Iroha Bunko, Tamenaga Shunsui I

[Biblioteca del Iroha]. Obra de la literatura narrativa popular ja­ponesa, incompleta a pesar de sus cincuenta y dos volúmenes. Su verdadero título es: Seishi Jitsuden Iroha Bunko [Historia auténtica y biografía verdadera, o bien: Biblioteca del Iroha]. Se atribuye a Tamenaga Shunsui II (Somezaki Nobufusa, 1823-1886), pero, en realidad, las cuatro primeras par­tes fueron escritas por Tamenaga Shunsui I (Ekizenya Koyiro, 1789-1842), maestro del anterior, que escribió la última parte de la obra. El Iroha Bunko es una refundición, en parte fundada sobre elementos históricos y en gran parte imaginaria, de la famosa venganza de los Cuarenta y siete Ronin (v.), a los cuales alude en el título la palabra «Iroha» que es el nombre del alfabeto silá­bico japonés, porque éste consta precisamente de cuarenta y siete signos. La trama, más que una exposición ordenada de los hechos, es una refundición, llena de inúti­les y enojosas minucias y de ampulosa pe­dantería, de anteriores narraciones referen­tes a los personajes más importantes y fa­mosos de la célebre venganza. Los autores ponen de relieve el lado humano y senti­mental de los acontecimientos, especialmente el amor de los actores de este feroz drama histórico, hombres todos ellos dirigidos ha­cia una meta suprema en la cual estaba empeñado su honor; hombres que, fríamente conocedores de su destino de muerte, du­rante el tiempo necesario para la prepara­ción de la venganza de su señor se adaptan a los trabajos más dispares y humillantes. El Iroha Bunko es una de las más impor­tantes versiones literarias del hecho histó­rico, y su aparición fue acogida muy favo­rablemente.

Y. Kawamura

Iris, Arthur Wing Pinero

Drama del escritor inglés Arthur Wing Pinero (1855-1934), representado en 1901. La protagonista, Iris, es una joven viuda a la cual el marido había dejado una pingüe renta, a condición de que no con­trajera segundas nupcias y se mantuviese fiel a su memoria. Pero ella es una mujer moderna, que no puede prescindir del di­nero para sus exigencias de lujos y place­res, y que, al mismo tiempo, tiene un corazón romántico y afectivo que le hace sentir la necesidad del amor. Iris no sabe decidirse a rechazar la mano de Trenwith, un joven de grandes esperanzas, pero que necesitará luchar para conseguir una posi­ción en la vida; ni a aceptar como marido a un maduro y riquísimo hombre de nego­cios, Maldonado, locamente enamorado de ella. Después de haber aceptado la propo­sición de Maldonado, pide un poco de tiem­po para pasar secretamente unas semanas de embriaguez junto a los lagos lombardos con el joven Trenwith, que está a punto de partir para Colombia. Pero, mientras tanto, el abogado al cual el difunto marido de Iris había confiado la administración del patrimonio arriesga el dinero en especula­ciones inmorales y lo pierde todo.

Iris, de­cidida, ahora más que nunca, a esperar la vuelta del joven sin el cual la vida se le hace imposible, vive pobremente en Lon­dres; y Maldonado, siempre vigilante, com­prende que el momento de la revancha ha llegado. Le ofrece, ya no el matrimonio, sino su amistad, e Iris, casi sin darse cuen­ta, se convierte en la amante del hombre con el cual no había querido casarse, espe­rando que el joven ignore todo esto. Pero Trenwith vuelve antes de lo esperado, des­pués de haber hecho fortuna; ya ha com­prado la casa que debe acoger su felicidad y está ansioso de llevar consigo a Iris. Pero cuando conoce la verdad huye para siem­pre, y Maldonado, que ha escuchado el último coloquio, arroja de su casa a la infeliz mujer, a quien no le queda más que el suicidio o la prostitución. Este dra­ma, que revela la influencia ibseniana, llega a una concepción exactamente opuesta a la del escritor noruego: éste señala la derrota moral de la mujer que, igualmente incapaz de entregarse totalmente al hom­bre y de saber bastarse a sí misma, acaba perdiéndose. La situación de Casa de mu­ñecas (v.), de Ibsen, está invertida: el ideal de una mujer moderna, sostenida por unas ideas morales propias y firmes, ha decaído y en ella se inicia, en los albores de nuestro siglo, una figura más carnal, que ha perdido su equilibrio y acaba vícti­ma de aquel mundo masculino con el cual ha querido competir.

G. Fornelli

Iris, Pietro Mascagni

Ópera en tres actos, de Pietro Mascagni (1863-1945), sobre libreto de Luigi Illica, estrenada en el teatro Constanzi de Roma, en 1898. Osaka, rico y epicúreo japonés, se encapricha por la bella Iris, la hija de un ciego, y decide hacerla suya; con ayuda de Kyoto, un medianero, se dis­fraza de histrión ambulante y planta un teatrito de fantoches frente a la casa de Iris; y cuando la joven, ingenuamente atraída por aquel acontecimiento, se aproxima a la muchedumbre que escucha, él la rapta furtivamente. En la lujosa casa de Osaka, Iris no se conmueve por sus riquezas, ni siquiera por el beso de Osaka, quien, ven­cido al fin por el candor de la joven, la cede a Kyoto. Éste, más astuto, la conquista con regalos sencillos y comercia con su in­genuidad y su belleza. Entre la muchedum­bre de admiradores de Iris se hallan también Osaka, que advierte demasiado tarde la gentileza de la joven, y el padre de ella, que arroja fango y maldiciones sobre su hija desnaturalizada; entonces Iris, deses­perada, se arroja a un precipicio, donde su agonía es besada por el rayo del sol naciente. Tampoco Iris, cuando se estrenó, satisfizo a aquel público que esperaba la obra maestra definitiva después de Cavallería Rusticana (v.). Esta obra surgió del mismo interés por un Oriente convencional que indujo a Puccini a escribir Madama Butterfly (v.) y Turandot (v.). Aunque Iris revela una fan­tasía desenvuelta y una preocupación de efectos técnicos considerables, le perjudica cierto simbolismo sin más finalidad que el serlo. Los trozos mejores son por otra parte los más célebres; la serenata «apri la tua finestra» que recuerda a la otra, todavía más famosa «O Lola ch’hai di latti la ca­misa», de Cavallería Rusticana, el «Aria del pulpo» algo cargada de sensualidad y, sobre todo, el elocuente «Himno al Sol» que abre y cierra la obra, y es una de las más céle­bres páginas de su autor.

