Lazarillo de Manzanares, Juan Cortés de Tolosa

Novela española del siglo XVII de Juan Cortés de Tolosa, nacido en Madrid hacia 1590, siendo sus padres don Juan Cortés de Solín y doña Ana de Tolosa. Estudió, al parecer, en el seminario de los jesuitas de la ciudad de Tarazona, yendo luego a la Corte y entran­do al servicio de Felipe III. Además del Lazarillo compuso Cortés otra curiosa obra que imprimió tres años antes con el título de Discursos Morales.

La primera parte de esta obra la forman dos libros de cartas morales y de cosas prácticas de la vida, con tendencia a la sátira. Van casi todas dirigidas al autor, quien puntualmente las contesta satisfaciendo las dudas de un hi­dalgo que quiere casarse, de un Corregidor recién proveído, o las de uno que le pide consejo y «arte para templar, la terrible condición de su mujer», y otras. La primera del libro segundo es «de un loco del Nuncio de Toledo, casi ya en su acuerdo a otro que algunas veces no está en él»; la se­gunda es «papel de una dama a un galán en que so color de celos le pide su hacien­da», etc. En la segunda parte incluyó las cuatro novelas: «El licenciado Periquín», «La Comadre», «El nacimiento de la ver­dad» y «Un hombre muy miserable llamado Gonzalo», que, como se ha visto, figuraron después con la del «Desgraciado» en la edi­ción del Lazarillo. Las demás novelitas de Cortés no desmerecen al lado del Lazarillo y quizá le superen en interés. La rareza del Lazarillo es tal que no figura ni en el Ensayo de Gallardo, ni en el Catálogo de Salvá, ni en el de don Benito Maestre, ni en los de otros varios coleccionistas.

Esto, aparte de su mérito, es lo que movió a Emi­lio Cotarelo a reimprimirla, según la edición de 1620, en Madrid en 1901. Emilio Cotarelo señala que tampoco la conoció directamente don Eustaquio Fernández de Navarrete, «a juzgar por la manera vaga y hasta errónea con que habla de ella, suponiendo ser una simple imitación del Lazarillo de Tormes (en su bosquejo histórico sobre la novela española, «Biblioteca de Autores Españo­les», v. 33, pág. LXVI y LXIX). Es mucho más variada y compleja en los sucesos, aunque no le iguale en el estilo. Ello no quiere decir que sea indigna de figurar al lado de las principales novelas de su clase. El lenguaje y estilo responden a la glo­riosa época en que fue escrita tan donosa novela, si bien la excesiva ingeniosidad en la manera de referir los acontecimientos a veces hace oscuro o confuso el sentido. Pero fuera de esto y de alguna inoportu­nidad en las reflexiones morales, cuenta con notable donaire, castizo lenguaje y dice cosas muy curiosas relativas a costumbres, que es uno de los mayores atractivos de esta clase de novelas, las cuales, con el teatro, nos dan la historia moral del pueblo espa­ñol en un período histórico digno de estu­dio. La segunda parte que ofrece al final de la novela, no consta que haya sido publi­cada.

