Hombre, Vladimir Vladimirovič Majakovskij

[Čelovek]. Pequeño poema fu­turista del escritor ruso Vladimir Vladimirovič Majakovskij (1894-1930), máximo exponente del futurismo comunista ruso, publicado en 1917. Hombre es una especie de «saga» fantástica del propio autor. « ¿Cómo podría no cantarme a mí mismo, si yo soy un verdadero milagro / si cada movimiento mío es un inmenso, inexplicable prodigio?». Después de haber hablado largamente de las maravillas del hombre, Majakovskij narra en la «Vida» su nacimiento, cuando «ante su grito se alzó atemorizada desde su gua­rida la tropa de los banqueros y potenta­dos»; después, en las «Pasiones», su mujer le abandona para huir con un ricachón. En este punto, Majakovskij se siente poeta y santo y canta su propia «ascensión», que tiene lugar en una farmacia donde se había dirigido para comprar veneno: «Ensalzáis ahora al nuevo demonio que va vestido con chaqueta deportiva y zapatos amarillos».

En «Majakovskij en el cielo» vemos al paraíso solazado por la música de Verdi, en donde muchos amigos se encuentran y entre otras cosas se distinguen los esbozos de los pri­meros animales. Pero también en el paraíso está la angustia al acecho: el poeta vuel­ve a la tierra. («Majakovskij vuelve») y es tomado por un enjalbegador que ha caído del techo. « ¡Silencio, filósofos! Yo existo, no lo discutáis, porque me fue dada la fuente de la vida. Para arrancar, para tirar las hojas del calendario». «Majakovskij a los siglos» grita su desesperación y predice lo que se dirá de él: «Aquél que se quitó la vida junto a la puerta de su amada». Catorce años después de haber escrito Hom­bre, el poeta se vio angustiado por un amor infeliz. Su poesía adopta el estilo y el len­guaje cotidiano, desdeñando la lírica y la belleza que considera «prejuicios burgue­ses». Majakovskij representa el materialis­mo revolucionario violento e iconoclasta; y en la ingenua sinceridad con que adopta su posición reside la poesía de su obra.

G. Kraisky

Holbergiana, Niels-Wilhelm Gade

«Suite» para orquesta del músico danés Niels-Wilhelm Gade (1817-1890), compuesta, como la Holberg-Suite de Grieg, para el segundo centenario del naci­miento de Ludvig Holberg (1884) y con la intención de reflejar en los distintos tiem­pos de la obra la múltiple personalidad del escritor escandinavo: moralista, satírico, cómico, narrador fantástico. Los tiempos son cuatro: «Moderato», «Tempo di minuetto», «Allegro scherzoso», «Andantino-Allegro festoso». En conjunto, la Holbergiana es una obra de circunstancias, si bien se ma­nifiestan en ella las cualidades melódicas y la vena popular que resaltan con mayor vi­gor en las Sinfonías (v.) del mismo autor. En el segundo tiempo se introduce un vivaz «fugato» que quiere describir la brillante animación de la vieja comedia danesa, y aparece una antigua melodía popular. Aquí y allá aletea también en la obra un senti­miento de piedad conmemorativa.

F. Fano

Hojoki, Kamo-no-Chomei

[Recuerdos de un «jó» cuadrado]. Obra de la literatura japonesa antigua, debida a Kamo-no-Chomei (1154-1216). «Jó» es una medida de longitud equivalente, en la actualidad, a 3,03 metros, y un «jó» cuadrado era la medida tradicional de las celdas de los monjes budistas, de modo que Hojoki significa: Recuerdos de mi celda de ermitaño. El autor, hijo de un «negi», (su­perior de un templo shintoísta) de uno de los templos de Kamo, pueblecito situado a poca distancia de Kyoto, habiendo quedado huérfano en edad muy tierna y luego intro­ducido en la Corte imperial por su abuela paterna, abandonó el mundo en 1206 des­pués de una decisión repentina para abrazar la religión budista. Todas las tradiciones están de acuerdo en afirmar que la causa de su conversión fue la desilusión sufrida por no haber podido suceder a su padre en el cargo que éste ocupaba en Kamo, pero es lícito suponer que en su profundo disgusto de la vida pesaron también otros mo­tivos. Afeitóse, pues, la cabeza como re­quería el uso de su religión, y tomando el nombre de Ren-in (Semilla de Loto), se retiró a la soledad de los montes cercanos a Kyoto y allí, en una choza de ermitaño construida por él mismo, compuso el Hojo­ki, cuyo final lleva la fecha de la tercera luna del segundo año de la era «kenryaku» (2 de mayo de 1212).

