Anandarāyamakhin

Hijo de cierto Narayana. De este autor dramático indio sólo se sabe que vivió en Tandjore en el siglo XVIII.

Se le deben dos nataka (come­dias heroicas de cinco a diez actos o anka); tales obras pertenecen al más importante y apreciado de los diez géneros superiores del teatro clásico indio, género cuyo origen se remonta al siglo III y sucedió, con la epopeya erudita (mahakavya), a las decla­maciones de los antiguos rapsodas (itihasas).

Las dos piezas de nuestro autor se titulan Jīvānandana (v.) y Vidyaparinaya.

Anaxagoras

Nacido en Clazomene hacia el 500 a. de C., m. en Lampsaco en el 428 o 427. Fue uno de los filósofos más origina­les y más fecundos en ideas anticipadoras que tuvo Grecia.

Permaneció largo tiempo en Atenas — unos treinta años —, y allí ejerció la enseñanza (se dice que entre sus discípulos figuró Eurípides), gozando siem­pre del favor de Pericles.

En 432 hubo de sufrir, por acusación promovida por Cleón, un proceso de impiedad a causa de ciertas atrevidas teorías astronómicas (afirmaba, entre otras cosas, que el Sol era una masa de fuego incandescente y que era más grande que el Peloponeso; por otra parte, en sus explicaciones acerca del origen de los astros se ha podido ver casi una antici­pación a las hipótesis de Kant y de Laplace); pero, en realidad, por lo que parece, por­que se quiso atacar en él al amigo del gran político.

Condenado a muerte, buscó la sal­vación en la fuga, y se retiró a Lampsaco, donde abrió nueva escuela y donde murió.

Le dieron el apodo de «ñus», es decir, «men­te», porque en su sistema filosófico de ex­plicación del universo, la mente desempeña una función predominante: según dicho sis­tema, el estado original de la naturaleza consistía en una mezcla confusa de gér­menes o «semillas», de las cuales, por efec­to de un movimiento de rotación, se sepa­raron sucesivamente los seres ígneos, el aire, la tierra, los astros.

Anaxagoras atribuye este movi­miento de separación no a una causa mecá­nica y material, sino precisamente a una causa inteligente, a una causa motriz y al mismo tiempo inteligencia ordenadora, el «ñus», como nos lo dicen las mismas pala­bras de Anaxagoras en su obra De la naturaleza (v.), palabras de una sencillez solemne, bíblica: «Todas las cosas estaban confusas; después sobrevino el ñus y las separó ordenán­dolas».

Su doctrina constituye también su vida interior. Acusado por sus parientes de malversación del patrimonio, les cedió todos sus bienes para entregarse totalmente a la contemplación de la naturaleza, en la que veía la finalidad de la vida, manteniéndose alejado de los asuntos de la ciudad; y a quien le preguntaba si tenía alguna preo­cupación por la patria, contestaba que la tenía, y muchísima, y señalaba al cielo, su verdadera patria.

Q. Cataudella

Jacques Amyot

Nacido en Melun el 30 de octubre de 1513, m. en Auxerre el 6 de febrero de 1593. De humilde origen, des­pués de una juventud dedicada al estudio profesó en la Universidad de Bourges y ob­tuvo de Francisco I el beneficio de la aba­día de Bellozane (1546).

Ya se había ensa­yado en la traducción de Teágenes y Cariclea (v. Etiópicas) de Heliodoro, cuando, al acudir al Concilio de Trento en el séquito del cardenal de Tournon, tuvo ocasión de frecuentar las bibliotecas italianas.

A su regreso (1552) fue preceptor de los hijos de Enrique II, los futuros Carlos IX y En­rique III, y continuó traduciendo en un lenguaje ameno, preciso y flexible a Dio- doro Sículo (1554), Dafnis y Cloe de Lon­go (1559, v.) y las Vidas de Plutarco (1558- 59, v.).

Sin poseer el vigor ni la erudición de los grandes humanistas, es, sin embargo, el primero en ofrecer traducciones de los antiguos destinadas a un público amplio. Gran limosnero (1560), obispo de Auxerre (1570), rodeado de estudiosos y literatos, publica todavía la traducción de las Obras morales de Plutarco (1572, v.) y comparte los cuidados de la diócesis con los estudios eclesiásticos.

La acusación de haber apro­bado el asesinato del duque de Guisa, inte­rrumpió su carrera: hubo de abandonar Auxerre, su casa fue saqueada (1589) y, cuando pudo regresar al palacio episcopal y recuperar la tranquilidad, le quedaban pocos años de vida.

S. Morando

Roald Engelbret Amundsen

Nacido el 16 de julio de 1872, en Borge, en el Östfold; m. en el mar Polar, cerca de la isla de los Osos, en junio de 1928.

