Juanito, Carlos Collodi

[Giannettino]. Libro para, mu­chachos de Carlos Collodi (Cario Lorenzini, 1803-1890) editado en 1886 con prólogo de G. Rigutini. Giannettino es un muchacho de buena familia, de diez o doce años, que promete convertirse en un díscolo ignoran­tísimo. Es hijo de la señora Sofía, madre de carácter demasiado débil y nieto del capitán Ferrante, hombre de larga carrera. El doctor Boccadoro es su mentor; con una lógica caprichosa, estrecha y afectuosa, saca de las premisas las deducciones y las conclusiones. Cada máxima moral va ilustrada, hasta la evidencia, por el simple orden ló­gico de los hechos. El libro está dividido en dos partes: la narrativo-educativa y la instructiva. El hilo de la narración, tratado con la viveza propia de Collodi, queda de­masiado delgado entre las masas poderosas y compactas de las diversas nociones edu­cativas. Aparte de una cierta arbitrariedad y desproporción entre las materias tratadas, el libro es uno de los más vivos, más fres­cos y más eficaces para la formación moral y asimilación de conocimientos útiles. «El saber escoger y el saber presentar las cosas escogidas de modo que resulten gratas a los jóvenes, este es el verdadero secreto de tal labor». Collodi ha encontrado este secreto. En el Juanito, delicioso por su frescura y eficacia, se vislumbra ya la obra maestra que será Pinocho (v.).

A. Bernard

Juan de Saintré, Antoine de La Salle

[Le petit Jehan de Saintré ]. Novela del escritor francés Antoine de La Salle (1388-hacia 1469), titulada pro­piamente La historia y la agradable crónica de Juan de Saintré y de la joven señora des Belles Cousines [L’histoire et plaisante cronique du petit Jehan de Saintré et de la jeune dame des Belles Cousines]. Com­puesta en 1456, se publicó por vez primera en 1517 y se reimprimió después numerosas veces de manera chapucera e inexacta.

Un pajecillo, Juan de Saintré sirve en la Corte de Juan II el Bueno (que fue rey de Francia desde 1350 a 1364) y una joven dama, la señora des Belles Cousines, le toma simpatía. Sabiendo que el jovencito no tiene ningún amor, si no el de una niña que todavía no tiene diez años, ella piensa edu­carle y hacer de él un verdadero caballero; le da muchos consejos y le incita a llevar a cabo grandes empresas. Le hace vestir ele­gantemente y le procura cuanto necesita; acaba consiguiendo sea nombrado escudero del rey y le incita a que vaya a tierras leja­nas, tras un sueño de grandeza. Pronto, de aventura en aventura y de torneo en tor­neo, Juan llega a ser célebre y después de numerosos duelos es honrado como un dig­no campeón. Las empresas del héroe se ha­cen cada vez más difíciles para agradar a la dama, y todas son llevadas a cabo con lealtad y firmeza. Nuevos honores y cargos son dados al valiente joven; pero, entretanto su dama se entrega a los amores de un rico abad, que piensa sólo en el placer y la buena vida. El brillante caballero, al regresar de sus hazañas, lamenta el nuevo estado de cosas y lucha para recobrar su prestigio en el corazón de la dama, hasta que consigue echar al descarado seductor, y mostrar la indigna conducta de la dama.

En el contraste entre la pintura realista de los amores del abad y el sueño caballeresco de Juan (que recuerda el tema del caballero y del clérigo de los medievales Carmina huraña, v.), la larga narración gana agili­dad gracias a las disertaciones, diálogos y descripciones, y muestra claramente las cua­lidades alegres de La Salle y su espíritu agradable a la manera de Boccaccio. Al mismo tiempo ilustra el ideal de un admi­rador de la perfecta sociedad nobiliaria y la armonía de un mundo inevitablemente destinado a la decadencia en comparación con los tiempos nuevos y más aventureros. El estilo es nítido, pero pone de manifiesto una dispersión narrativa que, más que con el primer Renacimiento, enlaza con los esquemas tradicionales del cuento cortesano.

