Notas Sobre el Arte, Paul Valéry

[Pièces sur l’Art]. Colección de escritos diversos, pre­facios, cartas, notas, discursos y reflexiones de Paul Valéry (1871-1945), publicada en 1934.

Compuestos en fechas muy distintas, el conjunto de estos textos es un testimo­nio de la actividad «mundana» de Valéry, y algunos se resienten bastante de ello. Se puede ver al autor dedicarse aquí a las cuestiones más triviales, que no pueden me­nos de sorprender en la pluma de tal escritor. Júzguese respecto a este punto por las siguientes líneas que pertenecen al «Pro­blema de los museos»: «No amo demasiado los museos.

Hay muchos admirables, no hay ninguno delicioso… Al dar el primer paso hacia las cosas bellas, una mano me roba el bastón, un letrero me prohíbe fumar. Helado ya por el gesto autoritario y el sentimiento de apremio, penetro en cual­quier sala de escultura. Un busto deslum­brador aparece entre las piernas de un atleta de bronce».

El conjunto del frag­mento se desarrolla en el mismo sentido y no llega a sobrepasar los límites de un anarquismo distinguido y de una conver­sación de salón. Sorprende no poco que el autor de Monsieur Teste (v.) ponga tan buena voluntad en satisfacer a las con­veniencias. Con parecido asombro se lee el capítulo titulado «La conquista de la ubicuidad», en el que tras un título tan pomposo se esconden las más intrascen­dentes consideraciones sobre las facilidades que ofrecen en nuestros días los medios técnicos, la fotografía, la T.S.H…., para dis­poner, en el momento escogido por cada uno, de las’ más bellas producciones del espíritu humano, ya sea en el terreno de la pintura como en el de la música.

La ubicuidad de que se habla en el título es, pues, simplemente esa posibilidad que te­nemos de poder contemplar en nuestra pro­pia habitación un cuadro de Velázquez que se halla en el Museo del Prado, o de es­cuchar un concierto que se está dando en Honolulú. Nos deja confusos el hecho de que estas líneas sirvan para la siguien­te conclusión: «Tales son los primeros frutos que nos proporciona la nueva inti­midad entre la Música y la Física, cuya alianza inmemorial ya nos había dado tan­to» (notemos de paso las mayúsculas con que se adornan las palabras Música y Fí­sica).

Afortunadamente, no todo el libro responde a esta orientación, y, junto a los textos dictados por la cortesía o la más exquisita de las delicadezas («Los bordados de Marie Monnier», «Carta a Madame C.»…), junto a algunas alocuciones en las que se esfuerza sin éxito en ser lo más simple posible («En el Concierto Lamoureux en 1893»), junto a los prólogos de algunos li­bros («Fuentes de memoria») o de algunos catálogos de exposiciones («Preámbulo», «Variaciones sobre la cerámica ilustrada»), se pueden encontrar ciertos textos que re­emprenden el admirable discurso de su De­gas, Danza, Dibujo.

Merecen recordarse so­bre todo, las páginas dedicadas a «Berthe Morisot», y de modo especial las notas «En torno a Corot», que abundan en pun­tos de vista absolutamente justos y de una sutilidad que produce verdadero pla­cer el reconocerla. Hablando en otro lugar de la Olympia de Manet, escribe estas lí­neas, de sorprendente agudeza: «Olympia choca, desprende un horror sagrado, se im­pone y triunfa.

Es escándalo e ídolo; po­tencia y presencia pública de un arcano de la sociedad. Su cabeza está vacía, un hilo de terciopelo negro la aísla de lo esencial de su ser. La pureza de un rasgo perfecto encierra lo Impuro por excelencia, aquel de quien la función exige la ignorancia apacible y cándida de todo pudor. Vestal bestial consagrada al desnudo absoluto, descubre todo aquello que se oculta y se conserva de la barbarie primitiva y de la animalidad ritual en las costumbres y los trabajos de la prostitución de las grandes ciudades».

No lejos de las de este ensayo deben situarse las páginas que consagra al arte del escultor y a los misteriosos in­tercambios que se dan entre el artista y su modelo («Mi busto»), y también su «Con­templación del mar», en el que una vez más encuentra el tema que tantas veces trató, profundizando cada vez más en él.

Notas de Viaje y Estudio En Italia, Charles Eliot Norton

[Notes of Travel and Study in Italy]. Obra del norteamericano Charles Eliot Norton (1827-1908), publicada en 1860

. En ella hay estudios sobre los temas preferidos por Norton: las bellas artes y Dante. Hay un ensayo que coordina las relaciones entre Dante y Roma; son examinadas las rela­ciones entre Dante y Giovanni del Virgi­lio, y comentadas las Églogas (v.) del pri­mero; se estudia una de las columnas de la catedral de Orvieto, para atribuir su inspiración a pasajes del “Infierno» dan­tesco.

Hay también un largo escrito que examina los orígenes de la construcción de la catedral de Orvieto y que anticipa, en método y contenido, el otro libro de Norton, Estudios históricos sobre la cons­trucción de las iglesias en la Edad Me­dia (v.).