El Hojoki es una obra brevísima (en las ediciones impresas el tex­to ocupa apenas 30-40 páginas), dividida en capítulos y, substancialmente, una obra filo­sófica de acusada inspiración budista. El au­tor, ya desde el exordio, pone en evidencia la brevedad de los destinos humanos y la inconsistencia de nuestra vida, continua­mente minada por peligros, como ejemplos de los cuales cita y describe cinco aconte­cimientos, históricamente verdaderos, de los cuales fue testimonio ocular: el incendio que devastó Kyoto en 1177, el ciclón que asoló la ciudad en 1180, el traslado de la capital desde Kyoto a Fukuwara, ocurrido aquel mismo año por voluntad de Taira-no- Kiyomori (1118-1181), la carestía y la peste del 1181, y finalmente, el terremoto de 1185. Con esta primera parte contrasta la segunda, mucho más interesante, en la cual Chomei describe su vivienda de solitario, la existencia que en ella lleva y los pensa­mientos que llenan su mente, únicos com­pañeros de su soledad y alivio de su espí­ritu atormentado por los recuerdos de un pasado ya lejano y lleno de amarguras y des­ilusiones.

Auténtico documento de psicolo­gía humana, en el cual el autor pone al desnudo su corazón y lo describe con mano hábil de artista por medio de delicadísimas pinceladas; el Hojoki es un libro lleno de vida y fuerza emotiva, escrito en un estilo sencillo y claro que ha ejercido una ver­dadera fascinación sobre los lectores japo­neses de todas las épocas y ha tenido tam­bién influencia sobre la producción posterior. Traducido muchas veces a idiomas euro­peos, lo ha sido al italiano por M. Muccioli (Hojoki, de Kamo-no-Chomei, Lanciano, 1930) y por R. Vingiani (El Hojoki de Kamo-no-Chomei en los «Anales del R. Inst. Oriental de Nápoles», 1932).

M. Muccioli

Hojas de Otoño, José Antonio Soffia

Recopilación de poe­sías líricas del poeta chileno José Antonio Soffia (1843-86), aparecida en Santiago de Chile en 1878. El autor había publicado ya un volumen de Poesías Líricas (1875), y coronó su carrera literaria con Poemas y poesías (Londres, 1885), especie de antolo­gía general de su obra poética con cantos nuevos producidos después de los otros libros que ya se han citado. Aun cuando el título de aquella obra es traducción literal de Feuilles d’automne, de Víctor Hugo (1831), no se puede decir de Soffia que imite al poeta francés. Lo tradujo en diversas opor­tunidades, y en compañía del ilustre escritor colombiano José Rivas Groot preparó una amplia recopilación de las versiones que hasta entonces se conocían, libro que vino a salir sólo después de sus días con el título de Víctor Hugo en América (1889). Soffia fue uno de los más inspirados poetas del amor, del hogar, de la patria, y aplicó no pocas veces sus fuerzas en composiciones ligeras, río todas recogidas y que se conser­van en la tradición oral de su patria y de Colombia, en cuya capital, Bogotá, falleció siendo ministro diplomático de Chile. Hojas de otoño le muestran en plena madurez lí­rica, y algunas de sus composiciones siguen siendo aprendidas y recitadas en el país natal del autor, así como en otras naciones americanas. La Biblioteca de Escritores de Chile publicó una antología general de la obra de José Antonio Soffia con el título de Poemas y Poesías (1950), en la cual se in­cluyen fragmentos que fueron conocidos sólo como póstumos.

