Hombres y Dioses, Paul Bins de Saint Víctor

[Hommes et Dieux]. Estudios históricos y literarios de Paul Bins de Saint Víctor (1825-1881), publicados en 1867. Es una de las obras más representativas de la producción literaria francesa de fines del siglo XIX. Recoge varios escritos sobre temas culturales y sociales; como hojas suel­tas de su actividad de lector e historiador, estas páginas no ofrecen una unidad de inspiración, pero conservan la ventaja de una fecunda exaltación por «un gran amor al arte y una búsqueda sincera de la ver­dad». Esto explica cómo el lector se acerca con el mismo interés a los medallones que representan a la Venus de Milo (en un lírico homenaje a la estatua famosa del Louvre durante una visita a la sala «donde reina la diosa»), a Diana, Ceres y Proserpina, o la figura de Elena o la de Meleagro. Al tra­zar figuras históricas, desde Nerón y Marco Aurelio a los modernos, el crítico ofrece una interpretación muy personal hasta cuando parece calcar modelos estilísticos o sólo pa­rafrasear los motivos de una obra literaria; resulta entonces una especie de «historia novelada», en la que, tal vez por un exceso de sensibilidad y de argumentación, el autor no considera el pasado sino a la luz del pre­sente; y también por esto la agilidad esti­lística de su prosa sabe conferir una parti­cular unidad psicológica, por ejemplo, a Atila (el «Caliban de la guerra»), o a Car­los XII de Suecia («el nuevo Atila»), o a César Borgia («este héroe dantesco muere como un héroe de Ariosto»), o a Enrique III, etcétera.

Páginas notables son también las dedicadas a Cellini, a Diana de Poitiers («una de las hechiceras de la historia: su solo nombre evoca y reúne como el toque de un cuerno mágico a todo un coro de dio­sas esparcidas por las pinturas y los ba­jorrelieves del Renacimiento»), a la Corte de España bajo el reinado de Carlos II. Me­nos felices algunos escritos ocasionales sobre las medievales danzas de la muerte y sobre particulares temas literarios; es digno de especial mención el artículo sobre las «pla­ñideras» de Córcega, que, refiriéndose al tradicional llanto sobre los muertos, se basa preferentemente en los «Cantos populares corsos» (publicados por Tommaseo). De Agripa d’Aubigné el autor valora su alta inspiración poética, mientras considera a Swift demasiado insular y poco interesante para la Europa continental, y anota agudas observaciones críticas sobre las más diversas obras maestras de la literatura, como el Don Quijote (v.), la Historia de Gil Blas de Santillana (v.), Manon Lescaut (v.) o el Cantar de Roldan (v.). Obra crítica literaria y de divagaciones históricas, Hombres y Dioses descubre en Saint Víctor un escritor pulcro y seguro, pese a sus rebuscados pre­ciosismos estilísticos ; son de notar particu­larmente los testimonios sobre el arte y la civilización italiana.

C. Cordié

El Hombre y las Ciencias Morales, Aristide Gabelli

[L’uomo e le scienze morali]. Obra del pedagogo italiano Aristide Gabelli (1830-1891), publicada en 1869. De franca orienta­ción positivista, el autor propone y trata de resolver los problemas fundamentales de la moral y del derecho basándose en un mé­todo de investigación fundado «sobre la ob­servación de los hechos comunes, claros e indubitables».

La primera parte, pura­mente inductiva, recoge una serie de relie­ves psicológicos, a menudo agudos, sobre la naturaleza de algunas actitudes espirituales, aparentemente muy distintas entre sí (de la admiración al juicio estético, de la simpatía a la piedad, etc.), que desembocan en ex­presiones particulares de un único senti­miento originario y universal: el amor de sí mismo; De este amor deriva la aspiración hacia la felicidad, estímulo de todas las ac­ciones humanas, y, de ésta, la misma volun­tad. La voluntad es libre solamente bajo ciertas condiciones, que la historia va im­poniendo y modificando; es la historia, en efecto, lo que forma la conciencia humana, con sus juicios y sus ideales. De manera que la conclusión sobre el bien moral no puede ser más que relativista: «el bien es lo útil humano», entendido en sentido univer­sal e inspirado por el conocimiento reflexi­vo. La segunda parte contiene las aplicaciones de esta ética utilitaria al sistema general de las ciencias morales, a la moralidad y al derecho. Solamente el método experimental puede rejuvenecer las ciencias morales como ha rejuvenecido las ciencias físicas; de aquí la necesidad de alejar la metafísica de las ciencias morales. A base de estas pre­misas no es posible concebir una moral si no independiente tanto del dogma religioso como de los principios a priori del espíritu; es decir, reducida a una economía.

