El Libro de las Sentencias, Pedro Lombardo

Obra en cuatro libros, de Pedro Lombardo (principios del siglo XII-1160), que pronto se hizo famosa. Su título era propiamente Cuatro libros de sentencias Libri quatuor sententiarum]; más que por su vigor espe­culativo, interesa por las sistematizaciones de la amplia materia teológica tratada didácticamente. Es ya, pues, una «summa» (enciclopedia), sin tener por otra parte la claridad expositiva que en la edad siguiente brillará en la obra de Tomás de Aquino. Más que nada el autor sigue un modelo, en parte fijado en Francia por Abelardo en su Introducción a la teología (v.) y por Hugo de San Víctor en los Sacramentos de la fe cristiana (v.), y, como los citados teólogos, añade a las sentencias citadas sobre éste o aquel tema de fe consideracio­nes propias y tratados varios en una verdadera reelaboración de la materia.

Natu­ralmente, también el autor trata de com­prender en su tratado la sabiduría humana. En los diversos libros habla de la Trinidad, de la rebelión de Lucifer, de la expulsión del cielo, de la creación del hombre, del pecado original, de la expulsión del Pa­raíso terrenal; un tratado sobre el pecado en general revela una viva comprensión del tema. Se habla también del Divino Hijo, de la Redención y, por fin, de los Sacra­mentos. Por diversas que sean las fuentes, no siempre fundidas orgánicamente, la obra aparece como una notable enciclopedia del conocimiento teológico medieval y tiene su importancia en el desarrollo de la filoso­fía escolástica posterior, pero no contiene un pensamiento verdadero ni una elabora­ción crítica de la materia.

C. Cordié

El Libro de las Imágenes, Rainer Maria Rilke

[Das Buch der Bilder]. Colección de poemas líri­cos de Rainer Maria Rilke (1875-1926), pu­blicada en una primera edición con sólo 45 poesías (1902), y en segunda edición, muy ampliada con la aportación de 37 poe­sías, en 1906.

El volumen comienza con algunas escenas de animado paisaje y, a primera vista, parece una continuación del mundo poético pintado en las Poesías juve­niles (v.). También aquí la realidad se des­compone en elementos aislados infinitesi­males para ser recompuesta luego en una nueva unidad poética, y la emotividad del poeta se muestra exasperada y es a veces tan febril que un estímulo cromático es percibido como una impresión de sonido o viceversa: «En el exterior el día era todo verde y azul… como un grito rojo por doquier». Rilke continúa siendo el poeta del instante fugaz: le placen las diáfanas figu­ras de ángeles con grandes alas silenciosas, bocas fatigadas, las almas claras sin con­tornos, como el sonido y la luz, que pue­blan los jardines de Dios. Repítense aquí los tímidos alientos de niñas «delicadas y frágiles como jacintos, como trémulo helecho que un joven caballero troncha: rá­faga de viento que azota el molino y pasa para perderse en la lejanía».

Pero mientras en las Poesías juveniles el autor parecía anularse casi en el mismo instante en que se transfundía en la cosa y se pregunta con angustia si él mismo no era sino el pálido abedul que blanquea tembloroso al soplo de abril o la rama que vibra y su­surra en la tempestad, en el Libro de las imágenes adquiere la conciencia de sí mis­mo, se siente transfigurador y creador del mundo externo, por virtud de la magia de sus imágenes. Los objetos no son más que la caja armónica de un instrumento musi­cal, sobre el que, como en una cuerda, se tiende el alma del poeta. La conciencia conquistada de la propia consistencia espi­ritual se confirma después como vehículo mediante el cual descubre una íntima soli­daridad con las otras criaturas humanas y, por vez primera, en el mundo poético de Rilke aparecen de improviso seres vivientes que dejan oír sus voces. Por añadidura, el espíritu del poeta, después de haber cap­tado en sí el alma de las cosas, comienza a considerar el propio yo como centro y razón no sólo del mundo natural, sino tam­bién del mundo humano. Una larga poesía, «La ciega», diálogo entre una ciega y la muerte, es la exaltación de la ceguera como estado de gracia poética, porque fal­tando el sentido corporal, es el sentido espi­ritual el que percibe y crea.

Un nuevo motivo surge en la poesía de Rilke de esta colección: el de la muerte; que de aquí en adelante dominará como soberano en toda su obra posterior. La muerte no será considerada por Rilke como una antítesis de la vida, sino como una conclusión orgá­nica y lógica de ésta, como el brotar de la flor en el desarrollo de la planta. En la última poesía que cierra el volumen, ex­clama el poeta: «La muerte es grandiosa. Entreguémonos a ella con la sonrisa en los labios. Y mientras creíamos estar en mitad de la vida, la muerte se atreve a llorarnos». [Trad. parcial, en verso, de José M.a Valverde, en «Cincuenta poesías», de R. M. R. (Madrid, 1957)1.

O. S. Resnevich

El Libro de las Leyes de los Países, Bardesano de Edesa

[Kthābhā dnāmose ‘dathrāwāthā]. Tí­tulo de la obra principal desde el punto de vista filosófico (si bien los autores sirios exaltaron especialmente los himnos y los cantos) del escritor siríaco Bardesano de Edesa, donde nació en 154 d. de C. Parece ser que el libro tuvo también como título Libro del destino. La obra se conocía en su texto siríaco, que es el original, y en dos fragmentos de la versión griega adap­tados por Eusebio en su Preparatio evan­gélica. Está escrito en forma de diálogo y tiene por interlocutores a Bardesano y a sus discípulos, aunque casi siempre es aquél el que habla.

