Hojas para el Arte, A. Klein

[Blätter für die Kunst]. Cuadernos de anotaciones, artículos y versos publicados por A. Klein, ilustrados por Melchior Leichter y revisados por Ste­fan George (1868-1935), quien los impregnó tan profundamente de su espíritu, que se pueden considerar obra suya. Se publicaron desde 1890 en adelante de cara a un pe­queño grupo de iniciados, casi todos cola­boradores, y siguieron saliendo esporádica­mente hasta 1914 para un público cada vez más numeroso. Cada seis años el editor Bondi publicó una colección seleccionada, empezando por 1898. Aunque recuerdan las cuartillas del Athenaeum (v.) de los protorománticos, el parecido, sin embargo, es sólo exterior. También el movimiento geor­giano se dirige contra los nuevos «filisteos» alemanes, la vulgar multitud plebeya («Pöbel»), contra el mundo bismarckiano pesa­damente militarista, contra el segundo Im­perio, ebrio de victoria y de materialismo y contra el escepticismo naturalista, que ya no sabe respirar en los cristalinos aires del arte y de la filosofía; pero, sin remontarse expre­samente al mundo de la Antigüedad, estos cuadernos asumieron un tono antirromántico.

La «Geistige Kunts» (escrita así, en mayúsculas), es decir, el arte espiritual, que recibe su bautismo en estas hojas, se puede hacer derivar del arte por el arte de los franceses, que en efecto tuvieron una gran influencia sobre el joven George durante su estancia en París, aunque no se formula en una estética abstracta, basada en la dis­tinción de lo hermoso y de lo feo, sino que se indentifica con el artista, que tiene que alcanzar aquel grado de elevación de vida que «se llama arte… y produce arte», con el poeta que vuelve a nacer, de siglo en siglo, tomando de su tiempo solamente los estímulos necesarios para su creación, des­cartando en la realidad bruta todo lo que representa un peso para su vuelo, y elabo­rando el fino material que ha quedado, has­ta hacer de él el «íntimo y profundo len­guaje del alma». Poeta no es por lo tanto quien describe, sino quien sabe «volver a encender y evocar las cosas con la ayuda de la palabra esencial», que encarna la di­vina poesía. La palabra asume de esta ma­nera un significado litúrgico, mágico y, al mismo tiempo, metafísico, y pierde su sen­tido cotidiano para tomar nuevamente el de Verbo: belleza hecha sonido. Se forma a través de estas hojas la nueva cultura, producida por los espíritus «arquetipos que manifiestan su ritmo vital», siendo la expre­sión literaria del «Kreis», es decir, del cír­culo de los discípulos que acompañan al maestro, como un coro.

El sentido coral es dado por una única ley que a todos los une, manifestada por el Ángel de los «Preludios» del Tapiz de la vida (v.), casi regla con­ventual, que tiene su importancia incluso en la ortografía, sin letras mayúsculas ni signos de puntuación. Recibieron en estas Hojas su bautismo de poetas o filósofos Hofmannsthal, que publica en ellas su Muerte de Tiziano (v.) y sus poesías más significa­tivas, Max DautjDendey, Klages y muchos otros, algunos de los cuales ya han sido olvidados por haber muerto demasiado jó­venes o porque no tuvieron la fuerza sufi­ciente para levantarse por encima del coro. Muchas son también las traducciones del francés, de poetas fallecidos, como Mallarmé y Baudelaire, o vivos, como Gerardy. Pero también otros espíritus alemanes for­man parte del coro, como precursores y son evocados y exaltados: Jean Paul, el maestro de los «tiernos matices», el Novalis de los nocturnos, Hölderlin, que vivió todo el do­lor del poeta solitario en sus tiempos, y el Nietzsche que creó el superhombre. La muerte del maestro, puede decirse que se­ñaló el fin del movimiento que, aunque si­guió por algún tiempo bajo la guía de su discípulo favorito, Morwitz, ahora se puede considerar disuelto. Sin embargo dio mu­chos frutos, no solamente en el campo lite­rario, sino también en el crítico (Ernst Gundolf), filológico (Wolters), e histórico (Kantorowicz). Característica esencial en todos es la valoración nietzscheana del hombre- genio que gobierna la historia, concepción, ésta, que aún hoy tiene numerosos culti­vadores.

G. F. Ajroldi