La Juventud de Martín Rikk, Söderberg

[Martin Bircks ungdom]. Obra autobiográ­fica del escritor sueco Söderberg (1869- 1941), publicada en 1901- Martín Birck, hijo único, vive aislado en la paz tranquila do su casa, y los primeros contactos con el mundo exterior, efectuados en la «vieja calle», le abruman con su brutalidad. En aquel ambiente, apartado de la verdadera vida, crece el niño, y su áspera soledad le acompaña en su infancia y en su ju­ventud. y le aísla del mundo cada vez más. Su soledad se acentúa después, cuando, embebido en las ideas naturalistas de su época, pierde poco a poco sus creencias re­ligiosas y so aleja de su familia. Solo y retraído vive como puede, al margen de la vida, incapaz de procurarse los medios ne­cesarios para casarse con la mujer que ama: y su amor se marchita, pierde sueños y es­peranzas; así pasa y termina la juventud de Martín Birck; poesía, ideas e ilusiones, todo queda encerrado y sellado en una opaca indiferencia, y Martín se conviene en un pobre empleado que a la luz do la lámpara verde, trabaja apático, resignado y vencido.

En este libro, que tiene páginas de verdadera poesía, como aquellas en que la noche invernal absorbe y encierra a los dos amantes desolados y solos, hechas más expresivas por lo apagado de la narración, hallamos fascinadoras descripciones de la ciudad natal del autor. Es este uno de los innumerables puntos de contacto de este libro con la obra de Strindberg, quien, con su Sala roja (v.) y El hijo de una cria­do, (v.) parece haber inspirado y guiado esta autobiografía de Söderberg.

A. Ahnfelt

Juventud, Egolatría, Pio Baroja

Retazos de bio­grafía, opiniones y recuerdos del novelista español Pio Baroja (1872-1956). Libro publicado en 1917. La fecha de su aparición y el título son sintomáticos; el prólogo es un justificante: la ponderación de lo intelectual en la circunstancia de las obsesio­nes bélicas.

El autor comenzó a escribir pensando en una biografía corta; pero tan solo hacia la segunda mitad del libro con­siente en dar una continuidad histórica a sus páginas. Lo que da la pauta al libro, estructurado en unidades de dos o tres pá­ginas, son las evocaciones, críticas y pen­samientos del autor sobre temas múltiples. «Obra de Higiene» la llama el propio Ba­roja porque en ella «airea su vanidad y su egotismo». El primero de los diecisiete gru­pos de artículos («Las nociones centrales»), presenta al protagonista la mente barojiana. Esta mente recuerda, comenta e interpreta los temas; sean estas escenas de la infancia, sucesos de la época, personalida­des y obras políticas e intelectuales. Todo se mezcla, se superpone, hilvanándose tan solo en el perfil ideológico del autor.

En una segunda agrupación de comentarios ti­tulada «Yo escritor», se incluyen sugeren­cias sobre la Religión, menospreciada en todo momento; sobre el anarquismo, pro­fesado por el autor; sobre el propio senti­miento patriótico; sobre problemas sexua­les; y tantos otros asuntos, expuestos lodos con fuerza y facilidad. Entre ellos cabe destacar el titulado «Baroja, no serás nun­ca nada», situado rigurosamente en la línea que el titulo general de la obra sugiere. El agrupamiento tercero. «El extrarradio», posee mayor cohesión. Se encuentran en él consideraciones de índole literaria: lo que Baroja piensa de los estilos literarios y del suyo propio: sus inclinaciones literarias, las antipatías que la pluma le ha deparado y su posición en el campo de las letras. Las tres agrupaciones siguientes engloban breves juicios sobre las obras de otros lite­ratos. filósofos e historiadores, pero tam­bién aquí lo que importa es Baroja mismo: lo que él piensa y cómo llegó a pensarlo, y por qué su opinión es más razonable que las otras.

