Los Límites de la Formación de los Conceptos Cientificos, Heinrich Rickert

[Die Grenzen der wissenschaftlichen Begriffsbildung]. Obra publicada por Heinrich Rickert (1863-1939), filósofo alemán de la es­cuela de Badén o filosofía de los valores, en Tubinga en 1896. Despertó interés por la distinción que hace, en el sentido de la filosofía de los valores, entre los métodos de la ciencia natural y los de la historia.

La ciencia natural tiene por objeto la for­mación de conceptos, cuyo valor es tanto mayor cuanto mayores sean las simplifica­ciones a que nos llevan, la abstracción en que se fundan y el sistema de legalidad a que van a parar, ya que el fin de las ciencias de la naturaleza es la determina­ción de leyes universales. Si la ciencia ex­plica lo real recurriendo a la generalidad de las leyes, el fin de la historia es la comprensión de lo real utilizando las ver­dades generales, pero organizándolas para un devenir singular, en el que la referencia a los valores universales permite discer­nir lo esencial de lo secundario, y operar en la infinita variedad de los hechos que se ofrecen a la consideración histórica (ac­tos, personas, instituciones…) según crite­rios generales, sugeridos por los intereses predominantes. Belleza, verdad, cultura, estado… permiten, efectivamente, recortar los hechos de la materia informe de la que provienen, componiéndolos en unidades diferenciadas por sus significaciones, conce­bir la historia de un arte, de una nación, de una guerra, y entender como «causa» de un acontecimiento (de modo muy dife­rente a cómo hacen las ciencias de la na­turaleza) el hecho que ha tenido sobre el -mismo acción «eficaz».

El conocimiento his­tórico es posible, por cuanto nos revela valo­res no sugeridos arbitrariamente por el historiador, sino revelados por la propia historia que se desarrolla, y que es válida para todos, porque sus principios selectivos son los valores mismos aceptados por la co­munidad.

G. Bertin

Los Límites de la Libertad Individual, Francés Montague

[Limites de la liberté individuelle]. Obra de Francés Montague (1847-1899), pu­blicada en 1884. Según el autor, la realiza­ción del concepto de libertad del liberalis­mo británico ha sido un fracaso, y contra este ideal de libertad han surgido reaccio­nes en todos los ambientes sociales.

Al ve­rificarse, en la primera mitad del siglo XIX, la transmisión de la supremacía política de las clases elevadas a las clases trabajado­ras, lo concepción liberal ha sufrido profun­dos cambios, que hacen necesaria la revi­sión de las antiguas fórmulas de la liber­tad. Sociedad e individuo no viven una vida separada, sino que se influyen y deter­minan recíprocamente; una ciencia social construida con método histórico es la única que puede explicar las posiciones del indi­viduo en la sociedad y la función de ésta sobre el individuo. Los miembros de la sociedad están, por consiguiente, someti­dos a un doble desenvolvimiento: como in­dividuos y como partes de un todo que los trasciende; no es la competencia lo que determina la vida asociada en el sistema de la libertad, según pretende el liberalis­mo puro, sino la cooperación, en vista de fines que superan el ámbito individual. Este instinto de cada uno a fundirse en un todo unitario se manifiesta claramente en el proselitismo y en el culto público. Por esta causa, cada sociedad es, antes que nada, una comunión espiritual, además de ser un ente natural; comunión que tiende a desenvolverse y a perfeccionarse, siguien­do la ley de todo organismo moral y cons­ciente. Constituye el fin y la dignidad del Estado (organización de la sociedad), el in­tervenir promoviendo tal progreso, conciliando la perfección individual con la es­pecificación de las funciones para los fines sociales.

La gran individualidad está en relación directa con la gran sociedad. El individuo, dueño de sí mismo, terminaría disolviéndose de no estar integrado por la acción social del Estado. La libertad indi­vidual, por tanto, halla sus límites infran­queables en las exigencias colectivas, que sufrirían menoscabo si esta libertad no fuera obstaculizada. Esta obra, en abierta contradicción con la doctrina liberal britá­nica, entonces dominante, es la expresión de la mentalidad popular del país del autor, libertad compendiada en la fórmula de «selfgovernement». Aunque netamente dis­tinta de la corriente doctrinaria germáni­ca, tiene con ésta de común el concepto de una realidad social, en la que la liber­tad misma no constituye un fin egoísta, sino un instrumento eficaz para una acción más vasta y una más profunda participa­ción y colaboración.

A. Brambilla

De los Límites del Bien y del Mal, Marco Tulio Cicerón

[De finibus bonorum et malorum]. Tratado en cinco libros compuesto en el año 45 por Marco Tulio Cicerón (106-43, a. de C.). En él se exponen y refutan las principales doctrinas sobre’ el sumo bien y el sumo mal.

El primero y segundo libros contienen diálogos que se imagina sostuvieron en una villa de Cuma, Cicerón, Manlio Torcuato y Valerio Triario. Manlio es un epicúreo y expone los principios de su escuela en el primer libro. En el segundo, Cicerón, refu­tando el epicureísmo, opone su doctrina, que se basa en la neo académica de Antíoco de Ascalona: un sincretismo de teorías aris­totélicas y estoicas, concernientes al sumo bien. Un segundo diálogo que se supone mantenido en una villa de Tusculum ocupa el tercero y cuarto libros. En el tercero, Catón expone la doctrina estoica, según la cual todo ser animado debe seguir apetitos e instintos que le conduzcan a calmar su voluntad; pero entre los animales, el hom­bre, que es el único dotado de virtud y conocimiento, escoge tan sólo aquellos apetitos conformes con su naturaleza; sólo el sabio es feliz, pues, conociendo los lími­tes del sumo bien y del sumo mal, huye de unas cosas y va en pos de otras. Cicerón, como hizo en el segundo libro con el epi­cúreo Manlio, objeta al estoico Catón que el sumo bien consiste en vivir de acuerdo con la naturaleza, siempre que por natura­leza se entienda virtud, es decir, preminen­cia del alma, que domina y no destruye los bienes culturales. Éstos existen y no pueden permanecer ignorados: entre ellos el sabio debe escoger y seleccionar los principales; yerra cuando ignora los secundarios.

