La Leyenda de Keret, Anónimo

De esta le­yenda ugarítica (literatura afín a la fenicia antigua, en un dialecto semítico hablado en el segundo milenio a. de C. en la Siria septentrional y sobre todo en la ciudad de Ugarit) no poseemos por ahora más que una sola tablilla, y aún incompleta. Figura central es Keret, rey de los Sidonios e hijo del dios El. Según nuestra leyenda, este rey era un emigrado del país de Canaan en. Fenicia, que se había establecido en la ciudad de Sidón. Por orden de El, Keret debe sostener un combate, pero su valor decae, hasta que el dios le revela en sue­ños todo lo que va a suceder. Keret hará primeramente un sacrificio y luego, al vol­ver a su ciudad, ofrecerá un banquete a los grandes de ésta. Seguidamente tendrá efecto la batalla en el Negeb, o sea en la parte meridional de Palestina, y el resultado será desastroso para los sidonios. Keret entonces tendrá que marchar durante seis días hacia el mediodía hasta llegar al país de Edom. El dios hace una descripción minuciosa del hijo que tendrá de una tal Meshet-heri. Al despertar de su sueño durante el cual el dios le ha revelado el futuro, Keret hizo lo que su padre le había mandado. Pero la continuación de la leyenda estaba en las tablillas perdidas.

G. Furlani

La Leyenda de las Mujeres Virtuosas, Geoffrey Chaucer

[The Legende of Good Women). Poema incompleto de Geoffrey Chaucer (1340/45-1400), escrito probablemente hacia 1386, En el prólogo, del que existen dos versiones, el poeta declara explícitamente que sigue a los poetas franceses, y de hecho buena parte de la obra es una miscelánea de fragmentos procedentes de Jean Froissart (13379-1410), de Guillaume de Machaut (1290/95-1377), de Eustache Deschamps (ha­cia 1338/49-1415), en honor de la margarita, bajo cuyo símbolo se celebra a una dama. Hay también fragmentos inspirados en Dante, pero el tono general del prólogo es francés.

El  poeta, después de un día de mayo dedicado a admirar su flor predilecta, la margarita, sueña que encuentra en un prado al dios del amor junto con una rei­na, cuya corona recuerda la corola de una margarita, seguida por un cortejo de die­cinueve mujeres fieles en amor y por otras formando una larga procesión. Amor repro­cha al poeta el haber traducido el Román de la Rosa (v.) y haber escrito sobre Criseida, la amante infiel (v. Troilo y Criseida). La reina, que no es otra que Alcestes, intercede por el poeta y le ordena como penitencia que se dedique a escribir ala­banzas de las mujeres fieles en amor. Siguen nueve leyendas, de Cleopatra, Tisbe, Filomela, Filis, Hipermnestra, derivadas de otras fuentes: la idea de las leyendas probable­mente le fue sugerida por Mujeres ilustres (v.) y por las Desventuras de los hombres ilustres (v.) de Boccaccio, así como también por las Heroidas (v.) de Ovidio (el título original es: Leyendas de las santas de Cu­pido [Legends of Cupid’s Saints]).

La parte mejor del poema es el prólogo, que por la lozanía de la descripción supera a los poemas franceses que lo inspiraron. Es, además, un documento de capital impor­tancia, porque contiene la lista de las obras de Chaucer.

M. Pensa

La Leyenda de Era, Anónimo

En este mito babilónico y asirio se narra que Era, dios de la peste, se arma para la batalla e in­vita a los Siete a formar a su lado: se trata de los siete demonios que Anu le había asignado para que le acompañaran en sus batallas y destrucciones, ya que él era un dios destructor por excelencia. Los siete demonios incitan al dios a cumplir su obra nefasta. El malvado demonio Ishum, pro­pagador de la peste, recuerda a Era todo el mal que ya ha hecho, especialmente con­tra la ciudad de Babel, su rey y sus habi­tantes, pero también le hace mención de la destrucción de otras ciudades importantes de Babilonia, como Nippur y Uruk, Dürilu y alguna otra. Era aprueba cuanto dice Ishum y se siente animado a hacer estragos todavía mayores. Se promete que las dis­tintas partes de Babilonia se destruirán mutuamente y que por fin se sublevará Akkad y lo derribará todo. Para esto da a Ishum el encargo de ejecutar todos sus designios, como aquél hace, en efecto. Los dioses se espantan, pero Ishum sigue inci­tando a Era a nuevas devastaciones, hasta que finalmente le insta a aplacarse. Así acontece, y se inicia el período de la pros­peridad, que duró varios años. En la forma en que ha llegado a nosotros, el mito no es más que la introducción a un conjuro, y consta de varios extractos del mito com­pleto, que por ahora no conocemos. Edi­ción: Ebeling, Der akkadische Mythus vom Pestsgotte Era, Berlín, 1925.