Los capítulos del Lazarillo de Man­zanares cuentan dónde nació, «cómo Felipe Calzado e Inés del Tamaño, su mujer, le prohijaron de la piedra con algunas de sus costumbres»; «Cómo cuando su padre salió de la cárcel se halló sin hacienda, por ha­bérsele quemado la casa, cómo adquirió más y cómo él se fue a Alcalá»; «Cómo se fue a Alcalá, y se acomodó con un paste­lero»; «En que cuenta lo que en casa del pastelero le sucedió, y cómo la venida de la madre de su ama le echó del lugar»; «Cómo se fue a Guadalajara, y se asentó con un sacristán; cuenta lo que en su casa pasaba»; «Cómo dio vuelta a Madrid, cuenta lo que en una casa donde asentó le pasaba»; «Cómo se acomodó con un santero: cuenta su vida y costumbres»; «Cómo fueron los dos a ver un auto a Toledo; cómo salió su madre en él, por cuya causa se partieron para Madrid, y lo que en él les sucedió»; «En que el ermitaño cuenta quiénes y qué causas le trajeron a aquel estado»; «En que por divertir al ermitaño le cuenta algunas cosas graciosas; cómo llegaron a la ermita y por su muerte se ausentó de ella»; «Cómo se fue a Sevilla para pasar a las Indias, para lo cual asentó con un Oidor de México, cuenta lo que en su casa le sucedió»; «En que cuenta cómo asentó con un canónigo, y le hizo ayo de sus sobrinos, por cuyas travesuras se quiso despedir, cuenta alguna de ellas»; «Cómo se enamoró y cómo de esta causa nació des­pedirle su amo»; «Cómo el canónigo le despidió de su casa, cómo determinó irse tras las mujeres; cuenta los infortunios que le sucedieron y cómo olvidó los amores»; «Cómo puso escuela de muchachos; cuenta lo que sucedió entre un médico y un valiente»; «Cómo le quisieron casar; pinta la novia, y cómo se fue huyendo de Sevilla»; «Cómo se fue a Madrid huyendo de aquellos bellacos, en cuyo camino halló quien le hizo volver»; «Cómo hizo casar al casa­mentero con la novia que a él traía, con otras cosas»; «En que cuenta un sueño, y cómo pasó a las Indias».

C. Conde

Lazarillo de Ciegos Caminantes, Calixto Bustamante Carlos

Curioso libro de Calixto Bustamante Carlos, Concolorcorvo (que vivió en la segunda mi­tad del siglo XVIII), editado por primera vez en Gijón (España), en 1773. Describe, conforme su portada lo expresa, los itine­rarios de Buenos Aires a Lima, según pun­tual observación, así como noticias útiles a los nuevos comerciantes que tratan en muías, a las que se añaden jocosidades para entretenimiento de caminantes.

El libro narra, a través de veintisiete capítulos, el recorrido entre las capitales argentina y pe­ruana, que incluye Montevideo, Córdoba, Salta, Potosí, Chuquisaca y Cuzco, haciendo mención de los usos, costumbres, vida so­cial y trabajo de los habitantes de esas ciu­dades y sus campos. El autor describe tam­bién el paisaje y la naturaleza americanas con lujo de observaciones y comentarios. Pero el libro tiene, ante todo, un sentido crítico: se ocupa de señalar agudamente los defectos de la política colonial española en el nuevo continente. Calixto Bustamante Carlos, cuyo apodo Concolorcorvo proviene de una contracción de la frase «con color de cuervo», acompañó a don Alonso Carrió de la Vandera, Visitador de Correos y Pos­tas, de cuyas memorias algunos conjeturan que aquél extrajo gran parte del contenido del Lazarillo, pues la abundancia de citas clásicas y giros ilustrados parecen ajenos a un hombre inculto, indio neto, según él mismo declara en el prólogo — como pa­rece haber sido Bustamante. El estilo de la obra es ágil, gracioso, de gran soltura, y recuerda en muchos pasajes al de la novela picaresca de la península.

El Lazarillo posee una estructura mixta de libro de viajes y ficción que lo convierte en un caso muy singular dentro de la literatura americana de la época. Hasta 1908, año en que fue reeditado por la Junta de Historia y Numis­mática Americana, era sólo conocido por los eruditos y especialistas. En 1942, las Edi­ciones Solar de Buenos Aires realizaron del Lazarillo una bella edición que lleva un prólogo de José Luis Busaniche y gran pro­fusión de grabados.

S. Salazar Bondy

Lazarillo de Tormes, Anónimo

[La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y ad­versidades]. Breve novela española de autor desconocido, publicada por primera vez en Burgos en 1554, en una edición de la que derivan casi seguramente las otras dos del mismo año: la de Alcalá, con al­gunos añadidos innecesarios y por lo tanto no auténticos, y la de Amberes. La obra, que se considera como el arquetipo de la novela «picaresca», consta de un prólogo y siete capítulos de varia longitud e im­portancia.