R. Silva Castro

Hojas para el Arte, A. Klein

[Blätter für die Kunst]. Cuadernos de anotaciones, artículos y versos publicados por A. Klein, ilustrados por Melchior Leichter y revisados por Ste­fan George (1868-1935), quien los impregnó tan profundamente de su espíritu, que se pueden considerar obra suya. Se publicaron desde 1890 en adelante de cara a un pe­queño grupo de iniciados, casi todos cola­boradores, y siguieron saliendo esporádica­mente hasta 1914 para un público cada vez más numeroso. Cada seis años el editor Bondi publicó una colección seleccionada, empezando por 1898. Aunque recuerdan las cuartillas del Athenaeum (v.) de los protorománticos, el parecido, sin embargo, es sólo exterior. También el movimiento geor­giano se dirige contra los nuevos «filisteos» alemanes, la vulgar multitud plebeya («Pöbel»), contra el mundo bismarckiano pesa­damente militarista, contra el segundo Im­perio, ebrio de victoria y de materialismo y contra el escepticismo naturalista, que ya no sabe respirar en los cristalinos aires del arte y de la filosofía; pero, sin remontarse expre­samente al mundo de la Antigüedad, estos cuadernos asumieron un tono antirromántico.

La «Geistige Kunts» (escrita así, en mayúsculas), es decir, el arte espiritual, que recibe su bautismo en estas hojas, se puede hacer derivar del arte por el arte de los franceses, que en efecto tuvieron una gran influencia sobre el joven George durante su estancia en París, aunque no se formula en una estética abstracta, basada en la dis­tinción de lo hermoso y de lo feo, sino que se indentifica con el artista, que tiene que alcanzar aquel grado de elevación de vida que «se llama arte… y produce arte», con el poeta que vuelve a nacer, de siglo en siglo, tomando de su tiempo solamente los estímulos necesarios para su creación, des­cartando en la realidad bruta todo lo que representa un peso para su vuelo, y elabo­rando el fino material que ha quedado, has­ta hacer de él el «íntimo y profundo len­guaje del alma». Poeta no es por lo tanto quien describe, sino quien sabe «volver a encender y evocar las cosas con la ayuda de la palabra esencial», que encarna la di­vina poesía. La palabra asume de esta ma­nera un significado litúrgico, mágico y, al mismo tiempo, metafísico, y pierde su sen­tido cotidiano para tomar nuevamente el de Verbo: belleza hecha sonido. Se forma a través de estas hojas la nueva cultura, producida por los espíritus «arquetipos que manifiestan su ritmo vital», siendo la expre­sión literaria del «Kreis», es decir, del cír­culo de los discípulos que acompañan al maestro, como un coro.

El sentido coral es dado por una única ley que a todos los une, manifestada por el Ángel de los «Preludios» del Tapiz de la vida (v.), casi regla con­ventual, que tiene su importancia incluso en la ortografía, sin letras mayúsculas ni signos de puntuación. Recibieron en estas Hojas su bautismo de poetas o filósofos Hofmannsthal, que publica en ellas su Muerte de Tiziano (v.) y sus poesías más significa­tivas, Max DautjDendey, Klages y muchos otros, algunos de los cuales ya han sido olvidados por haber muerto demasiado jó­venes o porque no tuvieron la fuerza sufi­ciente para levantarse por encima del coro. Muchas son también las traducciones del francés, de poetas fallecidos, como Mallarmé y Baudelaire, o vivos, como Gerardy. Pero también otros espíritus alemanes for­man parte del coro, como precursores y son evocados y exaltados: Jean Paul, el maestro de los «tiernos matices», el Novalis de los nocturnos, Hölderlin, que vivió todo el do­lor del poeta solitario en sus tiempos, y el Nietzsche que creó el superhombre. La muerte del maestro, puede decirse que se­ñaló el fin del movimiento que, aunque si­guió por algún tiempo bajo la guía de su discípulo favorito, Morwitz, ahora se puede considerar disuelto. Sin embargo dio mu­chos frutos, no solamente en el campo lite­rario, sino también en el crítico (Ernst Gundolf), filológico (Wolters), e histórico (Kantorowicz). Característica esencial en todos es la valoración nietzscheana del hombre- genio que gobierna la historia, concepción, ésta, que aún hoy tiene numerosos culti­vadores.

G. F. Ajroldi