Héctor Berlioz

Nacido en la Cote Saint- André (Delfinado) el 11 de diciembre de 1803 y m. en París el 8 de marzo de 1869. Realizó los estudios secundarios en Grenoble, y demostró afición a la poesía y a la música, aun cuando no de una manera sin­gular.

Enviado a París a cursar medicina, sintió arder en su interior la vocación mu­sical, fomentada por el contacto con los abundantes conciertos y espectáculos tea­trales de la gran ciudad; concretamente, gustaba de las expresiones trágicas y apa­sionadas, y, así, le molestaban por igual la frívola ligereza de la Opéra-Comique y la retórica pomposa de la Opéra.

En el seve­ro Lesueur encontró un maestro que supo comprender sus ideales, y con él inició, privadamente al principio y luego en su clase de composición del Conservatorio, un tardío estudio sistemático de la música. El padre, empero, insistía en la prosecución de los cursos de medicina, y más de una vez amenazóle con suspender la asignación mensual.

Mientras tanto, B. frecuentaba el ambiente literario del Romanticismo, y jun­to con De Vigny, Víctor Hugo, Lamartine, Dumas, Balzac y otros se entusiasmó por la revelación del teatro de Shakespeare, que en septiembre de 1827 triunfaba en el Odeón a través de las representaciones ofre­cidas por una compañía inglesa.

Románti­camente inclinado a confundir arte y vida, enamoróse con pasión de Ofelia y Julieta, o sea de la actriz que desempeñaba estos papeles, Harriett Smithson, la cual, de mo­mento, permaneció insensible ante sus de­sesperados requerimientos.

Al cabo de po­cos meses B. experimentó otra fulgurante revelación artística al oír la ejecución de las Sinfonías de Beethoven en los conciertos del Conservatorio, bajo la dirección de Habeneck; también la audición de Der Freíschütz (v.), de Weber, le apasionó, y al impulso de estas influencias empezó a componer Ocho escenas del «Fausto» de Goethe, germen de la futura Condenación de Faust (v.).

Ello ocurrió en el verano de 1828, durante una breve estancia en el hogar pa­terno. Vuelto a París, insistió en sus pre­tensiones cerca de la actriz Harriett Smith­son, que siguió mostrándose todavía insensible. Entonces el músico intentó narrar toda esta historia de romántica desesperación por un amor desengañado en una gran obra sinfónica: la Sinfonía fantástica (v.), que, ejecutada el 5 de diciembre de 1830, des­pertó un gran entusiasmo.

Mientras tanto, y luego de haberse presentado en vano repetidas veces al «Prix de Rome», lograba, por fin, el ansiado galardón, y hubo de tras­ladarse a «Villa Medici», en Roma. De Italia le interesaban el paisaje, el pueblo y las costumbres, pero no la música; por otra parte, atraíale a París el nuevo amor hacia la pianista Camila Moke.

Y así, en 1832, con más de un año de anticipación, volvió de aquel país, llevando consigo las oberturas El rey Lear y Rob-Roy, así como el melologo sinfónico Lélio, ou le retour á la vie, continuación de la Sinfonía fantástica.

A su regreso encontró a Camila Moke unida en matrimonio con Ignacio Pleyel y a Har­riett Smithson favorablemente cambiada respecto a sus pretensiones; con ella se casó el 3 de octubre de 1833. A fin de satis­facer las necesidades materiales de la exis­tencia, B. dedicóse a la crítica musical, pri­meramente en periódicos de escasa noto­riedad y luego para el importante Journal des Débats.

Los artículos publicados a par­tir de entonces se hallan reunidos en el volumen A través de los cantos (v.). Al mismo tiempo preparaba una gran obra sin­fónica, también descriptiva: Harold en Ita­lia (v.), ejecutada el 23 de noviembre de 1834 ante un público excepcional de litera­tos y artistas románticos. El instrumento de este músico que no dominaba ninguno en particular es aquí, en realidad, toda la or­questa.

La multiplicación de los medios sonoros se manifiesta singularmente en la Grand Messe des Morts, compuesta en con­memoración de los caídos en las jomadas de julio e interpretada luego en otra solemnidad cívica el 5 de diciembre de 1837; re­quiere tal obra cinco orquestas, con ocho pares de timbales y un coro proporcionado.