Es el relato que de su propia vida y de su adverso destino («fortunas y adversidades») hace Lazarillo llamado de Tormes por el nombre del famoso río que pasa junto a Salamanca y en cuyas riberas nació el protagonista. La materia de la no­vela es el continuo vagabundeo de Lazarillo, obligado a ganarse su penosa existencia pasando de amo en amo: primero al ser­vicio de un mendigo ciego, luego al de un clérigo tan pobre y hambriento como él, después al de un hidalgo celoso de su honor pero holgazán y sin un céntimo, y luego al de un fraile y al de un desvergonzado buldero, logrando por fin ser nombrado pregonero público y convertirse en el sa­tisfecho consorte de una sirvienta a quien su amo asegura una demasiado generosa protección y favores en abundancia. Por primera vez entra en la literatura y se presenta como materia de arte la vida de un pobre desesperado que al margen de la sociedad lucha, sin auxilio de nadie, por ningún otro ideal que el de librarse del hambre y seguir viviendo.

Vida de «pícaro», palabra de origen oscuro que quizás deba relacionarse, mediante una audaz y aven­turada generalización, a «picard», de Pi­cardía en Francia, como «bohemio» con Bohemia. Y puesto que quien narra es el propio protagonista, el motivo artístico de la novela se reduce a la interpretación de la realidad dada por un espíritu egoística­mente encerrado en sí mismo e incapaz de salir de los límites de un utilitarismo instin­tivo, sórdido y estrecho. Lazarillo lo observa y juzga todo en relación consigo mismo, se­gún la fría norma de lo que le es útil y lo que le perjudica. Ningún halo de senti­miento, ningún espejismo de lejanas qui­meras. Lazarillo está todo en el recuerdo de sus penas, en la única realidad del dolor sufrido, en las únicas y caras imágenes del hambre saciada. Evoca su pasado con un arte sobrio, sin significados ocultos ni com­plicaciones psicológicas. Llama bien a todo aquello que satisface sus necesidades ins­tintivas, y mal a todo lo que se opone a esta satisfacción. La caridad no es más que lo que sale al encuentro de sus sufrimientos materiales. Quien no tiene qué darle, aun­que no pueda, es un avaro. Quien le niega lo indispensable para su vida es un mal­vado. Y en estos juicios tiene la sinceridad y el acento de la verdad que ha crecido juntamente con su vida animal, materiali­zada por una experiencia opaca, que no se discute ni se puede discutir, porque es así y no podía ser de otro modo.

Lazarillo vuel­ve a los recuerdos de su infancia. Su padre era molinero, y por las sangrías con que aliviaba la presión en los sacos de harina de sus clientes «había sufrido persecución por la justicia» y había muerto en la cárcel. Su madre era una mujer de buena voluntad, que poco después de quedar viuda había encontrado ayuda en un palafrenero morisco y había obsequiado a Lazarillo con un hermoso hermano morito. El pala­frenero visitaba la casa de día y de noche, pero las visitas diurnas eran las más salu­dables, porque entonces se comía y bebía bien. Todo ello se hacía por amor; pero el palafrenero, denunciado por su amo, había sido acusado de hurto y azotado juntamente con su amante.

Ya adolescente, Lazarillo entra al servicio de un ciego mendigo a quien acompaña en sus errabundeos. El ciego se convierte en su maestro, porque «es un águila en su oficio» y gana más en un mes que otros cien ciegos en un año. Lazarillo le admira en todas sus ocurren­cias instintivas, en sus engaños y en sus fingimientos, en el cálculo meditado y en el hábil uso que sabe hacer de todos los demás sentidos, que parecen compensar la penosa oscuridad de sus ojos. Naturalmente, el ciego desconfía de Lazarillo, de quien se ve obligado a valerse, y quiere tenerlo atado a sí lo más estrechamente que pueda. Em­pieza entonces entre ambos una lucha des­igual: la inteligencia de Lazarillo se per­fecciona en la diaria experiencia bajo los ojos de quien no ve; la inteligencia del ciego, que se siente estafado, madura la venganza y goza del triunfo con hiriente sarcasmo. Cuando Lazarillo se siente bas­tante bien aleccionado para poder actuar por sí solo, se rebela contra aquel dueño que le impide aplacar su hambre, y se de­cide a dejarlo a las malas. Bajo una lluvia torrencial, lo lleva a dar de cabeza contra un pilar, después de haberlo guiado en la carrera y al tomar impulso, y luego lo abandona.

