Antonino Liberal

Nada se sabe de la vida de este escritor griego, autor de una colección de Metamorfosis (v.). De su nom­bre se puede deducir que era un liberto de origen romano, y del estudio de su len­guaje y de su estilo, en el que se encuen­tran vocablos poéticos que sólo de un modo tardío entran en la prosa helenística y no pocas palabras de procedencia judeo-helenística usadas también por Plutarco, se le puede situar a finales del siglo II d. de C.

Las Metamorfosis nos han conservado tra­diciones populares y leyendas que de otro modo se habrían perdido sin dejar huellas, permitiéndonos, además, remontarnos a otros recopiladores como Nicandro y Beo.

San Antonino

Nacido en Florencia el 1.° de marzo de 1389, hijo de Nicolò Pierozzi, notario municipal, y m. siendo obispo de su ciudad natal setenta años después, sin que la gloria del obispado haya conseguido borrar en él la humilde y espléndida figura de protagonista de los cuatrocentescos florilegios dominicos.

Aunque obispo, figura en la extática fila de sus grandes predece­sores en la Orden — Raimondo da Capua, Giovanni Dominici, Lorenzo Ripafratta — no menos que en la de sus contemporá­neos, como fra Guglielmo y el beato An­gélico, entre los que vive.

Sacerdote desde 1413, los vicariatos y prioratos de Foligno, Cortona y Fiésole lo encaminaron de nue­vo a los conventos donde se había formado de joven, antes de impulsarlo hacia el Sur y junto al pontífice que habría de elevarlo a la sede florentina.

Durante el priorato de Nápoles escribió la primera de sus obras más conocidas, el Specchio di coscienza, reunida más tarde con otros dos opúsculos en el Confesional (v.). En 1430 pasó a Roma y pocos años después (1435) fue nombrado vicario general del centro y sur de Italia.

Uno de sus primeros actos consistió en la fundación del convento de San Marcos de Florencia, construido por la magnificencia de Cosme de Médicis, quien encargó de su fábrica a Michelozzo: el convento al que su nombre quedará siempre vinculado con los del beato Angélico y de Savonarola.

Convertido en prior del mismo (1439), llevó a cabo sus obras más importantes: la Summa moralis y las Chronicae (antes de 1437 había escrito también De ornatu mulierum).

El nombramiento de arzobispo (1445) no le apartó de sus costumbres ascéticas y de sus estudios sagrados, ratificándolo, por el contrario, en su desinterés por los movi­mientos filosóficos y humanistas contempo­ráneos, de carácter profano, e impulsándolo de un modo mayor a obras de caridad y de apostolado (v. Obra del bien vivir).

C. Falconi

Giannino Antona Traversi

Nacido en Milán el 7 de marzo de 1861, m. en Verona el 26 de diciembre de 1939. Se dio a cono­cer con la comedia en un acto La mattina dopo, premiada por el Ministerio de Ins­trucción Pública.

Y continuó desde enton­ces con éxito su fecunda producción de comedias, dramas y «novelas escenificadas», en las que se proponía representar al des­nudo, satirizándola, a la sociedad aristocrá­tica.

De su largo repertorio citemos: Dura lex (1892), Il braccialetto (1897), La es­cuela del marido (v.), La scalata dell’Olim­po (1900), L’amica (1901), Oh!… le dame e il gentiluomini (relatos escenificados, 1906); I màrtiri del lavoro (1909), La madre (dra­ma, 1911), El viaje de novios (v.), La pel­liccia di martora (1917), Il battistrada (1921), Le sale di Augia (1931), etc. Aparte cierta animación y la habilidad técnica, no se sa­bría qué elogiar en estos trabajos, en los que la sátira aparece desenfocada y superficial.

Durante la primera guerra mundial fue as­cendido a comandante y ganó una medalla de plata. En 1929 fue nombrado senador.

C. Falconi

Luigi Antonelli

Nacido el 22 de enero de 1882 en Castilenti (Ascoli), m. el 21 de no­viembre de 1942 en Pescara. Es una de las figuras más representativas entre los dra­maturgos del primer tercio del siglo XX que, junto con la revolución pirandelliana, contribuyeron a la renovación del teatro italiano.

Forma aparte, con Rosso di San Secondo, Chiarelli, Cavacchioli y otros, de aquella corriente calificada con el nombre de «teatro grotesco». Estudió Letras en Florencia y colaboró en varios periódicos.

Desde 1931, y durante casi diez años, fue crítico dramático del Giornale d’Italia. Te­nía una gran pasión por la ornitología. Sus primeras obras, La casa dei fanciulli (1909), Chiaro di luna (1910), Il convegno (1915), no anunciaban el espíritu original y poco común que mostró en El hombre que se encontró a sí mismo (1918, v.),

La fiaba dei tre maghi (1919), Bernardo l’eremita (1919), La montagna artificiale (1920), L’iso­la delle scimmie (1922), Il dramma, la com­media, la farsa (1926), La bottega dei sogni (1927), La rosa dei venti (1928), Il barone di Corbò‘ (1928), Il Maestro (1933). Escribió también dos volúmenes de cuentos: Il pi­pistrello e la bambola y Chioma d’oro.

G. Galassi Beria

Antímaco de Colofón

Muy pocas son las noticias que tenemos de la vida de Antímaco. Una tradición comúnmente aceptada lo hace natural de Colofón y del siglo IV a. de C.

Son, por el contrario, inseguras las supo­siciones aventuradas en la Suda sobre el nombre de su padre, Hiparco, y sobre sus relaciones personales con Paniassos y Stesimbroto. En cuanto a la época en que vivió, Suidas afirma que floreció antes que Pla­tón.

Es muy probable que la determinación del tiempo haya sido hecha de un modo aproximado, tomando como base las noti­cias que nos ha transmitido Cicerón (Brutus, 51), según las cuales Platón mandó a Colofón a su discípulo Heráclides Póntico a recoger las poesías de Antímaco después de la muerte de éste.

La anécdota, ciertamente legendaria, atestigua el alto concepto en que Platón tenía a nuestro poeta. Otra noti­cia, transmitida por Plutarco, y también insegura, nos hace saber que Antímaco tomó parte en un certamen poético en presencia de Lisandro, el cual prefirió la composición de otro desconocido llamado Nicerato.

En una época en que las antiguas formas de la épica y de la lírica parecían no responder ya a las necesidades de la nueva cultura y estaban casi completamente abandonadas, Antímaco escribió un largo poema épico en 24 li­bros, La Tebaida (v.), y un poema en dís­ticos elegiacos que tituló con el nombre de su mujer, Lidia (v.).

Por su erudición his­tórica y geográfica, por el interés etiológico, por su afición a las glosas y a las pala­bras insólitas, por el carácter narrativo de su elegía, Antímaco fue muy admirado en los tiempos alejandrinos. Admiración no compartida por Calimaco, quien consideraba la Lidia pesada y tosca. Gramático y poeta al mis­mo tiempo, Antímaco fue en verdad el precursor de los gustos y de la técnica de la poesía helenística.

L. Marzo Raminella