La éti­ca es la ciencia de lo útil humano; la virtud, sagacidad; el bien, ventaja común; la bon­dad, inteligencia. Las consecuencias jurídi­cas del utilitarismo moral son obvias; todas las manifestaciones del derecho se reducen a unas máximas de utilidad pública, con­tingentes, relativas y determinadas por la historia, que es la única que puede dar un criterio de juicio, tanto sobre la justicia como sobre la moral. Más que por la nove­dad del planteamiento o por la originalidad de las ideas, la obra de Gabelli es interesante como documento de la crisis del pen­samiento italiano en los primeros años del reino, y como acto de fe en la posibilidad de llenar, con una renovación metódica del pensamiento, la grave laguna existente en­tre las instituciones y las costumbres.

A. Bosisio

Hombres y Mujeres, Robert Browning

[Men and Women]. Poesías de Robert Browning (1812- 1889), publicadas en 1868. Originariamente el libro constaba de cincuenta poesías líri­cas, que fueron reducidas a sólo trece com­posiciones en 1868; son, en su mayor parte, monólogos dramáticos, que el autor consi­deraba lo mejor de su poesía; fueron por esto excluidas de esta compilación las bellí­simas composiciones amorosas incluidas en las Líricas dramáticas (v.) y en las Roman­zas dramáticas (v.).

Entre las poesías que quedaron en Hombres y mujeres están «An­drea del Sarto» (v.), «Fray Lippo Lippi» (v.), «El Obispo dispone su tumba en Santa Prá­xedes» (v.). En la forma del monólogo dra­mático, enriquecido con todos los elementos humanos que hasta entonces se le había reprochado sacrificar a un intelectualismo oscuro y revestido con las más complicadas expresiones de la cultura y de la filosofía, Browning alcanza aquella intensidad expre­siva por la que Ruskin le definió como el mayor poeta inglés después de Shakespeare. Pero más allá de las exaltaciones de los apologistas y las consiguientes reacciones de los últimos ochocentistas y de los críticos del siglo XX, la poesía de Browning, cons­truida con vigor e inteligencia, vive en lo más íntimo de un alma y, sin prescindir de la realidad exterior, se adentra en su psicología con una nitidez de comprensión y una ori­ginalidad indagatoria a veces excesivamente diluida, a veces relampagueante. Amante de las figuras de segundo plano, a las que su Andrea del Sarto llama «medios hombres», Browning no supo, sin embargo, hacer, como hubiera querido, el retrato de aquel gran hombre de la historia.

Interesado por la cultura más antigua y menos conocida, re­buscó caracteres y situaciones, que por la misma dificultad de su hallazgo, le parecie­ron más adaptados a su interpretación. Mas de éstos sacó verdades humanas universales, que supo expresar con tal evidencia que su instinto de poeta y de hombre hizo casi lec­tura de almas. Y las mismas ideas terminan por ser desdeñables en la poesía: importa sobre todo el hombre con sus características y con su valor y sus sueños de arte o de vida, religiosos o profanos, precisados en exactas presentaciones que hacen, probable­mente, de estas poesías, junto con Dramatis personae (v.), la más bella colección de Browning.

A. Camerino

Browning, aunque hiciera del lenguaje un innoble barro, creó de éste hombres y mu­jeres que viven. Es el ser más shakespeariano desde Shakespeare hasta hoy; aun cuando Shakespeare podía cantar por diez mil labios y Browning tartamudear por cien bocas. (Wilde)

Hombres Representativos, Ralph Waldo Emerson

[Representative Men]. Ensayos del escritor y filó­sofo americano Ralph Waldo Emerson (1803- 1882), aparecidos en 1850. Tuvieron su ori­gen, como todas las obras de Emerson, en unas conferencias, y por ello se resienten en modo particular de su carácter eminente­mente oratorio.

