Ambrosiáster

Es el nombre con que se indica al desconocido autor de un Co­mentario a San Pablo (v.) que en la Edad Media, o acaso antes, había sido atribuido a San Ambrosio, quizá porque éste, en una carta suya (la XXXVII), había prometido unas homilías sobre San Pablo. Pero la críti­ca reconoció falsa la paternidad ambrosiana, sin llegar, por otra parte, a identificar a su autor.

Las hipótesis emitidas sucesivamente por Morin, que quiso identificarlo primero con Isaac Judeo, que luchó en Roma con­tra el papa Dámaso — y el comentario fue escrito bajo su pontificado (366-384), como se deduce de «En I Tim., III, 14» — y fue desterrado por Graciano a España; después, con Décimo Hilariano Hilario, político del que no ha quedado ningún indicio de acti­vidad literaria, y por último con Emiliano Dextro, hijo de Paciano de Barcelona, han fracasado todas, y como la crítica no puede exponer otras hipótesis, al nombre de Ambrosiáster corresponde una obra, no un autor.

G. Lazzati

San Ambrosio

Nacido hacia el 340, pro­bablemente en Tréveris, donde su padre tenía la sede de prepósito en la prefectura de las Galias; m. en Milán el 4 de abril de 397.

De familia cristiana que se vanaglo­riaba de tener entre sus miembros a la vir­gen y mártir Sotera, pasó su juventud, des­pués de la muerte de su padre, en Roma, en un ambiente saturado de ideal cristiano, y vio a su hermana Marcelina hacer pro­fesión de virginidad ante el papa Liberio.

Asistió con su hermano mayor Sátiro a los cursos de gramática y retórica y fue al principio encaminado a la carrera forense, de la cual pasó, gracias a Sexto Petronio, a la administrativa, sobresaliendo en ella inmediatamente por sus dotes, hasta el pun­to de ser enviado como «consularis» a go­bernar las provincias de Liguria y Emilia.

Hacia el 370 se estableció en Milán, donde se granjeó la estimación y afecto de todos en una situación difícil, no sólo por las lu­chas entre paganos y arríanos, sino en el mismo seno de estos últimos entre ortodo­xos y arríanos.

A la muerte del obispo arriano Ausencio, las dificultades para la elección de sucesor fueron resueltas con el nombramiento de Ambrosio , que de esta manera pasó de magistrado a obispo. Fue ordenado el 7 de diciembre del 374, ocho días después de haber recibido el bautismo, retardado se­gún el uso de entonces, a pesar de que Ambrosio  era de familia cristiana.

Repartida su hacienda entera entre la Iglesia y los pobres, Ambrosio  se entregó totalmente al ejercicio de su alta misión. Y en el cuidado de su grey, así como en la defensa de la Iglesia contra los paganos y los herejes, demostró una energía, una voluntad y un valor insospe­chables en su débil constitución física.

Lu­chó contra los paganos para impedir la res­tauración de sus cultos idolátricos; es fa­mosa su disputa con Símaco, que quería restablecer en el Senado el Ara de la Vic­toria (384). Escribió contra los arríanos De la encamación del Señor (v.) y desarrolló, a través de concilios y con una densa red de relaciones con otros obispos, una acción tendente a truncar su actividad desintegra- dora; cuando un decreto de Valentiniano III ordenó que se entregaran a los herejes algu­nas basílicas católicas, Ambrosio  se opuso con fir­meza, apoyado por el pueblo, que ocupó los edificios disputados (386).

Por una lucha u otra, Ambrosio  hubo de entrar al fin en relación con los emperadores, cerca de los cuales, desde Valentiniano I hasta Teodosio, supo ejercer decisiva influencia; dedicó al joven Graciano dos obras teológicas: De la fe (v.) y Del Espíritu Santo (v.). Con él se fueron elaborando los principios fundamentales para regular las relaciones entre la Iglesia y el Estado, después de la situación creada por Constantino.

A su celo pastoral se debe la mayor parte de sus obras, que son, por lo general, predicaciones, revisadas y publi­cadas. Así, el famoso Hexamerón (v.), las exégesis sobre figuras del Antiguo Testa­mento o sobre el Evangelio de San Lucas, los escritos morales Los deberes de los mi­nistros de Dios (v.), los escritos ascéticos como el De las vírgenes (v.) y los dogmá­ticos De los misterios (v.) y De los Sacra­mentos.

