Limas de Sicilia, Luigi Pirandello

[Lumie di Sicilia]. Drama en un acto de Luigi Pirandello (1867-1936); fue representado, el primero entre sus obras, en 1910.

Micuccio Bonavino, músico de banda, va a la ciudad a encontrar a su amiga Rosina que, después de muchos años, se ha convertido en una célebre cantante, ha ganado dinero y no ha vuelto a la nativa Sicilia. Bonavino se jacta de haber descubierto aquella gar­ganta de oro y no sólo eso, sino de haberle dado los medios para poder destacar; llegó a vender su pequeño campo para hacerla estudiar. Ahora él huye de su pueblo, de­cidido a reunirse con ella, y su deseo de evasión está unido a la imagen de Rosina y de su benefactor unidos para toda la vida. Esto es lo que explica a los criados de Rosina, que le dejan en la antecámara, pues Rosina está ocupada en una recepción. Marta, la madre de Rosina, le hace com­prender que la muchacha no es ya la in­genua doncellita de antaño, y cuando apa­rece Rosina, enjoyada, escotada, con aspecto provocador, el estupor de Micuccio deja paso a una amarga reacción» da a Marta el manojo de limas, símbolo de la fideli­dad, que había traído desde Sicilia, mientras arroja a la cara de Rosina un puñado de billetes con los que ella había pensado pagar su antigua deuda.

Esta amarguísima Traviata pirandelliana tiene una ingenui­dad voluntaria y el gusto de una cierta contención, superada luego por el triste romanticismo del final. En ella se encuentra el tema predilecto de todo el drama pirandelliano, el choque de la ilusión con la realidad, la vida que cambia y anula todo suceso precedente. La ingenuidad se con­tenta con el cuadrito genérico, con resul­tados más que convencionales, dado el sabor típicamente meridional del estilo mímico y el perfume puramente retórico de aque­llas limas. En ellas está encerrada Sicilia y el amor hacia una tierra querida, con iluminación pese a todo secreta; un amor patético que aclara la polémica sobre los destrozos de la civilización, sobre la ida a la ciudad e incluso sobre la dolorosa in­justicia que persigue al hombre.

G. Guerrieri