Louise Ackermann

(Victorine Choquet). Nacida en París el 30 de noviembre de 1813, m. en Niza el 3 de agosto de 1890.

Recibió su primera educación de su padre, volteriano y seguidor de los enciclopedis­tas. Enviada a Berlín para completar los estudios, se casó allí, en 1844, con el pastor protestante y preceptor de príncipes Paul Ackermann, amigo de P. J. Proudhon; en Berlín conoció a Humboldt, Müller y Baeck.

Tras la muerte de su marido, ocurrida en 1346, se retiró al campo, cerca de Niza, en una soledad casi claustral. Colaboró en la Revue des Deux Mondes publicando poemas y poesías líricas; reunió tardíamente sus obras, ya señaladas al público por Havet, Caro y Deschanel, los cuales, aun alabándo­las, criticaban sus ideas, enderezadas de un modo excesivamente pesimista a los aspec­tos negativos de la vida: una especie de estoicismo ateo al que quiso dar una base filosófica con la ayuda de Spinoza, Kant y Schopenhauer.

Sus obras más conocidas son: Contes en vers (1855), de notable gra­cia fantástica; Premières poésies (1873), vueltas a publicar conjuntamente con las .Poesías filosóficas (1874, v.), su obra más famosa; y, en fin, Pensées d’une solitaire (1883), precedida de una autobiografía.

P. Raimondi

Cecilio Acosta

Escritor, jurista, filólo­go y economista venezolano, n. en la aldea de San Diego de los Altos en 1818 y mu­rió en 1881. Es una de las figuras centrales de la cultura de su país, sin que pueda afir­marse que de su pluma haya salido una obra maestra.

Figura señera y ponderada de moderno enciclopedista preocupado por el estilo y la exactitud del detalle, cabe en un ambiente académico, pero con espíritu renovador, como vemos por sus propias pa­labras: «Las necesidades sociales triunfan, en este caso, de las previsiones académicas».

Universitario y político liberal, fue adver­sario intelectual de Guzmán Blanco; sus Obras completas, publicadas entre 1908 y 1909, aparecieron prologadas por José Mar­tí, que había hecho el elogio de su persona­lidad en un estudio biográfico de singular interés.

Poeta,, sus producciones pueden en­contrarse en el Parnaso venezolano; su ca­lidad de sociólogo la advertiremos en sus Estudios sobre sociología venezolana, pero, en realidad, vale más desde este punto de vista su breve y sugestivo libro titulado Cosas sabidas y cosas por saberse; induda­ble espíritu crítico nos muestra en su tratado Influencias del elemento histórico-político en la literatura dramática y en la novela y en sus Consideraciones generales sobre la poesía.

Escribió también ensayos políticos, económicos, lingüísticos, de derecho inter­nacional, etc. Es la figura simbólica de los valores e inquietudes de un país en forma­ción y crecimiento.

J. Sapiña

Miguel Acominato

Nacido en Chonai, en la Frigia, en 1140; m. en la isla de Ceos en 1220. Fue el último metropolitano de Atenas antes de la conquista franca.

Lle­gado con su hermano menor, Niceto, a Constantinopla, encontró hábiles maestros en las letras que favorecieron su vocación (los dos Tzetze, Constantino Manassés, Juan Xifilino, que después fue patriarca, y el famoso Eus­taquio, luego obispo de Tesalónica). Orde­nado sacerdote, permaneció durante mu­chos años en la curia del Patriarcado, hasta que fue nombrado obispo (entre 1175 y 1182) y destinado a la sede de Atenas.

El nuevo metropolitano de Atenas llegó a su sede con el ánimo lleno de entusiasmo y de reverencia provocada por el glorioso pa­sado de la ciudad. Pero había de quedar pronto desilusionado. Atenas estaba reduci­da a una oscura y pobre aldea bizantina, acurrucada a los pies de una roca, la Acró­polis.

Pequeñas y miserables las iglesias, inculta y Casi bárbara la grey de los creyen­tes. Después de haber expresado en un poema yámbico (Himno a Atenas, v.) la des­ilusión por el presente y la admiración por el pasado, A. supo superar el desconsuelo y se consagró animosamente a su misión de pastor.

Unas veces era la sequía y la ca­restía las que abrumaban al país, otras los piratas que infestaban las costas del Atica, en ocasiones los funcionarios públicos que acababan de expoliar a los ciudadanos. Y el obispo se dedica a escribir a amigos pode­rosos y a su hermano Niceto haciendo ver la lamentable situación de los atenienses.

Y tanto hace, que fue enviado a Atenas un pretor, Nicéforo, que se afanó bastante para remediar los males de la ciudad. Más tarde tuvo ocasión él mismo de ir a Constantino – pía y de defender los intereses de su dióce­sis en la administración central.

Mostró más adelante que también sabía empuñar la es­pada en defensa de la ciudad. Mientras los latinos de la cuarta Cruzada amenazaban a Constantinopla, el aventurero León Seguro apareció ante Atenas para ocuparla; pero lo impidió la valerosa resistencia de los ate­nienses atrincherados en la Acrópolis junto con su pastor (1204).

