Lavengro, el Estudiante, el Gitano y el Cura, George Borrow

[Lavengro, the Scholas, the Gypsy and the Priest]. Novela picaresca del inglés George Borrow (1803-1881), publicada en dos etapas, en 1851-57, cuya segunda parte (1857), a pesar de ser la continuación de la primera, apareció con el título de El gitano caballero [The Romany Rye]. Ambos títu­los están en lengua gitana: «Lavengro» se­ría el nombre dado a Borrow por su ami­go el rey de los gitanos Jasper Petulengro, y vendría a significar «maestro de pala­bras»; mientras que «romany» se usa en lugar de «gitano» y «rye» por «caballero: no gitano».

El material de la narración es autobiográfico, no puede hablarse de un verdadero argumento; el único elemento que une entre sí los centenares de páginas de los dos volúmenes son. la personalidad del autor, su estilo descuidado pero viví­simo, su arte de mantener despierto el inte­rés con inesperadas interrupciones y peque­ños efectos teatrales y su gran poder des­criptivo. Las extraordinarias aventuras de Lavengro tienen todas por marco Londres y sus alrededores, y como protagonistas a los extravagantes tipos de vagabundos que los poblaban antes de que el ferrocarril y el automóvil privasen a los caminos de gran parte de sus encantos. En las primeras pá­ginas Borrow describe su familia y sus inin­terrumpidos viajes por las Islas Británicas acompañando a su padre, que era oficial; luego sus estudios, orientados totalmente, desde el despertar de su inteligencia, hacia el conocimiento de todos los dialectos y len­guas que le era posible aprender (Borrow tuvo fama de haber conseguido por lo me­nos entender unas treinta y cinco hablas); más tarde su ida a Londres para hacerse un nombre en el campo de las letras y su fuga de la gran ciudad para vivir la vida libre de los vagabundos. Al terminar el segundo volumen anuncia su intención de ir a la India en busca de nuevas etimologías y raras afinidades lingüísticas.

Pero no llegó a ir nunca. Una verdadera multitud abi­garrada y original desfila por sus páginas; de todos sus personajes habla bondadosa­mente y con cierta indiferencia burlona, que a muchos les parece fruto de un egoísmo ilimitado, pero que lo más probable es que sea una actitud voluntaria con fines artís­ticos. Junto al protagonista, hacia el fin de Lavengro y durante una buena parte del Romany Rye, encontramos a Isopel Bemers, una vendedora ambulante de unos dieciocho años, alta, fuerte y majestuosa como la compañera de un vikingo, rubia, bellísima. Levanta su tienda junto a la de Lavengro — que se ha convertido en calderero aficio­nado — y durante algún tiempo los dos hacen vida en común como buenos cama- radas; Lavengro piensa incluso, «para impe­dir que de vez en cuando nos encontremos molestos por no saber qué decir», enseñarle el armenio. La joven, un poco enamorada de él, acepta para complacerle, pero se siente humillada y sufre tanto por su frial­dad, que cuando Lavengro finalmente enter­necido, le ofrece hacerla su mujer, ella se niega y se marcha a América. Lavengro se consuela con consideraciones filosóficas. Sa­cada de la realidad o no (se ha discutido mucho este particular), la figura de Isopel, tan sencilla, recta y orgullosa, ha pasado a ocupar un lugar destacado entre las figu­ras femeninas de la literatura inglesa.

Otros personajes a los que Borrow dedica especial atención son su amigo gitano Jasper Petulengro y un inverosímil sacerdote católico en cuya descripción, como en todo lo que concierne a la Iglesia católica, Borrow pier­de el sentido de la medida, que es su prin­cipal cualidad de narrador. La obra de este singularísimo escritor no puede encuadrarse dentro de ninguna escuela literaria; lo más que puede hacerse es equiparar el hombre ai tipo, relativamente frecuente entre los ingleses, del viajero en busca de aventuras; entre sus contemporáneos, un Francis Burton o un Lafcadio Hearn, y entre los mo­dernos, quizás, y solamente en algunos as­pectos, un Lawrence de Arabia.