F. A. Mella

Irene, Károly Kisfaludy

Tragedia húngara en verso, en cinco actos, de Károly Kisfaludy (1788-1830), estrenada en 1821. El argumento, sacado de las Cartas de Turquía (v.) de Mikes, es el amor del sultán Mohamed por la virgen griega cristiana Irene. Por amor a la joven estaría dispuesto a renunciar a su plan de conquista del mundo; pero Irene no lo ama y, puesto que el padre quiere maldecirla por casarse con un pagano, ella le confiesa que se ha propuesto sacrificarse por la salvación de la fe cristiana. Moha­med se entera de ello y la mata, con lo que ya nada podrá oponerse a sus conquistas. La estructura de la tragedia es muy correcta, valor indiscutible en una época en que la tragedia húngara no existía o. mejor dicho, la obra maestra de aquella literatura trá­gica, el Baño Bank (v.), era desconocida. Pero la resignación de Irene ante el sacri­ficio quita a la tragedia una parte de su tensión dramática.

M. Benedek

Iridión, Zygmunt Krasinski

[Irydion]. Poema dramático en prosa, un prólogo, cuatro actos y un epí­logo, del poeta polaco Zygmunt Krasinski (1812-1859), publicado anónimo en 1836. La acción se desenvuelve en dos épocas muy distanciadas entre sí: en el siglo III d. de C., en tiempos de Heliogábalo, y en pleno si­glo XIX. Iridión, hijo de un mercader grie­go, del cual ha heredado el odio más im­placable a Roma que oprime a todos los pueblos de la Tierra, después de la muerte de sus padres se va a la capital del Impe­rio con su bella hermana Elsinoe, con la secreta esperanza de conseguir, valiéndose de las ingentes riquezas heredadas de su padre y aprovechando el descontento del pueblo, organizar una rebelión contra el Imperio. Ayudado y protegido por el an­ciano rey de Numidia, Masinisa, que había sido amigo de su padre, estrecha relaciones con los oprimidos, tiende las redes de la rebelión y no vacila siquiera en sacrificar a su ideal a su propia hermana, la cual, movida por sus mismos sentimientos, se convierte en amante de Heliogábalo para arrastrarlo a la ruina y, con él, a todo el imperio. Pero el plan tan tenaz y paciente­mente elaborado fracasa, porque antes de que la revuelta pueda estallar el joven emperador Heliogábalo es destronado por el partido de los viejos romanos, capita­neado por el legislador Ulpiano, y hasta los cristianos, siguiendo el consejo del obispo de Roma, se niegan a participar en la em­presa. Elsinoe se suicida, Iridión está per­dido.

Entonces Masinisa le manifiesta su verdadera personalidad: él no es un mortal, es Satanás, y le ofrece, a cambio de su alma, la resurrección después de siglos de letargo, para que pueda contemplar con sus propios ojos la ruina de Roma. Iridión permanece así sus buenos dieciséis siglos en su letargo, en una caverna de los montes Albanos, y despierta en pleno siglo XIX, en tiempos del propio Krasinski. Masinisa en persona lo acompaña a ver los escombros de la Roma imperial, reducida a una pobre ciudad sin apenas poder, semipoblada y descuidada, regida por los Papas, esto es, por los sucesores de aquellos mismos sacer­dotes cristianos a quienes Roma había per­seguido ferozmente. Masinisa-Satanás, re­clama, mantenida su promesa, el cumpli­miento del pacto por parte de Iridión, que ahora debe cederle su alma. Pero la Gracia divina interviene en favor del griego y le concede por el grande amor que lo ha impulsado en vida, la salvación, con la condición de que se someta a una nueva prueba, en Polonia, tierra de dolor y ex­piación, de la que su espíritu podrá salir purificado de todo estéril odio terreno e iluminado por la fe de Cristo. En este sen­tido el Iridión entra también en el cuadro de la poesía romántica mesiánica de Polo­nia; ateniéndose por un lado a la gran­deza del ideal patriótico, y condenando por otro lado el mal. pero sin idea de venganza, con la convicción de que mucho más que el odio, la sangre y las conspiraciones, sirve para la redención de los pueblos oprimidos el amor divino.

La idea fundamental del poema le fue sugerida al poeta por la visión de la misma Roma papal de sus tiempos, tan distinta de la imperial, y por su pa­triótico deseo de lanzar, por medio del ejemplo de Roma, una amonestación al po­deroso imperio ruso que oprimía a su pa­tria, acerca de la caducidad de todo poder terrenal. El cuadro de la decadencia de Roma tiene páginas particularmente suges­tivas. Trad. italiana de Clotilde Garosci (Roma, 1926).

E. Damiani