Andrés Bernáldez

Escritor español nacido a mediados del siglo XV, m. después de 1513. Era sacerdote y fue párroco de Los Palacios (1488-1513).

El arzobispo de Se­villa Diego de Deza lo tuvo como capellán. Compuso una Historia de los Reyes Católi­cos don Femando y doña Isabel, publicada en el tomo 70 de la «Biblioteca Rivadeneyra» y que la Academia incluyó en el Dic­cionario de autoridades de la lengua.

Cono­ció personalmente a muchos personajes de su tiempo, entre ellos a Cristóbal Colón, el cual le facilitó documentos para su obra.

Jerónimo Bermúdez

Nació en Galicia en torno a 1530 y m. probablemente en 1599. Religioso dominico y profesor de teología en la Universidad de Salamanca, viajó mu­cho no sólo por España, sino también por África, Portugal y Francia.

Dio a su obra un tono original de austeridad y ciertos ma­tices líricos de tradición gallega. Representante del teatro renacentista humanístico, opuesto a la multiforme escena nacional, trató de aclimatar en España la tragedia clásica griega y algunos metros latinos, como el sáfico; empleó el coro y observó las unidades aristotélicas.

Bajo el seudó­nimo de Antonio de Silva adaptó a una tra­gedia en cinco actos titulada Nise lastimosa (1577) la obra trágica Doña Inés de Castro del portugués A. Ferreira (v. Castro); ori­ginal es, en cambio, la continuación o se­gunda parte Nise laureada, que carece de todo valor artístico. Bermúdez compuso también un panegírico del duque de Alba en dísticos latinos (Hesperoida); describió, además, en otra obra hoy perdida, el viaje de este per­sonaje de Italia a Flandes.

Gr. Savelli

Héctor Berlioz

Nacido en la Cote Saint- André (Delfinado) el 11 de diciembre de 1803 y m. en París el 8 de marzo de 1869. Realizó los estudios secundarios en Grenoble, y demostró afición a la poesía y a la música, aun cuando no de una manera sin­gular.

Enviado a París a cursar medicina, sintió arder en su interior la vocación mu­sical, fomentada por el contacto con los abundantes conciertos y espectáculos tea­trales de la gran ciudad; concretamente, gustaba de las expresiones trágicas y apa­sionadas, y, así, le molestaban por igual la frívola ligereza de la Opéra-Comique y la retórica pomposa de la Opéra.

En el seve­ro Lesueur encontró un maestro que supo comprender sus ideales, y con él inició, privadamente al principio y luego en su clase de composición del Conservatorio, un tardío estudio sistemático de la música. El padre, empero, insistía en la prosecución de los cursos de medicina, y más de una vez amenazóle con suspender la asignación mensual.

Mientras tanto, B. frecuentaba el ambiente literario del Romanticismo, y jun­to con De Vigny, Víctor Hugo, Lamartine, Dumas, Balzac y otros se entusiasmó por la revelación del teatro de Shakespeare, que en septiembre de 1827 triunfaba en el Odeón a través de las representaciones ofre­cidas por una compañía inglesa.

Románti­camente inclinado a confundir arte y vida, enamoróse con pasión de Ofelia y Julieta, o sea de la actriz que desempeñaba estos papeles, Harriett Smithson, la cual, de mo­mento, permaneció insensible ante sus de­sesperados requerimientos.

Al cabo de po­cos meses B. experimentó otra fulgurante revelación artística al oír la ejecución de las Sinfonías de Beethoven en los conciertos del Conservatorio, bajo la dirección de Habeneck; también la audición de Der Freíschütz (v.), de Weber, le apasionó, y al impulso de estas influencias empezó a componer Ocho escenas del «Fausto» de Goethe, germen de la futura Condenación de Faust (v.).

Ello ocurrió en el verano de 1828, durante una breve estancia en el hogar pa­terno. Vuelto a París, insistió en sus pre­tensiones cerca de la actriz Harriett Smith­son, que siguió mostrándose todavía insensible. Entonces el músico intentó narrar toda esta historia de romántica desesperación por un amor desengañado en una gran obra sinfónica: la Sinfonía fantástica (v.), que, ejecutada el 5 de diciembre de 1830, des­pertó un gran entusiasmo.

Mientras tanto, y luego de haberse presentado en vano repetidas veces al «Prix de Rome», lograba, por fin, el ansiado galardón, y hubo de tras­ladarse a «Villa Medici», en Roma. De Italia le interesaban el paisaje, el pueblo y las costumbres, pero no la música; por otra parte, atraíale a París el nuevo amor hacia la pianista Camila Moke.

