Lázaro, Ricardo Gutiérrez

Poema lírico y narrativo del poeta argentino Ricardo Gutiérrez (1836- 1896), publicado en 1869. Lo había prece­dido, en 1860, La fibra salvaje; son los dos solos poemas narrativos extensos compuestos por la segunda generación romántica argen­tina. Lázaro, dividido en cuatro cantos, tiene cerca de 3.000 versos.

El protagonista es una falsa idealización europea del gau­cho americano. Es un héroe byroniano, un proscrito social perseguido por la fatali­dad. La acción se desarrolla a orillas del Paraná en la época virreinal. Lázaro, paya­dor infortunado, ama a Dolores, hija de Roca, señor cuyo castillo irreal se alza sobre la cumbre de una cuchilla, morada resplan­deciente de luces y colores, adornada de ricas sederías., de tapices de oro y tul, de muros de espejos, poblada de danzas, risas y armonías, de mujeres de fantástica her­mosura y hombres de aristocrático linaje, servidos por pajes innumerables. Dolores, la castellana, manda invitar al «sombrío trovador» para que haga oír sus acentos en medio de un festín. Lázaro obedece, y acom­pañándose de la guitarra canta una deses­perada trova. Antes de que él abandone la sala, Dolores, identificada por su nacimiento de madre americana con la suerte de los nativos oprimidos, pone una flor en el pecho del cantor, a quien ama. Pero cuando el payador, siguiendo su destino, le dice el adiós postrero, Roca le hace acometer por sus siervos. Éstos, después de sangriento combate, lo desarman y amarran. Remitido a Buenos Aires en un barco para ser entre­gado al virrey, le salva de la muerte una sublevación de otros presos que van a bor­do.

Los sublevados acuchillan a la tripula­ción y luego asaltan el castillo y lo incen­dian. Lázaro mata a Roca, y alzando en bra­zos a Dolores desfallecida, se refugia en la selva. Dolores enloquece y muere. La banda de forajidos, sorprendida por la ausencia de Lázaro, entra en la selva y lo descubre petrificado por la pena junto al cadáver. Sepultan a Dolores y, convertidos en pi­ratas, son estrago y terror de la comarca hasta que un día acaban con ellos las naves enviadas por el virrey a combatirlos. Lá­zaro no muere en la pelea. Salva a nado el río y huye al desierto en el lomo de un potro salvaje. Cierto muelle lirismo levanta por momentos el poema, lento, desmayado y difuso, y en el cual se notan asomos de la influencia de Espronceda. Antaño tuvo significación en la literatura argentina, por­que señaló, como escribió Paul Groussac treinta años después de su aparición, «el fin del romanticismo exótico y subjetivo, injertado por última vez y con pasión exó­tica, en el tronco nacional». Las décimas de la trova que canta Lázaro gozaron de popularidad y del favor de la música.

R. F. Giusti

Lázaro, Luigi Pirandello

[Lazzaro]. Drama en tres actos de Luigi Pirandello (1867-1936), represen­tado en 1928. Es éste el último viaje al in­fierno. el mito pirandelliano del más allá. Ante la muerte, Pirandello siente casi siem­pre un profundo terror; para vencerlo y para superar al mismo tiempo el solipsismo de sus personajes, que naufragan si se aban­donan a sí mismos, y para difundir una palabra de confianza, piensa concluir su obra con los «mitos»; y el anhelo de intro­ducir significados de alcance universal, de imponer una concepción, acaban por llevar al escritor, en un terreno alejado de sí mismo, a reconocer como eternamente váli­dos ejemplos que son fútiles.

Encontramos a Diego Spina, creyente que soporta, espe­rando un más allá, la traición y la separa­ción de su esposa, y ha encaminado a su hijo Lucio a la carrera eclesiástica. Al en­terarse de que el hijo, renunciando al sa­cerdocio, se ha refugiado junto a su madre, desesperado corre a buscarle, pero acaba muriendo bajo las ruedas de un automóvil. Un médico prueba en él una inyección, y Diego resucita y se presenta, ante la estu­pefacción de los suyos, armado con un fusil que descarga sobre el amante de la esposa; su carácter ha cambiado por completo. Per­donar resulta inútil, dice, para el que ha estado en el más allá sin encontrar nada. Pero su hijo Lucio se encarga de calmarlo: su alma, después de la muerte, se ha en­contrado con Dios, y Dios mismo no deja saber nada que Él no quiera. Es un milagro ante el cual hay que vivir, sin necesidad de saber, pero con la única condición de creer. La presencia de Dios determina en­tonces otro milagro: como ante una llamada sobrenatural, la pequeña paralítica Lia se levanta y anda.