G. Furlani

La Leyenda de Danel, Anónimo

Es una im­portante leyenda que ha llegado a nosotros en lengua ugarítica (hablada en la anti­gua ciudad de Ugarit, en la costa de Siria septentrional, lengua muy afín al fenicio y con un alfabeto en caracteres cuneifor­mes) y que trata principalmente de cierto Danel, antiguo rey de Tiro, por lo cual los eruditos le han dado el nombre de éste. Redactada probablemente en verso y en un estilo rápido y en algunos momentos, dra­mático, el relato concierne a algunos ritos agrarios practicados en la antigua Fenicia. Danel sería el hijo del dios El, y habría tenido a su vez un hijo llamado Aqhat y una hija que llevaba el nombre de Pagat. De esta leyenda, las tabletas de Ugarit (jun­to a Ras Shamrah) sólo nos han conservado una tercera parte aproximadamente. Como Danel se lamenta de no tener hijos, el dios El escucha sus ruegos y le concede un hijo, Aqhat, destinado a ser el gestor de los bienes de su padre y el administrador de los templos de los dioses Baal y El.

Se hábla también de un gran sacrificio hecho a la diosa Kosharot, y de las comidas pre­paradas para las distintas divinidades. La hija del rey de Tiro consulta los hados, que se le revelan desfavorables. Parece que durante el verano quiere llover, pero Danel, mediante el calentamiento de las nubes, intenta detener la lluvia, apoderándose de Baal; de modo que durante siete años no llueve en verano. Aqhat y Pagat hacen la cosecha, pero parece que el primero comete un grave delito con ello y por consiguiente Yatpan le da la muerte por orden de El. Danel, después de celebrado el rito fúnebre en honor de su hijo, ruega a Anat que le vengue. Pagat quiere vengar la muerte de su hermano pero finalmente se deja persua­dir a beber una taza de vino con el matador de éste, y así vuelve de nuevo la^paz. Este mito tiene carácter ctonico y agrario.

G. Furlani

Leyenda de Judas, Anónimo

[Leggenda di Giuda]. Narración de un compilador anónimo del siglo XIV, publicada por A. D’Ancona en 1869. El trágico mito de Edipo (v.), al entrar a formar parte del heterogéneo tesoro legendario de la Edad Media a través de las adaptaciones de los compiladores en la­tín y en romance, acabó por coincidir con la historia del traidor de Cristo, a causa de la instintiva tendencia a la concentración de las culpas o de los méritos en tipos re­presentativos del vicio o del valor humano.

La leyenda aparece por vez primera en la Vida de San Mateo de Jacobo de Vorágine (v. Leyenda áurea), de la que nuestra na­rración deriva directamente, y pasará a casi todas las literaturas europeas, aunque sin alcanzar gran popularidad en ninguna, qui­zás por la persistente conciencia de su ori­gen literario. En ella se narra que un ma­trimonio de Jerusalén, Rubén y Ciborea, abandonó a las olas del mar a un hijo re­cién nacido porque en sueños habían sido advertidos de que aquel niño causaría la ruina de su pueblo. Éste fue a parar a la isla Iscariote, de donde viene el nombre de Judas Iscariote; educado por la reina del lugar, fue creciendo hasta que mató al hijo de su bienhechora, tras lo cual huyó a Jerusalén donde entró al servicio de Pilatos. Un día éste le ordenó que le trajese unas frutas y para obtenerlas, Judas mató al dueño del huerto, que era Rubén. Pilatos lo nombró heredero del muerto y lo casó con su viuda. Cuando Judas descubrió el parricidio y el incesto con el que se había manchado, para redimirse se hizo discípulo de Cristo; pero pronto se dedicó a robar el dinero que el Maestro le confiaba y final­mente, por codicia, lo traicionó. Al arre­pentirse de ello se ahorcó, y su cuerpo reventó esparciendo por el suelo sus entrañas a fin de que el espíritu malvado no saliese por la boca que había besado a Cristo.

Es interesante la comparación de esta narración con la de la Leyenda de Vergogna (v.), que le es afín por su argu­mento, pero en la que la fe en la divina misericordia sustituye el sentido casi pagano de la inexorabilidad del hado que domina en ésta.

E. C. Valla