Eduardo Acevedo Díaz

Escritor uru­guayo n. en Villa de la Unión en 1851 y m. en 1924. Es el verdadero creador de la novela nacional uruguaya.

Político y diplo­mático de formación universitaria, fue dipu­tado y senador, y representó a su país en Argentina, Estados Unidos e Italia. Fue uno de los más apasionados militantes del Par­tido Nacionalista o Blanco; en su pasión política llegó a abandonar sus estudios uni­versitarios (1870) para tomar parte en un movimiento revolucionario; de sus activi­dades en la tribuna y la prensa hay diver­sos y abundantes testimonios.

Supo dos ve­ces las amarguras del destierro. Aparte su labor periodística, su glosa literaria se basa en seis novelas: Brenda (1875), Ismael (1888, v.), Nativa (1890, v.), Grito de gloria (1893, v.), Soledad (1894) y Lanza y sable (1914).

Los episodios de la formación nacional uru­guaya están pintados con vigor en estas novelas, entre las que sobresale Ismael. Pero una de sus obras más características es Soledad, novela de ambiente gaucho que constituye un verdadero modelo en su gé­nero y que ha influido, sin duda alguna, en buena parte de la novelística posterior hispanoamericana.

El gusto romántico con que el autor emprende su obra se va con­cretando a través de ella a tenor de una realidad nacional dura y vigorosa que A. D. vive, siente e interpreta de manera ma­gistral.

J. Sapiña

Alamanno Acciaioli

Parece que debe atribuirse a este florentino, que, en su ca­lidad de prior, fue uno de los principales actores del motín de los cardadores, la cró­nica de dicha revuelta, publicada por pri­mera vez en el siglo XVIII por Muratori, el cual la atribuyó a Gino Capponi (v. Mo­tín de los «ciompi»).

De Capponi son co­nocidos los Recuerdos que, en su anciani­dad, dedicó a su hijo Neri, redactados para enseñanza y guía del joven. El relato de la revuelta, por el contrario, no revela esta tendencia moralizadora, y se advierte en él una total dedicación a la narración di­recta del suceso.

Alguien ha hecho notar que si bien A. insiste de un modo crudo sobre el espanto y la turbación de los ma­gistrados de la ciudad ante la sublevación popular, no es menos cierto que critica igualmente de un modo rudo la «impaciencia» y los excesos de la plebe.

La verdad es que con motivo de aquellos dramáticos episodios el hombre veía alejarse la posibilidad de un gobierno moderado, el único que le parecía deseable, y de aquí deriva su vigorosa e indignada crudeza.

F. Catalano

Abutsu-Ni

Nacida en 1209 y m. en 1283; era hija de Taira-no Norishige, que fue gobernador de la provincia de Tajima. No se conoce su nombre.

Se sabe que fue dama de compañía de Ankamon-In Kuniko (1209- 83), hija del príncipe Morisada (1179-1223), y que era llamada entonces Shijo o Emon-no-Suke.

Casada con Fujiwara-no-Tameie (1198-1275), que había quedado viudo con dos hijos, tuvo de él numerosa descenden­cia. Tras la muerte de su marido (1275), se retiró del mundo haciéndose monja bu­dista y tomando el nombre de Abutsu-ni (ni, monja), con el cual es conocida en la literatura japonesa.

Es autora de Izayoi Nikki (v.) y de otras obras, como La grulla en la noche [Yoru no tsuru], Recuerdos de un sueñecito [Utatane no ki], etc.; se con­servan de ella también numerosas poesías diseminadas en sus escritos, o incluso reu­nidas en recopilaciones oficiales.

Y. Kawamura

Torcuato Accetto

Moralista napolitano del siglo XVII, de cuya vida apenas se sabe nada y cuya obra sólo recientemente ha sido revalorizada. Su pequeña obra maes­tra, el breve tratado El disimulo honesto (v.), publicado por primera vez en 1641, revela en su autor un espíritu meditativo que rehúye la prontitud y la efusión. A. había publicado con anterioridad unas Rime, testimonio igualmente de su espíritu pen­sador. Particularmente interesantes son las composiciones dedicadas a la joven viuda de un amigo suyo, en las que se expresan sentimientos de sombría delicadeza.

C. Falconi

Abū Nuwās

Es el «más grande de los líricos árabes», según la definición de Kremer, que fue el primero que lo dio a cono­cer en Occidente hace un siglo; cierta­mente, es uno de los más eminentes, aun­que no pueda reconocerse en él aquella primacía absoluta.

Sólo era árabe a medias, ya que nació en la provincia de Ahwaz (Khuzistan, la antigua Susiana), de padre árabe y madre persa, alrededor de los años 755-760. Su verdadero nombre era al-Hasan ibn Hani, y Abū Nuwās («el del bucle, el del tupé») fue un sobrenombre que él mismo tomó por indicación de su maestro de poe­sía y de lengua, Jalaf al-Ahmar.

