De los Límites del Bien y del Mal, Marco Tulio Cicerón

[De finibus bonorum et malorum]. Tratado en cinco libros compuesto en el año 45 por Marco Tulio Cicerón (106-43, a. de C.). En él se exponen y refutan las principales doctrinas sobre’ el sumo bien y el sumo mal.

El primero y segundo libros contienen diálogos que se imagina sostuvieron en una villa de Cuma, Cicerón, Manlio Torcuato y Valerio Triario. Manlio es un epicúreo y expone los principios de su escuela en el primer libro. En el segundo, Cicerón, refu­tando el epicureísmo, opone su doctrina, que se basa en la neo académica de Antíoco de Ascalona: un sincretismo de teorías aris­totélicas y estoicas, concernientes al sumo bien. Un segundo diálogo que se supone mantenido en una villa de Tusculum ocupa el tercero y cuarto libros. En el tercero, Catón expone la doctrina estoica, según la cual todo ser animado debe seguir apetitos e instintos que le conduzcan a calmar su voluntad; pero entre los animales, el hom­bre, que es el único dotado de virtud y conocimiento, escoge tan sólo aquellos apetitos conformes con su naturaleza; sólo el sabio es feliz, pues, conociendo los lími­tes del sumo bien y del sumo mal, huye de unas cosas y va en pos de otras. Cicerón, como hizo en el segundo libro con el epi­cúreo Manlio, objeta al estoico Catón que el sumo bien consiste en vivir de acuerdo con la naturaleza, siempre que por natura­leza se entienda virtud, es decir, preminen­cia del alma, que domina y no destruye los bienes culturales. Éstos existen y no pueden permanecer ignorados: entre ellos el sabio debe escoger y seleccionar los principales; yerra cuando ignora los secundarios.

La crítica ciceroniana refuta asimismo todo lo que el estoicismo aporta frente al aristotelismo, y aplaude lo que se halla conforme con éste. El quinto libro nos traslada a Atenas, haciéndonos asistir a un diálogo que se supone sostenido entre el joven Ci­cerón, el hermano Quinto, el primo Lucio, Atico y Pisón Calpurniano; este último, que actúa como principal personaje, sostiene la doctrina academicoperipatética de Antíoco de Ascalona, parcialmente refutada por Ci­cerón. La obra, más que por su valor ori­ginal es notable como testimonio de la doctrina helenística, cuyos textos perdidos pudieron reconstruirse gracias a las críticas que contra ellos plantea Cicerón. La forma dialogada y polémica es la menos adecua­da para un escrito sistemático, por las in­evitables digresiones y repeticiones que im­plica; en cambio, se adapta perfectamente a la mentalidad culturalista de Cicerón, quien, mediante esta exposición, puede hacer gala de amplios conocimientos, unidos a un sentido clasificador y ordenador.

F. Della Corte