El Bachiller, Jules Vallès

[Le Bachelier] apareció en 1881. El joven Jacques Vingtras ha termi­nado sus estudios de bachillerato y ahora se ha inscrito en la Universidad de París, don­de vive míseramente dando lecciones.

Estu­diante universitario, en un París que acaba de salir de la revolución de 1848 y todavía conmovido por el golpe de estado de Luis Napoleón, se mezcla a los grupos políticos y trata de sistematizar sus rebeliones de adolescente en una línea teórica. Pero en una reunión de estudiantes escandaliza un día a todos los reunidos llamando a Ro­bespierre «pion» (término despectivo de la jerga escolar para designar al pedagogo), y a Rousseau un «pisse-froid»; invitado con toda gravedad a explicarse, sus frases son todo lo menos políticas que se pueda ima­ginar: «¡Este Rousseau nunca ríe, desdeño­so, llorón, atento siempre a las bellas frases!» Y a esta imagen denigrante del gran ginebrino opone alegremente el Voltaire de la ironía soberbia y señoril de las Cartas filosóficas (v.).

Las páginas más intere­santes de este libro son aquellas en que Vallès nos hace asistir a la afirmación de su vocación literaria y a sus primeros éxitos. Lo que odia en la escuela, todavía más que la ciega constricción, es el predo­minio de la obtusa retórica, la persistencia de una literatura frustrada y el conformis­mo a las fórmulas establecidas. Su éxito como literato lo debe precisamente a su profundo impulso de rebelión, gracias al que logró hacerse un estilo absolutamente suyo, libre y audaz, oponiendo un crudo realismo, todo espíritu y color, tanto a la retórica romántica como a la exangüe po­breza del clasicismo.

Asistimos por tanto en este libro a la formación de un singu­larísimo temperamento literario, y en esto consiste su interés. Por otra parte, este se­gundo volumen de la trilogía aparece ne­tamente inferior a los otros dos: de estilo menos fuerte y menos maduro que El niño, menos vivaz y menos libre en su posición en materia psicológica respecto al Rebelde.

M. Bonfantini

La Niña de Gómez Arias

Sobre el tema de Gómez Arias, castigado por la rei­na Isabel la Católica por haber traicionado a su esposa y haberla vendido a los moros, se fue formando una leyenda que dio lugar a cantos populares, como los siguientes: «Señor Gómez Arias, / doleos de mí; / que soy niña y sola / y nunca en tal me vi. / … Señor Gómez Arias, / duélete de mí; / no me dejes presa / en Benamejí».

Sobre la leyenda del personaje que por interés vende a su esposa a los musulmanes, diseñó el autor dramático español Luis Vélez de Guevara (1579-1644) una obra con el mismo título, La Niña de Gómez Arias, cuyo texto se conserva en el British Museum. Más tarde el gran dramaturgo don Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) aprovechó el esbozo junto con escenas en­teras de Vélez de Guevara dándole estruc­tura y solidez dramáticas. La obra de Cal­derón, por su parte, sirvió de fuente a Gó­mez Arias o los Moriscos de Alpujarras de Trueba.

En la obra de Calderón, el galán Gómez Arias tiene que salir de Granada por haber herido por celos de doña Beatriz a un don Félix (escena ésta parecida a la situación con que se inicia Mañanas de abril y mayo). En Guadix se enamora Gó­mez Arias de Dorotea, que aunque pobre, es hermosa y de origen noble, y huye con ella a las Alpujarras. Allí, cansado ya de ella, la abandona y Dorotea cae en poder de los moriscos. Pero éstos a su vez la abandonan también, pues tienen que huir ante una hueste cristiana. Dorotea es recogida por don Diego, padre de Beatriz, quien la lleva consigo a su casa.

Otra vez en Granada, Gómez Arias vuelve a cortejar a Beatriz, llegando hasta el punto de raptarla durante la noche, huyendo con ella a Sierra Ber­meja. Pero con la luz del día Gómez Arias se da cuenta de que en lugar de raptar a Beatriz ha raptado a Dorotea. Ante su fraca­so, la insulta y la vende a un jefe morisco y se vuelve a Granada a cortejar a Beatriz. Rescatada por fin Dorotea, denuncia el nom­bre del caballero ofensor y la reina Isabel, tras hacerle dar mano de esposa, ordena matar a Gómez Arias.

La obra de Calderón es de gran efecto dramático y está consi­derada como uno de sus mejores dramas, por la fuerza de los personajes y de las pasiones que se ponen en juego. Algunos críticos han insistido en la aberración mo­ral y el caso patológico del carácter del protagonista. Por su parte, Menéndez Pelayo encontraba defectuoso el temperamen­to de Gómez Arias, pero parece indiscutible que a la luz del teatro moderno, la figura de este personaje se convierte en uno de los más acertados del teatro español. Tam­bién criticó el gran polígrafo algunas «ex­travagancias gongorinas» del drama.

