Abū Bakr ibn ‘Ammār

(Abenamar). M. en 1086. Fue en su juventud de humilde condición y algo estrafalario, excelente poe­ta que había estudiado literatura en Cór­doba y Silves, y ganaba su sustento com­poniendo poesías laudatorias a todo aquel que se las pagase, lo cual le permitía ron­dar a lo largo y lo ancho de la España musulmana.

Cuando Almotámid (1040-1095) con su ejército sevillano tomó Silves, oyó hablar de nuestro autor, que merodeaba por allí, y quiso conocerlo personalmente. Aman­tes ambos de la buena poesía, puesto que Almotámid era también un buen versifica­dor, y de la vida disipada, trabaron muy pronto íntima amistad, que en Almotámid, criado en la opulencia, era generosa y arre­batada, en tanto que en nuestro poeta, hom­bre curtido en las adversidades de la lucha diaria por la existencia, era más bien escép­tica y como si presintiera que aquel mutuo afecto que tan sincero parecía, tendría un mal fin.

Por de pronto, tras unos años de compadrazgo en Sevilla, sin que se sepan con exactitud cuáles sean las causas, fue desterrado a Zaragoza. Más tarde, a la muer­te de su padre, Almotámid ocupó el trono de Sevilla y enalteció a su amigo, al que primeramente dio el gobierno de Silves y luego le nombró gran visir de su corona, desde cuyo puesto, nuestro poeta trabajó con ahínco para defender aquel reino de la creciente amenaza de los cristianos.

Una leyenda afirma que este personaje, al ven­cer a Alfonso VI en una partida de aje­drez, consiguió que éste retirase sus tropas ya victoriosas del territorio del reino de Sevilla. Hábil político, siempre al servi­cio de su rey y amigo Almotámid, y am­bicionando éste apoderarse de Murcia, don­de reinaba Abentáhir, concertó una alian­za con el conde de Barcelona, Ramón Berenguer II, Cabeza de Estopa, a cambio de una cantidad y con la garantía de Raxid, hijo de Almotámid, que quedaba en rehe­nes.

Al propio tiempo se aseguró la com­plicidad de Abenráxic, gobernador de Vélez, que al entregar su fortaleza, permitió la entrada triunfal del gran visir sevillano en la ciudad de Murcia. No obstante, aquel su gran triunfo político-militar fue la perdi­ción de nuestro poeta, por cuanto comenzó a gobernar en Murcia cual si fuera un rey y no un simple gobernador, negándose a poner en libertad a Abentáhir a pesar de las órdenes que en este sentido le daba su soberano.

Ello, unido a las intrigas de los envidiosos de su gloria, entre los que figu­raba el visir Abubequer Benzaidom, hijo del poeta de Córdoba, lo indispuso con Al­motámid. Y como Abentáhir consiguiera huir gracias a la ayuda que le prestara Abdelaiz, rey de Valencia, nuestro autor montó en cólera, perdió la sensatez y escri­bió unos versos violentísimos contra el rey de Valencia y tina sátira agresiva con­tra su propio rey Almotámid y toda su corte de «hombres infames», al tiempo que pedía ayuda a Alfonso VI, que se la negó alegando despectivamente que eran aqué­llas disputas entre ladrones.

Viéndose per­dido, logró huir a Zaragoza, donde entró al servicio de aquellos reyes. Y cuando atacaba a Segura fue hecho prisionero y ven­dido al mejor postor, que resultó ser el afrentado y vengativo Almotámid, que lo mató con su propia mano, cumpliéndose así el cruel presentimiento que había embar­gado la vida del poeta de Silves (v. Qasīda en rā’).

J. R. Manent

Marcelino Amiano

Nacido hacia el 330 en Antioquía, m. en Roma en fecha ignorada. Es la postrera gran voz de la historia ro­mana, y con Símaco y con Claudiano, la última y vigorosa afirmación de su fe y de su destino.

Sirio de sangre, romano de espíritu y de educación, vivió durante casi me­dio siglo en plena admiración de los ideales de Roma, primero como soldado, en el sé­quito del general Ursicino y del emperador Juliano en diversas campañas dentro y fuera de Italia; después como escritor vigoroso, animado y original en la forma y en el pensamiento.

