Hombres Rojos, Antonio Beltramelli

[Uomini rossi]. Des­pués de Anna Perenna y Solicchio, obras que aspiran a la pura fantasía, Antonio Beltramelli (1879-1930) intenta en esta novela, publicada en 1904, ajustar su vena imagina­tiva a la crónica campesina.

El ambiente es la Romaña, en la época en que se enardecie­ron las luchas de partido, entre republicanos, socialistas, monárquico-clericales y anarquis­tas. Los primeros, que son los que predo­minan, tienen como representantes al alcal­de Gian Battifiore y al ayudante de éste, el caballero Mostardo (v.), hombre vigoroso e intrépido, el cual hace ley de su albedrío y se convierte en héroe del partido y de la comarca. Sus adversarios le temen y no aceptan la lucha con él; sus amigos le en­salzan como a un Dios. Los socialistas, in­capaces de sostenerse solos, acaban por hacer causa común con los republicanos; los mo­nárquico-clericales se mantienen, en cam­bio, firmes, pero, más que por sus .propias fuerzas, por las armas diplomáticas y por la influencia en la sociedad nobiliaria y en el ánimo de las mujeres, del obispo, monseñor Rutilante, hombre autoritario y severo con los sacerdotes de su diócesis, especialmente con don Pápera, de carácter apacible y aco­modaticio, y de moral algo condescendiente, de acuerdo con sus principios de que en el mundo se debe vivir «con placentera paz», pero víctima también él de la preponderan­cia de los rojos y las persecuciones de los negros.

Los anarquistas están capitaneados por Gargiuvin, que anda rondando con un grupo reducidísimo (Apuliner, Schignott, Arfat y don Vitaperi) por la Romaña, por montes y llanuras, no pidiendo nada a nadie, ayudando al prójimo, metidos a menudo en la cárcel, pero resignados ante las injusticias de la ley enemiga. Con todo, también ellos se ven obligados a abandonar el campo de batalla después de la victoria electoral de los rojos, a pesar de la posición al fin y al cabo tolerante de Mostardo. El interés no­velesco de la obra se centra en la fuga al extranjero de una de las cinco hijas de Gian Battifiore con Manso Litúrgico, hijo de la condesa Gilarda, que sostiene la política de Monseñor Rutilante. El castillo de las Enci­nas hospeda a la feliz pareja; pero de allí son devueltos a la «alegre ciudad del llano» por el caballero Mostardo que, contra la voluntad del obispo, lleva a cabo aquel pro­pósito matrimonial: otra victoria de los re­publicanos.

Hay en esta novela la intención de satirizar la vida política, los programas de los partidos, la lucha electoral, la inge­nuidad y la fatuidad de las solemnes delibe­raciones; pero esta sátira no excluye la con­movida y penetrante simpatía del autor hacia los puros idealistas (aquí, los anar­quistas, cuya partida epicogrotesca de aquel país parece ensalzar su triste suerte sobre la de sus poderosos enemigos). Más alegre es la caricatura de los «negros», intrigantes y astutos; o pobres de espíritu y tontamente esclavos de una moral estúpida y artificial. Crónica, mito y fantasía se suceden a me­nudo con vivaz sabor picaresco, a veces con vacilante y fino lirismo de gracia y lumi­nosidad. Pero el encanto de algunos capí­tulos queda turbado por el tono prosaico del interés político y polémico, que no consigue disolverse en el juego, pueril y maravilloso, de la fantasía.

