[Il gesuita moderno]. Obra de Vicenzo Gioberti (1801- 1852), publicada por primera vez en Lausana, en cinco volúmenes, en 1846-47. Es una tremenda polémica con la que Gioberti trata de fortalecer y probar las acusaciones hechas ya por él en los Prolegómenos (v.) a la «secta» de los jesuitas.
La polémica contra el jesuitismo es la consecuencia lógica del pensamiento giobertiano, para el qué la religión se entiende como raíz reguladora de la civilización, y ésta como progresiva realización de la unidad moral del género humano, restauración y también perfeccionamiento de la integridad anterior a la culpa original. Según Gioberti, los jesuitas combaten esta verdadera filosofía; en política tratan solamente de acrecentar el poder mundano de la Compañía; en religión propugnan un «misticismo excesivo» que menosprecia el uso de la razón y que perjudica a la «prudencia que debe gobernar y condicionar toda virtud». Además, al hacer la libertad humana independiente de la eficiencia divina, los jesuitas terminan quitando todo valor divino a la moral esculpida en los corazones, reduciéndola simplemente a un mezquino artificio, a una cuestión de meras apariencias exteriores. Hasta la obra misionera de la Compañía ha sufrido con el tiempo un proceso regresivo: después del apostolado de San Francisco Javier, las misiones se han ido corrompiendo porque predominan en ellas los fines de dominación política. Incluso la tan encomiada cultura de los jesuitas decae cada vez más, según Gioberti, hacia un estrecho empirismo, y en las bellas letras hacia una vana retórica, que debilita el espíritu de los jóvenes.
En cuanto a la obediencia incondicional al Sumo Pontífice, de la que los jesuitas hacen profesión, observa Gioberti que la practican sólo cuando resulta útil para sus fines, posponiendo en toda circunstancia la obediencia al papa, a la obediencia a su secta. Afirma ingenuamente que es de muy distinta naturaleza la obediencia que el mismo Gioberti presta al papado, porque radica en la idea de la misión divina conferida a la Iglesia en el mundo: la lucha secular por la defensa y la propagación de la verdad. La antigua Roma, sede de toda la civilización humana, se elevó todavía más al hacerse cristiana y católica, centro moral del género humano. El partido católico moderado, del que Gioberti es propugnador, se propone precisamente llevar a Roma al cumplimiento adecuado de este fin, renovando en ella la antigua sabiduría italiana y promoviendo un justo y moderno ordenamiento de los estados pontificios. La Ciudad Eterna podrá entonces promover la Confederación italiana, convirtiéndose en centro de la renovación política nacional, armonizando, con sabiduría conciliadora, los extremos sofísticos de la demagogia y del despotismo, cuyos gritos desordenados desgarran la península. Conciliados ambos elementos fundamentales de la civilización, el laicismo progresivo y el sacerdocio conservador, Roma no tendrá ya necesidad de poder temporal, sino que será el árbitro moral y civil de Italia y del mundo.
Este proceso histórico, que las nuevas generaciones están llamadas a seguir evitando los errores de la era anterior, es cosmopolita, puesto que el Cristianismo es universal, pero dentro de tres círculos de ideales que deben coexistir sin suprimirse: Italia, Europa, Mundo. El tono exacerbado del Jesuita moderno revela su carácter circunstancial, y no puede ser juzgado adecuadamente sin tener en cuenta las ásperas polémicas que precedieron a esta obra y el espíritu batallador con que Gioberti combate la corriente restrictiva que obstaculizaba activamente el movimiento nacional italiano, negando sus postulados liberales. Considerada desde este punto de vista, la obra constituye, a pesar de su prolijidad y de sus intemperancias, un significativo documento del conflicto ideológico a través del cual se llegó al 1848 italiano y, aunque no ofrezca ningún elemento verdaderamente notable para la interpretación del movimiento filosófico acaudillado por Gioberti, contribuye a iluminar la robusta fe política y civil del autor.
E. Codignola