Mientras tanto, B. se inclinaba también al teatro como único medio de éxito concreto en el ambiente de París. Sin embargo, Benvenuto Cellini fracasó irremediablemente el 10 de septiembre de 1838 (sólo seis años des­pués fueron aplaudidos algunos fragmentos de la composición arreglados para la or­questa con el título de Carnaval romano, v.), y las dificultades financieras del com­positor no se vieron sino momentáneamente solucionadas con el principesco regalo de Paganini, quien le hizo llegar una ofrenda de 20.000 francos tras un concierto de com­posiciones suyas (16 de diciembre de 1838).

Después de Romeo y Julieta, «sinfonía con coros y solos de canto» sobre el homóni­mo drama de Shakespeare, B. elaboró otra muestra de música gigante para ceremonias públicas al aire libre con la Symphonie fú­nebre et triomphale, encargada por el Go­bierno para la conmemoración del décimo aniversario de la Revolución de Julio.

No obstante, la vida en la capital iba hacién­dosele cada vez más difícil, a pesar de ha­ber obtenido el puesto de bibliotecario del Conservatorio, que tanto despreciara como baluarte del clasicismo conservador y ana­crónico. Por otra parte, afligíale una moles­ta situación familiar: envejecida, pendenciera y dada a la bebida, Harriett Smithson iba resultando en el hogar muy distinta de las angelicales Julieta y Ofelia de quince años antes.

Así las cosas, nuestro músico huyó a alemania con la cantante María Recio; allí realizó una serie de conciertos, obtuvo el apoyo fraternal de Mendelssohn y Schumann y conoció junto a los grandes éxitos la incomprensión más deprimente.

Vuelto a París reanudó su labor en Journal des Débats y publicó el Gran tratado de ins­trumentación y orquestación moderna (v.), obra fundamental e indispensable en su es­pecialidad. Entre los triunfos de un nuevo viaje artístico a Viena, Praga y Budapest dio fin el oratorio La condenación de Faust, adaptado posteriormente a la ópera; su eje­cución por cuenta propia en la Opéra-Comique los días 6 y 20 de diciembre de 1846 le llevó a la ruina financiera, que hubo de remediar con otra serie de conciertos en el extranjero, esta vez en Rusia (1847).

Allí como en Hungría y Bohemia, la música de B. provocó el aplauso delirante de los nue­vos artistas jóvenes, quienes consideraban al autor como apóstol de un arte nuevo; con Liszt habría de ser, en realidad, el padre espiritual de las escuelas nacionales rusa y bohemia.

Otros viajes a Londres (1847 y 1852) fueron necesarios para hacer frente a las ávidas exigencias de dos presupuestos familiares: el de la Smithson y el de la Recio. Liszt ayudó generosamente al compo­sitor con una «semana Berlioz» organizada en Weimar. Muerta su mujer (1854), casóse con la citada cantante y sus tribulaciones parecieron conocer una tregua.

Compuso entonces el oratorio La infancia de Cristo (v.), tan insólito, en su afectuosa y dis­creta simplicidad, y ajeno a los excesos de las otras composiciones. La conciencia de un equilibrio interior se manifiesta en la últi­ma obra: el ciclo operístico de Los troyanos (v.), que desarrolla en dos sesiones (La prise de Troye y Les Troyens á Carthage) un tema inspirado en la Eneida que intenta ser, has­ta cierto punto, una réplica latina y medi­terránea a la tenebrosa mitología nórdica del Anillo del Nibelungo.

De ambas óperas, B. sólo pudo ver representada la segunda (1863), por cuanto la otra no pasó a la escena hasta 1899; las dos siguen aguardando todavía una valoración rigurosa. Muerta Ma­ría Recio en 1862, los últimos años del com­positor transcurrieron en una amarga sole­dad; en 1856, cuando en realidad poco le importaba ya, fue admitido, finalmente, en la Academia.

Durante este período viajó aún por Austria, alemania y Rusia (1868), donde fue acogido como maestro por los compositores del «Grupo de los Cinco».

M. Mila