Al año siguiente, al extenderse la conquista franca por tierras de Bizancio, Atenas fue ocupada por Otón de La Roche, y el buen prelada vio saqueada su biblioteca y profanadas y despojadas las iglesias de sus objetos preciosos. Obli­gado a alejarse de su sede, el docto metro­politano, después de larga peregrinación, en­contró refugio en la isla de Ceos, no lejos de la punta extrema del Ática (cabo Sunnion). Allí, en el convento del Salvador, pasó los últimos años de su vida.

B. Lavagnini

Lucio Accio

Nacido en Pesaro, quizá en el 170 a. de C.; m. alrededor del 85. Hijo de libertos, se estableció en Roma y fue amigo de Décimo Junio Bruto Galleco, cónsul en 138 que alcanzó una victoria sobre los lusitanos, y de Pacuvio.

Todavía joven, lo­gró fama como poeta dramático y pronto se convirtió en el autor trágico preferido por los romanos. De su vasta producción sólo nos quedan escasos fragmentos.

Con­servamos de él, además de casi cuarenta y cinco títulos, 660 versos de sus Trage­dias (v.), a los cuales hay que añadir frag­mentos de Los eneideos, o Decio (sobre la heroica muerte de Decio Mus en la batalla de Sentinum, de 295 a. de C.) y de Bruto (acerca de la expulsión de Tarquino el Soberbio).

No faltaba en estas últimas obras la intención política: quizá en Bruto era atacado Escipión, y esto sería un motivo más para explicar la hostilidad de Lucilio contra nuestro autor. En las Didascálicas (v.), en nueve o más libros, A. reúne su producción erudita, de historiador de la literatura (sobre todo teatral), y de crítico.

De tema teatral eran también las Pragmá­ticas, de las que sólo nos quedan dos ver­sos. Además de los Anales (v.), en hexá­metros, sabemos que A. escribió Parerga, cuyo contenido nos es desconocido; una Praxidica, acaso sobre agricultura, y poesías amorosas.

Fue el último gran autor dra­mático romano; sus obras continuaban aún representándose y suscitaban gran entu­siasmo en los romanos de la época impe­rial. En el 57 a. de C., durante la represen­tación del Eurisace, a propósito de una alusión al destierro de Telamón, el público improvisó una demostración en favor de Cicerón, entonces en el exilio.

En el 44 an­tes de C. fue prohibida por las autoridades la representación de Bruto. Pese a que su estilo no es irreprochable, A. suele ser admi­rado aún por los severos críticos de la época final de la república. Cicerón conoce bien su obra y cita a menudo versos suyos. Virgilio le imita en algunas ocasiones.

F. Codino

Francesco Accursio

Nacido en Bagnolo (Florencia) en 1182, m. en Florencia (?) en 1263. Es el más conocido representante de los glosadores.

De origen campesino (Accursio parece más bien un apodo que un apellido), estudió Derecho en Bolonia bajo la dirección de Azone, y en aquella Universidad profesó más tarde durante cerca de cuarenta años.

Continuando la obra de sus predecesores, comentó y glosó el Cor­pus juris justinianeo, que había vuelto a alcanzar reputación poco más de un siglo antes, y recopiló, ordenándolos de un modo sistemático, sus comentarios y los de los maestros anteriores, componiendo así la llamada Magna glossa o Glossa ordinaria (v. Glosa), síntesis de la elaboración lle­vada a cabo en el Estudio de Bolonia y nú­cleo de aquel derecho romano común que había de difundirse por casi toda Europa.

Aunque verse sobre la interpretación de una fuente jurídica antigua, la obra de A., y de manera general la de los glosadores, no tiene pretensiones históricas, sino que trata del derecho romano como conjunto de normas y principios todavía vigentes, y por lo tanto, aparece necesariamente inade­cuada para la reconstrucción del pensa­miento auténtico de los juristas romanos y sobre todo para poner de manifiesto el desarrollo histórico de aquel derecho.

Aten­dido, sin embargo, el fin que persigue, ad­quiere gran importancia la seguridad y co­rrección de juicio, la lógica del razona­miento jurídico, la sensibilidad por los pro­blemas prácticos, todo lo cual permitió a la Glosa no sólo alcanzar una gran influen­cia doctrinal y cultural, sino también que fuera tomada como guía por abogados y jueces.

Análoga, aunque menor, importan­cia obtuvieron las demás obras de A.: escritos en torno a los Libri feudorum, una Summa sobre el Authenticum y un Speculum inris, hoy perdido. Este autor, a quien se ha llamado «ídolo de los glosadores», murió, al parecer, en Florencia, adonde se había trasladado entre 1252 y 1255; pero fue enterrado en la iglesia de San Francisco de Bolonia, donde todavía se conserva su tumba: «Sepulchrum Accursii, «glosatoris legum, et Francisci eius filii».

Tuvo dos hijos y una hija, todos ellos eruditos en Derecho; de los hijos, Francisco siguió las huellas de su padre, enseñando en Bolonia, en Oxford y de nuevo en Bolonia, y añadiendo sus propias glosas a la obra accursiana.

G. Pugliese