Y así, en 1832, con más de un año de anticipación, volvió de aquel país, llevando consigo las oberturas El rey Lear y Rob-Roy, así como el melologo sinfónico Lélio, ou le retour á la vie, continuación de la Sinfonía fantástica.

A su regreso encontró a Camila Moke unida en matrimonio con Ignacio Pleyel y a Har­riett Smithson favorablemente cambiada respecto a sus pretensiones; con ella se casó el 3 de octubre de 1833. A fin de satis­facer las necesidades materiales de la exis­tencia, B. dedicóse a la crítica musical, pri­meramente en periódicos de escasa noto­riedad y luego para el importante Journal des Débats.

Los artículos publicados a par­tir de entonces se hallan reunidos en el volumen A través de los cantos (v.). Al mismo tiempo preparaba una gran obra sin­fónica, también descriptiva: Harold en Ita­lia (v.), ejecutada el 23 de noviembre de 1834 ante un público excepcional de litera­tos y artistas románticos. El instrumento de este músico que no dominaba ninguno en particular es aquí, en realidad, toda la or­questa.

La multiplicación de los medios sonoros se manifiesta singularmente en la Grand Messe des Morts, compuesta en con­memoración de los caídos en las jomadas de julio e interpretada luego en otra solemnidad cívica el 5 de diciembre de 1837; re­quiere tal obra cinco orquestas, con ocho pares de timbales y un coro proporcionado.

Mientras tanto, B. se inclinaba también al teatro como único medio de éxito concreto en el ambiente de París. Sin embargo, Benvenuto Cellini fracasó irremediablemente el 10 de septiembre de 1838 (sólo seis años des­pués fueron aplaudidos algunos fragmentos de la composición arreglados para la or­questa con el título de Carnaval romano, v.), y las dificultades financieras del com­positor no se vieron sino momentáneamente solucionadas con el principesco regalo de Paganini, quien le hizo llegar una ofrenda de 20.000 francos tras un concierto de com­posiciones suyas (16 de diciembre de 1838).

Después de Romeo y Julieta, «sinfonía con coros y solos de canto» sobre el homóni­mo drama de Shakespeare, B. elaboró otra muestra de música gigante para ceremonias públicas al aire libre con la Symphonie fú­nebre et triomphale, encargada por el Go­bierno para la conmemoración del décimo aniversario de la Revolución de Julio.

No obstante, la vida en la capital iba hacién­dosele cada vez más difícil, a pesar de ha­ber obtenido el puesto de bibliotecario del Conservatorio, que tanto despreciara como baluarte del clasicismo conservador y ana­crónico. Por otra parte, afligíale una moles­ta situación familiar: envejecida, pendenciera y dada a la bebida, Harriett Smithson iba resultando en el hogar muy distinta de las angelicales Julieta y Ofelia de quince años antes.

Así las cosas, nuestro músico huyó a alemania con la cantante María Recio; allí realizó una serie de conciertos, obtuvo el apoyo fraternal de Mendelssohn y Schumann y conoció junto a los grandes éxitos la incomprensión más deprimente.

Vuelto a París reanudó su labor en Journal des Débats y publicó el Gran tratado de ins­trumentación y orquestación moderna (v.), obra fundamental e indispensable en su es­pecialidad. Entre los triunfos de un nuevo viaje artístico a Viena, Praga y Budapest dio fin el oratorio La condenación de Faust, adaptado posteriormente a la ópera; su eje­cución por cuenta propia en la Opéra-Comique los días 6 y 20 de diciembre de 1846 le llevó a la ruina financiera, que hubo de remediar con otra serie de conciertos en el extranjero, esta vez en Rusia (1847).

Allí como en Hungría y Bohemia, la música de B. provocó el aplauso delirante de los nue­vos artistas jóvenes, quienes consideraban al autor como apóstol de un arte nuevo; con Liszt habría de ser, en realidad, el padre espiritual de las escuelas nacionales rusa y bohemia.

Otros viajes a Londres (1847 y 1852) fueron necesarios para hacer frente a las ávidas exigencias de dos presupuestos familiares: el de la Smithson y el de la Recio. Liszt ayudó generosamente al compo­sitor con una «semana Berlioz» organizada en Weimar. Muerta su mujer (1854), casóse con la citada cantante y sus tribulaciones parecieron conocer una tregua.