L. Krasnik

El Laurel de Apolo, Lope Félix de Vega Carpió

Ficción mito­lógica en silvas del gran poeta español Lope Félix de Vega Carpió (1562-1635), que con­tiene esencialmente dos fábulas y un con­junto de elogios a los autores contempo­ráneos, mejor dicho elogios a los amigos pertenecientes a la misma escuela, y actitud literarias. Los adversarios, en cambio, son tratados con ironía, si bien Lope reconoce, en este poema el ingenio y el valor de algu­nos adversarios. A instancias del río Manza­nares, la ninfa Laura hace el elogio de los poetas nacidos en sus márgenes. Ahora bien, como Lope no puede elogiarse a sí mismo, introduce la fábula «El baño de Diana», en la que narra la transformación de la ninfa Calixto; la fábula empieza en el momento en que los elementos están alterados por el desastre y la caída de Faetonte. En unos versos admirables Lope describe la vida de Diana y de sus ninfas (en la descripción de estas ninfas pueden verse retratos de damas de su tiempo). Descubierta la preñez de Calixto es expulsada del séquito de Diana y convertida en osa, y, finalmente, muerta por su propio hijo, es transportada al cielo por Júpiter y convertida en constelación. El autor sigue fielmente a Ovidio, aunque no de una forma tan disciplinada como en otros de sus poemas mitológicos. A continuación Apolo pronuncia un discurso, y después tiene que hablar Lope, que narra la fábula de Narciso.

La obra tiene momen­tos de gran calidad literaria, especialmente en los pasajes de la descripción de las nin­fas y de las tres gracias, que han hecho pensar a algunos críticos en los cuadros de Rubens.

Laurin, Anónimo

Pequeño poema heroico, en ale­mán medieval, compuesto en el Tirol hacia la primera mitad del siglo XIII. Posterior al Jardín de las rosas (v.), para diferenciarle de éste es llamado también Pequeño jar­dín de las rosas [Kleiner Rosengarten]. Narra cómo Dietrich (v. Teodorico de Verona), impulsado por un discurso de Hilde­brand, que le habla del invencible enano Laurin del Tirol, parte con Witege para intentar la aventura; éste rompe el hilo de seda que circunda el jardín de las rosas del enano; Laurin, poseedor de un cinturón má­gico que le da la fuerza de doce hombres, mata a Witege; pero Dietrich, aconsejado por Hildebrand, arrebata al enano su cin­turón y consigue dominarlo: a pesar de ello le concede la vida por intercesión de Dietleib, cuya hermana, Künhild, vive prisio­nera del enano. Laurin invita entonces a Dietrich a sus dominios, le embriaga a él y a sus hombres y los arroja a todos a una gruta. Después de haber sido los prisioneros libertados por Künhild, Dietrich vence definitivamente a Laurin y lo lleva consigo a Verona, donde recibe el bautismo y es reintegrado a su reino por Dietrich.

El poema es una mezcolanza de elementos de la saga con motivos fantásticos y tiene momentos sugestivos dentro de su inge­nuidad.

M. Pensa

Laus Veneris, Algernon Charles Swinburne

Pequeño poema de Algernon Charles Swinburne (1837-1909), escrito entre 1860 y 1862 y publicado en 1866 en Poemas y baladas (v.), y también en un opúsculo aparte. Es un largo monólogo pues­to en boca de Tanháuser (v.) en el que el caballero, esclavo de Venus en la mon­taña encantada, describe su estado y pasa revista a las vicisitudes de su vida. Muchos fragmentos de esta obra, como otras poesías de Swinburne, recuerdan frases de la Bi­blia; pero en el estilo ha influido mucho la versión de Edward Fitzgerald (1809-1883) de los Rubáiyat (v.) de Ornar Khayyám (del cual deriva también la forma métrica), de los poetas italianos primitivos traducidos por Dante Gabriele Hossetti, de Dante, de. dramaturgos isabelinos, de Baudelaire, etc.

