Profeta del siglo VIII a. de C., del que se ha conservado el homónimo libro profético (v. Amos). Pastor y recolector de sicómoros originariamente, conserva el carácter duro y rudo de su tierra en los violentos apostrofes que dirige contra las acicaladas damas ciudadanas a las que llama «vacas de Basán».
Ama su áspero trabajo y se muestra orgulloso frente a aquellos muertos de hambre de las corporaciones proféticas que se disputan la hogaza con cantos y oráculos. Él no formaba parte de estos conventículos, él no era profeta ni hijo de profeta.
Era un simple pastor, pero dotado de inspiración divina, como el rugido de un león en acecho tras una roca, del que nadie puede prever el momento y el lugar en que se arrojará sobre el rebaño. En sus peregrinaciones aprendió a conocer y a despreciar la frívola sociedad ciudadana. En Betel profetiza a los ciudadanos regalones la destrucción del lugar.
Y a Amasias, que, protegido por el rey Jeroboam, le expulsa del país, le anuncia su muerte en tierra extranjera y la futura prostitución de su propia mujer. Quizá se retirara luego a su nativa Tecua, situada sobre una pequeña altura, no lejos de Belén, donde terminó serenamente sus días.