Compuso entonces el oratorio La infancia de Cristo (v.), tan insólito, en su afectuosa y dis­creta simplicidad, y ajeno a los excesos de las otras composiciones. La conciencia de un equilibrio interior se manifiesta en la últi­ma obra: el ciclo operístico de Los troyanos (v.), que desarrolla en dos sesiones (La prise de Troye y Les Troyens á Carthage) un tema inspirado en la Eneida que intenta ser, has­ta cierto punto, una réplica latina y medi­terránea a la tenebrosa mitología nórdica del Anillo del Nibelungo.

De ambas óperas, B. sólo pudo ver representada la segunda (1863), por cuanto la otra no pasó a la escena hasta 1899; las dos siguen aguardando todavía una valoración rigurosa. Muerta Ma­ría Recio en 1862, los últimos años del com­positor transcurrieron en una amarga sole­dad; en 1856, cuando en realidad poco le importaba ya, fue admitido, finalmente, en la Academia.

Durante este período viajó aún por Austria, alemania y Rusia (1868), donde fue acogido como maestro por los compositores del «Grupo de los Cinco».

M. Mila

San Bernabé

Personaje del Nuevo Tes­tamento nacido en Chipre y llamado José; los Apóstoles, empero, le dieron el sobre­nombre de Bernabé.

Era primo de San Marcos, y entregó al colegio apostólico el producto obtenido con la venta de un campo de su propiedad. Presentó Pablo de Tarso a los discípulos, y, enviado a Antioquía, pidió la ayuda de éste; acompañó al apóstol en su primer viaje de evangelización.

Más tarde, ambos se separaron, por cuanto San Pablo no quería llevar consigo a Marcos, del que, por su parte, Bernabé no gustaba de alejarse; ello, empero, no quebró la amistad entre los dos. Leyendas posteriores y carentes de autori­dad nos lo sitúan en Alejandría, Roma o Milán como primer evangelizador, o bien hablan de su martirio en Salamina de Chi­pre. Se le atribuyeron algunos textos.

Ter­tuliano le juzga autor de la Epístola a los Hebreos (v.), paulina en cuanto a las ideas, pero no precisamente por su forma; se ha­bla también de un apócrifo Evangelio de Bernabé, y figura asimismo bajo su nombre una Epístola (v.) seguramente no suya, sino, con mucha probabilidad, de un autor alejandrino o sirio llegado a la fe cristiana desde el judaísmo y compuesta quizá des­pués del 115 o no mucho más allá del 130; pero, en todo caso, antes del 140.

En ella se muestra la humildad del autor y, al mis­mo tiempo, sus preocupaciones de pastor de almas; unas veces disminuye el tono y el fervor místico de las enseñanzas de San Pablo sobre las relaciones entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, que en otros aspec­tos complica con la exégesis alegórica; finalmente, expone las advertencias morales referentes a la «doctrina de las dos vidas».

A. Pincherle

George Berkeley

Nacido cerca de Thomastown, en Irlanda, el 12 de marzo de 1685, y m. en Oxford el 14 de enero de 1753. A los quince años ingresó en el Trinity College de Dublín, y allí empezó a enseñar en 1707, a los veintidós.

Como preparación a las reuniones de una sociedad científica juvenil anotaba problema y reflexiones fru­to de diversas lecturas sobre ciencias y filosofía (v. Libro de los lugares comunes). Sobresalía entre ellas el Ensayo acerca del intelecto humano (v.) de Locke, donde se hallaban representadas las corrientes filo­sóficas propias del siglo XVII, según las cuales el mundo material constaba de dos elementos: la materia, considerada sólo cuantitativamente, y el movimiento.

Rea­nudando la polémica de Locke contra el dualismo cartesiano, compuso Berkeley en 1790 un Ensayo para una nueva teoría de la visión (v.), en el que niega que los objetos exter­nos sean como los percibimos.

En la obra publicada poco después, en 1710, Tratado so­bre los principios del conocimiento humano (v.), el inmaterialismo se halla demostrado según lo que el autor denominaba su «nue­vo principio»: «esse est percipi» (existir significa únicamente ser percibido).

Tal cri­terio pareció paradójico a los contemporá­neos, que no conocían bien la evolución de la filosofía europea, y, así, Berkeley publicó en 1712 los tres diálogos (v. Tres diálogos entre Hylas y Filonous) en defensa de sus ideas en los que explicaba su concepción y sos­tenía que, aun cuando semejante, era distinta de la percepción de las ideas en Dios defendida por el cartesiano Malebranche.