A. Camerino

Notas Sobre Edgar Poe, Charles Baudelaire

[Notes sur Edgar Poe]. Título dado por Charles Baudelaire (1821-1867) a su doble prefacio (No­tes y Notes nouvelles) a dos volúmenes de Historias extraordinarias (v.) traducidas por él y publicadas en 1856-57.

Se trata de dos ensayos que se completan recíprocamente (el primero es principalmente biográfico- informativo y el segundo criticoteórico), y que adquirieron especial importancia en la historia de la cultura europea. En ellos, Baudelaire, además de hacerse heraldo de la fama del gran escritor americano, ex­ponía en fórmulas singularmente precisas y elocuentes los principios estéticos que están en la base de su obra crítica (v. Cu­riosidades estéticas y El arte romántico).

El pasaje más célebre de estas Notas es aquel en que dibuja-con genial seguridad y admirable brevedad las líneas fundamenta­les de una nueva estética idealista: «Así, el principio de la Poesía es sencilla y es­cuetamente la aspiración humana hacia una Belleza superior, y la manifestación de di­cho principio está en un entusiasmo, en un transporte del alma, entusiasmo indepen­diente de la pasión, que es la embriaguez del corazón y de la verdad, que es el ob­jeto de la razón.

Pues la pasión es cosa “natural”, incluso demasiado natural, para no introducir un algo que choca y disuena en el dominio de la Belleza pura; demasia­do familiar y demasiado violenta para no escandalizar a los puros Deseos, las gra­ciosas Melancolías y las nobles Desespera­ciones que habitan en las regiones sobre­naturales de la Poesía».

En estas páginas, por otra parte, además de precisar un ideal que será acogido con entusiasmo por los parnasianos, el crítico, con evidente influen­cia de Poe, introduce un elemento místico que será desarrollado por los teóricos del simbolismo y encontraremos en las raíces del surrealismo (v. Poesías de Mallarmé, Rimbaud, Valéry). Y ello implica en la poesía un medio casi mágico de conoci­miento que supera el dominio de la razón y nos pone en contacto con una realidad más certera, de orden sobrenatural. [Trad. en la edición de Obras escogidas de Edgar Poe (Madrid, 1928)].

M. Bonfantini

Notas Cientificas, John Dalton

Estas notas están constituidas principalmente por las 116 comunicaciones científicas que John Dalton (1766-1844) dirigió a la Sociedad Literaria y Filosófica de Manchester, des­pués de haber sido elegido miembro (1794).

El mismo año de su elección dirigió a la Sociedad una célebre nota (Hechos extra­ordinarios relativos a la visión de los co­lores) sobre aquel defecto de la vista que más tarde se llamó precisamente «dalto­nismo», y que el hombre de ciencia inglés tuvo posibilidad de estudiar no sólo en di­versos sujetos, sino en sí mismo: sus ojos no distinguían todos los colores que com­ponen el espectro solar, sino sólo algunos.

Siguieron luego varias memorias sobre dis­tintos temas (las estaciones, el vapor, el calor, las coloraciones del cielo, la refrac­ción y la reflexión de la luz, así como escritos sobre los verbos auxiliares y parti­cipios en lengua inglesa, como preparación de una gramática que publicó más tarde, en 1801).

Aquel mismo año — después de haber sido elegido secretario de la So­ciedad en 1800 — publicó una serie de no­tas bajo el título de Ensayos experimenta­les sobre la constitución de las mezclas ga­seosas; sobre la fuerza del vapor de agua o del vapor de otros líquidos a distintas temperaturas, tanto en el vacío torricelliano como en el aire; sobre la evaporación; sobre la expansión del gas por efecto del calor.

En estas memorias (particular­mente en la segunda y en la cuarta) llega al enunciado de aquella ley sobre la dilata­ción del gas conocida también bajo el nom­bre de Gay-Lussac, a pesar de haber sido observada anteriormente (en el caso par­ticular del aire y del vapor de agua) por Volta.

Las memorias de los años inmedia­tamente siguientes (hasta 1804) se refieren a investigaciones que han quedado como clásicas, como aquellas sobre la solubilidad de las mezclas de gas en un líquido en relación a las diversas presiones de los ga­ses que componen la mezcla (Sobre la absorción del gas por parte del agua y de otros líquidos, 1803), donde está contenida su conocida ley «de las presiones parcia­les» (la presión total ejercida por una mezcla gaseosa es igual a la suma de las presiones parciales de cada uno de sus componentes).

Una continuación natural de dichos estudios está constituida por las investigaciones sobre la composición de los mismos gases (y especialmente de los óxi­dos de nitrógeno, de los compuestos oxige­nados del azufre y del carbono, del meta­no, etc.), que habían de conducirlo a for­mular su célebre «hipótesis atómica» basada sobre la no menos importante «ley de las proporciones múltiples» (si dos elementos se combinan para dar origen a dos o más compuestos, permaneciendo constante la cantidad en peso de uno de ellos, las cantidades de los demás varían según re­laciones simples y son [a menudo] múlti­plos enteros de la más pequeña de ellas).

