[Das Buch der Bilder]. Colección de poemas líricos de Rainer Maria Rilke (1875-1926), publicada en una primera edición con sólo 45 poesías (1902), y en segunda edición, muy ampliada con la aportación de 37 poesías, en 1906.
El volumen comienza con algunas escenas de animado paisaje y, a primera vista, parece una continuación del mundo poético pintado en las Poesías juveniles (v.). También aquí la realidad se descompone en elementos aislados infinitesimales para ser recompuesta luego en una nueva unidad poética, y la emotividad del poeta se muestra exasperada y es a veces tan febril que un estímulo cromático es percibido como una impresión de sonido o viceversa: «En el exterior el día era todo verde y azul… como un grito rojo por doquier». Rilke continúa siendo el poeta del instante fugaz: le placen las diáfanas figuras de ángeles con grandes alas silenciosas, bocas fatigadas, las almas claras sin contornos, como el sonido y la luz, que pueblan los jardines de Dios. Repítense aquí los tímidos alientos de niñas «delicadas y frágiles como jacintos, como trémulo helecho que un joven caballero troncha: ráfaga de viento que azota el molino y pasa para perderse en la lejanía».
Pero mientras en las Poesías juveniles el autor parecía anularse casi en el mismo instante en que se transfundía en la cosa y se pregunta con angustia si él mismo no era sino el pálido abedul que blanquea tembloroso al soplo de abril o la rama que vibra y susurra en la tempestad, en el Libro de las imágenes adquiere la conciencia de sí mismo, se siente transfigurador y creador del mundo externo, por virtud de la magia de sus imágenes. Los objetos no son más que la caja armónica de un instrumento musical, sobre el que, como en una cuerda, se tiende el alma del poeta. La conciencia conquistada de la propia consistencia espiritual se confirma después como vehículo mediante el cual descubre una íntima solidaridad con las otras criaturas humanas y, por vez primera, en el mundo poético de Rilke aparecen de improviso seres vivientes que dejan oír sus voces. Por añadidura, el espíritu del poeta, después de haber captado en sí el alma de las cosas, comienza a considerar el propio yo como centro y razón no sólo del mundo natural, sino también del mundo humano. Una larga poesía, «La ciega», diálogo entre una ciega y la muerte, es la exaltación de la ceguera como estado de gracia poética, porque faltando el sentido corporal, es el sentido espiritual el que percibe y crea.
Un nuevo motivo surge en la poesía de Rilke de esta colección: el de la muerte; que de aquí en adelante dominará como soberano en toda su obra posterior. La muerte no será considerada por Rilke como una antítesis de la vida, sino como una conclusión orgánica y lógica de ésta, como el brotar de la flor en el desarrollo de la planta. En la última poesía que cierra el volumen, exclama el poeta: «La muerte es grandiosa. Entreguémonos a ella con la sonrisa en los labios. Y mientras creíamos estar en mitad de la vida, la muerte se atreve a llorarnos». [Trad. parcial, en verso, de José M.a Valverde, en «Cincuenta poesías», de R. M. R. (Madrid, 1957)1.
O. S. Resnevich