No obstante, aunque se resienta de las entusiastas lecturas de su juventud, Laus Veneris presenta un marcado carácter per­sonal, debido a la especial sensibilidad eró­tica del poeta. Domina la imagen del ídolo hermoso y cruel, la Venus, que fue anterior­mente «delicia del mundo», degenerada en siniestro vampiro en los siglos cristianos. Tanháuser, perdida toda esperanza de salvación, ha vuelto tristemente de la corte papal al palacio encantado de Venus en el monte Horsel. Y ahora yace junto a su diosa, que ha matado cruelmente a todos sus anteriores amantes, pero no a él: pues él deberá vivir en su amargo amor hasta el fin de los días, hasta que se desborden los manantiales del mar, hasta que Dios desencadene sobre el mar y sobre la tierra el trueno de las trompetas de la noche. Conoce la pena que entonces le tocará en suerte: la segunda muerte en el infierno, donde el fuego le rodeará para siempre; pero ¿no es ya fuego esta vida, en la que se ve envuelto? Vida amarga y no obstante bella, suspendida entre una profunda nostalgia de amor y un intenso deseo de muer­te. El caballero se ha sometido a su destino y está impregnado de una embriaguez de perdición: vivir ardiendo y saber que peca; ninguna vida es mejor que ésta.

Imitacio­nes o, mejor, traducciones de fragmentos de ésta y otras obras de Swinburne se en­cuentran diseminadas en la obra de Ga­briel D’Annunzio. Edward Burne-Jones tie­ne un cuadro titulado Laus Veneris que presenta pocas afinidades con el poema de Swinburne a parte del título y de la atmósfera prerrafaelista.

M. Praz

Laura en la Ciudad de los Santos, Miquel Llor

[Laura a la ciutat deis sants]. Novela del escritor catalán Miquel Llor (1894-1966), que obtuvo el «Premi Creixells» y fue pu­blicada en 1930. El tema dé la obra — muy semejante al de Vilaniu (v.), de Narcís Oller —, consiste en la imposibilidad de adaptación espiritual de la barcelonesa Laura a la vida de Comarquinal, bajo cuyo nombre el autor ha querido representar a una de las ciudades provincianas de Cata­luña.

Tomás, el «hereu» Muntanyola, cono­ce a Laura en una fiesta en Barcelona y, a los pocos meses, casa con ella. Ahora, tras el viaje de novios, llegan ambos a Comarquinal. Lo primero que sorprende a Laura es la tenue niebla que envuelve la ciudad, la niebla que a lo largo de la novela pasará a ser símbolo de aislamiento, de la impe­netrabilidad en la vida de los «santos». En el rostro de los familiares, especialmente en el de su cuñada Teresa — fiel observante de la tradición familiar y prototipo de mujer austera—, lee Laura la dura censura a su belleza, a su elegancia y a su manera de ser, libre y espontánea. Empieza para ella el esfuerzo de ir conociendo aquel ambiente de «santos». En el retrato de los personajes —familiares, sacerdotes, ricos propietarios, etcétera — el autor va penetrando en la psicología colectiva, cuyo fondo lo consti­tuye la más abyecta lujuria y un fariseísmo refinadísimo, hasta comunicarnos el clima de obsesión en que vive Laura. Pasada la embriaguez de los sentidos, siente crecer en ella una repulsión por su marido, que culmina después de la muerte de su hija. Laura ha fracasado en su intento, porque en el fondo quizás es débil, de redimir a su marido y conquistar el ambiente. Su único refugio es, al principio, el confesionario, y, después, Mossén Joan Serra, llamado Mossén Ferro Veil — «Mosén Chatarra» —, el sa­cerdote del Museo Episcopal, bajo cuyo nombre esconde Llor a un personaje real. La llegada de Pere Gifreda y su enamora­miento por Laura, coloca a ésta frente a frente con Teresa — que desde su juventud alimenta un inconfesable deseo por Pere — y precipita la tragedia de la protagonista, a quien su marido obliga a abandonar el domicilio conyugal.

Laura a la ciutat deis sants, influida por la corriente postnatura­lista francesa, significa un momento decisivo en la novelística catalana. Llor publicó en 1947 una segunda parte, El somriure deis sants [La sonrisa de los santos], de calidad literaria muy inferior, donde se resuelven todas las situaciones planteadas en la pri­mera novela. Antes de que se publicara la edición catalana de la segunda parte, apa­reció, en 1943, en Barcelona, una traduc­ción al castellano de las dos, debida a Igna­cio Agustí, titulada Laura.

A. Comas