Juventud, Max Halbe

[Jugend]. Tragedia de Max Halbe (1865-1945) representada por prime­ra vez en Berlín en 1893. Es una de las obras dramáticas más representativas del naturalismo alemán, e hizo inmediatamente célebre a su joven autor, hasta entonces inédito.

Anita (Annchen) hija ilegítima de la hermana del párroco de aldea Hoppe. a la muerte de su madre, es educada por su tío junto con su hermanastro Amando, que es idiota. En la misma casa vive el fanático sacerdote Gregorio de Schigorski que vería con gusto que Anita se hiciera monja, para expiar el pecado de su madre. Anita padece mucho por aquel proyecto de su confesor; un día viene a visitar a la familia el primo de Anita, un joven de die­ciocho años que está a punto de entrar en la Universidad. Los dos jóvenes se sienten fatalmente atraídos, y una noche Anita se entrega a su primo. Al día siguiente los dos jóvenes se sienten extraños a la acción que han cometido. Juan ama a la joven, pero no quiere pasarse toda la vida en aquella aldea, como quisiera Anita; por otra parte está como subyugado por la ve­hemencia de la muchacha.

Su cita nocturna fue espiada por Amando que odia a Juan con el odio irracional de los idiotas. Se lo cuenta al sacerdote, el cual refiere al tío de Anita lo sucedido, con violentas e indig­nadas expresiones. El viejo párroco llama a Anita y a Juan que lo confiesan todo, estupefactos y desolados. El tío los repren­de, aunque con dulzura y comprensión, pero exige que Juan deje inmediatamente la aldea, aunque ahora el muchacho querría quedarse allí. Podrá y deberá volver más tarde, cuando sea hombre. Los dos enamo­rados tienen una última cita a solas. En aquel momento Anita ve por la ventana al idiota Amando que apunta a su odiado Juan con una escopeta; asustada, se arroja sobre su amado para protegerlo, pero suena el tiro y Anita cae mortalmente herida. Su tío llega a tiempo para recoger su últi­mo suspiro, después de haberle dado la absolución.

C. Gundolf

Juvenilia, Giosue Carducci

Poemas de Giosue Carducci (1835-1907) que constituyen el primero de los. varios libros en que Carducci dividió la edición completa en volumen único, de sus poesías. Comprenden las poesías escritas entre 1850 y 1860; sin embargo, Carducci se había ya «revelado» oficialmente y por primera vez como poeta con su famosas Rimas (v.) que no publicó hasta el 1857; por otra parte no toda la producción juvenil de Carducci fue incluida en Juvenilia, en cuya obra se reordenó la producción tem­prana del poeta, primero en la edición barberiana de sus poesías, publicada en 1871 y 1878, después en la edición elzeveriana de los Juvenilia publicada en Bolonia en 1880, y precedida de un prefacio que incluyó en las Confesiones y batallas (v.). En los Juvénilia Carducci afirma ser el «escudero de los clásicos»; ciertamente és­tos fueron su vela de armas, y leídos a ochenta años de distancia, aparecen clara­mente como el cartel indicador de curva en el camino literario del siglo.

Su aspecto más vistoso es la polémica anti romántica que se traduce en una ostentación clásico-humanista o, si se quiere, tradicionalista, en aquel «Culto de la forma» que el joven poeta escribió con letras mayúsculas y fla­mantes en el estandarte de su reacción. Toda la dirección poética y estilística del último romanticismo, del cual, sin embar­go, partió el joven Carducci, es negada plenamente en este lenguaje y en esta sinta­xis poética, religiosamente calcada sobre los modelos clásicos italianos y latinos, que tiende a la estructura y a la composición laboriosa y sabia y a la plástica de la pala­bra y del ritmo contra el fácil y aproximativo melodismo de los últimos románticos; y es un alegre y escandaloso ban­queteo de temas clasicomitológicos después de la dieta romántica; ¡y qué sabor heré­tico en los resonantes cuartetos del himno a «Febo Apolo»; «De la quadriga eterea/ agitator sovrano. / sferza i focosi alipedi, /bellissimo Titano!». Ciertamente el con­junto de los Juvenilia es (y no podia ser de otra manera) artificioso: pues aun en medio de su fogosa reacción antirromántica el joven poeta acababa por absorber no pocos y esenciales motivos y principios ro­mánticos; el tradicionalismo humanista se mezcla en él a un auténtico y tumultuoso fondo individualista: motivos clásicos se mezclan con motivos románticos; y la idea­lidad patriótica, heredada de los hombres y de la poesía del Risorgimento, se viste a la manera de Alfieri.

Lo que salva el hu­manismo poético y el aparato ostentosa­mente literario de los Juvenilia es el gusto polémico y el sentido vivo de la novedad, por los cuales hasta lo que a primera vista parece viejo y desusado, es en realidad re­volucionario. expresando por si mismo los principios de una nueva poética y de una nueva orientación literaria. Pero los Juve­nilia no son únicamente una reacción con­tra el romanticismo en bloque, sino tam­bién una reacción contra el moderantismo llorón de la cultura toscana del decenio 1850-1860, en cuyo ámbito están colocados: por eso hallan su comentario en la briosísima prosa de los Recursos de San Miniato.