Templó las adquisiciones cul­turales de una tradición gloriosa con la experiencia de una vida agitada, entre cor­tes y campamentos, entre príncipes y gene­rales, entre la plebe y la aristocracia, que lo consagraron como una personalidad sin­cera, fuerte, segura, y dotada de un sentido crítico desapasionado, realista, sencillo.

Y fue la suya una historia verdadera «sine ira et studio», consciente como era de que la dignidad del narrador no reside en la exaltación cortesana de supuestas virtudes ni en fáciles y sentimentales reticencias, sino en decir lealmente, generosamente, no­blemente: «He escrito una obra que tiene por fin la verdad, a la que nunca, según creo, me he atrevido a traicionar con el silencio o con la mentira»; palabras solem­nes, programáticas, con las que Amiano cierra los 31 libros de las Historias (v.) que, supe­rando la Historia Augusta y elevándose a la altura de Tácito, tienen por tema los dramá­ticos acontecimientos desarrollados desde el principado de Nerva hasta la muerte de Valente (96-378).

Sólo han llegado hasta nosotros los últimos 18 libros, que contie­nen los sucesos contemporáneos al autor. Historia vivida, por lo tanto, como la de Tácito y la de Polibio, donde más compro­metida aparece la personalidad del narra­dor severo y consciente, no turbado por nostálgicas evocaciones del pasado, sino su­mergido totalmente en el presente.

En ellos, junto con sus aventuras personales, hace revivir en una atmósfera de poderoso he­roísmo el último drama del Imperio romano, que no se resigna a morir atacado apremiantemente por dos fuerzas opuestas y con­céntricas: las guerras contra los bárbaros en el exterior, la desbordante vitalidad de la nueva cultura cristiana en el interior.

Amiano se convierte en observador atento de este ator­mentado drama de hombres, de instituciones, de culturas: juzga, elogia y condena con absoluta imparcialidad a los grandes actores de la historia.

Eleva un himno a Juliano el Apóstata, conservador de la anti­gua fe de Roma y deseado ideal suyo de «optimus princeps»; pero le reprocha su inmoderada complacencia ante el aplauso y la adulación, su excesiva condescendencia a los deseos de los amigos, su gula y su desen­freno de costumbres, y sobre todo su intran­sigencia injustificada e inclemente contra el cristianismo; de Constancio, a quien odió siempre, censura sus muchos vicios, pero no oculta sus pocas virtudes; de Valentiniano resalta su inaudita crueldad, pero elo­gia su prudencia y su astucia diplomática; rinde culto y veneración a la majestad del Imperio, pero reconoce que la religión cris­tiana es «franca y pura», ya que «sólo lleva a los hombres a la justicia y a la manse­dumbre», y admira la serenidad de la fe y el intrépido valor de los «mártires» cris­tianos.

Se ha supuesto que Amiano se había con­vertido a la nueva religión, por la que sin­tió, en verdad, una viva y no siempre bien oculta simpatía; pero en el fondo, continuó siendo un pagano, un politeísta convencido.

Roma, donde él, quizá por su dignidad sena­torial, pasó el último período de su vida, en contacto con los ambientes tradicionales de Símaco y de Agorio Pretextato, estuvo siempre en la cima de sus preocupaciones de hombre y de historiador, como ciudad a la que «la voluntad divina hizo señorear desde la cuna, con promesa de vida eterna»; y fue bueno para él que pudiera cerrar los ojos a finales del siglo IV, acunado por este sueño radiante.

B. Riposati

Henri-Frédéric Amiel

Nacido el 27 de sep­tiembre de 1821 en Ginebra, m. en la mis­ma ciudad el 11 de mayo de 1881. Huérfano de madre a los 11 años y de padre a los 14, su salud delicada y su adolescencia melan­cólica le inclinaron en gran manera a la meditación; la «feminidad» de su carácter se acentuó en casa de su tío, donde había sido acogido, y donde había muchas muje­res, hermanas y primas.

Estudió en el cole­gio y desde 1838 hasta 1841 en la acade­mia local; viajó en 1841 y 1842 por el sur de Francia y por Italia, y en 1843, por Fran­cia, Bélgica, Holanda y Renania; en octu­bre de este año se encuentra en Heidelberg, y un año después en Berlín, donde permanece de un modo casi ininterrumpido hasta 1848, interesado por la filosofía ale­mana, en especial por los cursos de Schelling.