Mientras tanto, empero, llegado ya a minis­tro de la Iglesia anglicana, había adoptado una posición en la lucha política. Los «tories» presentaban como un deber religioso la obediencia pasiva al poder constituido frente a las ideas libertarias profesadas por los «whigs» y Locke; y Berkeley defendió también aquel tipo de sumisión en algunos sermo­nes, en los que volviendo a tratar desde su base el problema moral, hacía derivar de la ley natural de la autoconservación el deber de someterse a la autoridad soberana, como lo sostuviera el materialista Hobbes.

Tales ideas, impopulares en Irlanda, le atrajeron la simpatía de los «tories», entonces en el poder, y Berkeley trasladóse a Londres, donde fue bien recibido y agasajado en los círculos intelectuales. Descuidó entonces las investi­gaciones filosóficas, se dedicó a la moral práctica y escribió en el periódico The Guardin una serie de ensayos en los cuales menciona apenas el inmaterialismo.

Sin em­bargo, poco después, en 1713, abandonó in­cluso la propaganda moral, marchó a Italia como preceptor o capellán de jóvenes in­gleses de elevada posición e interesóse úni­camente por la arquitectura, como de su diario cabe deducir.

A excepción de una es­tancia en Londres de 1714 a 1716, Berkeley viajó prolongadamente por Italia hasta 1721. Ape­nas vuelto a la patria, publicó un ensayo en latín acerca del movimiento, destinado a un concurso de la Academia de Ciencias de París. En él olvida por completo las teorías sostenidas hasta nueve años antes y admite la existencia tanto del pensamiento como de la materia; de sus ideas precedentes no queda sino la tesis de la pasividad de ésta y la actividad de aquél.

No obstante, Berkeley no insistió en estas nuevas investigaciones y lanzóse, en cambio, a la polémica religiosa, atribuyendo los males de su país a la increulidad. Proyecta un gran seminario en América para la conversión de los pueblos indígenas al cristianismo, recibe del go­bierno promesas de dinero, e, incluso antes de que éstas se concreten, marcha a las Bermudas, animado por el entusiasmo evangélico; allí permanece entre 1728 y 1731; pero, no convertida en realidad la prome­tida ayuda económica, se ve en la imposi­bilidad de dar comienzo a su colegio misio­nal.

 Durante la permanencia en América había entablado relaciones con pensadores americanos, sobre los cuales influyó un tanto, y en el curso de su forzada inacti­vidad escribió una serie de diálogos contra la libertad de pensamiento: Alcifrón o el filósofo menudo (v.). Dos años después de su regreso, en el libro Teoría de la visión o el lenguaje visual defendido y explicado, Berkeley ofreció la última expresión de su filo­sofía juvenil, de la cual, empero, no renovó el inmaterialismo, que veinte años antes le parecía el argumento más eficaz contra la incredulidad.

En América había declarado a un admirador no haber puesto nunca en duda que la mente humana eran tan pa­siva como activa, con lo cual rechazaba el fundamento mismo del «nuevo principio». En el curso de los años, Berkeley, por sus méritos de apologista y su vida integérrima, había conquistado el respeto general y ascendido en la jerarquía eclesiástica.

En 1734 fue nombrado obispo de la diócesis irlandesa de Cloyne, donde se dedicó a los deberes propios del cargo y a la defensa de Irlanda frente a la opresión inglesa; escribió tam­bién sobre economía y política. De 1739 a 1741, durante una época de escasez y peste, acudió en auxilio de los enfermos y trató de curarles con agua de alquitrán, remedio que posiblemente viera aplicar entre los in­dios americanos. Creyó obtener milagrosos resultados en cualesquiera dolencias, e in­tentó explicarlos mediante una «cadena de reflexiones e investigaciones» filosófico-científicas (v. Siris) publicada treinta y dos años después de cerrado el ciclo de su filosofía juvenil y en neta oposición con ésta.

Berkeley fundóse entonces en la autoridad de los alquimistas, de Paracelso y aun de Platón, a quien rechazara en su juventud resuelta­mente. Estas últimas ideas eran un tanto afines a las de Heráclito y de sus continua­dores al Renacimiento italiano, y pueden ser juzgadas en su conjunto cual una regresión análoga a la de Kant, quien, en su última obra, y también posiblemente por una necesidad lógica interior * llegó a con­cebir el fuego como único elemento activo del cosmos.

Ocho años después de Siris, en 1752, Berkeley, entonces ya viejo y achacoso, re­nunció al ejercicio del cargo episcopal y trasladóse a Oxford, donde murió.

M. M. Rossi