Pasa entonces al servicio de un clérigo que para comer no tiene más que los bodigos dados a la iglesia y las limosnas destinadas a los pobres. También él está hambriento, y la caridad, cuando se tiene hambre, es una virtud únicamente propia de los santos. Y aquel pobre desgraciado no es ningún santo. Por esto, cuando dice la misa cuenta el dinero que se recoge en la bandeja y vuelve a contarlo cuidadosa­mente en cuanto se termina el ofertorio. Sufre hambre pero no revela su sufrimiento a nadie, ni siquiera lo deja a entender a su mísero criado, a quien deja los restos de, su pobre comida. Lazarillo es implaca­ble con su amo y no le pierde de vista cuando le ve hartarse en los banquetes fúnebres, y le atribuye sus propios senti­mientos con sarcástica ironía. El pobrísimo clérigo se convierte para él en un clérigo avariento a más no poder, que no tiene caridad ni con él, ni con nadie, ni consigo mismo; y Dios es caridad que aplaca con el pan cotidiano las torturas del estómago vacío; aquel Dios a quien invoca para que haga morir a los enfermos y asegure la comida del entierro.

La vida que Lazarillo lleva con su tercer amo, un «hidalgo» ma­niático de su honor, le lleva a descubrir que hay en el mundo quien sufre hambre sin hacer nada para saciarla. Nota que el hidalgo va a mondarse los dientes a la puerta de su casa para dar a entender que ya comió, y que habla de grandeza y de decoro mientras se aprovecha de la tripa y el pan que son fruto de la mendicidad de su criado. Lazarillo sirve a su amo mendigando por los dos, y le da de comer porque sabe por experiencia lo que es el hambre y se alegra de tenerlo por comensal, a pesar de que el hidalgo, que acepta por necesidad, se excusa de todo sentimiento de gratitud afirmando descaradamente que acepta por condescendencia. Lazarillo tiene compasión del hidalgo «por la negra que llaman honra» y que impide decir hambre cuando se tiene hambre. Aquí está Lazarillo entero, que gusta de la sinceridad sin velos y no se avergüenza en confesar lo que el instinto le exige para vivir.

Así cuando pasa al servicio de un fraile que, fiel a su regla, de despoja de todo en favor de las almas que le piden consuelo, Lázaro no vacila en plantarle en seco. Así cuando reconoce la hipocresía de un vendedor de bulas que engaña a la gente de buena fe, se siente a disgusto a su servicio y le abandona. Vivir su propia vida instintiva y ganársela con el mínimo de fatiga y no ir más allá del momento actual, he aquí el sueño de Lazarillo: un sueño que empieza a realizarse cuando se pone a hacer de aguador y luego de pregonero público. En­tonces Lazarillo decide casarse, sin indagar o, mejor dicho, con el propósito de no in­dagar si su consorte es o no, como murmu­ran las malas lenguas, la amante del clé­rigo que tanto les favorece. Una obra como el Lazarillo no pudo ser concebida sino en oposición complementaria al realismo metafísico de las novelas pastoriles como la Diana (v.) de Jorge de Montemayor. Al orden inmanente, al amor como natural deseo de belleza en su existencia individual y concreta, se contrapuso el realismo del apetito como natural deseo de lo útil, o sea de todo cuanto satisface las necesidades primordiales e instintivas. De ello deriva un arte que aspira a hacer transparente el mecanismo de la vida animal, observándolo con una simpatía manifiesta.