La crítica ciceroniana refuta asimismo todo lo que el estoicismo aporta frente al aristotelismo, y aplaude lo que se halla conforme con éste. El quinto libro nos traslada a Atenas, haciéndonos asistir a un diálogo que se supone sostenido entre el joven Ci­cerón, el hermano Quinto, el primo Lucio, Atico y Pisón Calpurniano; este último, que actúa como principal personaje, sostiene la doctrina academicoperipatética de Antíoco de Ascalona, parcialmente refutada por Ci­cerón. La obra, más que por su valor ori­ginal es notable como testimonio de la doctrina helenística, cuyos textos perdidos pudieron reconstruirse gracias a las críticas que contra ellos plantea Cicerón. La forma dialogada y polémica es la menos adecua­da para un escrito sistemático, por las in­evitables digresiones y repeticiones que im­plica; en cambio, se adapta perfectamente a la mentalidad culturalista de Cicerón, quien, mediante esta exposición, puede hacer gala de amplios conocimientos, unidos a un sentido clasificador y ordenador.

F. Della Corte

Lima Fundada, o Conquista del Perú, Pedro de Peralta Barnuevo

Es un extenso poema épico del fecundo y versátil don Pedro de Peralta Barnuevo (1636-1743), inicialmente publicado en 1732 e incluido por el coronel Manuel de Odriozola en el primer tomo de su Colección de Documentos Literarios del Perú (1863). Consta de 1.183 octavas reales, distribuidas en diez cantos, que simbolizan la unidad de los diez cielos situados bajo el empíreo y la armonía del coro que forman las nueve mu­sas bajo la dirección del divino Apolo; y el autor se esforzó por lograr que el estilo y la índole de los asuntos se ajustaran a la inspiración que de uno y otro órdenes se infiere.

Salvo algunas extensas interpola­ciones, su plan sigue la sucesión de los hechos ocurridos durante la conquista, se­gún la versión transmitida por las más autorizadas crónicas de la época: desde que Francisco Pizarro abandona Panamá hasta que funda Lima e impone su autori­dad a los indios acaudillados por Manco Inca y a los almagristas. En momento feliz de su empresa — cuando ya ha tomado po­sesión de la imperial ciudad de Cuzco y contempla la magnificencia del Templo del Sol — un genio celeste le vaticina las glo­rias que vería Lima, y labra así un cuadro de la vida colonial, en el cual desfilan vi­rreyes y cortesanos, arzobispos y ascetas, hombres de letras y de armas. En consecuencia, el poema es acentuadamente eru­dito. Enlaza una versión poética de la his­toria, nutridas noticias sobre los persona­jes limeños, frecuentes menciones mitoló­gicas e invocaciones cristianas; y ostenta, en suma, la reflexión y el equilibrio de la vejez, con los destellos que le brindan los artificios del gongorismo. Se señalan acier­tos en biografías y descripción de paisajes.

A. Tauro del Pino

Limas de Sicilia, Luigi Pirandello

[Lumie di Sicilia]. Drama en un acto de Luigi Pirandello (1867-1936); fue representado, el primero entre sus obras, en 1910.

Micuccio Bonavino, músico de banda, va a la ciudad a encontrar a su amiga Rosina que, después de muchos años, se ha convertido en una célebre cantante, ha ganado dinero y no ha vuelto a la nativa Sicilia. Bonavino se jacta de haber descubierto aquella gar­ganta de oro y no sólo eso, sino de haberle dado los medios para poder destacar; llegó a vender su pequeño campo para hacerla estudiar. Ahora él huye de su pueblo, de­cidido a reunirse con ella, y su deseo de evasión está unido a la imagen de Rosina y de su benefactor unidos para toda la vida. Esto es lo que explica a los criados de Rosina, que le dejan en la antecámara, pues Rosina está ocupada en una recepción. Marta, la madre de Rosina, le hace com­prender que la muchacha no es ya la in­genua doncellita de antaño, y cuando apa­rece Rosina, enjoyada, escotada, con aspecto provocador, el estupor de Micuccio deja paso a una amarga reacción» da a Marta el manojo de limas, símbolo de la fideli­dad, que había traído desde Sicilia, mientras arroja a la cara de Rosina un puñado de billetes con los que ella había pensado pagar su antigua deuda.

Esta amarguísima Traviata pirandelliana tiene una ingenui­dad voluntaria y el gusto de una cierta contención, superada luego por el triste romanticismo del final. En ella se encuentra el tema predilecto de todo el drama pirandelliano, el choque de la ilusión con la realidad, la vida que cambia y anula todo suceso precedente. La ingenuidad se con­tenta con el cuadrito genérico, con resul­tados más que convencionales, dado el sabor típicamente meridional del estilo mímico y el perfume puramente retórico de aque­llas limas. En ellas está encerrada Sicilia y el amor hacia una tierra querida, con iluminación pese a todo secreta; un amor patético que aclara la polémica sobre los destrozos de la civilización, sobre la ida a la ciudad e incluso sobre la dolorosa in­justicia que persigue al hombre.

G. Guerrieri