Claudio Achillini

Nacido en Bolonia en 1574 y m. en la misma ciudad en 1640. Com­petente y célebre jurista, enseñó Instituciones de Derecho civil en Ferrara y en Parma, y en 1598 obtuvo cátedra en la Universidad de Bolonia, donde, en vida, los estudiantes rindieron tributo de admiración al profesor, ofreciéndole una lápida.

En 1622 fue reci­bido entre los Lincei. Poco antes de morir rechazó, por motivos de salud, la invitación que le hicieron los reformadores del Estu­dio de Padua para ocupar la primera cáte­dra de leyes.

Desempeñó también cargos políticos: en la corte de Carlos Manuel I, con el nuncio pontificio Alejandro Ludovisi (más tarde papa Gregorio XV), enviado allí para gestionar la paz entre el príncipe y España, y por encargo de los boloñeses cerca del papa Urbano VIII. Su producción poética se incluye entre las más típicas de la corriente, marinista, por la sorprendente extravagancia de las paradojas y de las hipérboles, de lo cual es prueba el célebre soneto Sudad, oh fuegos… (v.) en elogio de Luis XIII por la toma de La Rochela.

Otra canción, en la que celebraba el naci­miento del Delfín, le valió el regalo de un rico collar de oro por parte del cardenal Richelieu. Es digna de mención su carta sobre la peste de 1630, que fue aprovechada por Manzoni en Los novios (v.).

G. Crespo Legorino

Francisco Acuña de Figueroa

Este poeta uruguayo nacido en Montevideo en 1790 y m. en la misma ciudad en 1862.  Con él se inician realmente los perfiles de la literatu­ra nacional de su país, en los tiempos en que la nacionalidad uruguaya se va concre­tando y definiendo frente a las característi­cas distintas de la personalidad argentina.

De modesta posición, ingenioso y culto, con­templó la evolución de su patria desde la colonia hasta la independencia, y su forma­ción y temperamento lo llevaron a mostrarse adversario del dictador argentino Rosas.

Lo más interesante de su producción lite­raria son, sin duda, sus Epigramas (v.) y La malambrunada (v.). Fue director de la Bi­blioteca Nacional, escribió la letra de los himnos nacionales de Uruguay y Paraguay, narró en verso los episodios del sitio de Mon­tevideo (Diario histórico), hizo gala de su ingenio en los Decretos pilatunos, escribió algunas piezas teatrales, tradujo diversos poemas latinos y preparó sus originales en doce volúmenes de Obras completas, en los que puede encontrarse su variada produc­ción.

La personalidad de A. de F., que llegó a ser una especie de jerarca oficial de las letras de su país, refleja los vaivenes y bal­buceos de la transformación y crecimiento de la nación uruguaya, a cuya independen­cia literaria contribuyó en gran manera.

J. Sapiña

José de Acosta

Nacido en Medina del Cam­po en 1539, m. en 1560. Muy joven ingresó en la Compañía de Jesús. Distinguióse como orador; pasó en 1571 al Nuevo Mundo, donde fue misionero en Arequipa y La Paz y general de su Orden en el virreinato del Perú.

Intervino en el concilio de Lima, y colaboró en la publicación de catecismos y devocionarios en castellano y en lenguas aborígenes. En 1587 volvió a España, donde fue nombrado visitador de la Compañía; intervino activamente en las disensiones internas de esta institución. Pasó sus últi­mos años en Valladolid escribiendo medio­cres sermones en latín.

Su obra principal es la importantísima Historia natural y moral de las Indias (Sevilla, 1590, v.), que fue traducida a varios idiomas europeos. Otras obras: De natura novi orbis (v.), Promul­gación del Evangelio (v.), etc.

Jorge Acropolita

Historiador y di­plomático bizantino del siglo XII, n. en Constantinopla en 1217, durante la ocupación de la ciudad por los cruzados de la IV Cruzada, cuando Constantinopla era la capital del Imperio latino, y allí m. en 1282.

Sus padres lo enviaron a la corte de su pa­riente, el emperador Juan Ducas Vatatzi, en Nicea (Asia Menor), donde completó su instrucción teniendo por maestro a Nicé­foro Blemmjde. Más tarde, el emperador de Nicea, Teodoro II Láscaris (1254-58), lo nom­bró logoteta, es decir, primer ministro, y le confirió poderes políticos y militares.

Sin embargo, y a consecuencia de su inexperien­cia en las cosas de la guerra, cayó prisio­nero (1257) durante una expedición contra el déspota de Epiro (Miguel). Tras dos años de prisión, fue liberado por el nuevo empe­rador, Miguel VIII Paleólogo, el cual lo en­vió como embajador al papa Gregorio X para que tratara con éste de la unión de las dos Iglesias. A. se mostró pronto dis­puesto a aceptar, en nombre del emperador, la adición de la palabra «filioque» al Credo y la primacía del Papa (Concilio de Lyon, 1274); este hecho produjo, sin embargo, des­agradables repercusiones y provocó la indig­nación de los ortodoxos, por lo que el acuer­do fue revocado.

Vuelto a Constantinopla, recuperada entre tanto por el Paleólogo, A. fue destinado para el cargo de profesor en aquella Universidad y enseñó, filosofía platónica y aristotélica. De sus varios escritos (poesías, oraciones fúnebres, tratados teológicos, especialmente sobre la procesión del Espíritu Santo, alabanzas de santos y cartas) el más importante es la Crónica (v.), que trata de la historia de Bizancio desde la entrada de los latinos en Constantinopla (1204) hasta su reconquista por Miguel VIII Paleólogo (12 de octubre de 1261).

B. Lavagnini

Hernando de Acuña

Nacido en Valladolid (y no en Madrid como se creyó) en 1520?, m. en 1580? Pertenecía a una noble familia y sirvió a las órdenes del Marqués del Vasto en la guerra del Piamonte; también tomó parte en la expedición de Carlos V contra Túnez.

Por encargo del emperador puso en quintillas dobles la versión en prosa que éste había hecho de Le Chevalier deliberé, de Olivier de la Marche. Desempeñó varias misiones en África, hallóse en la batalla de San Quintín; casó, hacia 1560, con Juana de Zúñiga y murió en Granada, donde liti­gaba por la posesión del condado de Buendía.

Su viuda publicó, en 1591, sus Varias poesías (v.), en cuyo estilo se revela el in­flujo de la escuela italiana.