Henry Becque

Nació el 28 de abril de 1837 en París, donde murió el 12 del mismo mes de 1899. Hijo de una familia humilde, rea­lizó estudios mediocres y desempeñó du­rante su juventud modestos empleos: en 1854 y 1855 trabajó en la Compañía de los Fe­rrocarriles del Norte, y en 1860 fue auxiliar de la Gran Cancillería.

Luego vivió de lec­ciones particulares. En el teatro hay que buscar su pasión principal. Inició esta actividad en 1867 con el melodrama Sardana palé, al que puso música su compañero de vida bohemia Victorin Jonciéres.

El mismo año estrena, con el auxilio de Victorien Sardón y un éxito discreto, su comedia cómica L’Enfant Prodigue. Mayores ambiciones se dan en el drama social Michel Pauper, que Becque hizo estrenar por su cuenta en 1870 y resultó muy discutido.

El autor luchó en la guerra iniciada aquel mismo año; luego, en septiembre de 1871, presentó L’Enlèvement, con un rotundo fracaso. Des­animado, abandonó el teatro, se hizo agen­te de Bolsa y conoció una desgraciada ex­periencia.

Volvió al cultivo de su pasión cuando el periódico Le Peuple le ofreció la crítica dramática (1876). Anteriormente, en un año de apasionada labor (1875) ha­bía compuesto Los cuervos (v.). Sin em­bargo, es más feliz en las comedias breves, cual las dos concisas obras maestras La na­vette (1878) y Les honnêtes femmes (1880).

Finalmente, Los cuervos llegó a la «Co­médie Française» (1882), y su éxito, aun cuando discutido, no dejó de ser significa­tivo; el texto en cuestión pertenecía sin duda a un maestro, y así, los jóvenes del «Théâtre Libre», fundado en 1887, aplau­dieron a Becque En 1883 escribe La parisiense (v.), representada en «La Renaissance» dos años después; se trata de una obra grata al público, pero maltratada por la crítica, que habría de contribuir a su fracaso cuan­do en 1890 llegara a la «Comédie Fran­çaise».

Sin embargo, el éxito de la come­dia en el «Vaudeville» (1893) constituyó su consagración segura como obra maestra. La desdeñosa conciencia de su valor y la amar­ga aspereza que ocultaba su profunda bon­dad enajenaron a Becque las simpatías de mu­chos e hicieron más dura su ininterrumpida batalla contra los críticos y los adversarios.

Verdadero solaz para el autor fue el home­naje que en 1893 le tributaron en Milán el público y los autores italianos. Andando el tiempo, llegó a verse más apreciado en su patria, lo cual, empero, no mejoró su estado: sobre el escritor pesaban las difi­cultades económicas, la soledad que siguió a la muerte de su madre, y también, posi­blemente, una menor facilidad para el tra­bajo.

Compuso todavía ensayos, discursos literarios reunidos en varios tomos, y al­gunas breves comedias, como Le départ y Veuve! (en esta última reaparece la figura de Clotilde, «la parisiense»); no obstante, de Les Polichinelles, ambicioso proyecto que debía recoger sus experiencias del mundo de los negocios y en la que trabajó años enteros, no se encontraron más que algu­nos fragmentos a la muerte del autor.

V. Lugli