Camillo Antona Traversi

Nacido en Mi­lán el 27 de noviembre de 1857, m. en Saint- Briac (Ille-et-Vilaine) el 31 de agosto de 1934.

Realizó los estudios de enseñanza me­dia en Roma y se licenció en Letras en la Universidad de Nápoles. Fue profesor de literatura italiana en el Liceo Nazareno de Roma y después en el Colegio Militar.

En 1891 ganó un concurso para desempeñar la cátedra de literatura italiana en la Universidad de Mesina. Entre sus numerosos estu­dios críticos sobre la vida y las obras de grandes autores italianos, recordamos: Ugo Foscolo nella famiglia (1884), Ugo Foscolo (obra en 5 vols. escrita en colaboración con Angelo Ottolini), La vera storia dei «Sepol­cri» di Ugo Foscolo (1884), Curiosità fo­scoliane, Giovanni Boccaccio, Il Canzoniere de Francesco Petrarca, Cose carducciane, Foglie dannunziane (1932), Curiosità dan­nunziane (1933), Vita di Gabriele d’Annun­zio (1933), D’Annunzio da documenti rari ed inediti (1934).

En 1891 interrumpió du­rante algún tiempo sus estudios literarios para dedicarse al teatro, emulando a su her­mano Giannino. Escribió Las Rozeno (1891, v.), Danza macabra (1893), Terra o fuoco?, La balia (en colaboración con S. Zambaldi), I fanciulli, Uno scandalo, Parassiti, Strozzini, Stabat Mater, La nuova famiglia, etc.

Habiendo quedado pobre a la muerte de su padre, se estableció en París, donde, du­rante once años, fue el colaborador artís­tico de Gabrielle Réjane y desempeñó tam­bién algún tiempo la secretaría general del Grand Guignol.

Son de este tiempo otras comedias que el autor hizo representar en francés: Le maitre d’école, Les tripoteurs, Vautrin, L’edera, La mystérieuse y unas cincuenta más de un solo acto, entre las que destacan La fiancée, Don Matteo, La grinfia di Giuda, La Venus masquée, L’espiazione, Il bavaglio.

Tradujo también muchas obras teatrales del francés y del inglés. Al per­manecer Antona Traversi durante 35 años en París, pudo crear una gran labor en favor de Ita­lia, de la que fue llamado embajador intelectual, contribuyendo sobre todo al pres­tigio del teatro italiano en Francia.

G. Galassi Beria

Antifón

Nacido en Atenas hacia el 480 a. de C., m. en 411. Es el primero, cronológi­camente, de los oradores áticos, y Tucídides, que fue, al parecer, discípulo suyo, dice de él «que no cedía a nadie en su tiempo».

Era hijo del sofista Sofilo y des­cendía de noble familia del demos de Ramnunte. El hecho de pertenecer a la nobleza le perjudicó, dados los tiempos que corrían, y le obligó a hacer vida apartada.

Tuvo una escuela de elocuencia; como abogado, es­cribió discursos por encargo y fue venal, al parecer, hasta el punto de ser satirizado por el comediógrafo Platón en el Pisandro (421). Miembro del Gobierno de los 400, marchó a Esparta para tratar de una paz muy peligrosa para Atenas, y realizó el viaje de regreso en una nave espartana.

A la caída del régimen, acusado de alta trai­ción, se defendió en un célebre discurso; pero fue condenado a muerte. La antigüe­dad le atribuyó 60 discursos, una colección de Proemios y un Arte retórica; sólo han llegado hasta nosotros doce oraciones ima­ginarias, divididas en tetralogías, sobre cuya autenticidad todavía se discute, y tres dis­cursos que fueron pronunciados en reali­dad: el primero se refiere a una acusación de envenenamiento del padre presentada por su propio hijo contra la madrastra; el segundo, el más importante, pronunciado entre 417 y 414, es la defensa de Eusiteo de Mitilene acusado de haber dado muerte al ateniense Herodes; el tercero, de 412, es la defensa de un corego acusado de haber provocado la muerte de un coreuta (v. Dis­cursos).

Las características del orador son: un profundo conocimiento del derecho ático, la fuerza de la argumentación y una noble gravedad en la expresión.

F. Pini

San Anselmo de Aosta

Nacido en Aosta en 1033 ó 1034, m. en Canterbury el 21 de abril de 1109. Tres naciones se lo disputan, o mejor dicho, tres naciones veneran su memoria: Italia, Francia e Inglaterra.

Sólo el tiempo de su juventud transcurrió en el Valle de Aosta, donde había nacido en el seno de una ilustre familia emparentada con la condesa Matilde de Toscana y con las más nobles familias del Piamonte; pero los senderos alpinos lo vieron a menudo pasar en su inquieta y juvenil búsqueda de las certezas con que soñaba.

Después de una tormentosa crisis espiritual, Francia le ofre­ció sus escuelas, sus maestros y sus disci­plinas y bien pronto le dio ocasión para encontrarse de un modo decisivo con otro italiano de insigne valor: el beato Lanfraneo, que había de convertirse en su guía y su amigo.

Habiendo entrado a los 26 años en la abadía de Bec-Hellouin, en Norman- día, cuya dirección había asumido Lanfranco, no debía tardar nuestro santo en sustituirlo en la sede abacial y, hasta 1093, vivió, enseñó, rezó y escribió en el seno de la célebre comunidad normanda.

En 1066, Guillermo de Normandía — el glorioso bas­tardo — había atravesado con sus tropas el canal de la Mancha, Inglaterra había cam­biado de dinastía y — a petición del ven­cedor— Lanfranco había aceptado la sede episcopal de Canterbury.

