[Lazzaro]. Drama en tres actos de Luigi Pirandello (1867-1936), representado en 1928. Es éste el último viaje al infierno. el mito pirandelliano del más allá. Ante la muerte, Pirandello siente casi siempre un profundo terror; para vencerlo y para superar al mismo tiempo el solipsismo de sus personajes, que naufragan si se abandonan a sí mismos, y para difundir una palabra de confianza, piensa concluir su obra con los «mitos»; y el anhelo de introducir significados de alcance universal, de imponer una concepción, acaban por llevar al escritor, en un terreno alejado de sí mismo, a reconocer como eternamente válidos ejemplos que son fútiles.
Encontramos a Diego Spina, creyente que soporta, esperando un más allá, la traición y la separación de su esposa, y ha encaminado a su hijo Lucio a la carrera eclesiástica. Al enterarse de que el hijo, renunciando al sacerdocio, se ha refugiado junto a su madre, desesperado corre a buscarle, pero acaba muriendo bajo las ruedas de un automóvil. Un médico prueba en él una inyección, y Diego resucita y se presenta, ante la estupefacción de los suyos, armado con un fusil que descarga sobre el amante de la esposa; su carácter ha cambiado por completo. Perdonar resulta inútil, dice, para el que ha estado en el más allá sin encontrar nada. Pero su hijo Lucio se encarga de calmarlo: su alma, después de la muerte, se ha encontrado con Dios, y Dios mismo no deja saber nada que Él no quiera. Es un milagro ante el cual hay que vivir, sin necesidad de saber, pero con la única condición de creer. La presencia de Dios determina entonces otro milagro: como ante una llamada sobrenatural, la pequeña paralítica Lia se levanta y anda.
El esfuerzo dialéctico empleado para sostener el mito es grande, pero cede ante resultados convencionales; frente a esta presunta fe se echa de menos el pudor de A la salida (v.), verdadero mito del más allá. En cambio, hay aquí una proyección absurda de un hecho gratuito en símbolos externos, como si el verdadero mito del escritor no consistiese en su condición humana y en sus propios problemas. La conclusión pirandelliana sobre el más allá se queda en un estupor sin otra explicación que no sea desgraciadamente inmotivada. La muerte se impone como un desgarramiento inevitable, dolor irracional, gritos y lamentos, es decir, como una convulsión de los sentidos. Pero ese falso diálogo sobre el alma no tiene siquiera, por parte del hombre resucitado e infernal, el estremecimiento de lo fantasmal. En el fondo, en la desilusión del resucitado hay una indecisa carga de supersticiones, ceguera, fanatismos e ignorancias populares. Popular es el racional simplicismo y la facilidad de las explicaciones, el hecho de una fe tan «material». En ésta, como en otras obras, el autor revela un culto por lo regional de sentido universalista.
G. Guerrieri

