Nacido cerca de Thomastown, en Irlanda, el 12 de marzo de 1685, y m. en Oxford el 14 de enero de 1753. A los quince años ingresó en el Trinity College de Dublín, y allí empezó a enseñar en 1707, a los veintidós.
Como preparación a las reuniones de una sociedad científica juvenil anotaba problema y reflexiones fruto de diversas lecturas sobre ciencias y filosofía (v. Libro de los lugares comunes). Sobresalía entre ellas el Ensayo acerca del intelecto humano (v.) de Locke, donde se hallaban representadas las corrientes filosóficas propias del siglo XVII, según las cuales el mundo material constaba de dos elementos: la materia, considerada sólo cuantitativamente, y el movimiento.
Reanudando la polémica de Locke contra el dualismo cartesiano, compuso Berkeley en 1790 un Ensayo para una nueva teoría de la visión (v.), en el que niega que los objetos externos sean como los percibimos.
En la obra publicada poco después, en 1710, Tratado sobre los principios del conocimiento humano (v.), el inmaterialismo se halla demostrado según lo que el autor denominaba su «nuevo principio»: «esse est percipi» (existir significa únicamente ser percibido).
Tal criterio pareció paradójico a los contemporáneos, que no conocían bien la evolución de la filosofía europea, y, así, Berkeley publicó en 1712 los tres diálogos (v. Tres diálogos entre Hylas y Filonous) en defensa de sus ideas en los que explicaba su concepción y sostenía que, aun cuando semejante, era distinta de la percepción de las ideas en Dios defendida por el cartesiano Malebranche.
Mientras tanto, empero, llegado ya a ministro de la Iglesia anglicana, había adoptado una posición en la lucha política. Los «tories» presentaban como un deber religioso la obediencia pasiva al poder constituido frente a las ideas libertarias profesadas por los «whigs» y Locke; y Berkeley defendió también aquel tipo de sumisión en algunos sermones, en los que volviendo a tratar desde su base el problema moral, hacía derivar de la ley natural de la autoconservación el deber de someterse a la autoridad soberana, como lo sostuviera el materialista Hobbes.
Tales ideas, impopulares en Irlanda, le atrajeron la simpatía de los «tories», entonces en el poder, y Berkeley trasladóse a Londres, donde fue bien recibido y agasajado en los círculos intelectuales. Descuidó entonces las investigaciones filosóficas, se dedicó a la moral práctica y escribió en el periódico The Guardin una serie de ensayos en los cuales menciona apenas el inmaterialismo.
Sin embargo, poco después, en 1713, abandonó incluso la propaganda moral, marchó a Italia como preceptor o capellán de jóvenes ingleses de elevada posición e interesóse únicamente por la arquitectura, como de su diario cabe deducir.
A excepción de una estancia en Londres de 1714 a 1716, Berkeley viajó prolongadamente por Italia hasta 1721. Apenas vuelto a la patria, publicó un ensayo en latín acerca del movimiento, destinado a un concurso de la Academia de Ciencias de París. En él olvida por completo las teorías sostenidas hasta nueve años antes y admite la existencia tanto del pensamiento como de la materia; de sus ideas precedentes no queda sino la tesis de la pasividad de ésta y la actividad de aquél.
No obstante, Berkeley no insistió en estas nuevas investigaciones y lanzóse, en cambio, a la polémica religiosa, atribuyendo los males de su país a la increulidad. Proyecta un gran seminario en América para la conversión de los pueblos indígenas al cristianismo, recibe del gobierno promesas de dinero, e, incluso antes de que éstas se concreten, marcha a las Bermudas, animado por el entusiasmo evangélico; allí permanece entre 1728 y 1731; pero, no convertida en realidad la prometida ayuda económica, se ve en la imposibilidad de dar comienzo a su colegio misional.
Durante la permanencia en América había entablado relaciones con pensadores americanos, sobre los cuales influyó un tanto, y en el curso de su forzada inactividad escribió una serie de diálogos contra la libertad de pensamiento: Alcifrón o el filósofo menudo (v.). Dos años después de su regreso, en el libro Teoría de la visión o el lenguaje visual defendido y explicado, Berkeley ofreció la última expresión de su filosofía juvenil, de la cual, empero, no renovó el inmaterialismo, que veinte años antes le parecía el argumento más eficaz contra la incredulidad.
En América había declarado a un admirador no haber puesto nunca en duda que la mente humana eran tan pasiva como activa, con lo cual rechazaba el fundamento mismo del «nuevo principio». En el curso de los años, Berkeley, por sus méritos de apologista y su vida integérrima, había conquistado el respeto general y ascendido en la jerarquía eclesiástica.
En 1734 fue nombrado obispo de la diócesis irlandesa de Cloyne, donde se dedicó a los deberes propios del cargo y a la defensa de Irlanda frente a la opresión inglesa; escribió también sobre economía y política. De 1739 a 1741, durante una época de escasez y peste, acudió en auxilio de los enfermos y trató de curarles con agua de alquitrán, remedio que posiblemente viera aplicar entre los indios americanos. Creyó obtener milagrosos resultados en cualesquiera dolencias, e intentó explicarlos mediante una «cadena de reflexiones e investigaciones» filosófico-científicas (v. Siris) publicada treinta y dos años después de cerrado el ciclo de su filosofía juvenil y en neta oposición con ésta.
Berkeley fundóse entonces en la autoridad de los alquimistas, de Paracelso y aun de Platón, a quien rechazara en su juventud resueltamente. Estas últimas ideas eran un tanto afines a las de Heráclito y de sus continuadores al Renacimiento italiano, y pueden ser juzgadas en su conjunto cual una regresión análoga a la de Kant, quien, en su última obra, y también posiblemente por una necesidad lógica interior * llegó a concebir el fuego como único elemento activo del cosmos.
Ocho años después de Siris, en 1752, Berkeley, entonces ya viejo y achacoso, renunció al ejercicio del cargo episcopal y trasladóse a Oxford, donde murió.
M. M. Rossi