G. Marzot

El Hombre sin Carácter, Robert Musil

[Der Mann ohne Eigenschaften]. Vasta novela en tres tomos, del escritor alemán Robert Musil (1880-1942). Cuando murió en su des­tierro voluntario en Suiza, durante la gue­rra, había ya publicado los dos primeros vo­lúmenes de la trilogía, el primero en 1930 y el segundo en 1933. Estos dos tomos su­maban casi ochocientas páginas. Pero el tercero, anunciado desde hacía mucho tiem­po, no había sido concluido. Se han hallado varios fragmentos y se prevé una edición completa. El héroe de la novela es Ulrich, «el hombre sin carácter», o, más exactamen­te, el hombre desprovisto de caracteres par­ticulares. Es uno de esos aficionados que no ignoran casi nada y que vive en un país que Musil llama la Kakarie, si bien es pre­ciso aceptar que no disimula demasiado al antiguo imperio austro-húngaro. A pesar de la longitud de los dos volúmenes, la acción en ellos desarrollada es mínima.

En el pri­mer tomo el autor se dedica a hacer una descripción (o más bien una libre interpre­tación) de la vida política de Austria- Hungría. Se está preparando una de esas fiestas políticas que tienen tanto de gran­dioso como de falta de significación y que tan frecuentes eran en la Viena anterior a 1914; para su organización se solicita la participación activa de Ulrich. Éste, sin em­bargo, está infinitamente más interesado por el destino de un condenado a muerte, apa­rentemente inocente. La política y la justi­cia, he aquí el tema en torno al cual se desarrolla este primer tomo, en el que encontramos diversos personajes en clave, cuya identidad histórica no es difícil des­cubrir (Rathenau, por ejemplo). El segundo volumen está señalado por el signo del amor. Junto al lecho de muerte de su padre, Ulrich encuentra de nuevo a una muchacha de extraordinaria belleza, Agathe, su her­mana, a quien no había vuelto a ver desde su más tierna infancia. Ella le sigue, y sus extrañas relaciones constituyen el motivo central del libro. Amistad enamorada de una extraordinaria profundidad, ella constituye en el fondo la única relación humana en quien Ulrich se ve reflejado y comprendido. Las demás mujeres — Musil nos hace cono­cer tres de las amantes de Ulrich — sólo le satisfacen parcialmente; Agathe es la única que le retiene y apasiona. Ambos hermanos llegan a ser inseparables, y ellos mismos se califican de gemelos siameses de un nuevo género. La falta del tercer volumen impide el hallar una interpretación completa de la significación de todas las situaciones de El hombre sin carácter.

La obra sorprende ama­blemente por el estilo de extraordinaria finura y por la profunda psicología que aproximan el autor a Proust; sorprenden asimismo las discusiones que no parecen temer el abordar todos y cada uno de los temas más candentes de nuestra época. Todo ello envuelto en una atmósfera de nostalgia por el pasado, pues nuestro tiempo, a los ojos de Musil, «ha ganado en realidad todo aquello que ha perdido del imperio de la fantasía».

Hombres, Mujeres y Fantasmas, Amy Lowell

[Men, Women and Ghosts]. Colección lírica de la poetisa americana Amy Lowell (1874- 1925), publicada en 1916. Aparecida después de las dos colecciones tituladas A Dame of many colored glasses (1912) y Sword blades and poppy-seeds (1914), esta obra consagró definitivamente la fama de su autora y con­firmó su posición de jefe de la «escuela ima­ginativa». Un intento de renovación y aná­lisis profundo en la búsqueda de técnicas de versificación se manifiesta claramente. La inspiración de Amy Lowell se basa aquí en temas de mayor extensión que los de las obras anteriores, y ello le permite hacer gala por primera vez de sus excelentes dotes de narradora. Con mayor variedad que las dos anteriores, esta colección abunda en evocaciones sutiles de los colores, de los per­fumes y de los sonidos, gracias a las cuales la escritora ha conquistado uno de los pri­meros lugares en la historia de la poesía americana del siglo XIX.

