Del Lebrel Alegórico de Dante, Carlo Troya

[Del veltro allegorico di Dante]. Estudio de Carlo Troya (1784-1858), publicado en 1825. Según su autor el Lebrel augurado por Dante como liberador y restaurador de Ita­lia es Uguccione della Faggiola, dux gibelino victorioso sobre los güelfos y adver­sario de la potencia temporal del Papa. La hipótesis se confirmó en la mente de Troya después de una visita a Montefeltro, donde el castillo de Faggiola se levanta entre San Leo di Montefeltro y Macerata Feltria («tra feltro e feltro») y se basa sobre las su­puestas relaciones de Dante desterrado con Uguccione. El porvenir confirmó las esperanzas de Dante, ya que el capitán fue un eficaz defensor de Arrigo VII; de manera que, después de la muerte del Emperador, en 1313, el poeta volvió a indicar a Uguc­cione en la profecía del DXV al final del «Purgatorio», terminado en 1314.

El ensayo de Troya entrelaza las hazañas del caudillo toscano con las vicisitudes de la vida de Dante, reconstruida sobre las descripciones geográficas de la Comedia y las alusiones a acontecimientos y personajes contempo­ráneos. La obra, fruto de aquel fervor de estudios dantescos que acompañó el «Risorgimento» italiano, provocó a su vez, por las polémicas que brotaron, nuevos estudios sobre la biografía del Poeta, y el mismo Troya escribió otros ensayos, entre los cuales Del lebrel alegórico de los Gibelinos y De los dos lebreles del Alighieri. Cesare Balbo se inspiró en estas obras para su Vida de Dante (v.). Tommaseo rebatió la tesis de Troya, y lo propio hicieron los críticos modernos, que no ven en el lebrel a nin­gún personaje determinado.

P. Onnis

Leal Consejero, don Duarte de Avis

[Leal Conselheiro]. Obra del rey de Portugal don Duarte de Avis (1391-1438), redactada en los últimos años de su vida y que ha permanecido casi desconocida durante más de tres siglos. Se publicó por primera vez en París en 1842 juntamente con la otra obra del mismo autor Livro da ensinanca de bem cavalgar toda sela [Libro de la enseñanza de cabalgar bien en toda silla], y se reimprimió en Lis­boa en 1843. En 1942 se ha publicado en Lisboa una edición crítica del Leal Consel­heiro a cargo de Joseph M. Piel. Se trata de un trabajo de compilación erudita con fines morales, y consta de ciento dos capí­tulos precedidos por una dedicatoria a la reina doña Leonor, esposa del autor, en la que se manifiesta que la obra está desti­nada a su uso y al de toda la corte.

Des­pués de analizar el intelecto, don Duarte trata de las varias formas de la voluntad, de sus manifestaciones y de sus modos de guiarla. Se ocupa luego de los pecados capi­tales. Desde el capítulo 18 al 25 da consejos acerca de las maneras de curar las varias formas de melancolía, extendiéndose des­pués acerca de las tres virtudes teologales, y tratando a propósito de la caridad, de las distintas maneras de amar, con consejos a los esposos; estudia después las cuatro vir­tudes cardinales, dedicando varios capítulos a la prudencia. Resume también el pensa­miento de Cicerón, frente al doctor Diegaffonso, y cita a muchos filósofos de la Igle­sia o paganos tolerados por ésta, en relación con las siete virtudes principales y los siete pecados mortales, apoyándose en Santo To­más de Aquino. Trata de los pecados en relación con los sentidos y con los senti­mientos, discute acerca del Padrenuestro, da reglas para leer con provecho los Evan­gelios y los otros libros sagrados, trata de cómo debe tenerse una capilla y de los ofi­cios y funciones sacras que deben celebrarse, de cómo él y sus hermanos vivían con su padre, el rey don Jaime I, del modo de go­bernar sanamente el estómago, y de la ma­nera de saber qué hora es durante el día y durante la noche.

Concluye con un capítulo sobre la lealtad y la manera de conservarla. La obra está concebida y escrita como tan­tas otras parecidas de la Edad Media euro­pea y hay en ella una aguda penetración crítica en el estudio de la naturaleza de las pasiones, como se revela sobre todo en los capítulos acerca de la melancolía, con im­portantes observaciones psicológicas. És también una obra fundamental para el es­tudio de las costumbres y de la cultura de la época en Portugal y, como amplio y regular monumento de la prosa del siglo XV, brinda vastas posibilidades a los estu­dios literarios y sobre todo filológicos.

L. Panarese

Lea, Aleksis Kivi

Drama en un acto del finés Aleksis Kivi (1834-1872), representado en 1869. El tema es del Evangelio. Lea, hija del publicano Zaqueo y discípula ferviente del Na­zareno, ama al joven saduceo Aram, mas, para obedecer a su padre, consiente en dar su mano al fariseo Joas, deseoso sobre todo de las riquezas de Zaqueo. Luego el padre experimenta también la influencia decisiva de Cristo y se prepara a reparar las injus­ticias cometidas para llegar a ser rico. Joas, desilusionado, no quiere ya casarse con Lea, la cual, feliz, se une a Aram. En el tema bíblico el autor ha injertado una vena de límpida poesía, más lírica que dramática, pero capaz de mantener en los escenarios fineses esta pequeña obra maestra. La pri­mera representación de Lea señala una fe­cha importante en la historia del teatro en Finlandia: fue la primera vez que la lengua finesa se oyó en un gran escenario. Trad. italiana de Paolo Emilio Pavolini.