Esta ley fue hallada también por Dalton gracias a repetidas experiencias. Estudios emprendidos por Harden y Rosco entre ma­nuscritos olvidados de Dalton, prueban que este investigador tuvo ya la convicción de la estructura atómica de los gases cuando profundizó el estudio de sus propiedades físicas y especialmente en la citada nota sobre la absorción de los gases (1803): «¿Por qué — escribe — el agua no absorbe igual­mente todos los gases? No consigo encon­trar una respuesta que me satisfaga plena­mente; pero estoy casi persuadido de que ello depende del peso y del número de las últimas partículas de las cuales los gases están constituidos».

Los detalles de la teo­ría atómica de Dalton que forman el tema de otras obras suyas, fueron especialmente expuestos en las Lecciones pronunciadas en Manchester y en Londres, y en el Nuevo Sistema de Filosofía de la Química (1808- 1827). Baste recordar que Dalton admitía que los átomos de un determinado elemen­to son iguales, no sólo en la forma — es­férica para todos —, sino incluso en el peso. Pero sólo Cannizzaro — superando las difi­cultades encontradas por Dalton — consi­guió mucho más tarde establecer los pri­meros pesos atómicos.

Advirtamos que la primera indicación de la célebre ley de las proporciones múltiples apareció en una nota (Sobre la proporción de los gases que constituyen la atmósfera) de 1802: «El oxí­geno — dice Dalton — puede combinarse con cierta cantidad de nitrógeno o con una cantidad doble, pero no con una cantidad intermedia». Pero esta nota no se editó hasta 1805, de modo que puede pensarse que un paso como el citado se alcanzó des­de la primera lectura.

En 1814 escribió una memoria en la que estaban expuestos los principios del «análisis volumétrico». En 1840 escribió un ensayo muy inferior so­bre fosfatos y arseniatos. La Sociedad Real, de la que entonces era presidente, no lo acogió, y entonces quiso publicarlo a su costa, considerando que había sido víctima de injustas censuras.

Lo mismo hizo con otras cuatro notas que siguieron a conti­nuación sobre varias cuestiones de quími­ca, y en particular «sobre un método nuevo y fácil de analizar el azúcar», que contiene un descubrimiento que consideraba errónea­mente de la mayor importancia, es decir, el hecho de que ciertas sales disueltas en el agua no aumentan su volumen, porque — al menos, así lo sostenía — «las mismas sales entran en los poros del agua».

U. Forti

Notas Autobiográficas, Joan Maragall i Gorina

[Notes autobiográfiques]. Breves anotaciones sobre su vida particular e íntima, redactadas por el poeta catalán Joan Maragall i Gorina (1860- 1911), que, por su sinceridad, constituyen un documento de valor inapreciable para comprender la actitud espiritual de su obra y de su vida.

Fueron escritas en dos mo­mentos: I) de octubre de 1885 a mayo de 1886, cuando el poeta contaba 25 años; II) el 10 de octubre de 1910, fecha en que cum­plía el autor los 50 años. Estas Notas figuran al principio del volumen Estudis biográfics [Estudios biográficos], V de la edi­ción definitiva de sus Obras completas, apa­recido en Barcelona en 1930.

El primer fragmento es una meditación sobre la si­tuación personal del poeta. Con ocasión de haber cumplido los 25 años hace una re­visión y un análisis de su vida: conmemora melancólicamente su infancia; nos habla de su preocupación amorosa en la búsque­da del ideal femenino; de sus sueños de gloria («¡…y hasta he creído que un día el mundo tendría interés en conocer las vicisitudes de mi existencia!»); del ideal que para él constituye la Belleza en sus tres formas de Naturaleza, Arte y Amor; de la inquietud de si llegará algún día a ser un verdadero artista o será siempre, debido a su carácter indolente, un «dilettante»; de su anhelo de felicidad, etc.

A veces nos sorprende con una actitud iró­nica y escéptica frente a estos mismos idea­les, la misma actitud que encontramos en las cartas enviadas, en estos mismos años, a su íntimo amigo Antoni Roure (v. Epis­tolario). Pero en el fondo tiene una gran seguridad en su vocación poética y una gran fe en la vida. Llevado por ello nos cuenta cómo abandonó la industria paterna e ingresó en la Universidad de Barcelona: «Entro por vez primera en el templo de la sabiduría», se dijo.

El ambiente universi­tario, los compañeros, la nueva forma de vida fueron para él una revelación, el ha­llazgo de algo que deseaba ardientemente encontrar: «esto fue para mí como una tierra de promisión, como si entrara en una patria, después de una ausencia casi in­memorial». Y este primer fragmento lo cie­rra Maragall con un gesto de expectación ante la vida, el amor y el arte.

El segundo fragmento, escrito a los 50 años, muy bre­ve, es una respuesta a las dudas y pregun­tas de su juventud: la vida ha sido bené­vola para el poeta, que se creía tan débil. Todo se ha cumplido: el amor, la gloria, la posesión de la Belleza, la seguridad per­sonal. Y Maragall, con la misma sinceridad de antes, afirma que es un hombre afortu­nado, «una pura criatura de la Providencia divina». A. Comas

Un esbozo de su propio mito. (C. Riba)