D. Mattalía

Lo Justo e Injusto del «No se Puede», Daniello Bartoli

[Il torto e il diritto del «non si può»]. Tratado de Daniello Bartoli (1608- 1685), publicado en 1655 y propiamente titulado Lo justo y lo injusto del «No se puede», dado en juicio sobre muchas reglas de la lengua italiana examinado por Ferrante Longobardi [21 torio e il diritto del Non si può dato in giudicio sopra molte regole della lingua italiana esaminato da Ferrante Longobardi ]. En esta obra el doc­to y versátil jesuíta trata de demostrar, contra las pedanterías de los literatos que condenaban lo que no está conforme a la lengua de un siglo tomado como modelo y particularmente al «áureo» siglo XIV, que no puede haber reglas estilísticas en­tendidas de un modo absoluto. Incluso los grandes autores escribieron según un modo suyo particular que brotaba del tono de su obra y de su inspiración: también ellos a veces están «fuera de las reglas». De aquí parte el literato de Ferrara para sostener que falta hasta la fecha un principio sólido para bien escribir: no se puede encontrar en la autoridad de los escritores, ni en los gramáticos, con todas sus normas, ni en el mismo tiempo.

Todos estos principios va­len, pero más que todos vale la libertad que el escritor sabe encontrar para su crea­ción. Por lo tanto en el «no se puede» de los gramáticos debe verse lo que hay de injusto. Claro está que Bartoli en la apa­rente excentricidad de su posición, más que nada apoyada en su práctica de lector y de su buen sentido de crítico, no estaba guiado por profundas razones filosóficas; y que la estética moderna, negando a la gramática carácter de verdadera ciencia, parte de prin­cipios muy distintos sobre el arte y la fun­ción normativa de las «reglas». Bartoli acen­túa su posición en las argumentaciones de otra obra de naturaleza especialmente lexi­cográfica: el Tratado de la ortografía ita­liana de 1670. Lo justo y lo injusto provocó varias discusiones entre los contemporáneos y posteriores; entre otras cosas es digno de nota el libro del mismo título debido a Niccoló Amerita (1659-1717), más conocido como reformador del teatro cómico. Con las observaciones de Amerita y con otras anotaciones del abate Giuseppe Cito, abo­gado napolitano, la obra se publicó nueva­mente en la ciudad de Brescia en el año 1822. entre las Obra-s morales y científicas de Bartoli.

C. Cordié

Juvenilia, Miguel Cañe

Obra de Miguel Cañe (1851- 1905), una de las figuras intelectuales más preclaras de la generación argentina lla­mada del 80. En ella evoca el autor su vida estudiantil y la de sus compañeros de internado en el viejo Colegio Nacional de Buenos Aires, alrededor del año 65. Su re­lato, de una amenidad cautivante, es casi siempre de tono risueño y humorístico, aun­que incluya páginas de melancólica emo­ción, como aquellas en que describe la muerte del doctor Agüero, rector del establecimiento. La pintura de algunos tipos y caracteres como el del célebre profesor Amadeo Jacques o los de ciertos alumnos traviesos y maleantes, la narración de aven­turas y episodios pintorescos, está hecha de mano maestra, con espontaneidad y fres­cura insuperables. Por sus rasgos generales este libro ha sido comúnmente incluido dentro del género de la novela picaresca, bien que no sea propiamente obra de ima­ginación, sino una crónica de hechos rea­les, salpicada de simpáticas notas de lirismo juvenil y abrillantada por el espíritu vivaz e ingenioso del autor.

A. Melián Lafinur

Sobre lo Justo, Platón de Atenas

Diá­logo comprendido en algunos manuscritos de las obras de Platón de Atenas (428/27- 347 a. de C.), pero indudablemente apó­crifo. Es de época incierta, probablemente prearistotélico, y se desarrolla entre Sócra­tes y un personaje anónimo que dialogan en torno al concepto de lo justo, Sócrates con su acostumbrado procedimiento dia­léctico induce a su discípulo a aclarar cuál sea la medida que sirve para discernir lo justo de lo injusto. Esta es la palabra; pues con el discurso los jueces, que entienden en justicia, ponen en claro la diferencia que hay entre lo justo y lo que no lo es. Con todo, el discípulo no logra definir lo justo. Sócrates imprime entonces un nuevo rumbo al diálogo: ¿los hombres son injus­tos voluntariamente, o, como dice el poe­ta, nadie hace el mal por su voluntad? El discípulo se inclinaría a la primera opi­nión; pero Sócrates le convence de lo con­trario. En realidad, las cosas que a pri­mera vista se llamarían justas (decir la verdad, no engañar, prestar un servicio) y aquellas que a primera vista se dirían in­justas (mentir, engañar, causar daño) no son tales en sentido absoluto, sino según las circunstancias.

Hay pues que decir que quien hace tales acciones justas a propó­sito es justo: y cómo se obra de propósito según el conocimiento, el hombre sabio será justo y por el contrario, el ignorante será injusto. Pero involuntariamente el hombre es ignorante; por tanto, también involun­tariamente es injusto. De modo que tenía razón el poeta. Este breve diálogo, que no tiene ninguna originalidad ni ninguna gra­cia estilística, puede parecer un ejercicio retórico escrito en cualquier escuela de retórica; y sin duda es un exponente de aquel ambiente escolar pseudosocrático que Platón despreciaba tanto.

G. Alliney