Vuelto a Ginebra, es nombrado en 1849 profesor de Estética y Literatura en la Aca­demia, y pasa al año siguiente a la cáte­dra de Filosofía. Después, nada más ya has­ta el fin de su vida. Su enseñanza, nada brillante, tuvo poca resonancia en la ciu­dad; su obra crítica (v. Ensayos críticos), poco señalada, pasó inadvertida.

Modesta también su poesía (Grains de mil, 1854; El Pensador, 1858; La part du rêve, 1863; Les étrangères — versiones —, 1876; Jour à jour, 1880). A él, que era un sedentario, le corres­pondió componer el himno nacional «Rou­lez, tambours».

Por lo demás, una vida de estudioso célibe, huésped largo tiempo de una hermana casada y después, en los últi­mos diez años de su vida, de una casi alumna suya y «ahijada», Berta Vadier. Su diario (v. Fragmentos de un diario íntimo) revelará el secreto de esta alma singular. Timidez y miedo lo tuvieron fuera de la vida, de la que, sin embargo, tenía sed, amargo sentimiento.

Rehusaba la vida por amor a la libertad: pobre libertad a la que unía el querer y que destruía con el aná­lisis. Éste era su único placer, su virtud, que demostraba, sin embargo, su quiebra cuando se definía cruelmente como «un huevo sin germen, una nuez vacía».

Poseía, no obstante, un corazón tierno, y su afecti­vidad, reprimida desde la adolescencia (an­tes que Freud habló él de «refoulement»), hubiera podido saciarse con el amor: en el matrimonio, en la regularidad hubiera en­contrado la paz; pero no se atrevió a correr el riesgo, dominar su amor hacia la libertad, su secreto egoísmo, aparte de otros frenos que procedían de sus parientes, de la rígida ciudad calvinista.

Más amigo que amante, acudieron a él las mujeres a complacer su pasión de psicólogo, a satisfacer su necesi­dad de intimidad, soñando todas con con­sagrarle la vida. Con una de ellas se com­portó de un modo particularmente ingrato: con la que él llama «Filina», gracias a la cual conoció tardíamente el amor pleno, quedando desilusionado. Sin embargo, hasta el final de su vida lo consolaron las muje­res, ahora filialmente: la dulce Fanny Mercier, que será la editora del Diario, y Berta Vadier.

Pero la razón, el consuelo, el obje­tivo de su vida fue el Diario, al que se abandona totalmente en los últimos tiem­pos, con una difícil sinceridad que envuelve, como con una luz de heroísmo, la figura del pálido, vacilante Amiel.

V. Lugli

Giovanni Battista Amici

Nacido el 25 de marzo de 1786 en Módena, m. el 10 de abril de 1863 en Florencia. Estudió filosofía y matemáticas en Módena y en Bolonia, obte­niendo el título de ingeniero-arquitecto.

Fue nombrado profesor de geometría y álgebra en el Instituto de Módena; pasó más tarde a la Universidad, cuando ésta fue restau­rada. Gracias a las subvenciones paternas, pudo dedicarse desde su juventud a los estu­dios de historia natural y de óptica, a los que dedicó gran parte de su vida cientí­fica.

El 15 de agosto de 1811 el R. Istituto de Milán, a propuesta de los astrónomos de Brera, lo premió con medalla de oro «por su telescopio semejante al de Herschel». Al año siguiente expuso en la Exposición de Artes e Industrias un microscopio cata- dióptrico y un telescopio a reflexión con tubo fijo y celostato móvil.

Construyó des­pués varios espejos y grandes objetivos acromáticos para el Observatorio de Florencia y para otros observatorios. Para la medida de la distancia de los componentes de las estrellas dobles y del diámetro de los planetas, construyó un micrómetro con lente bipartita, colocada entre el objetivo y el ocular del telescopio.

Llevó a cabo dife­rentes investigaciones fisiológicas y ana­tómicas con el microscopio catadióptrico y con el dióptrico acromático, que permitie­ron. el descubrimiento (1882) de los modos de reproducción de las plantas (v. Obser­vaciones microscópicas sobre varias plan­tas).