Lazarillo, que se confiesa como se confiesan los pastores enamorados en la Diana, está, como ellos, más allá del bien y del mal; y su confesión es espontánea, sin amarguras y sin el ci­nismo brutal que caracteriza la novela pi­caresca ulterior. Nos hallamos ante un es­tilo denso de cosas, sobrio y rápido, de escorzos cortantes e incisivos, sentencioso pero sin pretensiones de literato, porque se ajusta por completo a la vida que La­zarillo vive y por lo mismo conoce y ex­presa.

M. Casella

Galería de caricaturas trazadas con sin­gular gracia y despejo, cuadro acabado de costumbres truhanescas, espejo y luz de lengua castellana, fácil, rápida y nerviosa. (Menéndez Pelayo)

Laus Vitae, Gabriele D’Annunzio

Poema de Gabriele D’Annunzio (1863-1938), publicado en 1903 en el primer libro de los Laudes del cielo, del mar, de la tierra y de los héroes (v.), dedicado a Maia (v.). Se compone de 8.400 versos desiguales, en estrofas libres de 21 versos cada una.

En sus dos terceras partes narra un viaje ideal y material a Grecia, empezando con el encuentro con aquel que, entre los héroes antiguos, es para D’Annunzio el prototipo del super­hombre: Ulises. El viaje se concluye con un canto de dominación y de exterminio, que brota de los campos de las antiguas bata­llas. Aquí empieza la última parte del poema, ya que aquel canto de dominado­res recuerda al poeta, por afinidad y por contraste, el canto no menos feroz, pero anti heroico y embrutecedor, que levanta de las «ciudades terribles» de la vida moder­na; y para sustraerse a él lleva a cabo un segundo viaje ideal entre los héroes pinta­dos por Miguel Ángel en la capilla Sixtina. Obra pletórica, desigual y disforme, y a pesar de ello capital dentro del opus total de D’Annunzio, ya que lo que realmente sorprende en ella es la exaltación desen­frenada de los aspectos más antipoéticos de aquella poesía. En primer lugar, la ambi­ción del poema, en el que se cumple la tentativa de forjar un tipo «extra legem», de poema-novela (intento presente también en las novelas, en las que el naturalismo del plan se equilibra con el lirismo de la inspiración).

Pero en las novelas el es­fuerzo constructivo como tal era tanto más válido cuanto más se apoyaba en lo que al mismo tiempo negaba, la psicología, el esquema narrativo y naturalista; en mayor grado en El placer (v.), en El triunfo de la Muerte (v.) y en El fuego (v.), y, en grado menor, en Vírgenes de las Rocas (v.). Aquí, en cambio, esta ayuda es recha­zada: nada se resuelve en psicología y todo es símbolo; nada en narración y todo en canto. De lo que resultan dos defectos iguales y contrarios: el confuso aspecto del poema, donde todo dibujo se pierde bajo la episódica eflorescencia de divagaciones líri­cas, y además la desagradable permanencia del dibujo-base como una especie de falsilla realista, ante la que la tarea del poeta re­side en anularla con la misma metodicidad amplificativa, metafórica y laudatoria que agrió el lirismo de El fuego. Es curioso comparar con la primera parte del poema los libritos de apuntes del viaje real que sirvió de base al viaje ideal a Grecia, o las imágenes de Miguel Ángel que dan lugar a las explosiones líricas de la segunda parte; ese método, que no anula sino que subraya la duplicidad de la falsilla descriptiva y de la amplificación lírica, se toca con la mano. Y lo mismo que en El fuego, también aquí la voluntad amplificadora y laudatoria se funde con el tema sobrehumano; el cual, aun siendo consustancial con las páginas de poesía más logradas, continúa siendo, en igual grado, enfático, antipoético, resol­viéndose, en sus momentos menos logrados, como en la Gloria (v.), en una vacua afir­mación de poder con la que contrasta la voluptuosa embriaguez que hay en el fondo.

