Jery y Bately, Wolfgang Goethe

[Jery und Bately]. Ope­reta en un acto escrita por Wolfgang Goethe (1749-1832) al volver de un viaje a Suiza con el duque de Weimar, a fines de 1779. Kayser y luego Seckendorff le pusieron música; pero graves dificultades se opusie­ron a su representación escénica. Publicada en 1780 con el fragmento del Fausto (v.) y Broma, burla y venganza (v.), inspiró ade­más al músico Reichardt. Entonces Goethe volvió a trabajarla como libretista paciente, consciente de que la colaboración entre poeta y compositor debe ser perfecta; y por la misma razón no se negó tampoco en 1825 a rehacer el final para complacer a otro músico, Lecerf, La acción se desarrolla en Suiza, ligera y un poco ingenua como con­viene a su carácter rural.

Jery es un apues­to joven enamorado de Bátely, muchachita esquiva que nada quiere saber de maridos. Tomás, soldado que acaba de volver de la guerra y amigo de Jery, apuesta que con una estratagema conseguirá hacer de él un feliz novio. Y he aquí que se pone a hacer el matón, a amenazar de diversas maneras a Bátely y a su padre; entonces es cuando Jery se enfurece y sale en su defensa a costa de su propia vida. La jovencita, con­movida, por gratitud, por necesidad de pro­tección y finalmente por amor, acepta la mano de Jery. La escena más viva es la de la contienda entre los dos amigos, que acaba en una verdadera riña de la cual Jery sale malparado pero tan contento por los golpes sufridos que le han acercado a su adorada, que paga gustoso la apuesta a Tomás. El ambiente suizo es arbitrario; Goethe mismo escribe a Dalberg que es «una opereta don­de los actores vestirán trajes suizos y habla­rán de queso y de leche». Sugestivas can­ciones, «arias que expresan la emoción del actor y donde éste pueda desahogar su cora­zón», y «musicalidad del diálogo», son los elementos que Goethe consideró indispensables para la fusión del libreto con la mú­sica y que confieren a la opereta su pecu­liar carácter.

G. F. Ajroldi

El Jesuita Moderno, Vicenzo Gioberti

[Il gesuita mo­derno]. Obra de Vicenzo Gioberti (1801- 1852), publicada por primera vez en Lausana, en cinco volúmenes, en 1846-47. Es una tremenda polémica con la que Gioberti trata de fortalecer y probar las acusaciones he­chas ya por él en los Prolegómenos (v.) a la «secta» de los jesuitas.

La polémica con­tra el jesuitismo es la consecuencia lógica del pensamiento giobertiano, para el qué la religión se entiende como raíz reguladora de la civilización, y ésta como progresiva realización de la unidad moral del género humano, restauración y también perfeccio­namiento de la integridad anterior a la culpa original. Según Gioberti, los jesuitas combaten esta verdadera filosofía; en política tratan solamente de acrecentar el poder mundano de la Compañía; en religión pro­pugnan un «misticismo excesivo» que me­nosprecia el uso de la razón y que perju­dica a la «prudencia que debe gobernar y condicionar toda virtud». Además, al hacer la libertad humana independiente de la efi­ciencia divina, los jesuitas terminan quitan­do todo valor divino a la moral esculpida en los corazones, reduciéndola simplemente a un mezquino artificio, a una cuestión de meras apariencias exteriores. Hasta la obra misionera de la Compañía ha sufrido con el tiempo un proceso regresivo: después del apostolado de San Francisco Javier, las mi­siones se han ido corrompiendo porque pre­dominan en ellas los fines de dominación política. Incluso la tan encomiada cultura de los jesuitas decae cada vez más, según Gioberti, hacia un estrecho empirismo, y en las bellas letras hacia una vana retórica, que debilita el espíritu de los jóvenes.

En cuanto a la obediencia incondicional al Sumo Pontífice, de la que los jesuitas hacen profesión, observa Gioberti que la practican sólo cuando resulta útil para sus fines, pos­poniendo en toda circunstancia la obedien­cia al papa, a la obediencia a su secta. Afirma ingenuamente que es de muy distinta naturaleza la obediencia que el mismo Gioberti presta al papado, porque radica en la idea de la misión divina conferida a la Iglesia en el mundo: la lucha secular por la defensa y la propagación de la verdad. La antigua Roma, sede de toda la civiliza­ción humana, se elevó todavía más al ha­cerse cristiana y católica, centro moral del género humano. El partido católico mode­rado, del que Gioberti es propugnador, se propone precisamente llevar a Roma al cumplimiento adecuado de este fin, reno­vando en ella la antigua sabiduría italiana y promoviendo un justo y moderno ordena­miento de los estados pontificios. La Ciudad Eterna podrá entonces promover la Confe­deración italiana, convirtiéndose en centro de la renovación política nacional, armo­nizando, con sabiduría conciliadora, los ex­tremos sofísticos de la demagogia y del despotismo, cuyos gritos desordenados des­garran la península. Conciliados ambos ele­mentos fundamentales de la civilización, el laicismo progresivo y el sacerdocio conser­vador, Roma no tendrá ya necesidad de poder temporal, sino que será el árbitro moral y civil de Italia y del mundo.