El Hombre sin Patria, Edward Everett Hale

[The Man Without a Country]. Novela del escritor norteamericano Edward Everett Hale (1822- 1909), publicada en el «Atlantic Monthly» en 1863, y en 1868 incluida con My Double and How He Outdid Me [Mi doble y cómo me venció] y The Children of the Public [Los hijos del Público], en el volumen If, Yes and Perhaps [Si, sí y Quizás]. Un joven oficial de Orleáns, Philip Nolan, alistado en el entonces recentísimo ejército de los Es­tados Unidos y complicado en un proceso por traición originado por los manejos de un politicastro separatista, hubiera sido pro­bablemente absuelto si, exasperado por el largo y tedioso interrogatorio, no hubiese dejado escapar la frase «¡Al diablo los Es­tados Unidos de América! ¡Quisiera no oír hablar nunca más de ellos!» Y el Tri­bunal, indignado, le condena a «satisfacer inmediatamente su deseo». Nolan es condu­cido a bordo de una nave de guerra dis­puesta a zarpar para una larga travesía: nadie hablará a Nolan ni en su presencia de los Estados Unidos, y ningún libro ni periódico en que se haga mención de aquel país llegará a sus manos.

Y así durante más de cincuenta años vive a bordo de varias naves de guerra destinadas a lejanas travesías; amarguísimo castigo, que da por re­sultado hacer del «hombre sin patria» un ardiente patriota. Durante una batalla halla la manera de rehabilitarse sustituyendo al comandante de una batería herido grave­mente, y así, en el último instante, arranca la victoria al enemigo. Pero las dilaciones de la burocracia hacen que la orden de su liberación no acabe de llegar, y Nolan muere estrechando en su corazón la bandera estre­llada y confortado por las palabras de un oficial que, rompiendo finalmente la consig­na, le cuenta la agitada historia de aquel medio siglo (1810-1860), que tuvo tanta im­portancia para la formación del país del que él había renegado. Esta novela es célebre en los Estados Unidos, donde, según parece, cooperó no poco a la difusión de los senti­mientos de unión entre los diversos Estados. El estilo es sencillo y seguro y, si bien el autor no consigue evitar el escollo del senti­mentalismo, no incurre, sin embargo, en lo melodramático.

L. Krasnik

De los Hombres Ilustres, Cayo Suetonio Tranquilo

[De viris illustribus]. Es un conjunto de biografías literarias romanas compuestas por Cayo Suetonio Tranquilo (69?-150?) y divididas según sus distintas actividades: poetas, ora­dores, historiadores, filósofos, gramáticos y retóricos. Una breve introducción a cada género literario establecía las .bases teóricas y el programa del tratado, en el que se evi­taba hablar de los contemporáneos. La obra se perdió en su mayor parte. Quedan el libro Los gramáticos y retóricos (v.); al­gunos fragmentos del libro Los poetas [De poetis] correspondientes a las vidas de Terencio, Horacio y Lucano; del libro Los oradores [De oratoribus] y del de Los his­toriadores [De historiéis]. La mayor parte son bosquejos breves, salpicados con algu­nas anécdotas; por su forma esquemática, apropiada para las escuelas, estas biografías tuvieron gran difusión, y fueron abreviadas, en sus datos principales («nace, florece y muere»), por San Jerónimo en su Crónica (v. Crónica de Eusebio de Cesarea).

F. Della Corte

Que el estilo de Suetonio esté desprovisto de colorido es un juicio injusto, por cuanto no es falta de color la falta de calor. En un tiempo en que los hombres de estudio y de escuela dividíanse en partidarios de lo nue­vo y partidarios de lo viejo, Suetonio supo resistir tanto a la corriente retórica como a la erudita, y los mismos arcaísmos de su estilo — que no siempre es difícil encon­trar — se deben más bien a las fuentes vivas del lenguaje hablado o poético que a las débiles fuentes de la doctrina arcaizante. (C. Marchesi)

