Beda el Venerable

Nació en 672-73 en Wearmouth y m. en 735. Debido a la gran fama que rodeaba su nombre, la Edad Me­dia le conoció, ya desde el siglo IX, con el calificativo de «Venerable», que se daba solamente a los abades.

Había nacido en la parte de Northumbria, donde Benedicto Biscop fundaba por este tiempo los monasterios de Wearmouth (674) y Yarrow (681- 82). Huérfano muy pronto, pasó en ellos su infancia y juventud, discípulo al principio del mismo Benedicto y luego del abad Ceolfrido.

A los diecinueve años era diácono y a los treinta sacerdote. Fijada definitiva­mente su residencia en Yarrow, vivió allí el resto de sus días, dedicado al estudio y a la enseñanza o bien escribiendo, como él mismo dice en una expresión que resume toda su existencia: «semper aut discere aut docere aut scribere dulce habui».

Su pro­ducción literaria, aun sin distinguirse por una gran originalidad, resultó nada común, y estuvo al servicio de la Iglesia, de la escuela, de aquella cultura que los anglo­sajones apreciaban casi tanto como su mis­ma fe y de la cual había de ser Beda uno de los mayores representantes.

Llevó a cabo personalmente un sinfín de actividades: in­vestigaciones, transcripciones y análisis de documentos, reconstitución de fuentes y or­ganización de programas de enseñanza. En tal labor múltiple demostró con frecuencia una seriedad y una objetividad que le apro­ximan a la concepción y a la metodología modernas.

Tuvo gran número de sabios dis­cípulos, muchos de los cuales ocuparon lue­go elevados cargos: así, Hvaethberto y Cuthberto, que fueron, después de Ceolfrido, abades del monasterio donde vivía su maes­tro; Nothelmo, posteriormente arzobispo de Canterbury, y otros. Consultábales frecuen­temente para dar a sus investigaciones una mayor amplitud y una documentación más abundante, y a ellos dedicó varios de sus textos.

Sus colaboradores más próximos fue­ron Acca y Albino. La obra más impor­tante de Beda es la Historia eclesiástica de los anglos (v.), en la que trabajó hasta el fin de sus días y a la cual debe su catego­ría de padre de la Historia anglosajona. An­tes de morir quiso traducir a la lengua de su pueblo el Evangelio de San Juan; pero no llegó más allá del capítulo sexto.

Tanto por la amplitud de su erudición y de su obra, que abarca desde la historia (v. Cró­nica anglosajona) hasta la ciencia (v. Divi­sión del tiempo y De la naturaleza de las cosas, etc.), Beda ocupa un lugar destacado en la cultura de la alta Edad Media.

Si bien no aportó nada nuevo al pensamiento contemporáneo, su saber, fruto del de las generaciones precedentes y alimentado so­bre todo por el patrimonio de los Santos Padres, formó a su vez y durante varios siglos a generaciones enteras; y ello, indu­dablemente, no deja de ser una manera de servir a la civilización.

E. Franceschini