Llevado de muy pequeño a Basora, hasta el punto de que algunos le consideran natural de esta ciudad, allí creció, estudiando poesía, filología y gramática con buenos maestros, y se pretende que acaso perfeccionaría su formación lingüística con un año de perma­nencia entre los beduinos del desierto, de­talle que constituye, sin embargo, un rasgo común de las biografías de muchos poetas y gramáticos de su tiempo.

La amistad que trabó, siendo adolescente, con el poeta li­bertino Waliba ibn al-Hubab, fue decisiva para su iniciación en el arte y en la vida disoluta. En su compañía se trasladó a Kufa, la otra metrópoli del Irak, y más tarde, cuando se fundó Bagdad, a la capital aba­sida.

Allí pasó los mejores años de su vida, alejándose de ella sólo con motivo de un viaje a Egipto, donde no parece que reco­gió todos los laureles y beneficios espera­dos: en Bagdad floreció bajo el califa Harún-al-Raschid (786-809) y bajo su sucesor al-Amin (809-813), gozando especialmente del favor de este último, su compañero en solaces artísticos y en orgías.

En el con­flicto surgido entre al-Amin y su hermano al-Mamun, la solidaridad entre el califa y el poeta impío y libertino sirvió de argu­mento al pretendiente, que se presentaba como restaurador de los valores morales y religiosos.

Aunque algunas fuentes dan como muerto a nuestro autor antes que a al-Amin, parece más cierto que debió sobrevivirle, aunque poco tiempo, si son auténticos los versos elegiacos que compondría lamentan­do el fin violento del califa; la muerte de este autor se colocaría así poco después del sitio de Bagdad y del asesinato de su protector (813).

La vida de nuestro lírico transcurrió en la primera época abasida, la que es considerada como edad de oro del califato, y que será estilizada más tarde en las Mil y una noches. Derrumbado el imperio nacional árabe de los Omeyas, la sociedad ciudadana se había renovado de un modo profundo con la penetración de numerosos elementos alógenos, especial­mente persas.

A la hegemonía de los ára­bes, en cuanto a tales, había sucedido una «élite» heterogénea en la que, junto a los árabes puros, abundaban los antiguos «alis­tados» o «clientes» (mawali), ascendidos en ocasiones a los más altos grados de la jerarquía de la corte o del Estado (basta recordar a los Barmésidas).

Paralelamente a esta renovación social, se hallaba en curso una vasta renovación literaria, ya perfilada bajo los últimos Omeyas, pero a la que dio rápido e intenso desarrollo el advenimiento de los Abasidas. Los temas tradicionales de la antigua poesía beduina no fueron aban­donados del todo, pero sí sometidos a crí­tica y flanqueados por una poesía nueva, moderna, expresión del gusto renovado y del ambiente ciudadano.

Junto a la arcaica «qaşīda», mantenida sobre todo para ala­bar a los poderosos, se afirmaron unas com­posiciones más breves, ágiles, ligeras, ende­rezadas en primer lugar a celebrar los pla­ceres y las penas del vino y del amor. Nuestro autor fue uno de los corifeos, aun­que no el primero cronológicamente, de este «estilo nuevo» abasida (el estilo de los «modernos»; en árabe, muhdathun).

Su vasta producción (v. Dīwān), que por des­gracia nos ha sido transmitida con nume­rosas interpolaciones de poemas amanera­dos (algo así como las anacreónticas sur­gidas de la fama del auténtico Anacreonte), paga el acostumbrado tributo a la poesía tradicional; pero brilla, sobre todo, por los poemas báquicos, descriptivos y amoro­sos, que brotaban verdaderamente del corazón del «Heine árabe».

Por la misma época (o al final de su vida, según una compla­ciente cronología), su lira adoptó tonos as­céticos, declarándose arrepentido de sus errores y confiándose a los misericordiosos brazos de Alá. La carrera de este lírico no quedó agotada con su muerte. Junto a Harún-al-Raschid, a su visir Giafar, a la princesa Zobeida y al ejecutor judicial Masrur, él personificó la edad áurea del cali­fato en el recuerdo de la posteridad.

El poeta libertino y sibarita aparece a menudo en aquella compañía en la novelística árabe posterior, y aunque los versos que son puestos, en boca suya sean frecuentemente apócrifos, obra de poetas más tardíos, en conjunto su idealización se encuentra quizá menos distante de la realidad histórica que la de los demás personajes evocados al mismo tiempo que él. Pues A. N. unió a un genuino talento poético, algo del parásito y del bufón cortesano, tal como aparece en estas evocaciones convencionales.

F. Gabrieli