Así, pues, son más considerables aquellos pasajes en que el tema sobrehumano no es el tema del dominio infinito, sino del infi­nito deseo; son características las estrofas iniciales en que el tema del libro se anun­cia como una alabanza de la «Diversidad, sirena del mundo», voluptuoso elogio de todos los aspectos de la vida, que culmina en una alabanza de los específicos aspectos de la voluptuosidad del amor, en la apari­ción nocturna de Afrodita que se entrega al poeta. Pero para ver cuál es el tema más importante desde el punto de vista poé­tico, obsérvese que, apenas recogida de Ulises la muda incitación a conseguir nada menos que el Universo, súbitamente el sen­timiento del poeta se resuelve en nostalgia, en el recuerdo de la madre y de las her­manas, lo cual a simple vista parece con­tradecir el tema explícito del poema, pero no lo hace, antes lo realiza, aquello por lo que se convierte en poesía, precisamente la nostalgia, el idilio, este aflojamiento de la voluntad en voluptuosidad. Así el más jus­tamente famoso oasis lírico del poema, la evocación de Fiesole (versos 3424-3591), pretende realzar la grande y varonil belleza de los lugares heroicos de cuya lejanía el poeta se lamenta, pero en realidad surge como episódica liberación de la tarea, poé­ticamente ingrata, de ensalzarlos; y la otra hermosísima representación de la Felici­dad (versos 7813-7896) nace en el poeta sin que la busque, de una manera improvisada, terminada la ardua y sobrehumana tarea de todo el libro.

Más ceñidos al tema sobre­humano pueden parecer otros temas, como el «Canto amebeo de la guerra», el canto de las «Ciudades terribles» (w. 4377-5838); pero también en éstos se pone de relieve en el fondo, a través del tema sobrehumano, la tétrica y feroz voluptuosidad, antigua musa de D’Annunzio desde el San Panta- león (v.).

E. De Michelis

Las figuras de mi poesía enseñan la nece­sidad del heroísmo. Ha brotado de mi fra­gua el único poema de vida total — verda­dera y propia «Representación de Alma y Cuerpo» — que ha aparecido en Italia des­pués de la Comedia. Este poema se llama Laus Vitae. (D’Annunzio)

El Lazareto Literario, Clementino Vannetti

[II Lazzaretto letterario]. Obra singular, burlona y jocosa de crítica literaria, y sátira de costumbres, de Clementino Vannetti (1754- 1795) escrita por el autor, joven todavía, en el campo, entre un grupo de amigos. Alguno de ellos, como el padre Malisana, colaboró en ella; se publicó por entregas en el «Giornale Enciclopédico» de Vicenza y después se imprimió en edición sepa­rada. Se finge en ella que una tertulia de jóvenes amigos literatos, hallándose en el otoño de 1777 en una quinta sobre el Isera, en Val Lagarina, deciden alternar sus pa­seos y honestas diversiones con una singu­lar empresa literaria, componiendo un dia­rio burlesco cuyo fin consista en poner en ridículo algunos prejuicios corrientes. Lo consiguen inventando pésimas obras lite­rarias, engendros de ingenios toscos y de cerebros ofuscados que sean sus exponen­tes, y dando de ellas informaciones, extrac­tos y recensiones críticas, que constituyen, como productos malsanos, un «Lazareto li­terario», intercalado a veces, de farsas, discursos y cuentos.

Se presentan, así, en escena «El pedante de buen gusto, o sea Aventuras del Abadillo N. N.»; «El cocinero de Moda» (que sabe de lenguas y de cien­cias más que de salsas); «La biblioteca del aristócrata» (forja de hombres enciclopédi­cos); «El código de la nobleza»; «El joven educado» (una especie de «Giovin signori» de Parini); «Un fragmento árabe de poesía exótica»; un «Dies Ossas»; que se supone descubierto por Bessarione; una «Demostra­ción Físico-Histórica-Crítica de la inclu­sión natural de la Provincia Trentina en alemania, y no en Italia»; una «Colección de Poesías del abate N. N.», etc. El padre Cesari, que preparó la edición de Venecia de 1827, de las obras de Vannetti, para la que escribió una notable noticia biográfica y crí­tica, hace notar que aquel trabajo estaba «reputado de bellísimo intento» y reúne en esta edición los textos omitidos en la edi­ción de Vicenza.

G. Pión