Dejó, además, 91 cartas (v. Epísto­las) y algunos Himnos (v.) incluidos en el Breviario. Su incansable actividad, su ili­mitada disponibilidad para cuantos necesi­taban de él, causaron admiración en hom­bres como San Agustín, quien recibió de él un gran apoyo en su conversión; pero tal ardor apostólico acabó consumiéndolo. Su cuerpo se conserva en la basílica ambrosiana, juntamente con los de los mártires Gervasio y Protasio, encontrados por él.

G. Lazzati

Amaru

Resulta difícil establecer con se­guridad su cronología y su vida: figura en­tre los poetas que honraron la corte del rey Vikramāditya; pero sería muy arriesgado afirmar que fuera contemporáneo de Kālidāsa.

Según la tradición más general, se identificaría con el filósofo Śankara, el cual, habiendo formado parte del botín de un rey de Cachemira, llamado Amaru, tuvo posibi­lidad de enriquecerse, en su gineceo, con aquellas experiencias de amor cuyo desco­nocimiento habían sido causa de un fracaso en un certamen poético.

Sus cien estrofas serían precisamente el recuerdo de las rela­ciones que había tenido con otras tantas cortesanas. Ānandavardhana (hacia el 850 d. de C.) recuerda el Amaruśataka (v.) o «centenar de Amaru» como una obra digna de fama y Vāmana (hacia el 900 d. de C.) cita tres estancias de ella sin indicar, no obs­tante, el nombre de su autor.

La obra, con­siderada como clásica en numerosos comen­tarios de los siglos X y XI, nos ha sido conservada a través de cuatro revisiones.

O. Botto

Emerico Amari

Nacido el 9 de mayo de 1810 en Palermo, m. en la misma ciudad el 21 de septiembre de 1870. Dedicado especial­mente al estudio del Derecho penal, llegó todavía joven, en 1841, a la cátedra del Ateneo de Palermo.

Sensible a las nuevas exigencias políticas, tomó parte en la insu­rrección antiborbónica de 1847, aceptando formar parte del Comité de Salvación Pú­blica y del Parlamento siciliano, y cuando este Parlamento indica como rey de Sicilia al duque de Génova, se encarga a Amari de la misión.

Fracasado el movimiento revolucio­nario, Amari encuentra refugio en Piamonte. Aquí reanuda su vida de estudio y al mismo tiempo dirige La croce di Savoia. Se recuer­dan de él Saggio sulla teoría del progresso, La natura e i progressi dell’industria y es­pecialmente la Crítica de una ciencia de las legislaciones comparadas (1857, v.)

R. Richard

Michele Amari

Nacido en Palermo el 7 de julio de 1806, m. en Florencia el 16 de ju­lio de 1889. Fracasados sus estudios de Inge­niería militar por falta de medios, la con­dena de su padre a treinta años, por su participación en la frustrada revolución de Palermo, le llevó a frecuentar los ambientes revolucionarios.

En 1842 apareció en Nápoles la primera edición de Guerra de las Vísperas Sicilianas (v.), por la que fue per­seguido, lo que le obligó a desterrarse, mar­chando a París. En contacto allí con otros emigrados políticos, fue modificando su pen­samiento político, partidario primero de la autonomía siciliana.

Al estallar de nuevo la revolución en Sicilia, en 1848, volvió a la isla, donde desempeñó los cargos de miem­bro del Comité de guerra, diputado en el Parlamento, profesor de Derecho público siciliano, ministro de Hacienda y represen­tante del Gobierno revolucionario en París y en Londres.

Al fracasar la revolución, se refugió de nuevo en París y, entusiasmado ante la idea de unificación italiana, se mos­tró partidario de la monarquía saboyana. Vuelto al fin a Italia, obtuvo cargos académicos y políticos. A los 59 años se casó con Carolina Boucher, de la que tuvo tres hijos.

El estudio del árabe, comenzado en París, había dado sus frutos entre 1854 y 1872 con la Historia de los musulmanes de Sicilia (v.), que, con el anexo de una Biblioteca arabo-sicula, dio a conocer un aspecto de la historia italiana casi descono­cido hasta entonces.

N. Rellini Lerz