El Hombre Blanco y el Hombre de Color, Cesare Lombroso

[L’uomo bianco e l’uomo di co­lore]. Obra del psiquiatra y antropólogo Cesare Lombroso (1836-1909), publicada en Padua en 1871 y en segunda edición, aumen­tada, en Turín, en 1892. Es una serie de conferencias dadas en la Universidad de Pavía; Lombroso discute en ellas los complejos problemas relativos al origen del hombre y particularmente de las diversas razas hu­manas. De éstas estudia las diferencias ana­tómicas, morales y culturales, la lengua, la escritura, los usos y costumbres. Las doc­trinas de la evolución son puestas en rela­ción con la génesis de las razas humanas. Como conclusión de su estudio afirma que hay dos grandes razas: la blanca y la de color, y proclama la superioridad de la blanca sobre la de color desde todos los puntos de vista. Admite y discute la influen­cia de los diversos factores climáticos y am­bientales sobre los caracteres de las razas mismas. Esta obra, digámoslo, de vulgarización, desarrolla y aclara, confirmándolos, conceptos ya enunciados por Boppo y, des­pués, en cuanto al carácter lingüístico, por August Friedrich Pott en su obra Desigual­dad de las razas humanas [Die Ungleichheit der menschlichen Rassen (1856).

Y. Busacchi

El Hombre a Punto, es decir, El Hombre a punto de Morir, Daniello Bartoli

[L’uomo al punto, o sea, L’uomo in punto di morte]. Obra de asunto ascético, de Daniello Bartoli (1608- 1685), publicada en 1657; trata de un tema fundamental en la religión cristiana, el del paso del moribundo al juicio eterno. El jesuita de Ferrara puede en este tratado poner de manifiesto sus conocimientos sobre los motivos de la gracia y de la penitencia, naturalmente con profusión de citas bíblicas y evangélicas; pero lo que impresiona al lector y constituye la importancia del libro no es el aspecto doctrinal de la obra, sino el lado psicológico. La gran facultad de ob­servación que hace de Bartoli un lúcido y penetrante escritor se pone de relieve al considerar la necesidad de ser puros delante de la muerte y recoger la experiencia de la propia vida para obtener de Dios el perdón de las culpas y la consideración de todo cuanto se ha hecho en favor de nuestros semejantes: toda la existencia tiene su sín­tesis en el momento de la muerte. Las amar­gas consideraciones sobre los vicios, las alabanzas de una existencia de la que se ha hecho buen uso, la confianza en el tra­bajo humano que responde a una norma divina, son elementos que explican que la obra no tenga un carácter ascético, sino edi­ficante, y sin referirse a una especie de me­dieval «huida del mundo», saca a relucir la gracia de las cosas y su perenne vitalidad. También aquí, al igual que en la Historia de la Compañía de Jesús (v.), Bartoli, una vez ha entrado en el tema, lo trabaja a su ma­nera, con delicadeza de estilo, hasta com­poner un conjunto orgánico que no es sola­mente un hermoso sermón o un ingenioso tratado de moral, sino especialmente una obra literaria digna de persuadir a los espí­ritus contemporáneos sobre algunas verda­des eternas.

C. Cordié

Las obras de Bartoli, por lo que se refiere a la lengua, son tan correctas y floridas de primorosas locuciones, que se le puede re­prochar, no la escasez, sino el exceso de elegancia. (Monti)

El Hombre, Emest Helio

[L’Homme]. Es la obra más importante del escritor francés Emest Helio (1828-1885), publicada en 1872. En la serie de escritores católicos de izquierda del si­glo XIX francés — todos ellos nutridos del apasionado absolutismo de Joseph de Maistre —, junto a Louis Veuillot, a Barbey D’Aurévilly, Villiers de l’Isle Adam y León Bloy, está como aparte, menos conocido, Helio, con su aspecto de místico. Más alejado de la multitud, porque está como fuera, o, mejor dicho, por encima de la vida, que no obstante sabe juzgar con no menor vio­lencia que los demás. Pero juzga con más elevación, con frecuencia influido por el ejemplo de los místicos y los santos. Toda su alma, todo su pensamiento, se reflejan en este volumen, que sobresale entre todos sus escritos, que versan sobre filosofía, po­lémica, hagiografía y ensayos narrativos.