«Platón, o el filósofo» [«Plato or the philosophus» ], representa la filoso­fía en su más alta, insuperada expresión, la plena madurez del pensamiento. «Swedenborg, o el místico» [«Swedenborg or the mystic»], contiene una crítica del misticismo en cuanto no se libera de los dogmas religiosos o no se traduce en poesía; en cuanto que misticismo y nada más. En «Montaigne, o el escéptico» [«Montaigne or the sceptic»], es considerado el filósofo francés como la encarnación más perfecta del escepticismo, entendido no como elemento destructor del pensamiento, sino como punto de equilibrio entre dos extremos del abstractismo y del materialismo, fase que el pensamiento debe atravesar antes de llegar a una madura con­vicción. «Shakespeare, o el artista» [«Sha­kespeare or the artist»] presenta al gran escritor inglés como la expresión más com­pleta de la poesía, en la que la individua­lidad histórica del poeta está totalmente sumergida. «Napoleón, o el hombre del mun­do» [«Napoleone or the man of the world»], muestra en Napoleón la encarnación del es­píritu democrático del pueblo; el hombre monopolizador y beneficiador del pensa­miento individual, el trabajador de hierro y el hombre práctico sin debilidades, pero también sin humanidad ni moral, despiada­do consigo mismo en la persecución de un propósito.

Su caída es el inevitable castigo de la «ley eterna» para toda experiencia con finalidades puramente egoístas y materialis­tas. En «Goethe, o el escritor» [«Goethe or the writer»], considera en el poeta alemán la expresión de la cultura y de la vida es­piritual del siglo XIX, difundida y genera­lizada. Estos ensayos se cuentan entre las obras más populares de Emerson, pero no son los que manifiestan más felizmente las dotes del célebre escritor americano, que son las de «moralista y de literato, como también de crítico y de historiador. [Trad. española por David Martínez Vélez, con el título Hombres y símbolos (Madrid, 1896) y de F. Gallach Palés (Madrid, 1927)].

E. C. Croce

Del Hombre, sus Facultades Intelectuales y su Educación, Claude-Adrien Helvétius

[Del’homme, de ses facultes intellectuelles et de son éducation]. Obra filosófica póstuma del escritor francés Claude-Adrien Helvétius (1715-1771), publicada en 1772, y dedicada a Catalina II.

Está dividida en diez seccio­nes, cada una de ellas subdividida en diez capítulos. Su objeto es el mismo que el de la obra precedente Del Espíritu (v.): esto es, determinar científicamente sobre los he­chos individuales y sociales, las leyes ne­cesarias para la felicidad de los pueblos. Insistiendo en los conceptos ya expuestos, Helvétius presta en esta obra particular importancia al problema religioso en sus relaciones sociales. Los obstáculos para una conveniente educación del hombre son: el gobierno arbitrario, el interés personal de los poderes públicos y la ignorancia. Desean­do la transformación de Francia en Repú­blica federal, con libertad de espíritu y de actividad, el autor esboza un catecismo del ciudadano en que se reafirma como ley su­prema el bien público, y un sistema bien ordenado de recompensas y castigos. Sueña en una religión universal, coronación de la moral universal fundada sobre la verda­dera naturaleza del hombre, creada por el poder legislativo, y cuyo único dogma sea «La voluntad de un Dios justo y bueno es que sus hijos sean felices sobre la tierra y gocen de todos los placeres compatibles con el bien público», y el único precepto: «Los ciudadanos, cultivando su razón, lleguen al conocimiento de sus deberes para con la sociedad… y de la mejor legislación posible».

Un progreso moral se realizaría ya con la adopción del deísmo, con tal que los magis­trados vigilasen para que no degenerase en superstición. Del hombre, sus facultades acre­cienta los defectos del libro Del espíritu, aunque con maneras de ver parciales, justas y oportunas; hay en él las mismas parado­jas, la misma erudición superficial, la misma incapacidad de comprender los valores del hecho religioso, el mismo desprecio brutal de la naturaleza humana y, por contraste, la misma patética confianza en los hombres, con tal que lleven el rótulo de funcionarios y magistrados estatales. Lo que quita de veneración a la iglesia, lo concede a la so­ciedad laica, con un clericalismo entendido al revés. Condenada por decreto del índice en 1774, la obra obtuvo muchas ediciones y traducciones a diversas lenguas. Las dispo­siciones adoptadas por la Revolución Fran­cesa para con la Iglesia, y las ideas de reli­gión laica estatal, predominantes en ella, se encuentran preconizadas en esta obra, en la cual está ya contenida toda la moral utilitaria de Bentham. Beccaria le debió su teoría de la omnipotencia de un siste­ma bien ordenado de premios y castigos, y Nietzsche, su teoría del amor de sí mismo. «Lo que Bacon fué para el mundo físico, Helvétius lo fué para el mundo moral», ha escrito Benthman.

G. Pioli