy discutido.

El autor luchó en la guerra iniciada aquel mismo año; luego, en septiembre de 1871, presentó L’Enlèvement, con un rotundo fracaso. Des­animado, abandonó el teatro, se hizo agen­te de Bolsa y conoció una desgraciada ex­periencia.

Volvió al cultivo de su pasión cuando el periódico Le Peuple le ofreció la crítica dramática (1876). Anteriormente, en un año de apasionada labor (1875) ha­bía compuesto Los cuervos (v.). Sin em­bargo, es más feliz en las comedias breves, cual las dos concisas obras maestras La na­vette (1878) y Les honnêtes femmes (1880).

Finalmente, Los cuervos llegó a la «Co­médie Française» (1882), y su éxito, aun cuando discutido, no dejó de ser significa­tivo; el texto en cuestión pertenecía sin duda a un maestro, y así, los jóvenes del «Théâtre Libre», fundado en 1887, aplau­dieron a Becque En 1883 escribe La parisiense (v.), representada en «La Renaissance» dos años después; se trata de una obra grata al público, pero maltratada por la crítica, que habría de contribuir a su fracaso cuan­do en 1890 llegara a la «Comédie Fran­çaise».

Sin embargo, el éxito de la come­dia en el «Vaudeville» (1893) constituyó su consagración segura como obra maestra. La desdeñosa conciencia de su valor y la amar­ga aspereza que ocultaba su profunda bon­dad enajenaron a Becque las simpatías de mu­chos e hicieron más dura su ininterrumpida batalla contra los críticos y los adversarios.

Verdadero solaz para el autor fue el home­naje que en 1893 le tributaron en Milán el público y los autores italianos. Andando el tiempo, llegó a verse más apreciado en su patria, lo cual, empero, no mejoró su estado: sobre el escritor pesaban las difi­cultades económicas, la soledad que siguió a la muerte de su madre, y también, posi­blemente, una menor facilidad para el tra­bajo.

Compuso todavía ensayos, discursos literarios reunidos en varios tomos, y al­gunas breves comedias, como Le départ y Veuve! (en esta última reaparece la figura de Clotilde, «la parisiense»); no obstante, de Les Polichinelles, ambicioso proyecto que debía recoger sus experiencias del mundo de los negocios y en la que trabajó años enteros, no se encontraron más que algu­nos fragmentos a la muerte del autor.

V. Lugli

William Beckford

Nació en Fonthill Gifford el 29 de septiembre de 1760 y m. en Bath el 2 de mayo de 1844. Su padre, Wil­liam Beckford, lord mayor (alcalde) de Londres y representante de esta ciudad en el Par­lamento, poseía inmensas propiedades en Jamaica y las Indias Occidentales; la ma­dre, María Hamilton, era sobrina del conde de Abercorn.

Educado privadamente, cre­ció autoritario y vanidoso. En el verano de 1777 fue enviado a Ginebra, a casa de su tío materno; allí permaneció casi un año y siguió algunos cursos universitarios. Duran­te este tiempo leyó a los poetas italianos e inició también el estudio del español y del portugués. En Ferney conoció a Voltaire.

En 1779 viajó por Inglaterra, y en 1780 publicó su primera obra: Memorias biográficas de pintores extraordinarios [Biograiphical Memoirs of Extraordinary Painters], colección de vidas burlescas de per­sonajes imaginarios con que pretendió sati­rizar los métodos propios de las biografías contemporáneas de artistas.

En 1780-81 rea­lizó el primero de una larga serie de viajes por el continente, y visitó París, Venecia, Lucca, Florencia, Roma y Nápoles, donde conoció a lady Hamilton (a la que no debe confundirse con la más célebre Emma).

La conmemoración de su vigesimoprimer ani­versario, que tuvo lugar en 1781 en Font­hill, dio origen a los primeros escándalos debidos a las extrañas tendencias sexuales de Beckford En 1782 volvió a Italia, y un año des­pués retiró él mismo, apenas publicada, su segunda obra: Sueños, pensamientos del despertar e incidentes (v.).

El 5 de mayo de 1783      se casó con lady Margaret Gordon, hija del conde de Aboyne, de la cual tuvo dos niñas. Entre 1784 y 1794 fue el represen­tante de Wells en la Cámara de los Comu­nes; en cambio, no vio satisfechas sus vivas pretensiones al título de lord.

A fines de 1784, y cuando el citado anhelo estaba a punto de verse convertido en realidad, es­talló un nuevo escándalo que le indujo a retirarse a la población suiza de Vevey, junto al lago de Ginebra, donde el 23 de mayo de 1786 murió lady Margaret.

Casi al mismo tiempo, y contrariamente a las dis­posiciones de Beckford, que deseaba retardar su aparición, se publicaba en Londres la tra­ducción inglesa de Vatek (v.), llevada a cabo por Samuel Henley, pero revisada por el autor.

El texto francés original, carente, empero, de los Episodios (aparecidos con carácter póstumo en 1909-10), veía la luz el siguiente año en dos ediciones: una de Lausana y la otra de París, la última de ellas después de una revisión.

Desde 1786 a 1796, Beckford, esquivado por sus compatriotas, vivió en el continente: en Francia, España y Portugal. Al volver en 1796 a su patria publicó dos novelas: Arabella Bloomville (o, más exactamente, Modern Novel Writing, or the Elegant Enthusiast, and Interesting Emotions of A. Beckford, a Rhapsodical Ro­mance) y Azemia, parodias de las narracio­nes de su hermanastra Mrs. Elizabeth Hery.

Durante veinticinco años vivió casi continuamente en Fonthill, donde hospedó 1784 a Nelson en diciembre de 1800, con una mag­nificencia más que principesca, y prodigó sus riquezas en la construcción de Fonthill Abbey; esta obra, cuya construcción duró muchos años, no se hallaba todavía completamente terminada cuando en 1822, a consecuencia de algunos reveses financie­ros, Beckford vióse obligado a venderla y se retiró a Bath.

Las producciones más importantes de su última época son: Italy, Spain and Portugal, colección de cartas de viaje pu­blicada en 1834, y Relaciones de una excur­sión a los monasterios de Alcobaça y Butalha [Recollections of an Excursion to the Monasteries of Alcobaça and Butalha, 1835]. The Vision y Liber veritatis aparecieron con carácter póstumo en 1930.

B. Cellini