Lágrimas de Cristo sobre Jerusalén, Thomas Nashe

[Christes teares over Jerusalem]. Jeremiada del escritor inglés Thomas Nashe (1567-1601), publicada en 1593, inspirada por la epidemia que devastó Londres des­de el otoño de 1592; a esta calamidad debe su tono apocalíptico. Nashe nos da, al prin­cipio, una escalofriante paráfrasis de la profecía de Cristo sobre el sitio y la des­trucción de Jerusalén, considerada como un castigo a los judíos por sus pecados. Pero no es difícil descubrir que la narración está impregnada de un sentimiento de inquietud nacional: los signos premonitores de la des­trucción de la Ciudad Santa eran parecidos a los que pesaban sobre Inglaterra. La destrucción de Jerusalén tendría que ser un aviso para su ciudad, sobre cuyas mise­rias Nashe derrama lágrimas amargas, des­cribiendo su corrupción.

Intenta el autor examinar los sentimientos sociales: los hijos del Orgullo (Ambición, Avaricia, Ateísmo, Descontento, etc.) son analizados en su lucha uno contra otro, y el autor, con estilo oratorio, levanta una plegaria al cielo para que detenga su venganza. El análisis de los vicios y de los abusos de la sociedad con­temporánea es conducido por Nashe con un vigor que revela el ímpetu del refor­mador. Las condiciones morales del Londres isabelino reciben una viva luz por los re­proches que Nashe arroja contra el jugador de profesión, contra el sabihondo de pa­labras vacías y resonantes, contra la vida de los locales públicos, contra los vagos, los predicadores necios y los usureros. Por la agudeza del análisis y el vigor de la síntesis, esta obra se puede adscribir al género del «ensayo», para el cual no faltaba al autor el conocimiento de la vida coti­diana, la finura moral y un amplio caudal de cultura clásica.

M. Navarra

Lady Roxana, Daniel De Foe

[The Fortunate Mistress: La amante afortunada o Lady Roxana] Novela de Daniel De Foe (1660-1731), en forma de simulada autobiografía. Fue publicada en 1724 y es, por tanto, cronológicamente, la última de las grandes novelas de De Foe. Fue escrita con la idea de explotar con una obra análoga el gran éxito económico de Moll Flanders (v.). Roxana es, en efecto, la vida de una aventurera de alta clase, un personaje de grandioso impudor. Esto explica el eclipse temporal de ésta y de otras obras de De Foe durante la pudorosa época victoriana, que veía a los sentimentales y patéticos personajes de Dickens destronar a los sanguinarios y rapaces animales humanos de De Foe.

Roxana (v.), nacida en Poitiers de unos hugonotes franceses refugiados en Inglaterra en 1683, ha tenido una juventud honesta. Muy bonita, casa a los quince años con un cervecero acomodado pero necio, y durante ocho años lleva una vida ejem­plar. Un buen día, su marido desaparece para evitar la bancarrota; la joven mujer, que ha tenido varios hijos, vislumbra ante sí al espectro de la miseria. Se libera de sus hijos confiándolos a los parientes de su marido, y se hace la amante del propietario de su casa. El autor ha cuidado mucho la gradación con que se realiza esta primera caída, para hacerla verosímil. Amy, la criada alcahueta, juega en ella un papel decisivo. Las relaciones, además, parecen ir bien, y los dos marchan a París, donde Roxana llega a ser famosa por su belleza. Su amigo, que es un joyero, es asesinado, y Roxana se une a un príncipe de sangre real, con el que hace un viaje a Italia. Esto le sirve a De Foe para encontrar a Venecia encantadora y a Roma detestable, detalle en que desahoga su furor antipapista. Más tarde, el príncipe la abandona por escrúpu­los religiosos, y ella va a Holanda, donde enamora a un buen hombre, mercader, que está dispuesto a casarse con ella.

