San Ambrosio

Nacido hacia el 340, pro­bablemente en Tréveris, donde su padre tenía la sede de prepósito en la prefectura de las Galias; m. en Milán el 4 de abril de 397.

De familia cristiana que se vanaglo­riaba de tener entre sus miembros a la vir­gen y mártir Sotera, pasó su juventud, des­pués de la muerte de su padre, en Roma, en un ambiente saturado de ideal cristiano, y vio a su hermana Marcelina hacer pro­fesión de virginidad ante el papa Liberio.

Asistió con su hermano mayor Sátiro a los cursos de gramática y retórica y fue al principio encaminado a la carrera forense, de la cual pasó, gracias a Sexto Petronio, a la administrativa, sobresaliendo en ella inmediatamente por sus dotes, hasta el pun­to de ser enviado como «consularis» a go­bernar las provincias de Liguria y Emilia.

Hacia el 370 se estableció en Milán, donde se granjeó la estimación y afecto de todos en una situación difícil, no sólo por las lu­chas entre paganos y arríanos, sino en el mismo seno de estos últimos entre ortodo­xos y arríanos.

A la muerte del obispo arriano Ausencio, las dificultades para la elección de sucesor fueron resueltas con el nombramiento de Ambrosio , que de esta manera pasó de magistrado a obispo. Fue ordenado el 7 de diciembre del 374, ocho días después de haber recibido el bautismo, retardado se­gún el uso de entonces, a pesar de que Ambrosio  era de familia cristiana.

Repartida su hacienda entera entre la Iglesia y los pobres, Ambrosio  se entregó totalmente al ejercicio de su alta misión. Y en el cuidado de su grey, así como en la defensa de la Iglesia contra los paganos y los herejes, demostró una energía, una voluntad y un valor insospe­chables en su débil constitución física.

Lu­chó contra los paganos para impedir la res­tauración de sus cultos idolátricos; es fa­mosa su disputa con Símaco, que quería restablecer en el Senado el Ara de la Vic­toria (384). Escribió contra los arríanos De la encamación del Señor (v.) y desarrolló, a través de concilios y con una densa red de relaciones con otros obispos, una acción tendente a truncar su actividad desintegra- dora; cuando un decreto de Valentiniano III ordenó que se entregaran a los herejes algu­nas basílicas católicas, Ambrosio  se opuso con fir­meza, apoyado por el pueblo, que ocupó los edificios disputados (386).

Por una lucha u otra, Ambrosio  hubo de entrar al fin en relación con los emperadores, cerca de los cuales, desde Valentiniano I hasta Teodosio, supo ejercer decisiva influencia; dedicó al joven Graciano dos obras teológicas: De la fe (v.) y Del Espíritu Santo (v.). Con él se fueron elaborando los principios fundamentales para regular las relaciones entre la Iglesia y el Estado, después de la situación creada por Constantino.

A su celo pastoral se debe la mayor parte de sus obras, que son, por lo general, predicaciones, revisadas y publi­cadas. Así, el famoso Hexamerón (v.), las exégesis sobre figuras del Antiguo Testa­mento o sobre el Evangelio de San Lucas, los escritos morales Los deberes de los mi­nistros de Dios (v.), los escritos ascéticos como el De las vírgenes (v.) y los dogmá­ticos De los misterios (v.) y De los Sacra­mentos.

Dejó, además, 91 cartas (v. Epísto­las) y algunos Himnos (v.) incluidos en el Breviario. Su incansable actividad, su ili­mitada disponibilidad para cuantos necesi­taban de él, causaron admiración en hom­bres como San Agustín, quien recibió de él un gran apoyo en su conversión; pero tal ardor apostólico acabó consumiéndolo. Su cuerpo se conserva en la basílica ambrosiana, juntamente con los de los mártires Gervasio y Protasio, encontrados por él.

G. Lazzati