Este proceso histórico, que las nuevas genera­ciones están llamadas a seguir evitando los errores de la era anterior, es cosmopolita, puesto que el Cristianismo es universal, pero dentro de tres círculos de ideales que deben coexistir sin suprimirse: Italia, Europa, Mundo. El tono exacerbado del Jesuita mo­derno revela su carácter circunstancial, y no puede ser juzgado adecuadamente sin tener en cuenta las ásperas polémicas que precedieron a esta obra y el espíritu bata­llador con que Gioberti combate la corriente restrictiva que obstaculizaba activamente el movimiento nacional italiano, negando sus postulados liberales. Considerada desde este punto de vista, la obra constituye, a pesar de su prolijidad y de sus intemperancias, un significativo documento del conflicto ideológico a través del cual se llegó al 1848 italiano y, aunque no ofrezca ningún ele­mento verdaderamente notable para la inter­pretación del movimiento filosófico acaudi­llado por Gioberti, contribuye a iluminar la robusta fe política y civil del autor.

E. Codignola

La Jerusalén Conquistada, Lope de Vega

Poema en veinte cantos, y en octava rima de Lope de Vega (1562-1635), la Jerusalén conquistada, publicado en 1609. La obra se proponía emular la Jerusalén libertada (v.) de Tasso; pero Lope, lírico esencialmente realista, en contacto con una materia poética ya agotada por la sátira cervantina, pierde todo aliento verdaderamente épico y su obra sigue paso a paso el esquema de Tasso sustituyendo la cruzada de Godofredo de Bouillon por la de Ricardo Corazón de León y centrando el interés del relato en Alfonso VIII de Castilla, de donde, como dice Rennert y Castro. La Jerusalén conquistada «se parece a menudo a un libro de caballería, pero es ante todo una crónica poética de cosas españolas». Notables por su invención y valor poético son los episodios interpolados en la acción principal: la muerte de las doncellas españolas Blanca y Sol en el can­to II y el idilio de Lucinda en los cantos XVI y XVII.

La Jerusalén Celestial, Giacomino da Verona

[De Jerusalem celesti]. Poema descriptivo de dos­cientos ochenta versos de Giacomino da Verona (segunda mitad del siglo XIII), in­genua descripción del paraíso, que puede considerarse como parte de una obra dedi­cada a describir los dos reinos de ultratum­ba cristianos (la otra parte es el pequeño poema La Babilonia infernal v.).

Es un gé­nero muy difundido en la Edad Media, pro­cedente, con varias reducciones y adaptacio­nes, del Apocalipsis (v.) de San Juan. En la descripción general del paraíso, Giacomino sigue el Apocalipsis; ciertos rasgos de la des­cripción de los goces y de los esplendo­res de la ciudad celestial derivan probablemente de la Navegación de San Brandán (v.); el resto entra dentro del ingenuo, fres­co y maravilloso sensualismo con que los es­critores de la Edad Media solían describir la recompensa que Dios asigna a las almas bue­nas. La gran ciudad está ceñida por un ele­vado cerco de muros, y a la puerta monta guardia un querubín con una espada lla­meante en la mano. La atraviesa un río de brillantes aguas iluminadas por el sol, lleno de piedras preciosas, y cuyas orillas están adornadas con una admirable variedad de fragantes flores y de árboles de maravillosa virtud, con hojas y frutos de oro y plata: toda clase de pájaros cantan día y noche sus dulces canciones. Quien beba agua del río jamás volverá a estar sediento; quien toque una de aquellas piedras preciosas, si es viejo se vuelve joven, y aunque estuviese muerto desde mil años antes, resucitaría. Aparece Dios en su alto trono, rodeado de jubilosas legiones de ángeles y bienaventu­rados, divididos según su condición y méri­tos, y tiene junto a sí a la Virgen, rodeada de una doble corte, eclesiástica y caballe­resca.

