Jeremías, Hugh Seymour Walpole

[Jeremy]. Narración del es­critor inglés Hugh Seymour Walpole (1884- 1941), publicada en 1921. Es uno de los pri­meros libros del autor, y describe la infan­cia de un niño de ocho años, Jeremy Colé, en la imaginaria Polchester, pequeña capital de provincia inglesa, no lejos del mar; el despertar del sentimiento de independencia en el muchacho está estudiado a través de diversos episodios, como la enfermedad de la madre, la adquisición de un perro, el aza­roso encuentro con un mendigo, la pe­lea con un compañero, una representación de Navidad, una nueva aya, una escapada a la feria, el último verano antes de entrar en el colegio. Este sentimiento no nace tanto de las reglas disciplinarias como de una nueva actitud del muchacho hacia su fa­milia, la peligrosa convicción de poder hacer ya lo que hasta entonces le había sido pro­hibido. Los diversos personajes están des­critos con vigor, desde el tío Samuel Colé a la tía Amy, desde las hermanitas a la nueva institutriz, y son bellísimas las des­cripciones de los paisajes y de la soñolienta vida de la pequeña ciudad; pero nada iguala a la finura del estudio de la psicología infantil, que transparenta el evidente ca­rácter autobiográfico del libro.

M. L. Giartosio

Jerusalén, William Blake

[Jerusalem]. Poema simbó­lico del escritor y pintor inglés William Blake (1757-1827), empezado en 1804 y ter­minado en 1820. Es uno de los Libros proféticos. «Los hombres han olvidado que to­das las divinidades residen en el corazón humano»; tal es la premisa de este drama alegórico consistente en una mezcla de epi­sodios que giran alrededor del conflicto en­tre el eterno Evangelio y la Religión Natu­ral, entre el Perdón y el Castigo.

Jerusalén «Ciudad y Mujer al mismo tiempo» es el más bello símbolo en los más oscuros libros místicos de Blake: deriva de la Biblia (v. Apocalipsis, XXI). Jerusalén es «emanación de Albión»; representa el conjunto de sus visiones; es visión del conocimiento; visión del ideal moral y como a tal representa la perfecta ley de hermandad, el «evangelio eterno». Diametralmente opuesta a la Visión es la Razón, que tiene como agentes al Es­pectro y a la «Falsa Mujer». El Espectro es elaborado después en el símbolo de los doce hijos de Albión. La Religión Natural o Druídica sacrifica la libertad del indivi­duo, está gobernada por una Providencia que es opuesta al Divino Señor Jesús, una Providencia homicida que gime alimentán­dose de Muerte; puesto que toda religión que prevé el castigo y la venganza es reli­gión del Enemigo, del Vengador, y su dios es Satanás, príncipe de este mundo. Sus preceptos son contrarios al «eterno evange­lio».

En el poema muchos pasajes describen la desolación de Jerusalén, es decir, el esta­do de la vida mortal sin visiones. Pero es en la mujer en quien se compendian las fuerzas del mal. La mujer tiene en su poder nuestras facultades «vegetativas», oprime la vida del hombre con innumerables ilusio­nes de corporeidad y los errores subsiguien­tes. El «monstruoso gobierno de las muje­res» es el más peligroso obstáculo a las aspiraciones a la visión. Pero fuera de estos fragmentos en los cuales el pensamiento de Blake se deja ver de una manera clara, todo el poema es un apocalipsis esotérico guardado bajo siete llaves, donde el simbo­lismo permanece oscuro e impenetrable. La Jerusalén, lo mismo que el Millón (v.), debe en gran parte su importancia a los sugestivos dibujos que acompañan al texto: en estos se puede decir que Blake, con su vertiginosa fantasía, se anticipa al sentido moderno de la expresión figurativa, más allá de toda ley de fidelidad naturalista.

G. Pioli

La obra poética de Blake, puesta como está fuera de toda relación con la historia literaria de su época, muestra hasta qué punto es vano el intento de tratar los gran­des movimientos del espíritu humano con­siderándolos originados por los escritores y actuando sobre todo a través de la influen­cia literaria. (W. Raleigh)

