Lazarillo de Tormes, Anónimo

[La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y ad­versidades]. Breve novela española de autor desconocido, publicada por primera vez en Burgos en 1554, en una edición de la que derivan casi seguramente las otras dos del mismo año: la de Alcalá, con al­gunos añadidos innecesarios y por lo tanto no auténticos, y la de Amberes. La obra, que se considera como el arquetipo de la novela «picaresca», consta de un prólogo y siete capítulos de varia longitud e im­portancia.

Es el relato que de su propia vida y de su adverso destino («fortunas y adversidades») hace Lazarillo llamado de Tormes por el nombre del famoso río que pasa junto a Salamanca y en cuyas riberas nació el protagonista. La materia de la no­vela es el continuo vagabundeo de Lazarillo, obligado a ganarse su penosa existencia pasando de amo en amo: primero al ser­vicio de un mendigo ciego, luego al de un clérigo tan pobre y hambriento como él, después al de un hidalgo celoso de su honor pero holgazán y sin un céntimo, y luego al de un fraile y al de un desvergonzado buldero, logrando por fin ser nombrado pregonero público y convertirse en el sa­tisfecho consorte de una sirvienta a quien su amo asegura una demasiado generosa protección y favores en abundancia. Por primera vez entra en la literatura y se presenta como materia de arte la vida de un pobre desesperado que al margen de la sociedad lucha, sin auxilio de nadie, por ningún otro ideal que el de librarse del hambre y seguir viviendo.

Vida de «pícaro», palabra de origen oscuro que quizás deba relacionarse, mediante una audaz y aven­turada generalización, a «picard», de Pi­cardía en Francia, como «bohemio» con Bohemia. Y puesto que quien narra es el propio protagonista, el motivo artístico de la novela se reduce a la interpretación de la realidad dada por un espíritu egoística­mente encerrado en sí mismo e incapaz de salir de los límites de un utilitarismo instin­tivo, sórdido y estrecho. Lazarillo lo observa y juzga todo en relación consigo mismo, se­gún la fría norma de lo que le es útil y lo que le perjudica. Ningún halo de senti­miento, ningún espejismo de lejanas qui­meras. Lazarillo está todo en el recuerdo de sus penas, en la única realidad del dolor sufrido, en las únicas y caras imágenes del hambre saciada. Evoca su pasado con un arte sobrio, sin significados ocultos ni com­plicaciones psicológicas. Llama bien a todo aquello que satisface sus necesidades ins­tintivas, y mal a todo lo que se opone a esta satisfacción. La caridad no es más que lo que sale al encuentro de sus sufrimientos materiales. Quien no tiene qué darle, aun­que no pueda, es un avaro. Quien le niega lo indispensable para su vida es un mal­vado. Y en estos juicios tiene la sinceridad y el acento de la verdad que ha crecido juntamente con su vida animal, materiali­zada por una experiencia opaca, que no se discute ni se puede discutir, porque es así y no podía ser de otro modo.

Lazarillo vuel­ve a los recuerdos de su infancia. Su padre era molinero, y por las sangrías con que aliviaba la presión en los sacos de harina de sus clientes «había sufrido persecución por la justicia» y había muerto en la cárcel. Su madre era una mujer de buena voluntad, que poco después de quedar viuda había encontrado ayuda en un palafrenero morisco y había obsequiado a Lazarillo con un hermoso hermano morito. El pala­frenero visitaba la casa de día y de noche, pero las visitas diurnas eran las más salu­dables, porque entonces se comía y bebía bien. Todo ello se hacía por amor; pero el palafrenero, denunciado por su amo, había sido acusado de hurto y azotado juntamente con su amante.

Ya adolescente, Lazarillo entra al servicio de un ciego mendigo a quien acompaña en sus errabundeos. El ciego se convierte en su maestro, porque «es un águila en su oficio» y gana más en un mes que otros cien ciegos en un año. Lazarillo le admira en todas sus ocurren­cias instintivas, en sus engaños y en sus fingimientos, en el cálculo meditado y en el hábil uso que sabe hacer de todos los demás sentidos, que parecen compensar la penosa oscuridad de sus ojos. Naturalmente, el ciego desconfía de Lazarillo, de quien se ve obligado a valerse, y quiere tenerlo atado a sí lo más estrechamente que pueda. Em­pieza entonces entre ambos una lucha des­igual: la inteligencia de Lazarillo se per­fecciona en la diaria experiencia bajo los ojos de quien no ve; la inteligencia del ciego, que se siente estafado, madura la venganza y goza del triunfo con hiriente sarcasmo. Cuando Lazarillo se siente bas­tante bien aleccionado para poder actuar por sí solo, se rebela contra aquel dueño que le impide aplacar su hambre, y se de­cide a dejarlo a las malas. Bajo una lluvia torrencial, lo lleva a dar de cabeza contra un pilar, después de haberlo guiado en la carrera y al tomar impulso, y luego lo abandona.