A la Virgen, después de Dios, asciende el reverente y gozoso homenaje de la corte celestial, que va distribuyendo fragantes guirnaldas y corceles con arreos de oro y esmeraldas y un estandarte en el cual está representado su triunfo sobre el demonio. Pero, a un cierto punto, el autor declara que sus fuerzas son demasiado menguadas para tan sublime tema, y el poema acaba algo bruscamente. La descripción es una hechi­zada confusión de embriagueces de la vista y el oído. En este aspecto, la técnica tosca y desigual de Giacomino no deja de surtir su efecto, mientras se revela totalmente insu­ficiente para traducir la naturaleza más íntimamente espiritual del gozo paradisíaco. En el poema de Giacomino parecen oírse las voces del pueblo medieval que con la idea de salvación fundía, imaginativamente, insatisfechos y ocultos anhelos de riquezas y placeres fabulosos. La lengua empleada es el veneciano, con la mezcla propia de los siglos XII-XIII resultante de la fusión del lombardo y el véneto, pero con predominio de este último, embrión de un idioma que no llegó a cuajar a causa del rápido triunfo literario del toscano.

D. Mattalía

La Jerusalén Conquistada, Torquato Tasso

[La Gerusalemme conquistata] Poema épico en veinticuatro cantos, de Torquato Tasso (1544-1595), compuesto entre 1587 y 1592 y publicado en 1593. Es una refundición de la Jerusalén libertada (v.), a la que el poeta se entregó, cuando, por las objeciones de los revisores y más aún por sus propios es­crúpulos religiosos y literarios, se conven­ció de no haber logrado el intento de escri­bir aquel poema épico, que había esbozado en sus tres discursos juveniles, Discursos sobre el arte poética (refundidos por él mismo, a la vez que el poema, en los seis Discursos acerca del poema heroico v.) y en el cual la severa epopeya historicorreligiosa se mezclaba con elementos de la poesía no­velesca caros al gusto de la época.

La trama es sustancialmente la misma que la de la Jerusalén libertada, pero Tasso se preocupó de dar mayor realce a la acción principal, la conquista de Jerusalén, que en la Liber­tada podía parecer sacrificada al desarrollo de los episodios y más aún al espíritu de éstos, los cuales contrastaban, por su asunto, con el intento general de la obra. Por esto, Armida (v.) sigue siendo en la Conquistada la seductora demoníaca, pero desaparece del poema la representación de su drama, la desesperación por la partida de Rinaldo (v.), su intento de vengarse de su amado, y su reconciliación con él: aquí es encadenada por los caballeros que liberan a Rinaldo en el monte mismo donde se levantaba su pa­lacio y allí la abandonan. También está su­primido el episodio de Herminia (v.) entre los pastores, como poco conveniente a la dignidad de la epopeya, y el de Olindo y Sofronia (v.) por el ardiente erotismo de algunos pasajes.

En cambio, adquiere mayor desarrollo la descripción de las vicisitudes de la guerra y de los lugares que le sirven de teatro, debido al propósito del poeta de dar numerosas noticias sobre la santa empresa ateniéndose más estrictamente a la historia que en la Libertada y por el de rivalizar con los modelos consagrados de la epopeya, Homero y Virgilio, contraponiendo perso­naje a personaje, episodio a episodio, refun­diendo, por ejemplo, el personaje de Argan­te (v.) sobre el modelo del del Héctor (v.) homérico; y el de Solimán (v.) sobre el del Mesencio (v.) virgiliano, introduciendo una batalla junto a las naves cristianas, porque en la Ilíada existe un episodio parecido. (Incluso en el número de sus cantos, o sea, 24, la Conquistada quiere parecerse a una nueva Ilíada). Sobre todo, el poeta procura subrayar el carácter religioso de la obra, atribuyendo a sus personajes actos de pie­dad ejemplar, e introduciendo (y aquí están quizás los acentos más originales) pasajes en los que puede manifestarse más abierta­mente su nueva inspiración religiosa, como, por ejemplo, en el canto de los cristianos expulsados de Jerusalén, que desarrolla mo­tivos de los Salmos (v.).

Un carácter parti­cular resulta en la Conquistada de las fre­cuentes digresiones genealógicas e históri­cas: mientras que en la Libertada, dedicada a Alfonso de Este, sólo es celebrada por el poeta la casa de Este, en la Conquistada, dedicada al cardenal Cintio Aldobrandini, sobrino del Pontífice, todas las familias rei­nantes e innumerables familias nobles de Italia son recordadas y glorificadas. Nacida del propósito de reforma de un poema, del cual Tasso, precozmente envejecido por la desdicha, se sentía ahora desprendido, y no de una actual inspiración poética, la Jerusalén conquistada no podía ser una obra vital; pero no le faltan acentos de poesía nueva y auténtica, que los lectores han ol­vidado por la fama que del poema se ha conservado a través de los siglos.

M. Fubini