Interrumpió pronto sus estudios de medicina para .dedicarse a los preferidos de geografía polar. Acom­pañó como oficial timonel al belga De Gerlache en su expedición a la Antártida (1897- 99).

Pero su sueño consistía en reanudar las rutas de las expediciones boreales de McClure y de J. Franklin y descubrir aquel paso del Noroeste, del Atlántico al Pací­fico, que los navegantes habían buscado desde la segunda mitad del siglo XV.

Ha­biendo partido, el 1. ° de julio de 1903, de Cristiania (hoy Oslo) con seis compañeros a bordo de una pequeña ballenera, la «Gjoa», llegó al estrecho de Bering el 30 de agosto de 1906. Vuelto a su patria, pretendió reno­var la ruta de Nansen dejándose llevar a la deriva a través del estrecho de Bering hacia el Ártico, al norte de Asia; pero, des­pués de obtener del Parlamento los medios económicos y la misma nave de su com­patriota (la vieja «Fram»), desistió de su intento al saber que el Polo Norte había sido alcanzado por Peary; y partió, por el contrario, el 10 de agosto de 1910 para des­cubrir el Polo Antártico.

Llegó a la bahía de las Ballenas en enero de 1911, partió con cinco hombres, cuatro trineos y cincuenta y dos perros atravesando las más altas cumbres de la Antártida hacia la meta, que alcanzó antes que el explorador Scott.

Acogido como triunfador a su regreso a Europa, no abandonó su proyecto de expe­dición al Polo Ártico; pero esta expedi­ción, emprendida a bordo de la «Maud» en julio de 1918, fue suspendida muchas veces, por insuperables dificultades, y rea­nudada en vano, incluso con el empleo de aeronaves.

Participaron en ella, además de Sverdrup, el oceanógrafo sueco F. Malmgren, que debía morir trágicamente des­pués en la expedición Nobile. Amundsen renovó sus esfuerzos por llegar al polo por vía aérea desde Svalbard, recurriendo a la ayuda del mecenas americano Ellesworth, y sirviéndose de aeroplanos italianos primero e in­tentando de nuevo la empresa con el diri­gible mandado por el general Nobile.

No contento con haber realizado los dos viajes circumpolares, desde el Noroeste y desde el Nordeste, quiso, ante la noticia del infor­tunado vuelo del «Italia», acudir en socorro de los supervivientes, y desapareció en el Ártico con él avión de socorro enviado por el Gobierno francés. Él mismo nos ha de­jado animado testimonio de sus viajes en El polo Sur (v.) y en Mi vuelo polar hasta los 88° de latitud norte (v.).

M. Gabrielli

Ana Comnena

Princesa bizantina, ha dejado unido su nombre a una obra histórica que comprende la época de las Cru­zadas y de las primeras relaciones entre Oriente y Occidente (1069-1118). N. en 1083, m. en 1150; la ambiciosa Ana se refugió en la historia cuando vio frustradas sus espe­ranzas de reinar.

Recibió de su padre, Alejo Comneno (1081-1118), que ya hacía dos años que reinaba cuando ella nació, cuidadosa educación literaria, y fue prometida, toda­vía de tierna edad, a Constantino Dukas, hijo del emperador Miguel VII Dukas, que había sido destronado en 1078.

Muerto su prometido, se casó con Nicéforo Briennio, veintiún años mayor que ella, hijo del general homónimo y también él buen lite­rato. Puede creerse que no fue un matri­monio de amor. Ana ayudaba a su padre en los asuntos de Estado, adquiriendo, con la experiencia de la administración, el ansia del poder.

Su madre, Irene, que sentía debi­lidad por ella, usó de toda suerte de me­dios para convencer a su marido Alejo de que excluyera de la sucesión a su hijo Juan y dejara el trono a Ana y a su marido. La negativa del emperador y la lealtad del pro­pio Briennio hicieron vanas todas las ten­tativas, de modo que, a la muerte de Alejo, las dos mujeres, desilusionadas, se retira­ron a un monasterio.

No dejaron, sin em­bargo, de tramar intrigas para apoderarse del poder, y al fin urdieron una conjura contra el nuevo emperador. Pero una vez más Briennio anuló las intrigas de su cón­yuge, la cual lo cubrió de injurias.

A con­secuencia del descubrimiento de la conju­ración, fueron confiscados los bienes de Ana; pero poco después le fueron devueltos gracias a la generosidad de su hermano. A partir de entonces, la desilusionada A., ya de treinta y cinco años, se despidió de sus ambiciones y se refugió en sus recuerdos, narrando para la posteridad la vida y las obras de Alejo. Así nació la Alexíada (v.), en quince libros (1148), concebida como una continuación a la Historia de Alejo Comneno (v.), obra que Nicéforo Briennio dejó sin terminar.

B. Lavagnini