*     Sobre el modelo de la obra de Suetonio, San Jerónimo (hacia 347-420) nos ha dejado una de sus obras de madurez, De viris illustribus, escrita en Belén en el año 392. Más que una historia de la literatura latinocristiana, es un catálogo de los’ escritores cris­tianos desde San Pedro hasta el propio San Jerónimo; finalidad del libro era demostrar y esclarecer la aportación de los escritores cristianos a la cultura y que la Iglesia había tenido también sus doctores, sus filósofos y sus oradores. En esta obra quedan registra­dos todos aquellos que, desde el año de la pasión de Jesucristo hasta el año catorce del reinado de Teodosio, «dejaron memoria con algún escrito sobre la Biblia»; son en total ciento treinta y cinco noticias, de las cuales las setenta y ocho primeras son sustancial­mente sacadas, salvo algún retoque, de la Crónica (v.) y de la Historia Eclesiástica (v.) de Eusebio de Cesarea. En lo demás, la obra asume carácter original y las noti­cias dedicadas a los escritores, más o menos breves, a menudo de acuerdo con la mayor o menor simpatía que el autor abriga por ellos, son fruto de un conocimiento directo y constituyen muchas veces nuestra única y preciosa fuente de información; véanse, por ejemplo, las biografías de Tertuliano, de Minucio Félix, de Cipriano, de Novaciano, de Victorino de Pettau y otras. En ella se incluyen los escritores cristianos sin criterio discriminativo, como si el autor hubiera querido aumentar a toda costa la lista. Por esto figuran en ella herejes como Fotino, Bardesane, Taciano y hasta escritores preci­samente no cristianos, como Filón de Ale­jandría, Josefo Flavio, Justo de Tiberiades. La obra, pese a algunos defectos, es de gran importancia y tuvo muchos continuadores.

M. Niccoli

*             La obra de San Jerónimo fue, en efecto, continuada por Genadio de Marsella, sacer­dote de la segunda mitad del siglo V, autor de muchos escritos, todos perdidos, contra las más diversas herejías. Tomando como punto de partida a San Jerónimo y abrien­do la nueva serie precisamente con él, Ge­nadio continúa el catálogo de los escritores cristianos griegos y latinos comenzando por su predecesor para reivindicar la importan­cia y el valor de la cultura cristiana contra sus detractores paganos. Genadio aporta también noticias sobre escritores cristianos del siglo IV que faltan en San Jerónimo, pero dedica la mayor parte de su obra a los del siglo V. La obra fue divulgada en dos redacciones: la primera en 469, la última, aumentada, en 487. Consta de ciento un capítulos y contiene noticias de noventa y un autores (las otras diez noticias son tenidas por apócrifas); el último capítulo, en el que Genadio es presentado para hablar en pri­mera persona, parece interpolado. La obra de Genadio tuvo a su vez varios continua­dores. Aun cuando no faltan en ella inexac­titudes cronológicas y de otra índole, es en conjunto una fuente interesante y valiosa de datos literarios.

E. Albino

*     Con los escritos de San Jerónimo y de Genadio enlazan numerosas obras durante la Edad Media latina, que las leyó con asi­dua constancia y encontró en ellas el mo­delo para este género de historia literaria. Los más antiguos continuadores hállanse casi exclusivamente en España, y ocupa en­tre ellos — incluso cronológicamente — el primer puesto el mayor erudito de su tiem­po, San Isidoro de Sevilla (570-636), quien con Los hombres ilustres [De viris illus­tribus litíer] quiso justamente completar y continuar la obra biográfica de sus prede­cesores. El libro — cuyos primeros capítulos parece deben referirse al obispo Ponciano, que floreció hacia mediados del siglo IV, y algunos otros a San Braulio de Zaragoza —*» aun cuando demuestra en su autor escaso sentido crítico, falta de perspectiva histó­rica y mayor interés en catalogar nombres y obras que estimarlos en su justo valor, ofrece sin embargo una útil información so­bre los escritores cristianos de los primeros cinco siglos.

