Juventud, Egolatría, Pio Baroja

Retazos de bio­grafía, opiniones y recuerdos del novelista español Pio Baroja (1872-1956). Libro publicado en 1917. La fecha de su aparición y el título son sintomáticos; el prólogo es un justificante: la ponderación de lo intelectual en la circunstancia de las obsesio­nes bélicas.

El autor comenzó a escribir pensando en una biografía corta; pero tan solo hacia la segunda mitad del libro con­siente en dar una continuidad histórica a sus páginas. Lo que da la pauta al libro, estructurado en unidades de dos o tres pá­ginas, son las evocaciones, críticas y pen­samientos del autor sobre temas múltiples. «Obra de Higiene» la llama el propio Ba­roja porque en ella «airea su vanidad y su egotismo». El primero de los diecisiete gru­pos de artículos («Las nociones centrales»), presenta al protagonista la mente barojiana. Esta mente recuerda, comenta e interpreta los temas; sean estas escenas de la infancia, sucesos de la época, personalida­des y obras políticas e intelectuales. Todo se mezcla, se superpone, hilvanándose tan solo en el perfil ideológico del autor.

En una segunda agrupación de comentarios ti­tulada «Yo escritor», se incluyen sugeren­cias sobre la Religión, menospreciada en todo momento; sobre el anarquismo, pro­fesado por el autor; sobre el propio senti­miento patriótico; sobre problemas sexua­les; y tantos otros asuntos, expuestos lodos con fuerza y facilidad. Entre ellos cabe destacar el titulado «Baroja, no serás nun­ca nada», situado rigurosamente en la línea que el titulo general de la obra sugiere. El agrupamiento tercero. «El extrarradio», posee mayor cohesión. Se encuentran en él consideraciones de índole literaria: lo que Baroja piensa de los estilos literarios y del suyo propio: sus inclinaciones literarias, las antipatías que la pluma le ha deparado y su posición en el campo de las letras. Las tres agrupaciones siguientes engloban breves juicios sobre las obras de otros lite­ratos. filósofos e historiadores, pero tam­bién aquí lo que importa es Baroja mismo: lo que él piensa y cómo llegó a pensarlo, y por qué su opinión es más razonable que las otras.

Con la agrupación VII, «Mi fami­lia». comienza la que viene a ser segunda parte de la obra. Al principio está la «Mi­tología familiar», en donde se da noticia de los antepasados ilustres que la familia quiere arrogarse (un santo, un venerable, un conquistador, un historiador). Tras la fijación exacta de los datos de su ascen­dencia y nacimiento, comienzan los recuer­dos de infancia: San Sebastián, menospre­ciada por el intelectual: Monseñor el gato; los locos; el gavilán; el paso por Madrid; Pamplona (con el episodio del canónigo Larequi); las primeras lecturas. Más tarde aparece el autor en sus épocas de mal es­tudiante, de su estancia en Valencia, de su licenciatura en Medicina, a la cual siguió un corto ejercicio en Cestona. Tiene que vivir aún la etapa de panadero y las inco­modidades burocráticas que tal industria le reporta, hasta enfocar decididamente el ca­mino de las letras. Y de ello traía en las agrupaciones XII. XIII y XIV, donde pre­senta el ambiente de los cenáculos litera­rios, los primeros intentos, y las ideas nun­ca abandonadas. Por estas páginas desfilan con su cotidianeidad figuras conocidas: Azorín. Ortega. Valora. Guarda Baroja el re­cuerdo de lo que cada uno opinó de Baroja.

Termina el libro con la exposición desordenada de su ideario y afán de lucha. Nociones todas ellas confusas, entre las que cabe tanto lo que Baroja dice de sí mismo («Soy un enamorado de todo lo que huye.») como la opinión que de él tenía su primo Justo: «Tú, Pío, aunque te vistas de anarquista, socialista o golfo no eres más que un señorito».

R. Jordana