C. Cordié

Juan Gabriel Borkman, Henrik Ibsen

[John Ga­briel Borkman]. Drama del escritor noruego Henrik Ibsen (1828-1906), publicado en 1896. Juan Gabriel Borkman acepta el poder para hacer felices a los hombres. Domi­nado por la pasión de sacar a la luz las fabulosas riquezas aprisionadas en las en­trañas de la tierra, él, director de un banco, derrocha el dinero propio y el ajeno en negocios ruinosos y acaba por ir a presidio. Cumplida la condena, ya ancia­no, vuelve a casa y vive encerrado en su habitación, «como un lobo enfermo en su jaula», convencido de que un día será lla­mado a poner en práctica sus antiguos pla­nes por los mismos hombres que se han creído engañados por él. En la misma casa viven, incubando en silencio su propio ren­cor, su esposa, Gunilda, que no ve en él más que el deshonor de la familia, y la hermana de Gunilda, Ella, a cuyo amor Borkman renunció un día con la ilusión de poner más fácilmente en práctica sus sue­ños dé poder. Las dos mujeres se disputan el afecto del hijo de Borkman, Erardo: la madre porque espera que con su trabajo pueda rehabilitar el nombre de la familia, la tía por el deseo de afirmar su maternidad espiritual sobre el hijo del único hombre que amó. Pero Erardo, incapaz de soportar deberes, anhela salir de aquella atmósfera opresiva y vivir libre y feliz con la mujer que ama.

Su decisión de partir trastorna todos los ánimos y arroja una violenta luz en aquella especie de sepulcro donde fer­mentan sueños imposibles y sentimientos amargos, infecundos. Y es Ella, la mujer sacrificada, la que se yergue ante Borkman para echarle en cara su mayor pecado: no aquél por el que los hombres le condenaron a presidio, sino otro, más antiguo, para el cual no hay absolución: «aquél que se co­mete al matar en una criatura la vida del amor». Él, abandonando a la mujer que amaba por ciertas ventajas de orden práctico, mató junto con el alma de ella, su propia alma: y por esto no tendrá jamás poder ni felicidad, ni entrará en el reino soñado. Para Borkman esto no es el desvanecimiento de una ilusión: es el derrumbamiento de toda la vida. Sale de su clausura y al no sentirse ya sostenido por energías dirigidas ilusoria­mente hacia una meta, el aire helado de la noche lo mata. Las dos hermanas enemigas se tienden finalmente la mano sobre su cuer­po exánime: «sombras sobre el muerto».

Juan Gabriel Borkman, uno de los dramas de Ibsen de estructura más recta y clara, es después de El constructor Solness (v.), la segunda estrofa del canto de la vejez humana del poeta. Si Solness, desaparecida toda ansia de conquista ética, se afirmaba en su loca tentativa de un imposible rena­cer, en Borkman no hay más que un tétrico replegarse sobre sí mismo, iluminado por aquella vaga luz de piedad que emanaba del amor que en la tercera y última estrofa del canto, Al despertar de nuestra muer­te (v.), servirá para sugerir el definitivo voto sobre el abismo fatal: «Pax vobiscum». (Trad. española de Luis Ruiz Contreras (Ma­drid, 1902), traducida del francés al igual que la de Luis Villalobos (Barcelona, 1907), mientras que la de Ricardo Baeza (Madrid, 1920) procede del inglés. La primera versión directa del noruego es la de C. Barrera (Mé­xico, 1920) y la de Pedro Pellicena Camacho en Teatro completo, tomo XIII (Ma­drid 1922).

G. Lanza

Juan Halifax; Caballero, Dinah Maria Graik Mulok

[John Halifax, Gentleman]. Novela inglesa de Dinah Maria Graik Mulok (1824-1887), publi­cada en 1856. La narración, inspirada en altos principios y profundos sentimientos morales, se pone en boca de uno de los per­sonajes, Phineas Fletcher; lo que confiere a la simplicidad de la narración un particularísimo acento de emoción y delicadeza que son los mayores valores del libro.