Pero su ambición ahora ya tiene un fin altísimo: quiere coronar su carrera llegando a ser la favorita del rey de Inglaterra (Carlos II). De Foe, para evitar molestias de carácter político, habla de ello en un tono mis­terioso, aunque transparente. Al alcanzar los cincuenta años, después de muchas otras aventuras, quisiera concederse el merecido descanso, y para adquirir un aire respetable empieza a vivir como una cuáquera. En­cuentra de nuevo al mercader holandés y se casa con él. Pero precisamente ahora que ha logrado una situación honorable se pre­senta una amenaza de escándalo: una hija, que puede revelar su turbio pasado. La fiel criada quisiera, en su celo, llegar a un asesinato; las últimas líneas de la novela son tan oscuras como apresuradas, y la historia queda cortada. La edición de 1743 lleva una continuación apócrifa; hubo quien intentó añadir otros finales, pero la crítica no ha reconocido a ninguno de ellos como auténtico. Lady Roxana es, por tanto, una obra inacabada, apresurada y genial. Hay unos errores verdaderamente garrafa­les: Carlos II, por ejemplo, murió en 1685, por lo que está claro que no podía tener a Roxana como favorita suya. Sin embargo, la novela es viva y poderosa, de alto interés dramático y evocativo. Roxana, indomable, imperiosa, embustera y rapaz, es una cria­tura humana de una vitalidad irreprimible y magnífica.

P. G. Conti

Las Lágrimas de san Pedro, Luigi Tansillo

[Le lacrime di San Pietro]. Poema religioso de Luigi Tansillo (1510-1568), publicado póstumo en 1585. Trata del arrepentimiento del apóstol Pedro después de renegar del Divino Maestro. Un oculto valle, el de los Olivos y el lugar de la última cena, son los primeros testigos de las lágrimas de Pedro. En el tem­plo de Salomón el santo admira las historias bíblicas del triunfo de la Iglesia, allí gra­badas; más tarde le atormentan en una gru­ta unas horrorosas visiones. Conducido por un perro va a ver el cuerpo desfigurado de Judas; le acoge luego un profundo sue­ño, y al despertarse, Isaías le enseña los futuros mártires, mientras el alba despunta para anunciar la hora en que los justos serán llevados al cielo. Cristo resucita y Juan narra al santo las últimas horas del maestro. El poema acaba con la aparición de una bella mujer, de la que se cantarán en otro canto las alabanzas. La acción es casi nula, siendo el breve poema, en sus­tancia, un largo «llanto espiritual» de mil doscientas setenta y siete estrofas, divididas en quince cantos.

El artista no pudo darle la última mano, a pesar de haberlo empe­zado en 1539. El poema fue corregido y re­compuesto más tarde por monseñor Cantalupo y G. B. Attendolo, y hasta 1606 no se publicó una edición fiel al original. Frío e inorgánico, quiere ser una reparación por los poemas juveniles del autor, incluidos en la lista de los libros prohibidos de 1559. Tuvo cierto éxito en su tiempo, y fue tra­ducido al castellano y al francés.

C. Lelj

Lady Macbeth de Mcensk, Nikolaj Semenovič Leskov

[Ledi Makbet Mcenskogo uezda]. Novela del es­critor ruso Nikolaj Semenovič Leskov (1831- 1895), publicada en 1866. Katerina L’vovna, mujer de un rico mercader de provincias, es una moderna Lady Macbeth (v.) que, después de una serie de crímenes cometidos con el fin de acercarse a su amante, acaba matando a una rival y matándose a sí mis­ma. Con la ayuda de Sergio, un joven campesino del que se ha enamorado, Kate­rina ahoga a su anciano e insignificante marido, ocultando su cuerpo en la bodega, envenena a su suegro, que ha sorprendido su secreto, ahoga a un niño para quedar única heredera de un gran patrimonio, y, descubierta, es condenada, junto con su amante, a trabajos forzados. En Siberia, Sergio la traiciona por otra desterrada, y Katerina L’vovna se arroja al río con su rival, ahogándose las dos. La historia, es­crita con vigoroso realismo y gran conoci­miento de las condiciones de vida de los desterrados, descubre en el final la tesis del autor: un triste fin aguarda a las personas de instintos y sentimientos vigorosos que no se andan con remilgos con tal de alcan­zar la propia felicidad. Pero la tesis es sola­mente un apéndice y no perjudica a la singular eficacia de la novela.

G. Kraisky

Lacerba, Giovanni Papini

Revista de literatura, arte y política, fundada en 1913, en Florencia, por Giovanni Papini (1881-1956) y Ardengo Soffici (n. 1879), y publicada hasta que Italia entró en guerra en 1915. Formada por hom­bres que ya pertenecieron a la Voce (v.), Lacerba anunció un programa belicoso que tenía en las paradojas y en su violenta fraseología, es decir en su «forma» polémi­camente revolucionaria, su razón de ser. El estado de inquietud que animaba en particu­lar a Papini, casi un retorno a sus orígenes de polemista (v. «Leonardo»), explica la ma­nera extravagante y desenfadada, a menudo sarcástica con que la revista examina las cuestiones contemporáneas. Las urgentes ne­cesidades políticas parecen inspirar afirma­ciones nacionalistas y Lacerba quiere mo­ver a la opinión pública hacia la revolu­ción.