La Niña en la Casa y la Madre en la Máscara, Francisco Martínez de la Rosa

Comedia de Francisco Martínez de la Rosa (1787-1862). Entre sus primeras comedias: Lo que puede un em­pleo (1820), Los celos infundados y La boda y el duelo, La niña en la casa y la ma­dre en la máscara (1821) es la principal de ellas; todas de corte moratiniano, de gran sencillez en la acción, de escaso mo­vimiento en los incidentes, de estilo cui­dado, de tendencia moralizadora y de po­cos rasgos verdaderamente chistosos.

La niña en la casa y la madre en la máscara merece ponerse al lado de las obras secun­darias de su modelo (el teatro de Moratín), en que no sólo es el propósito ético, el des­orden que se origina «del mal ejemplo y del descuido de las madres», sino una cier­ta gracia ágil y «beaumarchaisca», lo que hace agradable, aunque un poco tímido, el resultado.

C. Conde

Niña de Luzmela, Concha Espina

Obra de la novelista española Concha Espina (1877-1955), publicada en 1909. Una criatura deliciosa y delicada, Carmen, hija natural y no confesada de un hidalgo montañés, al quedarse huérfana del mismo (que actúa como «padrino» protector de la niña) va a parar a casa de una hermana de don Ma­nuel, doña Rebeca, que le tiene envidia porque sabe que es hija del hidalgo y que a ella irá la mayor parte de su fortuna.

Don Manuel habló con Salvador, joven mé­dico por él protegido y que albergaba la secreta esperanza de ser también su hijo natural (pues tampoco conoce a sus pa­dres), para recomendarle el cuidado de la niña, autorizándole para que intervenga de hecho y derecho si ve que doña Rebeca y sus hijos — cuatro fieras, aunque una de ellas no lo aparenta — no tratan bien a Carmencita. Lo cual ocurre fatalmente: ma­los tratos, asedio grosero por parte de dos de los hijos de la señora, y galante por la del tercero; envidia de la hija, Narcisa, tan arpía como su madre, dan lugar, por fin, a que Salvador saque de aquella endia­blada casa a la pobre jovencita, medio muerta de pasión de ánimo y de enferme­dad de nervios a causa de tanto sufrimien­to como le ha causado la desventurada fa­milia de su «padrino».

Los jóvenes se con­fían una al otro, y el médico, enamorado de la niña, le declara su amor y su afán de casarse con ella. Antes, recibió ella un desengaño de Fernando, el hijo marino de doña Rebeca, guapo y enamoradizo, que piadosamente rechaza el amor de la niña porque se sabe indigno de él. Andrés y Ju­lio, uno borracho y mujeriego y el otro anormal y malvado, han herido por su parte, cada cual a su modo, la sensibilidad de Carmencita. Y ella, que a la lectura del Kempis que le regaló el párroco de Luzmela, había decidido consagrarse a la san­tidad, imprescindible para resistir el ase­dio feroz de la familia de su tía, se rego­cija santamente ante el amor y la abnega­ción de Salvador que, después de salvarla, le promete la felicidad en el mundo.

C. Conde

Nina o La loca por amor, Giovanni Paisiello

[Nina ossia La pazza per amore]. Ópera semiseria en dos actos de Giovanni Paisiello (1740-1816), so­bre texto de Giambattista Lorenzi, deri­vado y en parte traducido de la comedia francesa Nina ou la folie par amour de Joseph Marsollier de Vivetiéres y representa­da en Nápoles en 1789.

La música se inspira en el patético caso de una muchacha, Nina, a la que su padre prohibió casarse con su amado Lindoro para imponerle un partido más conveniente, y que, en vista del duelo entre ambos pretendientes en el que Lin­doro tuvo la peor parte, enloqueció. Ahora espera y llama continuamente a Lindoro, despertando la compasión de cuantos la rodean, pues parece ser cierto que Lindoro murió en el desafío. Pero la aventura tie­ne un desenlace feliz, pues al fin Lindoro vuelve de verdad y Nina, recobrando la razón, se casa con él.

Este asunto, distinto de todos los precedentemente puestos en música por Paisiello, que consistían en ári­dos dramas mitológicos y en farsas frívolas, ofrecía un contenido dramático y emotivo de carácter realista, del que el músico supo extraer páginas inspiradas, sobre todo cuan­do se trata de pintar la tristeza y al mis­mo tiempo el amor tenaz de la protagonis­ta. Así, encuentra sincera efusión dramá­tica la cavatina de Nina en el primer acto, llena de suspiros y de pausas, en la que está expresada la decepción de la muchacha, que al principio imagina la vuelta de Lindoro y luego se despierta de sus fantasías volviendo a la realidad.

Tam­bién son notables las páginas en que Nina recoge una frase del coro para cantarla con mayor expresión, entremezclada con pausas, y la escena en que, vuelto Lindo­ro, Nina recobra lentamente la razón. Sin embargo, los personajes que rodean a la protagonista, insignificantes en el libreto, son también musicalmente pálidos: las arias de Susana, fiel camarera de Nina, y del conde, padre de la muchacha, son conven­cionales; sólo Jorge, viejo campesino (bajo bufo), tiene un notable relieve cómico, so­bre todo por el aria en que, confuso y pro­nunciando las palabras a medias, anuncia la vuelta de Lindoro. La ópera, precedida de una brillante sinfonía, es una de las mejores de Paisiello y tuvo al aparecer un gran éxito.

M. Dona