John Halifax, un pobre muchacho hambriento, llega a los quince años a Norton Bury, donde en­cuentra a Phineas, dos años mayor que él, lisiado y enfermizo. A primera vista nace entre los dos una mutua simpatía que pronto se convierte en amor fraternal: John entra como trabajador en la tenería de Abel Flet­cher, padre de Phineas, un rígido cuáquero, y muy pronto revela la rectitud y la noble­za de su carácter. A los veintiún años se enamora de Úrsula March, una muchacha aristocrática, la cual, a pesar de la obsti­nada oposición de sus padres, se casa con él: su unión durará, sólida y completa, hasta la muerte. Trabajador honrado y activo, John llega a ser rico e influyente. Pero no todos sus días son igualmente serenos para él: la primera hija, Muriel, nace ciega: la breve existencia y precoz muerte de esta criatura son narradas por la autora con vi­brante sensibilidad. John y Úrsula buscan entonces consuelo en los otros hijos: pero cuando éstos son ya mayores, otra tragedia estalla en la familia. Los dos hermanos ma­yores, Guy y Edwin se enamoran los dos de Silver, institutriz de su hermana Maud; la muchacha ama a Edwin. Un alto sentido de justicia y de sacrificio pesa sobre los acontecimientos. Edwin se casa y Guy parte primero hacia Francia, luego a América.

En Norton Bury el padre y la madre espe­ran su regreso mientras la pequeña Maud, que el padre no ha querido dar en matri­monio a Lord Ravenel, porque pertenecía a una familia aristocrática que aborrecía, ve marchitar su juventud. Solamente des­pués de ocho años de dolorosas experiencias Lord Ravenel y Guy vuelven: Lord Rave­nel para encontrar que Maud aún le espera, Guy para dar la última alegría a los padres ya viejos y verles morir serenos y unidos como habían vivido. La escritora, que vivió los tiempos de la rebelión de los obreros ingleses contra los patronos, ensalza con calor y claridad psicológica a un hijo del pueblo, oponiendo su sana y fuerte vita­lidad a la nobleza viciosa y putrefacto Y si Úrsula se casa con John y Lord Ravenel con Maud es porque se separan de lo? vie­jos troncos y adoptan nuevas costumbres y nuevas ideas.

L. S Filippi

Juan de Prócida, Giovanni Battista Niccolini

[Giovanni da Procida]. Tragedia en cinco actos, en verso, de Giovanni Battista Niccolini (1782-1861), re­presentada por primera vez en 1830. Deriva­da de un pasaje de la Crónica (v.) de Giovanni Villani y de otro de las Desventuras de los hombres ilustres (v.) de Boccaccio.

Esta tragedia se propone, según las palabras del autor, ligar un hecho privado a una gran acción pública. Imelda, hija de Giovanni da Prócida, se ha casado secretamente con Tancredi, que le confiesa ser hijo del fran­cés Eriberto, el hombre que mató a un hermano de Imelda y le arrebató la madre. Regresa en tanto, después de larga ausencia, Prócida, sediento de venganza e, ignorante de aquellas bodas; con su amigo Gualterio prepara la revuelta y la muerte de Eriberto y de los suyos, prometiendo a Imelda por esposa a Gualterio. Cuando Imelda revela a su padre que es ya esposa y madre, la desesperación de Prócida es tanto mayor cuanto que, en el mismo instante, recibe una carta interceptada y dirigida a Tancredi por Eriberto, en la cual éste confiesa a su hijo que él e Imelda son hijos de la misma madre, la esposa de Prócida, raptada por él. Al saber esto, Imelda, consternada, decide retirarse a un convento; estalla mientras tanto la revuelta de las Vísperas, y Tancredi, herido de muerte, expira en los brazos de su amada, de quien recibe el beso fraternal.

La verdadera protagonista de la tragedia es Imelda, con la cual la tendencia lacrimosa rompe ya la tradición trágica de Alfieri, y el verdadero drama de Giovanni da Prócida consiste en su ven­ganza más que en su patriotismo. El teatro de Niccolini, aun aspirando a ser nacional, oscila en realidad entre grandes ideologías genéricas y reacciones individuales que buscan en ellas más que su expresión un fondo lírico y, en esto, es representativo de aquella tendencia, típica del romanticismo italiano, que se propone ennoblecer al in­dividuo proyectándolo a la luz de valores abstractos que lo exaltan, aunque sin con­seguir fundirse y vivir en él. Es un drama de la retórica que intenta de buena fe con­vertirse en forma de vida.

U. Déttore