T. Tuulio

Los Lazos Invisibles, Selma Lagerlof

[Osynliga länkar]. Colección de veintiuna narraciones de la escritora sueca Selma Lagerlöf (1858- 1940), publicada en 1894. Las narraciones de la primera parte («Leyenda y fantasía»), desde las «preciosas leyendas de las reinas en Kungahälla», a las leyendas cristianas («El tesoro de la Emperatriz», «El rey des­heredado», etc.) tienen todas un significado moral, enlazadas entre sí por la idea de que las almas humanas y la naturaleza están unidas por lazos invisibles.

Típica es a este propósito la narración del «Nido de las aguzanieves». Un viejo anciano eremita, con las manos en alto, invoca la destrucción del mundo, demasiado cargado de culpas y errores. Pero en la mano alzada e inmó­vil del anciano viene a hacer su nido un par de aguzanieves. Aquellos pajarillos le han tomado por un árbol, y a sus brazos por las ramas. Entonces el corazón resecado del ermitaño se estremece: observando a los graciosos animalitos, toma de nuevo in­terés por los seres vivientes cuyo exter­minio imploraba poco antes; y se convierte en su protector, y en su ánimo se difunde el sentimiento liberador y consolador de la simpatía y la comprensión entre las cria­turas de Dios. También «Astrid», la primera de las cuatro leyendas de las reinas de Kungahälla, culmina en un acto de reden­ción y santificación. «La princesa de la paz» y «Sigrid la soberbia», en un sacrificio su­blime, mientras que en la «Reina en el islote de Ragnhild» son ridiculizados con delicada ironía la débil voluntad, la inde­cisión, y los prejuicios humanos.

De diverso carácter son las narraciones de la segunda parte («Realidad»); de tipo novelesco. «El tío Rubén» tenía tres años cuando, en una tarde de marzo, después de haber jugado al trompo, se durmió a la sombra en el pel­daño de la entrada de la casa, enfermó y murió. Ninguno de los otros hijos fue tan querido por su madre como el pequeño que murió, el cual se torna tan pronto vivo para sus hermanitos como para su madre. El amor materno hace de él una persona ma­yor. Entre los sobrinos serpenteó una re­vuelta contra aquel tío Rubén que se había convertido en un espantajo; pero no había manera de escapar a su tiranía; cuando cre­cieron y tuvieron hijos también ellos se sirvieron del tío Rubén como habían hecho sus padres. «Aunque abusaran de él de aquel modo, tío Rubén había de seguir siendo siempre persona mayor, por haber sido tan amado». [Trad. española del sueco por Heraldo Eek y Miguel Sarmiento (Bar­celona, 1926)].

C. Schimansky

Los Lázaros, Abel Acácio de Almeida Botelho

[Os Lazaros]. Novela del escritor portugués Abel Acácio de Almeida Botelho (1854-1917), publicada en 1904 con el subtítulo «Figuras de actualidad».

El conde Edmundo de Fiães ha llegado al umbral de la vejez llevando una vida frí­vola y desordenada, sin ocuparse apenas de su mujer, Enriqueta, y de sus hijos, Luis, Olimpia y Leonor. Su casa se ha conver­tido en un hotel en el que cada uno de sus miembros vive poco y a su gusto. La con­desa, cansada ya de tal aislamiento, empie­za a aceptar con alegría y gratitud el asi­duo galanteo de Armando, un riquísimo burgués soltero; Luis es el típico juerguis­ta: mujeres y alcohol; Olimpia acepta el amor de un tal Fernandino, deseosa de huir de su casa; Leonor, avergonzada por tantos vicios, se refugia en las prácticas religiosas y quiere hacerse monja. Pero llega un mo­mento en que el conde, a causa de un inci­dente surgido al llegar su esposa a altas horas de la noche, constata amargamente el miserable estado a que ha reducido su casa y siente la necesidad de redimirse. Pero es débil, y no consigue reconquistar a su mujer, ni sustraerse a la fascinación de una amante de baja estofa que le roba y engaña, ni vigilar a sus hijos. Sus innu­merables propósitos y esfuerzos de nada sirven.

Olimpia se casa con Fernando, que solamente desea su dote para derrocharla con una antigua ramera, amante suya des­de hace muchos años; la condesa, cada vez más distanciada de su marido y necesitada de afecto, huye con Armando; Leonor, en sus prácticas piadosas, conoce a un sacer­dote hipócrita y sensual, y acaba por caer en sus redes y ser violada, suicidándose después; Luis huye con una cantante espa­ñola y emprende negocios teatrales a costa de su padre. Éste, después de haber vivido y sufrido todos estos desastres, siempre es­perando y soñando en un porvenir mejor, pierde también la compañía de Olimpia, quien, separada de su marido, se había refugiado en su casa, cuando, cansada ya de vivir sola con su dolor en el desierto palacio de su padre, desaparece, dejándole sólo una breve nota. Es el golpe de gracia. El conde, deshecho, y después de haber errado durante toda la noche por los barrios bajos, escenario de sus andanzas, es víctima de un accidente y muere solo y abando­nado.

La novela no tiene una directriz cons­tructiva dominante que la justifique inter­namente dentro de una atmósfera sentimen­tal propia, puesto que avanza episódica­mente por lazos casuales de pasiones que se inflaman, instintivas y repugnantes, mo­nótonas en los motivos patológicos que las informan y que más interesan a la ciencia que al arte, ya que están analizadas a dis­tancia, con un realismo crudo que obsesio­na y deprime. Los ribetes anticlericales y democráticos son ajenos de la narración sin que la confieran ningún mérito, a pesar de darle el particular color del tiempo y del ambiente.

L. Panarese