El libro fue redactado, en realidad, por Filipo, discípulo del hereje de Edesa. A él se debe la introducción, y también habla en el diálogo en primera persona. El fin del Libro es demostrar que el hombre es libre por principio y por lo tanto, responsable de sus actos, a excep­ción de los que son estrictamente natura­les. es decir indisolublemente ligados a su naturaleza. Bardesano somete a examen el  mundo celestial y el mundo terreno, y estudia el modo de obrar de Dios y de los seres que componen el universo. En todos éstos y, por lo tanto, también en el hombre, es preciso distinguir lo que corresponde a su naturaleza y cae, consiguientemente, en la necesidad, y lo que, por el contrario, no se deriva necesariamente de ella. En esta segunda esfera de la acción los seres son libres. Bardesano rechaza, pues, el fata­lismo caldeo, así como rechaza la doctrina de aquellos filósofos que consideran al hom­bre completamente libre.

Tres son los fac­tores que influyen sobre el hombre: la na­turaleza, el destino y la voluntad. Por des­tino debe entenderse el poder que poseen los astros, capaz de modificar las condicio­nes en que el hombre vive, poder que se ejerce desde el momento de su nacimiento, cuando sobreviene el advenimiento del alma en el individuo. Bardesano profesaba ideas estoicas en algunas de sus doctrinas, ya que mantenía que el color y la cualidad sensible corresponden a los cuerpos. Era tenido como hereje entre los sirios, pero de su diálogo no se desprende en qué consis­tía realmente su herejía. Se conocen las ediciones de Nau, Bardesane l’astrologue — Le livre des lois des pays (París, 1899), y de Parisot, Patrología Syriaca. I. 2, 492- 535, y la trad. italiana de Levi Della Vida, I dialogo delle leggi dei paesi (Roma. 1921).

G. Furlani

El Libro de las Insensateces, Edward Lear

[The Book of Nonsense]. Obra inglesa de Edward Lear (1812-1888), publicada en 1846 y escrita para los sobrinos del Conde de Derby. El libro. consiste en una serie de «limericks», forma de estrofa de cinco ver­sos rimados a a b b a, ya empleada en la Historia de dieciséis viejas maravillosas y en otro volumen de 1820; y en ilustra­ciones del autor que acentúan el humorismo particularísimo de estos juegos de palabras y banales malabarismos que, a pesar de todo, consiguen hacer reír. Es difícil dar una idea del tono de estos juegos, en los que Lear llegó a ser maestro, y que fueron más tarde imitados innumerables veces en Inglaterra. El escritor y crítico Ruskin, con curiosa extravagancia, decía que había co­locado el Libro de las insensateces como el primero en su selección de los cien libros favoritos. Además, juzgó sublime una ex­travagancia que serviría de piedra de toque de la capacidad de humorismo del lector. En sustancia no se trata de verdadero humorismo, sino de una habilísima capacidad de asociaciones extrañas, de empleo de inverosimilitudes e imposibilidades tales que producen contrastes risibles y dándose a lo grotesco y descabellado una forma mínima de arte.

A. Camerino

Libro de las Gestas Realizadas en la Ciudad de Milan, Stefanardo de Vimercate

[Liber de gesüs in civitate Mediolani). Poema en hexáme­tros en que se cantan las sangrientas dis­cordias que, en Milán, dividieron a nobles y plebeyos, partidarios respectivamente de los Torriani y los Visconti, en la segunda mitad del siglo XIII, compuesto por Stefanardo de Vimercate (1230?-1297). El poema se proponía también mostrar su agradeci­miento a Ottone Visconti, de quien Stefanardo era pariente y protegido. El autor confiesa: «He querido escribir en servicio de la posteridad las cosas acaecidas en Milán en tiempos de Ottone Visconti, entonces arzobispo de esta ciudad, el cual llevó tam­bién a cabo grandes cosas; y quise escribir en verso para dar a la obra mayor belleza porque la requería aquella gracia inherente a las cosas realizadas por un hombre tan singular. Y como las cosas aquí narradas ocurrieron en mis tiempos y las he oído yo mismo…, todo el que lea, acójalas sin per­juicio de la verdad, porque yo no he que­rido en modo alguno faltar a ella y decir falsedades».

El poema, dividido en dos li­bros, parte de la batalla de Cassano (1259) y para más precisar, del desastre de Tabiago (1261), donde muchos de los combatientes que habían intentado el regreso a la patria con las fuerzas de Ezzelino da Romano, fueron detenidos. En las venganzas que si­guieron, también encontraron la muerte el padre y dos hermanos del poeta. Materia, pues, no de mera ejercitación encomiástica y que el poeta toma con ánimo viril, ahora que la victoria ha favorecido a su partido. «El metro elegiaco — dice el poeta — deja lugar al verso heroico; dejemos nuestros dolores en los paternos hogares desiertos porque ahora nos llegan sucesos que se de­ben cantar con verso meonio». El poema concluye con la batalla de Desio, con la en­trada triunfal del arzobispo en la ciudad y con la exaltación de sus hazañas. Compuesto en conjunto de 1465 hexámetros, fue publi­cado por primera vez en Milán por L. A. Muratori, en el tomo III de sus Anécdotas, y vuelto a publicar en 1726, en el volu­men IX del Rerum italicarum scriptores (v.). Es perfecta la edición al cuidado de G. Calligaris para la nueva colección muratoriana (1910-1912).

G. Franceschini