Jerusalén, Selma Lagerlof

[Jerusalem]. Novela de la escritora sueca Selma Lagerlof (1858-1940), publicada en 1901-1902. La primera parte («En Dalecarlia») nos lleva al corazón de Suecia, a un rústico ambiente en el que señorea la antigua familia Ingmarsson. El jefe de los Ingmarsson, el «gran Ingmar», ha muerto; le toca a su hijo, el «pequeño Ingmar», continuar la antigua tradición de la familia: distinguirse por encima de los demás y vivir en el temor de Dios. Pero la nueva generación es distinta. El sectarismo religioso penetra en el país; cartas y per­sonas, venidas de América y de «Tierra Santa», turban las ideas de aquellos piado­sos cristianos; no se contentan ya con la palabra de Dios tal como les es transmitida por el pastor en la iglesia del pueblo, quie­ren vivir santamente como vivió Jesús en Tierra Santa. Y creyendo que una vida se­mejante no se puede llevar más que en el mismo lugar, todos los Ingmarsson, salvo el último retoño de la estirpe, junto con numerosas familias de la región, venden sus bienes, abandonan, en una larga hilera de carros, la tierra natal y van a establecerse a Jerusalén.

Aquí los encontramos en la segunda parte del libro («En Tierra Santa»). Los Ingmarsson y los demás suecos pasan a formar parte de la colonia americana, y se ponen animosamente al trabajo. Pero no se sienten bien en el nuevo ambiente, lleno de rivalidades de toda clase y de discordias sectarias; mientras el clima, muy distinto del suyo, obligándoles a permanecer dema­siado tiempo encerrados en casa e inacti­vos, mina su salud, de manera que muchos mueren de fiebres y de agotamiento. Algu­nos de ellos, desilusionados, vuelven a su patria; solamente un pequeño núcleo se queda en «Tierra Santa» luchando contra todas las dificultades, y contribuyendo a perpetuar la comunidad de los elegidos, los cuales esperan la vuelta del Señor que ha de venir un día al salir el sol, aureolado de luz. [Trad. del sueco por Heraldo Eek y Miguel Sarmiento en dos volúmenes titula­dos Jerusalén en Dalecarlia (Barcelona, 1926)]

Ch. Schimansky

De la Jerarquía Celeste, Dionisio el Areopagita

Tratado de teolo­gía mística atribuido durante toda la Edad Media, juntamente con otra obra (v. De los nombres divinos y De la teología mística) a Dionisio el Areopagita, primer obispo de Atenas, que fue discípulo de San Pablo. Ahora se ha demostrado que este tratado es debido a un escritor místico cristiano quizás de Siria, que debió de vivir a fines del siglo V. Importante históricamente y por la poética clasificación de los espíritus angélicos en tres órdenes descendientes y en nueve coros, clasificación adoptada por los mayores teólogos y entrada en la litur­gia de la Iglesia, y seguida por Dante, esta obra tiene también un gran valor por las ideas expuestas en los primeros capítulos: sobre el simbolismo del culto católico, «el carácter imaginario de todas las cualidades atribuidas a los ángeles», la inadecuación de todos nuestros medios de representación de las cosas divinas «en las cuales la afirma­ción es menos justa y la negación más ver­dadera».

Todas las representaciones sensibles de lo invisible y espiritual, efectivamente, con su misma diversidad, hacen que apa­rezca «falso e inverosímil que se parezcan en algún modo al esplendor de las realida­des celestes y divinas: pero nada de cuanto existe está absolutamente falto de belleza: ya que todas las cosas son bastante buenas, como dice la Verdad misma». Sigue su cons­trucción fantástica de la jerarquía celeste, «a la vez orden, ciencia y acción»; en la cual trata de las funciones angélicas de ha­cer visibles las teofanías divinas a los hom­bres y de la parte desempeñada por los ángeles en la economía de la Redención; y de ahí, de las atribuciones de los distintos grados descendientes de la jerarquía celeste. Incidentalmente, se recuerda que «existe como un solo principio también una sola providencia para todos los pueblos… y Dios designó sus ángeles para cuidado y salva­ción de todos los hombres…, aunque, en medio de la general infidelidad, los hijos de Jacob han quedado como únicos deposita­rios del conocimiento del Altísimo»; y se justifica el nombre de «dioses» atribuido a las naturalezas celestiales y «también a los más santos personajes que adornan nuestros órdenes». Sigue una explicación del significado misterioso de los símbolos atribuidos en las Sagradas Escrituras a los ángeles. El canto XXVIII del Paraíso dantesco, con su inmenso cono en rotación y fulgurante, que representa la jerarquía divina, viene a ser el comentario y casi la compendiosa con­densación de esta Jerarquía celeste. Trad. italiana de Domenico Giulotti (Florencia, 1921).