El esfuerzo dialéctico em­pleado para sostener el mito es grande, pero cede ante resultados convencionales; frente a esta presunta fe se echa de menos el pudor de A la salida (v.), verdadero mito del más allá. En cambio, hay aquí una proyección absurda de un hecho gratuito en símbolos externos, como si el verdadero mito del escritor no consistiese en su con­dición humana y en sus propios problemas. La conclusión pirandelliana sobre el más allá se queda en un estupor sin otra ex­plicación que no sea desgraciadamente in­motivada. La muerte se impone como un desgarramiento inevitable, dolor irracional, gritos y lamentos, es decir, como una con­vulsión de los sentidos. Pero ese falso diá­logo sobre el alma no tiene siquiera, por parte del hombre resucitado e infernal, el estremecimiento de lo fantasmal. En el fondo, en la desilusión del resucitado hay una indecisa carga de supersticiones, ce­guera, fanatismos e ignorancias populares. Popular es el racional simplicismo y la facilidad de las explicaciones, el hecho de una fe tan «material». En ésta, como en otras obras, el autor revela un culto por lo regional de sentido universalista.

G. Guerrieri

Lazarillo Español, Ciro Bayo Seguróla

De Ciro Bayo Seguróla (1860-1939), figura menor pero interesante del 98, escritor sobre temas americanos históricos, e imitador de la novela picaresca en El peregrino entre­tenido (1910) y Lazarillo español (1911).

A esta novela la precede una Declaración del Autor en la cual dice al lector que va a entretenerle con la relación de su primera salida de Madrid a pie y, como se dice, sin dinero. «Pienso que ella vale la pena de que yo te la cuente y de que tú la leas, pues aprenderás conmigo muchas cosas de la España vieja y de la España nueva». «El hombre que no es observador — dice un refrán ruso — es como aquel que cruza el bosque y no encuentra leña para calen­tarse, o, como se dice en castellano, «mira al mar y no ve el agua». En el libro primero, «Prolegómenos del viaje», se habla de una casa de vecindad. En el libro segundo, «Por esos trigos», de la primera jornada; en el libro tercero, «En tierra manchega», de la ruta de Don Quijote; el libro cuarto se ti­tula «Mi entrada en Andalucía»; el libro quinto, «Mi Semana Santa en Sevilla»; el libro sexto, «Por tierras de Málaga». En el séptimo y octavo se refiere a Granada y Almería. El libro noveno se ofrece a Mur­cia» y el décimo al País de las Palmeras. En el libro onceno se habla de Valencia «El jardín de España», y el duodécimo, «De Tarraco a Barcino», está dedicado a Cataluña.

Un buen viaje por Levante, ame­namente contado, sin insistencias, que sigue la ya clásica línea de los Lazarillos espa­ñoles, Cuyo último representante es Camilo José Cela.

C. Conde

Segunda Parte del Lazarillo de Tormes y de sus Fortunas y Adversidades, Anónimo

Tambien anónima, apareció en Amberes en 1955. Empieza con las mismas palabras con que termina la primera parte. Una vez alcan­zada «la cumbre de toda buena fortuna», gracias a la protección del arcipreste, Laza­rillo vive alegremente con los «tudescos» de la corte de Carlos V. A la noticia de la expedición de Argel contra los moros se embarca en Cartagena, pero la nave naufraga y mientras los demás pierden el tiempo rogando a Dios, Lazarillo se llena el vientre de vino, de modo que el agua encuentra el camino cerrado y no le ahoga. Así puede bajar al fondo del mar, donde, transformado en atún, se hace amigo del general de los peces y luego favorito de su rey, hasta que, caído en una red, recobra su aspecto humano y vuelve a Salamanca. Esta segunda parte se consideró un enigma, por las alusiones mal discernibles bajo las cuales se adivina una sátira contra la corte de Carlos V; pero a pesar de la ingeniosi­dad de la invención, donde se reconoce el influjo de la novela bizantina, no tiene pun­to de comparación con el original.

C. Capasso

Segunda parte del Lazarillo, Luna

En París en 1620, asimismo con el título de Segunda parte del Lazarillo. Luna, que en­señaba español en París, se propuso no sólo continuar la primera parte de la novela, sino también depurar su lengua, que le parecía «más francesa que española». Lá­zaro deja Toledo para dirigirse a Argel; en Cartagena encuentra a su escudero, que le hace objeto de una burla. Se embarca y naufraga, como en la primera Segunda Parte. En el fondo del mar encuentra un tesoro y mientras intenta sacarlo a flote es capturado por unos pescadores que lo ponen en un recipiente lleno de agua, y, con el permiso de la Inquisición, lo pasean por toda España, haciéndolo pasar por un monstruo mitad hombre y mitad pez. Lá­zaro intenta en vano librarse de los pes­cadores, los cuales amenazan con quemarlo como criatura embrujada y lo hunden en el agua cada vez que intenta hablar. Por fin logra escapar y después de obtener una parte de los beneficios que las uñas del clero han dejado a los pescadores, regresa a Toledo, donde sorprende a su mujer con el arcipreste, y se va entonces a Madrid a hacer de faquín, aconteciéndole curiosas aventuras que completan el impresionante cuadro de la corrupción de la época.

La continuación de Luna es una sátira feroz contra la Inquisición española y contra la hipocresía del clero. Y aunque también está lejos del arte sobrio y vigoroso del primer Lazarillo, esta segunda parte logra a me­nudo verdadera fuerza representativa. Pero la fantasía del escritor cede ya a la anécdota y se siente el artificio de un arte más há­bil y más cuidadoso de sus efectos.

C. Capasso