Adam de Saint-Victor

Adam, llama­do de Saint-Victor debido a la abadía del mismo ‘nombre en las cercanías de París, de la cual fue monje, es considerado como uno de los mejores poetas lírico-religiosos del Medioevo.

Las noticias biográficas que de él quedan son escasas e inseguras: se duda sobre su país de nacimiento, porque el apelativo de bretón (Brito) que se le atribuyó no es suficiente para esclarecer su origen; inseguro es también el año de naci­miento, que puede fecharse alrededor de 1112; según los «Anales» de Saint-Victor, murió el 18 de julio de 1192.

Sobre su tum­ba, en la abadía, había una inscripción que se encuentra ahora en el Institut de France. Cuando A. ingresó en aquel cenobio domi­naba en él la figura de Hugo, un gigante del pensamiento y del misticismo medieval, al que sucedió Ricardo, otro gran místico y exegéta.

En la escuela de tales maestros se formó A., el cual supo traducir en un canto lírico secuencial (v. Secuencias) los motivos de la escuela victorina, que tendía a la conciliación de la dirección dialéctica abelardiana con los impulsos afectivos de los antidialécticos, que tenían por jefe a Bernardo de Claraval.

En efecto, las secuen­cia de A. conjugan los suaves acentos mís­ticos con las audacias discursivas del pen­samiento teológico en una atmósfera piadosa de serenidad y contemplación. A. pasó toda su vida en un humilde recogimiento, total­mente dedicado a su obra litúrgico-religiosa.

G. Vecchi

Paul Adam

Nacido. en París el 7 de diciembre de 1862 y m. en la misma ciudad el 2 de enero de 1920. Se dio a conocer a los 23 años con Chair molle, novela decidida­mente naturalista; procesado por inmoralidad, fue absuelto.

La segunda novela, Soi (1886), estudio psicológico de una malcasa­da, aparece, por el contrario, inmersa en la atmósfera simbolista. A partir de 1890 se hace más intensa su actividad literaria con una serie de novelas de temas e intenciones diversos.

De aquellas tentativas debía sur­gir la tetralogía que ha hecho pasar su nombre a la posteridad, Le temps et la vie, desarrollada en cuatro novelas: La fuerza (1899, v.); El Hijo de Austerlitz (1901, v.); La astucia (1901, v.), y Bajo el sol de julio (1903, v.), epopeya de la familia Héricourt (es decir, de la misma familia Adam) de 1800 a 1830. Ha sido definido «el ciclo de la energía», y señala un hito importante en la literatura francesa; se ve en él, en efecto, a un joven novelista, antes anárquico, que exalta el valor, el sacrificio, el honor mili­tar.

De los sesenta volúmenes que dejó, pocos son leídos hoy.

P. Raimondi

Karl Adam

Nacido el 22 de octubre de 1876 en Pursruck en el Palatinado; después de seguir los estudios clásicos frecuentó inme­diatamente los teológicos, recibiendo las ór­denes sagradas en 1900 y el doctorado en Teología en 1904, en la Universidad de Mu­nich.

En 1919 fue llamado a la cátedra de teología dogmática, en la Facultad de Teo­logía católica de la Universidad de Tubinga; aquí enseñó hasta el límite de la edad (1946). Este autor es justamente conside­rado como uno de los más importantes teó­logos católicos de hoy, por la amplitud de su información histórica y por la profundi­dad de su pensamiento. La obra que le hizo universalmente conocido fue La esencia del catolicismo [Das Wesen des Katholizismus, 1924], obra que hay que considerar cierta­mente como una de las mejores aparecidas en el campo católico en los últimos cincuen­ta años.

Otras obras de A., muy apreciadas y difundidas también, son: Cristo nuestro hermano [Christus unser Bruder, 1926], efi­caz exposición del modo católico de vivir la relación con Cristo; Jesucristo [Jesús Chri­stus, 1933], tratado apologético de las prue­bas de la divinidad de Jesucristo, etc. En la postguerra ha publicado: Una Sancta in katolischer Sicht (1947), dedicado al proble­ma de la unión de los cristianos, y El Cristo de la fe [Der Christus des Glaubens, 1954], exposición moderna de la doctrina cristológica de la Iglesia católica.

C. Colombo

Adolphe-Charles Adam

Nacido en París el 24 de julio de 1803, m. en la misma ciudad el 3 de mayo de 1856; fue fecundo y renom­brado autor de óperas cómicas.

Hijo de Jean- Louis Adam, apreciado pianista y didacta, entró en el Conservatorio de París en 1817. estudiando allí con Reicha y Boieldieu. En 1827 empezó a componer «vaudevilles» para varios teatros y en 1829 estrenó, en la Ópera Comique, la opereta en un acto Pierre et Catherine. La obra suya que ob­tuvo un mayor éxito fue Le postilion de Longjumeau, representada en 1836 en el mismo teatro.

Entre las restantes obras suyas son dignas de recuerdo: Le chalet (1834), La reine d’un jour (1839), Cagliostro (1844), Le toréador (1849) y Si yo fuera rey (v.); y entre los ballets: Faust (1832) y Giselle (1841). También alcanzó un gran renombre como pianista, organista y crítico musical.

Publicó sus memorias en dos volúmenes: Souvenirs d’un musicien (1857) y Derniers souvenirs d’un musicien (1859).

A. Pironti

Manuel Acuña

Poeta mexicano n. en Saltillo (Coahuila) el 26 de agosto de 1849 y que se suicidó, en la ciudad de México, el 6 de diciembre de 1873.

Llegó a los 16 años de edad a la capital de la República para estudiar medicina, se enamoró locamente y se quitó la vida al no verse correspondido. Su temperamento lírico está volcado en sus escasas Poesías (v.).

Impulsivo, con destellos de genio, su vida y su obra se truncan sin llegar a cuajar: becqueriano en Hojas se­cas y materialista en Ante un cadáver, llega a la ingenuidad romántica en su Nocturno, que es el poema que le ha valido más noto­riedad.

Es realmente un romántico de pri­mera época, con su significación de protesta revolucionaria sin compensaciones, sin el consuelo de la fe y sin la resignación que la madurez suele proporcionar o propiciar. Los prosaísmos y  la superficialidad que lo aquejan son pecados de juventud: la sen­cilla eficacia de su popular Nocturno nos mueve a pensar en lo que podría haber sido este «poeta genial en cierne».

Su drama El pasado, estrenado en 1872, violentamente ro­mántico, nos ofrece una característica más . de la personalidad balbuciente del escritor que se negó a llegar a ser lo que pretendía.

J. Sapiña