En la primera parte («La Vida»), Helio fustiga la idolatría del oro (las páginas sobre las avaricia pueden ponerse al nivel de las de los moralistas clásicos), la fal­sedad del llamado respeto humano, el cul­to del «honor» y las demás miserias del mundo. Particular elocuencia tiene la in­vectiva contra el «Hombre mediocre», ene­migo de todo lo sublime, de toda belleza, y contra el siglo que ha hecho triunfar esta mediocridad e indiferencia: el siglo XVIII, negador del misterio. La segunda parte con­sidera la «ciencia» y su miseria, mayor que en el pasado, por alejarse de la única ver­dad. El error moderno es más grave que el antiguo: los paganos adoraban el mundo ex­terior; los modernos se adoran a sí mismos, en su vida intelectual, en su pensamiento, con su racionalismo. La consecuencia es el panteísmo, en el que se combinan paganismo y racionalismo. No se puede así encontrar la paz, que sólo se halla en la Verdad, en la Unidad. Aquí se ocupa también de la Belleza, del Arte, sobre el que hace consi­deraciones agudas en la tercera parte, con­sideraciones que superan en conjunto al viejo clasicismo formalista y al reciente individualismo romántico.

Para que exista el arte es preciso que éste exprese «con la sinceridad de su palabra, el esplendor del hombre sincero». Tras de De Maistre, su declarado maestro, advertimos el eco de Pascal, con toda la grandeza y la miseria del hombre, con el vano deseo de llenar el vacío de su alma, y con la necesidad de escoger y de apostar; pero el Jansenismo (v.) es asimismo un error dañino, por negar al hombre, al contrario del ateísmo, que lo eleva hasta un lugar que se le niega a Dios. Y     sin embargo son acentos pascalianos los que se dejan sentir en este ingenuo y robus­to propugnador de la necesidad de la fe total.

 Helio posee en grado eminentísimo el sen­timiento de lo absoluto, la noción de la justicia integral, la clara visión del orden eterno; en esto consiste su grandeza, su magnificencia y su gloria. (Lasserre)

El Hombre, Aluizio Azevedo

[O Homem]. Novela del escritor brasileño Aluizio Azevedo (1857- 1913), publicada en 1885. Es un estudio pa­tológico y de ambiente según los dictáme­nes del más rígido Naturalismo (v.). Magda, una muchacha de Río de Janeiro, huérfana de madre, vive con su padre, rico hacen­dado. Al comienzo de la narración ella hace poco que ha regresado de un largo viaje a Europa, que, a pesar de cuanto se esperaba, no le ha restituido la salud ni la alegría. En una visión retrospectiva expone el autor la causa del malestar físico y moral de la muchacha: la desilusión amorosa sufrida por el joven Fernando, criado junto a ella en la misma casa y que, al pedir al padre por esposa a la compañera de su adolescencia se entera de que él también es hijo suyo. Fernando partió también para Europa, y allá murió de enfermedad y de tristeza a los veinte años. El padre se preocupa de hallar un marido para Magda, incitado por el mé­dico de la casa, que prevé en ella una grave crisis; pero la muchacha rehúsa o no se decide a aceptar la corte de ninguno de sus muchos pretendientes, en tanto que se van agravando sus dolencias físicas y morales. Durante una excursión, presa de malestar, es llevada a su casa en brazos de un robusto trabajador, Luis, el novio de la hermana de su criada.

