Innokenki Fedorovich Annenski

Nacido en 1856 en Petersburgo, m. en la misma ciu­dad el 30 de noviembre de 1909, comparte con Viacheslav Ivanov en la moderna lite­ratura rusa, como dramaturgo y como poe­ta, el mérito original de haber fundido la cultura clásica con las corrientes decadentes y simbolistas que fueron características de finales del siglo XIX y comienzos del XX.

Fue primero profesor de lingüística com­parada en los Cursos superiores femeninos de Petersburgo, director después de un co­legio en Kiev y de un instituto en Peters­burgo, y finalmente del Instituto de Tsarskoe Selo, desde donde fue trasladado de nuevo a Petersburgo, como inspector, a consecuencia de su actitud con respecto a la revolución de 1905.

Su compleja natura­leza de poeta se manifiesta no solamente en sus recopilaciones de poesías líricas, Dul­ces canciones, El cofrecillo de ciprés (v.) y últimos versos, y en las tragedias, El filósofo Melanipo, El rey Ixión, Laodamia y Tamira citarista, sino también en los auto­res que tradujo: Horacio y Eurípides, entre los clásicos; Baudelaire, Verlaine y Rimbaud entre los modernos, y en sus colec­ciones de críticas, El libro de las reflexio­nes y El segundo libro de las reflexiones.

La poesía de Annenski se caracteriza por el llamado sistema de «correspondencias» o paralelos entre los estados de ánimo y el mundo cir­cundante, que en la misma época fue muy utilizado por los poetas simbolistas como Andrei Bely y A. Blok, y fuera del sim­bolismo, por A. P. Chejov en su teatro. De las cuatro tragedias, sólo una, Tamira cita­rista, en la que reaparece el tema del toca­dor de cítara que desafía presuntuosamente a las Musas, y vencido por ellas es casti­gado con la ceguera y la privación del don de la música, fue puesta en escena por el «Teatro de cámara» de Tairov en Moscú, en 1916.

«Acción» muy extraña, mitad tra­gedia y mitad «drama satírico», como la califica el poeta Ivanov, Tamira citarista fue una de las pocas tentativas teatralmente logradas del teatro simbolista.

E. Lo Gatto