Con la agrupación VII, «Mi fami­lia». comienza la que viene a ser segunda parte de la obra. Al principio está la «Mi­tología familiar», en donde se da noticia de los antepasados ilustres que la familia quiere arrogarse (un santo, un venerable, un conquistador, un historiador). Tras la fijación exacta de los datos de su ascen­dencia y nacimiento, comienzan los recuer­dos de infancia: San Sebastián, menospre­ciada por el intelectual: Monseñor el gato; los locos; el gavilán; el paso por Madrid; Pamplona (con el episodio del canónigo Larequi); las primeras lecturas. Más tarde aparece el autor en sus épocas de mal es­tudiante, de su estancia en Valencia, de su licenciatura en Medicina, a la cual siguió un corto ejercicio en Cestona. Tiene que vivir aún la etapa de panadero y las inco­modidades burocráticas que tal industria le reporta, hasta enfocar decididamente el ca­mino de las letras. Y de ello traía en las agrupaciones XII. XIII y XIV, donde pre­senta el ambiente de los cenáculos litera­rios, los primeros intentos, y las ideas nun­ca abandonadas. Por estas páginas desfilan con su cotidianeidad figuras conocidas: Azorín. Ortega. Valora. Guarda Baroja el re­cuerdo de lo que cada uno opinó de Baroja.

Termina el libro con la exposición desordenada de su ideario y afán de lucha. Nociones todas ellas confusas, entre las que cabe tanto lo que Baroja dice de sí mismo («Soy un enamorado de todo lo que huye.») como la opinión que de él tenía su primo Justo: «Tú, Pío, aunque te vistas de anarquista, socialista o golfo no eres más que un señorito».

R. Jordana

Juventud en Poesía y Canto, Holger Drachmann

[Ungdom i Digt og Sang]. Es uno de los más notables volúmenes de poesía publicados por el poeta danés Holger Drachmann (1846- 1908), aparecido en 1879. Artífice magistral, en cierto sentido comparable a D’Annunzio, maneja el verso con una movilidad nueva, con una musicalidad a veces excesiva. Siente y canta sobre todo a la mujer, con ternuras o con sensualidad, sirviéndose a menudo de alusiones y iones fantásticas; pero no es menor su sentido de la naturaleza, y ha pintado a la perfec­ción ciertos paisajes daneses e italianos. En Juventud en poesía y canto están recogidos diversos tipos de composiciones: algunos poemas polémicos y de carácter político o ideológico de escaso interés, «Imágenes del tiempo y características» (por ejem­plo, «En el Circo Máximo», «Androcles y el león»), «Música y letras» y poemas de inspiración más pura, entre los que se encuentra la espléndida «Gran serenata a Venecia», etc.

G. Puccini

La Juventud, Francesco De Sanctis

[La giovinezza]. Frag­mento autobiográfico de Francesco De Sanctis (1817-1883), dictado por el autor en sus dos últimos años de vida, y publicado póstumo, en 1880 por Pasquale Villari.

La narración abarca desde su nacimiento hasta el año 1843 ó 44 (faltan en ella las indica­ciones cronológicas). Además de narrar las peripecias exteriores del escritor, la obra se propone ser la historia de su formación y del nacimiento y cristalización de sus ideas literarias y estéticas. Después de los primeros años transcurridos en Morra, en 1826 se traslada De Sanctis a Nápoles, jun­to a su tío Cario, y realiza junto a él, sus primeros estudios; pasa después a la escue­la del abate Fazzini, y se entrega apasio­nadamente a la lectura de los filósofos, en­tre los cuales prefiere a Leibniz. De la escuela de Fazzini pasa a la del abate Garzia, «un superviviente olvidado de la esco­lástica», para estudiar Derecho, pero pron­to conoce al marqués Basilio Puoti, apóstol del purismo en Nápoles, y se entrega todo a los estudios de las letras. En 1839, por designación de Puoti, es nombrado profesor en el Real Colegio Militar de Nápoles y abre un «estudio» (esto es, una «escuelas») privada que duró cerca de diez años, has­ta 1848.