Desde este momento Magda vive secretamente una doble vida: de horror y de repugnancia diurna por la brutal y pri­mitiva fuerza de aquel cuerpo falto de gra­cia; de nocturno goce sexual a causa de su virilidad. Lentamente la alucinación mor­bosa de la muchacha transforma a Luis en un joven bello, señor de la isla de su amor, la Isla del Secreto, padre de un niño al que ha dado el bello nombre de Fernando. Pero el matrimonio del joven con su novia viene a turbar el mundo secreto de la muchacha. Magda invita a los dos esposos a casa para festejarles y los envenena, afirmando, ya loca, que ha querido castigar al padre de su hijo y a la mujer con ÍF que la ha trai­cionado. La novela es una de las más nota­bles expresiones de la prosa narrativa brasi­leña inspirada en la vida de las gentes de ciudad; el autor, que fue el introductor del naturalismo en el Brasil, ha documentado en muchas otras novelas (O mulato, O cortico, Mysterio de Tijuco, etc.) actitudes aná­logas de observador y de historiador de costumbres en lo que se refiere a la vida del interior. Pero alejadísimo de los maestros franceses, sobre todo de los Goncourt, el autor sacrifica demasiado la psicología con­creta de los personajes a los problemas de la sexualidad y de sus desequilibrios. Sin embargo, la novela se salva por la segura reconstrucción del ambiente social y del paisaje.

G. C. Rossi

Del Hombre, Thomas Hobbes

[De homine]. Segunda sección de los Elementos de filosofía (v.) de Thomas Hobbes (1588-1679), publicada en 1658. Luego de apuntar brevemente al problema del origen del género humano, a propósito del cual declara aceptar la enseñanza de la Biblia (v.), Hobbes expone al­gunos principios de fisiología, identificando la vida con el «movimiento» del corazón que según él se transmitiría, por medio de la sangre, por unos invisibles corpúsculos en movimiento mezclados con el aire que se respira: por consiguiente, la- muerte parece provenir siempre de algún impedimento cir­culatorio; como obstrucción de vasos san­guíneos y fenómenos semejantes. Pero el propósito de la obra consiste en investigar, no las facultades del cuerpo, sino las del espíritu. Gran parte de esta investigación, sin embargo, está dedicada a un examen de la facultad visiva, por lo cual Hobbes se adentra en cuestiones de óptica, con objeto de demostrar que la imagen es sólo un «fan­tasma» nuestro que se forma en un punto de la «línea visual», por efecto de la reac­ción del nervio óptico a la acción, o movi­miento, que del objeto exterior iluminado se propaga al ojo.

Sobre esta demostración Hobbes funda el examen de diversas ilusio­nes ópticas, todas debidas a las modifica­ciones que la refracción de los rayos lumi­nosos en el ojo experimenta por efecto de la * diversa densidad de los humores y por la menor o mayor curva del cristalino. En cuanto al «lugar» de los objetos caracteri­zados por tres elementos, distancia en línea recta, magnitud y figura, el que se nos pre­senta en la visión no es «real», sino sólo «aparente», y está constituido por la distan­cia, magnitud y figura de la imagen visiva, no de la cosa misma. Hobbes se ocupa tam­bién después» de la representación perspec­tiva en la cual se obtiene un diseño de las líneas del objeto tal como aparecen sobre una superficie interpuesta entre ella y el ojo. Además, hay casos especiales de apa­riencias visivas constituidas por las imáge­nes que vemos por refracción. Hobbes em­prende cuestiones filosóficas y sobre todo se ocupa del origen del lenguaje. Este es pro­pio del hombre y ha nacido del arbitrio con que determinadas palabras han sido adop­tadas como «signos» de ideas. Los «nombres» puestos por el primer hombre a las cosas fueron -transmitidos de padre a hijo, y cada generación añadió otros; éste es el origen del lenguaje, «puramente natural».