Pasa entonces al servicio de un clérigo que para comer no tiene más que los bodigos dados a la iglesia y las limosnas destinadas a los pobres. También él está hambriento, y la caridad, cuando se tiene hambre, es una virtud únicamente propia de los santos. Y aquel pobre desgraciado no es ningún santo. Por esto, cuando dice la misa cuenta el dinero que se recoge en la bandeja y vuelve a contarlo cuidadosa­mente en cuanto se termina el ofertorio. Sufre hambre pero no revela su sufrimiento a nadie, ni siquiera lo deja a entender a su mísero criado, a quien deja los restos de, su pobre comida. Lazarillo es implaca­ble con su amo y no le pierde de vista cuando le ve hartarse en los banquetes fúnebres, y le atribuye sus propios senti­mientos con sarcástica ironía. El pobrísimo clérigo se convierte para él en un clérigo avariento a más no poder, que no tiene caridad ni con él, ni con nadie, ni consigo mismo; y Dios es caridad que aplaca con el pan cotidiano las torturas del estómago vacío; aquel Dios a quien invoca para que haga morir a los enfermos y asegure la comida del entierro.

La vida que Lazarillo lleva con su tercer amo, un «hidalgo» ma­niático de su honor, le lleva a descubrir que hay en el mundo quien sufre hambre sin hacer nada para saciarla. Nota que el hidalgo va a mondarse los dientes a la puerta de su casa para dar a entender que ya comió, y que habla de grandeza y de decoro mientras se aprovecha de la tripa y el pan que son fruto de la mendicidad de su criado. Lazarillo sirve a su amo mendigando por los dos, y le da de comer porque sabe por experiencia lo que es el hambre y se alegra de tenerlo por comensal, a pesar de que el hidalgo, que acepta por necesidad, se excusa de todo sentimiento de gratitud afirmando descaradamente que acepta por condescendencia. Lazarillo tiene compasión del hidalgo «por la negra que llaman honra» y que impide decir hambre cuando se tiene hambre. Aquí está Lazarillo entero, que gusta de la sinceridad sin velos y no se avergüenza en confesar lo que el instinto le exige para vivir.

Así cuando pasa al servicio de un fraile que, fiel a su regla, de despoja de todo en favor de las almas que le piden consuelo, Lázaro no vacila en plantarle en seco. Así cuando reconoce la hipocresía de un vendedor de bulas que engaña a la gente de buena fe, se siente a disgusto a su servicio y le abandona. Vivir su propia vida instintiva y ganársela con el mínimo de fatiga y no ir más allá del momento actual, he aquí el sueño de Lazarillo: un sueño que empieza a realizarse cuando se pone a hacer de aguador y luego de pregonero público. En­tonces Lazarillo decide casarse, sin indagar o, mejor dicho, con el propósito de no in­dagar si su consorte es o no, como murmu­ran las malas lenguas, la amante del clé­rigo que tanto les favorece. Una obra como el Lazarillo no pudo ser concebida sino en oposición complementaria al realismo metafísico de las novelas pastoriles como la Diana (v.) de Jorge de Montemayor. Al orden inmanente, al amor como natural deseo de belleza en su existencia individual y concreta, se contrapuso el realismo del apetito como natural deseo de lo útil, o sea de todo cuanto satisface las necesidades primordiales e instintivas. De ello deriva un arte que aspira a hacer transparente el mecanismo de la vida animal, observándolo con una simpatía manifiesta.

Lazarillo, que se confiesa como se confiesan los pastores enamorados en la Diana, está, como ellos, más allá del bien y del mal; y su confesión es espontánea, sin amarguras y sin el ci­nismo brutal que caracteriza la novela pi­caresca ulterior. Nos hallamos ante un es­tilo denso de cosas, sobrio y rápido, de escorzos cortantes e incisivos, sentencioso pero sin pretensiones de literato, porque se ajusta por completo a la vida que La­zarillo vive y por lo mismo conoce y ex­presa.

M. Casella

Galería de caricaturas trazadas con sin­gular gracia y despejo, cuadro acabado de costumbres truhanescas, espejo y luz de lengua castellana, fácil, rápida y nerviosa. (Menéndez Pelayo)