Los pueblos dormidos van hacia la muerte; sólo la individualidad del genio triunfa sobre todo. Hay que rebelarse contra las convenciones. También los estados tienen que tender hacia el porvenir. Tales son los principios proclamados con violencia, aun­que también de una manera gratuita, en el momento que precede al estallido de la pri­mera guerra mundial. Esta actitud futurista de Papini, junto con unos escritos publica­dos en la Voce, originan los dos volúmenes Masculinidad y Experiencia futurista. «El futurismo, dice, ha hecho reír, gritar es­cupir. A ver si por lo menos puede hacer pensar». Aunque distinguiéndose en las in­tenciones del movimiento de Marinetti (v. Futurismo), este período futurista, vincu­lado a 1913 y 1914, agota desde muchos puntos de vista la polémica de Papini y de Soffici contra la moral burguesa y la rigi­dez de las posiciones adquiridas. Si en 1913 las discusiones, aunque violentas, eran con­ducidas dentro de los límites habituales a los dos autores (con la participación tam­bién de Prezzolini, Jahier, Tavolato y otros), el primer año del conflicto europeo ve pa­labras en libertad, raras composiciones tipo­gráficas, luchas y proclamaciones libertarias contra todos y contra todo. Los futuristas encuentran una amplia acogida en la re­vista; con Palazzeschi, Boccioni, Carrá, Govoni, Russolo, Folgore.

Es el gusto por la diatriba radical, llevada hasta sus extremos límites, pero animada más por el amor a la discusión misma que por un íntimo motivo: así en 1915 la lucha por la intervención, llevada al lado de la Voce, se explica por los antecedentes nacionalistas de Pa­pini más que por la formación moral y es­piritual de Soffici, vinculado a movimientos parisienses de vanguardia y a problemas más que nada de técnica artística. Este ca­rácter político (acentuado a pesar de que entre los colaboradores hay artistas y poetas como Ungaretti, Sbarbaro y Agnoletti) pa­rece fruto de las circunstancias, deseo de ratificar, aprovechando la ocasión, la ten­dencia de la revista a proclamar necesaria la revolución por la revolución. «Libertad. No pedimos otra cosa». Sin embargo, junto a la campaña conducida sobre la «necesidad de la revolución» en Italia, Papini, que pre­cisamente en 1915 parece claramente ser su director, revela un interés, completamente literario y tradicional hacia temas de actua­lidad, entre ellos la propaganda política en pro de la intervención. Luchando contra la Antiitalia (es decir Austria) y manifestando su simpatía filial hacia la civilización latina, Papini dice con energía: «Italia es mi pa­tria, es el lugar donde nací, donde he tra­bajado, donde he sufrido: este amor es más fuerte que yo».

Tal exigencia sentimental concuerda con los gritos contra el burgués y el filisteo (por ejemplo en «¡Viva el cerdo!», del 15 de mayo de 1914 y en otros artículos); sin embargo, se nota en la revista la saluda­ble voluntad de agitar el aire y de actuar, cueste lo que cueste, sobre la opinión, es­timulándola con un trágico comentario de la historia europea. También el título (for­jado de un modo extravagante sobre el títu­lo, en sí ya simbólico, de la Acerba, v., de Cecco D’Ascoli) indica una experiencia tran­sitoria, aunque singular, de la cultura italia­na, que gravitó alrededor de los preliminares de la guerra 1915-1918. En este sentido, la aportación de Soffici se limita a muchas afirmaciones escandalosas de un hombre que conoce el valor de la personalidad del artista y sabe afirmarlo en todos los senti­dos con desenvuelta alegría; sin embargo, más tarde salió de la misma guerra, al igual que Papini, para encerrarse y acabar en el amor literario y académico a la tra­dición; para él Red mediterránea será un punto de arribada, lo mismo que la Histo­ria de Cristo (v.) para Papini, después de in­fecundas luchas publicistas, que no lograron crear ni formar un verdadero movimiento Así Lacerba confirmaba su valor transito­rio y ocasional de polémica literaria.

C. Cordié