En cambio, si Adán comprendió el mandato con que lo conminó el Señor, esto sucedió de modo sobrenatural, porque él no conocía todavía el significado de los signos verbales. Pero en el lenguaje radican el error, que con él es transmitido, la mentira y la mala inclinación de repetir palabras privadas de significado, como hacen los que repiten las frases abstrusas inventadas por los escolás­ticos y los filósofos para ocultar su propia ignorancia. El autor pasa después a aclarar qué es la ciencia, y la define como el «co­nocimiento de las causas», de las cuales, con claro raciocinio, la ciencia deriva la genera­ción de las consecuencias (demostración «a priori»). El conocimiento que le eleva de los efectos a las causas con un procedi­miento «a posteriori» no es, en cambio, ver­daderamente demostrativo. Al hombre sólo le está concedida verdadera ciencia de las cosas cuya generación se halla a su alcance; por esto, mientras son demostrables los pro­blemas de la Geometría, porque somos nos­otros los que creamos las figuras, no son demostrables las verdades de la Física, por­que las cosas naturales no dependen de nuestro albedrío, sino sólo del divino. La política, de la que forma parte la Ética, ciencia de lo justo y de lo injusto, es, en cambio, ciencia verdaderamente demostra­tiva, porque son causas de lo justo y de lo injusto las leyes y los pactos sociales insti­tuidos por nosotros mismos, antes de los cuales los hombres no tenían en absoluto tales nociones.

Además del conocimiento, el hombre tiene también pasiones — el placer y el dolor — producidos en él por las accio­nes de los objetos en los sentidos. En cuanto dirigidas hacia lo futuro se tornan deseo y aversión, y como la voluntad para Hobbes se identifica con el deseo o el apetito, él concluyó que toda voluntad nuestra está determinada por los objetos de los sentidos. Lo que se desea porque agrada se llama bien, y viceversa: mal y bien son relativos a cada individuo y a las circunstancias del momento. Hobbes niega de este modo todo criterio objetivo. Bien es, en todo caso, lo que aprovecha para la conservación del in­dividuo; la distinción entre bien aparente y bien real, entre los cuales la razón está llamada a escoger, consiste sólo en el hecho de que el aparente está mezclado con algún mal o, en todo caso, tendrá consecuencias dañosas. Todos los «afectos» del ánimo, es­peranza y temor, ira, orgullo y pudor, risa y llanto, etc., son formas diversas de las dos pasiones fundamentales determinadas por la diversidad de los objetos que impre­sionan los sentidos. Cada individuo tiene particular propensión (índole) hacia ciertas cosas; ésta es determinada por el temperamento, por la experiencia, por la costumbre, por los bienes de la fortuna, de la opinión que cada cual tiene de sí mismo, de los maes­tros, entre los cuales son particularmente peligrosos los de tendencia democrática que exaltan el regicidio como tiranici­dio. Sólo en cuanto el hombre es ciuda­dano existe una medida cierta del bien y del mal en las leyes, a las cuales es justo obe­decer, sean como fueren.

Con todo, Hobbes, junto a la virtud civil, la justicia, establece una virtud «medida por las leyes naturales», la caridad, pero no la explica. Pasando a tratar de la religión, Hobbes distingue en ella dos elementos: fe y culto. Fe es la creen­cia en Dios creador y rector del mundo; culto es la manifestación externa de la fe, en forma privada o pública; con esta última, el Estado procura hacerse propicia la protección divina, y en cuanto al culto público es establecido por las leyes, es cosa racional practicarlo, sea cual sea. Si las religiones cambian, esto ocurre por culpa de los sacer­dotes, por sostener estos dogmas absurdos queriendo abordar cuestiones de física en las que son siempre ignorantes. Esta obra termina con una rápida referencia a un tema que Hobbes trata mejor en el Ciuda­dano (v.), el de la «persona ficticia» (jurí­dica), es decir, la del que obra en la vida civil en nombre de otro, representando un individuo o una colectividad, o cosas inani­madas. Aquí Hobbes enuncia el principio de que en todo estado el detentor supremo del poder es jefe de la Iglesia, y como tal representa a Dios. Para el conocimiento de la filosofía de Hobbes, esta obra tiene valor secundario, porque todas las concepciones expuestas en ella hallan una mejor reela­boración en la Human Nature (v. Elementos de Derecho), realizada con procedimientos más estrictos, mientras que el De homine se fracciona en argumentos que carecen de coordinación.

E. Codignola