Siguió San Ildefonso, arzobispo de Toledo (hacia 607-667), con sus Escritos de hombres ilustres [De virorum illustrium scriptis]. La obra, conservada en un códice de Montecassino, fue redactada después de la elevación de su autor a la silla arzobispal (657); dedica gran espacio a los autores que florecieron en España, particularmente en Toledo, y se apoya, como se dice en el pre­facio, en fuentes escritas y tradiciones ora­les. Más tarde, en aquel siglo XII que vio quizás el mayor renacimiento cultural de la Edad Media, renace el interés por este gé­nero literario. Dan fe de ello tres obras escritas a poca distancia una de otra: Los hombres ilustres [De viris illustribus] de Sigiberto de Gembloux (hacia 1030-1112), es­crita probablemente en el 1111, en ciento setenta y un capítulos, en el último de los cuales el autor, hablando de sí mismo, dice: «Imitando a San Jerónimo y a Genadio es­cribí finalmente este librito acerca de los hombres ilustres, con todo lo que pude ha­llar en mis investigaciones»; Los escritores eclesiásticos [De scriptoribus ecclesiasticis] del Anónimo Melicense (hacia 1130), que enlaza directamente con San Jerónimo y Ge­nadio, lamentando en el prefacio que los escritos de Casiodoro y de San Isidoro no hubieren podido llegar a sus manos; y final­mente De las lumbreras de la Iglesia [De luminaribus Ecclesiae] de Honorio de Autun (hacia 1090-1150) en el que se pasa re­seña a «los nombres de todos los escritores eclesiásticos, desde el tiempo de Cristo hasta hoy, que pude conocer — como dice expre­samente el autor indicando así sus fuen­tes tradicionales — por San Jerónimo, Gena­dio, San Isidoro, San Beda y otros». Así la existencia de este género de historias lite­rarias queda demostrado a lo largo de toda la Edad Media, de la que pasará al Hu­manismo, a Petrarca, a Boccaccio (v. Des­venturas de los hombres ilustres), a Sicco Polentón (v. Escritores ilustres en lengua latina), etc.

*     La obra de Francesco Petrarca (1304-1374), De los hombres ilustres [De viris illustribus], comenzada hacia 1338 y nunca terminada, debía titularse Quorundam illustrium virorum et clarissimorum heroum epithoma, o sea, epítome de cuanto se ha es­crito acerca de los más famosos personajes de la historia, y tratar de personajes de todo país y época, pero después Petrarca redujo su obra a la historia romana y precisamente a los personajes más insignes desde Rómulo hasta Tito. Sin embargo, no pasó de la bio­grafía de Julio César quizás porque al en­tusiasmo del principio sucedió luego duran­te el trabajo un enfriamiento, y porque debió parecerle que para celebrar las vir­tudes de los grandes romanos, mejor que la prosa, era un poema, el Africa (v.), del que es protagonista su héroe predilecto Escipión el Africano, y que lo apartó de su proyecto primitivo. Aun así, incompleto, el libro es importante como documento del concepto historiográfico del Petrarca, el cual se pro­puso una tarea de edificación moral seña­lando en sus héroes ejemplos de virtud; supo, empero, animar con un soplo de sim­patía humana sus ejemplos históricos, espe­cialmente al tratar de Escipición el Mayor y de Julio César, del que dió la biografía más cumplida y más rica, no limitándose a hacer obra de compilador, sino que trató de fundir los relatos de los distintos auto­res en que se inspiraba, discutiendo la ma­yor o menor verosimilitud de sus relatos, con una intención de crítica histórica que aparece en todo su volumen en la biografía de César. También puso algo de sí mismo en sus personajes, en los cuales vio, además de unos modelos de virtud, unos hombres conscientes de su propia humanidad y por ello no ignorantes de aquella melancolía que él sentía surgir de lo más íntimo y de la contemplación de las vicisitudes humanas.

M. Fubini

A Petrarca no le sienta bien el hábito de Cicerón; aun sus propios contemporáneos, al oírle, aplaudían y reían. No sentían al hombre en todo aquel estruendo cicero­niano. El hombre estaba allí, pero más pa­recido al anacoreta y al santo que a Livio y a Cicerón,’ más inclinado a las fantasías y los éxtasis que a la acción. (De Sanctis)

En el juicio se siente un criterio de mo­derna independencia. (F. Flora)