En su escuela, la cual especialmente al principio fue casi una dependencia de la de Puoti, De Sanctis revoluciona las ideas de su maestro y establece el funda­mento de sus doctrinas futuras, despren­diéndose cada vez más decididamente del purismo y de los estudios de filología. En efecto, primero intenta reducir a «Ciencia» la gramática, y darle un fundamento lógi­co, después renueva sus ideas acerca de la lengua, poniendo el valor de ella no en la «pureza», sino en la «propiedad» y «vol­viendo su atención más al contenido que a la forma», luego anuncia sus nuevas ideas acerca del «estilo» (a expresar la cosa en su verdad, esto es, en el estilo). De la crí­tica del «estilo» De Sanctis pasa a la de la «retórica», que no consiste en el puro orna­to. sino que «tiene por base el arte del bien pensar»; después a la definición y al estu­dio de los géneros literarios (la poesía y el género narrativo), abriendo nuevos caminos y formulando ideas genialísimas. La escuela, a la cual acudían los mejores jóvenes napo­litanos era no sólo palestra de doctrina, sino también de altísima vida moral. D’Annunzio negó — en sus Notan sobre Giorgione y la crítica [Note su Giorgione e la critica] – valor a la obra de De Sanctis y por lo mismo posibilidad de duración, por­que le faltaba, según él, el sello de la for­ma.

En realidad, se encuentra también en Giovinezza, además de una incomparable elevación moral y un sentimiento de la vida tanto más austero cuanto más ene­migo de vanidad y complacencias, una per­sonalidad de escritor notable y feliz. De Sanctis, enemigo de la prosa artificiosa y trabada, es el creador de una «prosa ha­blada». sencilla, en la cual el pensamiento revive con calor inmediato — aún llevando en sí el sello de una meditación profunda y segura —, y sus Imágenes y bocetos tie­nen como un candor familiar que no nece­sita de adornos ni disciplina para mostrarse noble y selecto.

M. Sansone

Juventud, Joseph Conrad

[Youth; a Narrative, and other Stories). Son tres narraciones auto­biográficas del escritor inglés de origen po­laco Joseph Conrad (Teodor Józef Konrad Korzeniowski, 1857-1924), publicadas en 1902 y dedicadas a una evocación de la ju­ventud. La más importante es la primera, relato de un viaje hecho por el autor en 1883 a bordo de una embarcación de tres palos, que tuvo que ser luego abandonada.

El que habla es Marlow, el sosia de Conrad, que con un grupo de amigos recuerda la gran aventura juvenil. A veinte años, como segundo oficial, parte en un viejo barco, para transportar un cargamento de carbón a Bangkok. En las costas de Ingla­terra sufren el primer temporal; la nave agrietada hace agua, sobre cubierta queda todo barrido. Reparan en Falmouth y la tripulación se niega a continuar su servi­cio; abandonado de nuevo el puerto tienen que volver. Luego parten otra vez; después de algunas semanas de navegación, la com­bustión espontánea del carbón hace saltar el puente con la explosión. Piden socorro a un vapor que se dirige a Singapur, el cual los remolca. Una noche, el fuego se extiende. Hay que cargar en las chalupas todo lo que es posible salvar. La nave es una hoguera; el capitán, después de las noches de vela, se queda plácidamente dor­mido mientras la tripulación come y brinda con cerveza. Luego el refugio en las cha­lupas: Marlow piensa solamente que, en la suya, él va a ser el primer comandante: «sentía que podría sobrevivir a cielo y hom­bres, con el sentimiento que lleva hacia el amor y la muerte: el sentimiento triunfa­dor de ardiente vida y de llama. Así se me apareció el Oriente. Muertos de fatiga nos acogió, misterioso, perfumado como una flor, silencioso como la muerte».

Hay, en estas narraciones, el sentido alucinado de la aventura, que en vez de convertirse, como en otras obras de Conrad, en sentido pánico, se convierte en júbilo orgiástico por el triunfo de la juventud, ansias de lejanías cuyo grandioso símbolo es el mar.

G. Pioli