G. Pioli

De la Jerarquia Eclesiástica, Anónimo

Cuarta parte de aquel «corpus areopagiticum» que gozó de tanto crédito en la Edad Media y tanta influencia ejerció en la mística cris­tiana desde el final del siglo V hasta la época del Humanismo italiano. Las tres pri­meras partes del «Corpus», tituladas respec­tivamente De los nombres divinos (v.), De la teología mística (v.), De la jerarquía celeste (v.), trataban del valor de las deno­minaciones atribuidas a Dios en la Sagrada Escritura; de la unión del alma con Dios, gracias a la evasión del alma de toda forma de actividad, para reposar en la plena pasi­vidad estática, que conduce a la visión ín­tima e identificante de Dios; del reino de los espíritus celestes y de su naturaleza, y su distribución jerárquica en tres tríadas que constituyen así los nueve coros (Sera­fines, Querubines, Tronos, Virtudes, Potesta­des, Dominaciones, Principados, Arcángeles, Ángeles).

Esta cuarta parte, en siete capí­tulos, describe la Iglesia como una imagen y un dechado de la jerarquía celeste. A se­mejanza de la distribución jerárquica de los seres celestes, el escritor señala en la Igle­sia análogamente las tríadas. Éstas quedan así individualizadas y celebradas. Ante todo, la tríada «de las divinas celebraciones sacra­mentales»: el bautismo, la eucaristía y la confirmación. Sigue la tríada de los órdenes jerárquicos: obispos, sacerdotes, diáconos. Por fin, viene la tríada de los órdenes infe­riores y de sus ministros formada por los monjes, cofrades y la clase que comprende a un tiempo catecúmenos, sirvientes y peni­tentes. Una especie de apéndice cierra esta cuarta parte del «Corpus», acerca de las costumbres practicadas en las exequias de los difuntos, que representa en el conjunto de la obra una especie de escatología. A las cuatro secciones de la obra siguen en la tra­dición manuscrita del «Corpus» diez cartas. La obra se presenta como compuesta por aquel Dionisio, miembro del Areópago, de que se habla en el capítulo XVII de los Hechos de los Apóstoles; y durante toda la Edad Media se ha creído en esta paternidad de Dionisio respecto al «Corpus».

La crítica del Renacimiento, a partir de Lorenzo Valla, a quien siguió la del oratoriano Morin a mediados del siglo XVII, había comenzado a suscitar dudas más que razonables acerca del acierto de semejante atribución. La crí­tica contemporánea por obra, sobre todo, de Koch y de Styglmayr, no se ha propues­to tanto individualizar al verdadero autor del «Corpus» como determinar el ambiente cultural a que la obra puede ser referida. En cuanto a la época del escrito, su compi­lación no puede asignarse sino a fines del siglo V, y ya en los primeros lustros del siglo VI la encontramos citada en los escri­tos del jefe de escuela monofisita, Severo. Éste, citando el «Corpus», señala al autor con estas palabras: «Dionisio el Areopagita, que fue obispo de Atenas». En el contra­dictorio confesional que tuvo lugar a fines del 532 o a comienzos del 533 en Constantinopla, entre ortodoxos y monofisitas, los segundos adujeron, en favor de su doctrina de la «naturaleza una del Dios verbo des­pués de la unión», también la autoridad de Dionisio el Areopagita. La existencia del «Corpus» en su forma actual queda atesti­guada por vez primera de manera incontro­vertible por la traducción siríaca de Sergio de Resaina, realizada en 536. En la determinación de la tendencia y de la época del «Corpus», la cuarta parte, es decir, el tra­tado de la «jerarquía eclesiástica», no es de escaso significado.

Se trata pues, de una obra pseudónima intencionalmente arquitecturada para introducir, bajo un nombre ve­nerado, en el ámbito de la especulación misticoteológica cristiana, el mundo de las configuraciones neoplatónicas con la idea central del Uno del cual todas las cosas promanan para volver en definitiva al Uno. La presencia y el conocimiento del «Corpus areopagiticum» en Occidente datan ya de la época del papa Martín I. Máximo el Con­fesor contribuyó eficazmente a su propaga­ción con su Comentario. Entre las traduc­ciones latinas sobresale la escrita por Escoto Erigena, en la época de Carlos el Calvo. La edición príncipe del texto griego se pu­blicó en Florencia en 1516, lo cual es tam­bién señal del crédito de que la obra gozaba en el mundo humanista italiano de fines del siglo XV y principios del XVI. El jesuita Corderius nos dio una edición cuidadísima, en Amberes, en 1634. Esta edición se reeditó en Venecia, en 1755, y está reproducida en el Migne (Patrología griega, III-IV).

E. Buonaiutt