Tras la muerte de éste, pareció que tan alta dignidad no con­vendría a nadie mejor que al que el difunto había considerado como su mejor dis­cípulo. De este modo, Anselmo de Aosta, Anselmo de Bec-Hellouin, se convirtió en Anselmo de Canterbury, primado de Ingla­terra. Pero el cargo sólo debía reportarle pena y aflicción.

Guillermo II el Rojo (1087- 1100) no tenía la valía de su padre. En especial, adoptó contra la Iglesia una acti­tud de violencia y de dominación, a la que se opuso Anselmo. El conflicto derivó hacia el drama. Viendo amenazada su propia vida, el arzobispo hubo de huir.

Buscó refugio en Italia, y más tarde en Francia, utili­zando su obligado descanso para meditar sobre las cosas divinas y escribir un amplio ensayo sobre el tema de la Encarnación (v. Por qué Dios se hizo hombre). Muerto Guillermo II y vuelto Anselmo a Inglaterra, po­día esperarse que éste terminara en paz su misión pastoral.

No ocurrió así, sin embar­go. Enrique Beauclerc (1100-1131) —más cauto que su padre— abrigaba las mismas ambiciones. ¿Se tendría que dejar, pues, a la Iglesia bajo la pesada férula de un ti­rano? Una vez más se levantó la voz del gran obispo.

Tenía entonces 73 años; pero le pareció más digno el camino de un se­gundo destierro que el de una capitulación adornada con bellas palabras. Muchas con­denas explícitas cayeron sobre el rey desde Francia y desde Roma, y al fin hubo de someterse.

Anselmo volvió a su sede: vencedor, pero agotado. Y allí se extinguió. Era un alma dulce, un corazón tierno, una con­ciencia meditativa. Pero nada le hacía re­troceder cuando se trataba de las batallas de Dios. Junto a su actuación apostólica, figura en lugar preeminente su especulación teológica.

Escribió, para la escuela de Bec, fundada por Lanfranco y perfeccionada por él, el diálogo De grammatica, que es un verdadero curso de lógica. A continuación, compuso el Monologio (v.) y el Proslogio (v.), que pueden considerarse como una sola obra.

Contra el monje Gaunilón, que en el libro En defensa del insensato (v.) había opuesto dudas al famoso argumento onto­lògico de Anselmo, contestó éste con el Apolo­gético (v.). Entre otras muchas obras suyas se encuentran De fide Trinitatis et de incar­natane Verbi, contra Roscellino; De pro­cessione Spiritu Sancti contra Graecos, De veritate, De libero arbitrio, De casu dia­boli, Cur Deus homo, De concepta vergi­nali et de originali peccato, De concordia praescientiae et praedestinationis necnon gratiae Dei cum libero arbitrio, Meditationes et orationes, y un abundante e impor­tantísimo epistolario que arroja viva luz sobre el hombre y sobre su obra.

H. Daniel-Rops

Giovanni Andrea dell’ Anguillara

Nacido en Sutri hacia 1517, m. quizá en Roma des­pués de 1572. Figura de escaso relieve de la cultura italiana del siglo XVI, aparente­mente inmerso en un juego literario hecho totalmente de reflexión, con más cultura que creación propiamente dicha.

Su tra­ducción (1561) de las Metamorfosis de Ovi­dio, muy conocida en el Renacimiento, puede considerarse como un garboso pero poco original esfuerzo dentro de la corrien­te humanística. Más sobresaliente es el Edipo rey (1556, v.), adaptación de la tragedia de Sófocles a las costumbres y al humor de su época, con alguna no vulgar concesión a un gusto populachero y melodramático.

F. Giannessi

Innokenki Fedorovich Annenski

Nacido en 1856 en Petersburgo, m. en la misma ciu­dad el 30 de noviembre de 1909, comparte con Viacheslav Ivanov en la moderna lite­ratura rusa, como dramaturgo y como poe­ta, el mérito original de haber fundido la cultura clásica con las corrientes decadentes y simbolistas que fueron características de finales del siglo XIX y comienzos del XX.

Fue primero profesor de lingüística com­parada en los Cursos superiores femeninos de Petersburgo, director después de un co­legio en Kiev y de un instituto en Peters­burgo, y finalmente del Instituto de Tsarskoe Selo, desde donde fue trasladado de nuevo a Petersburgo, como inspector, a consecuencia de su actitud con respecto a la revolución de 1905.

Su compleja natura­leza de poeta se manifiesta no solamente en sus recopilaciones de poesías líricas, Dul­ces canciones, El cofrecillo de ciprés (v.) y últimos versos, y en las tragedias, El filósofo Melanipo, El rey Ixión, Laodamia y Tamira citarista, sino también en los auto­res que tradujo: Horacio y Eurípides, entre los clásicos; Baudelaire, Verlaine y Rimbaud entre los modernos, y en sus colec­ciones de críticas, El libro de las reflexio­nes y El segundo libro de las reflexiones.

La poesía de Annenski se caracteriza por el llamado sistema de «correspondencias» o paralelos entre los estados de ánimo y el mundo cir­cundante, que en la misma época fue muy utilizado por los poetas simbolistas como Andrei Bely y A. Blok, y fuera del sim­bolismo, por A. P. Chejov en su teatro. De las cuatro tragedias, sólo una, Tamira cita­rista, en la que reaparece el tema del toca­dor de cítara que desafía presuntuosamente a las Musas, y vencido por ellas es casti­gado con la ceguera y la privación del don de la música, fue puesta en escena por el «Teatro de cámara» de Tairov en Moscú, en 1916.

«Acción» muy extraña, mitad tra­gedia y mitad «drama satírico», como la califica el poeta Ivanov, Tamira citarista fue una de las pocas tentativas teatralmente logradas del teatro simbolista.

E. Lo Gatto