Para las observaciones astronómicas en el mar, construyó un nuevo tipo de arco repetidor. Extensa notoriedad alcanzaron las cámaras lúcidas aplicadas por Amici al te­lescopio y al microscopio. Entre los innu­merables instrumentos ópticos construidos por Amici figuran aparatos para la polarización de la luz y un prisma compuesto.

Midió los diámetros del Sol y de la Luna, la distancia de muchas estrellas dobles, las posiciones de los satélites de Júpiter y llevó a cabo numerosas observaciones físicas de planetas y cometas que han quedado inéditas en su mayor parte.

En 1831 fue llamado a Flo­rencia para suceder al astrónomo Pons en la dirección del Observatorio Astronómico del Museo de Física y de Historia Natural. Con sus investigaciones microscópicas con­tribuyó de un modo importante a la pato­logía vegetal con numerosos estudios sobre parásitos de las plantas.

G. Andrissi

Amenofis IV

(Amenhotep). Décimo rey de la dinastía XVIII de Egipto, hijo de Amenofis III, muerto a los 47 años, en el 21.° de su gobierno (hacia 1375-54 a. de C.).

Diferente de sus antecesores, no vinculó su nombre a famosas empresas militares, a vitales normas políticas ni a construcciones espléndidas, sino a una iniciativa que ten­día a un fin dinástico, en consonancia con el principio teocrático sobre el que repo­saba el poder del rey egipcio.

Habiendo renegado, en efecto, de Amón de Tebas, dios dinástico y nacional de sus antepasa­dos, se esforzó en introducir e imponer otro, el cual, en esencia, consistía en la revalorización del dios solar heliopolitano Ra, con su viejo nombre de Atón.

Aban­donó, además, su residencia en Egipto meri­dional — que todavía se denomina, con los griegos, Tebas — «la más estimada de las residencias», por antonomasia, del dios Amón. Fundó el centro religioso y, al mismo tiempo, nueva residencia real de Aketatón (literalmente «Horizonte del sol Atón»), en el Egipto Medio, donde terminó sus días, y cuyas ruinas han sido puestas al descubierto modernamente en las cercanías de la localidad de El-Amarna, en la orilla derecha del Nilo.

De acuerdo con su ini­ciativa, el rey sustituyó su propio nombre oficial, en el que figuraba el de Amón (Amenhotep = Amón se encuentra satisfe­cho), por otro con la mención de Atón: Eknatón (literalmente = agrada a Atón).

Ha llegado a nosotros una composición poética, el llamado Himno a Atón, del que se co­nocen dos redacciones, la «grande» y la «extractada», la primera de las cuales se encuentra en el interior de la tumba de uno de los sucesores del rey, Ai (Opp. Eie).

Según una hipótesis todo lo atractiva que se quiera, pero poco comprobable con los documentos que han llegado a nuestro cono­cimiento, el mismo rey sería el autor de la citada composición. Con respecto al con­tenido, la composición todavía no es hoy suficientemente juzgada y apreciada, bien por la incomprensión del fin al que tendía la iniciativa del rey, bien por su excesiva tendencia al lirismo que embellece más de una imagen y confiere relieve a los aconte­cimientos cotidianos.

Participa, en efecto, en gran medida de la himnografía del tiem­po y de la egipcia en general, de la que resuenan temas y motivos. El pasaje refe­rente a una presunta visión universal del rey, celebrando al dios sol que ilumina y hace vivir también a los extranjeros, pa­rece demasiado sobrevalorado, si se inter­preta en lo que cuenta: el hecho del domi­nio de Egipto, y por consecuencia el de sus dioses, sobre poblaciones y territorios con­quistados en Asia Menor hasta el Eufrates.

De las inscripciones cuneiformes de Amenofis IV sobresale un grupo de cartas cam­biadas con príncipes de Asia Menor, encon­tradas en El-Amarna, en los años 1882 y siguientes (v. Cartas de Tell El-Amarna). La figura de este rey y sus aventuras han ofrecido tema a populares novelas debidas a Clara Siemens y a Greta Auer, a Merejkovsky, a Simeón Strunski, a Madame Ta­foouis y a Mika Waltari.

E. Scamuzzi