Apolodoro

Nacido en Atenas en fecha des­conocida; desarrolló su plena actividad ha­cia el 150 a. de C. Fue discípulo del gra­mático Aristarco y del estoico Diógenes de Seleucia.

Habiendo alcanzado gran fama, se trasladó a Alejandría, donde fundó una es­cuela según el modelo alejandrino. A este período corresponden sus numerosos tra­bajos de catalogación, como, por ejemplo, la obra De las naves, en la que se hace un inventario de cuanto se encuentra en las obras homéricas acerca de la navegación; un libro de Etimologías y otra obra: De los dioses.

Cuando hacia el 164 a. de C., Tolomeo Fiscón empezó a perseguir a los lite­ratos, Apolodoro hubo de abandonar Alejandría y se dirigió a Pérgamo. Allí mantuvo ami­gables relaciones con el rey Atalo II Filadelfo (159-138), a quien dedicó sus Cró­nicas, una especie de historia universal encuadrada en la cronología de Eratóstenes, que comprendía desde la caída de Troya has­ta el 120 a. de C.

Hacia el 133, volvió Apolodoro a Atenas, donde murió en fecha no precisada. Le son atribuidas muchas obras apócrifas, entre las cuales la más conocida es la Bi­blioteca (v.).

Apolinar de Laodicea, el Viejo

Retó­rico cristiano del siglo IV. Natural de Ale­jandría se trasladó a Siria, abriendo una escuela de retórica en Berito, después en Laodicea, donde fue ordenado sacerdote.

Con su hijo Apolinar el Joven, ya lector, asis­tía a las declamaciones del retórico Epi­fanio, y en una ocasión estuvieron presen­tes en la recitación de un himno a Baco, lo que ofreció al obispo arriano Teodoto un cómodo pretexto para excomulgarlos; pero ambos hicieron penitencia y fueron perdonados.

Padre e hijo eran fieles al «Credo» de Nicea y, bajo el sucesor de Teo­doto, Jorge, adversario de San Atanasio, acogieron a este último que, aun volviendo a Alejandría (346), era objeto de ataques: por lo que fueron nuevamente excomulga­dos.

Además de ser defensores de la orto­doxia, estaban entrambos convencidos de la necesidad de mantener viva, dentro del cristianismo, la tradición de la cultura clá­sica. Por ello quedaron amargamente sor­prendidos por el decreto de Juliano el Após­tata que, en 362, excluía a los cristianos de la enseñanza pública de la literatura anti­gua.

Decidieron reaccionar y se dedicaron a componer obras de inspiración cristiana, pero semejantes en la forma a los modelos clásicos (v. Poemas). Con una fecundidad impresionante redactaron en poco tiempo un poema en 24 libros sobre la historia he­brea hasta la muerte de Saúl, tragedias y comedias del tipo de las de Eurípides y Menandro, poesías líricas pindáricas y arre­glos de los Evangelios en diálogos platóni­cos.

Una producción en la que el mayor mérito corresponde a Apolinar el Viejo (el hijo, en tiempo del decreto de Juliano era ya obispo) y, a pesar de un juicio muy elo­gioso de Sozomeno, de mediocre valor artís­tico, pero de notable interés como testi­monio evidente del apego de muchos cris­tianos de la época por los reconocidos valo­res del clasicismo.

A. Pincherle

Apiano

Nacido en Alejandría a finales del siglo I d. de C. Después de haber seguido un curso de abogacía, ejerció esta profe­sión en Egipto.

Más tarde, en tiempos de Adriano (117-138), se trasladó a Roma, don­de, obtenida la ciudadanía romana, entró en la administración del Imperio. Al subir al solio Antonino Pío (138-161), obtuvo del emperador el ambicionado cargo de procu­rador imperial, gracias a una carta que es­cribió a su amigo Frontón, al que envió como regalo algunos esclavos.

Bajo Marco Aurelio (161-180) fue nombrado abogado del fisco, aunque era ya viejo en tiempos del emperador anterior. Su participación activa en los acontecimientos de su tiempo y el conocimiento de los hechos que podía obtener en las esferas oficiales de la corte, le procuraron aquel sentido político y aque­lla experiencia de los asuntos del Estado que revela su Historia romana (v.), en la que, en lugar de seguir el acostumbrado sistema analista, se estudian por separado los hechos relativos a cada uno de los pue­blos que fueron entrando en contacto con Roma.

Apiano no es más que un compilador, pero muestra un sagaz criterio en la elec­ción de las fuentes, por lo que nos ha de­jado materiales de gran valor.

Apicio

Apodo de M. Gavio, que vivió en tiempos de Tiberio y fue famoso por su vida disoluta, en la que dilapidó su consi­derable patrimonio.

Conocido, además, por sus desordenadas y venales relaciones con Seyano, según refiere Séneca, poseía toda­vía diez millones de sextercios cuando se envenenó por miedo a una imaginaria miseria.

Fue llamado Apicio por su seme­janza con un famoso disoluto que vivió en el siglo II a. de C. Con su nombre nos ha llegado un tratado Del arte de cocinar (v.), que habría escrito para uso de cocineros señoriales.

Extractado después para ponerlo al alcance de un público más extenso, su­frió sucesivamente retoques y adiciones que alteraron profundamente el texto ori­ginal.

Apolinar de Laodicea, el Joven

Nacido ha­cia 310, m. alrededor del 390. Hijo del ho­mónimo retórico cristiano llamado el Vie­jo, vivió al lado de su padre y colaboró con él, incluso después de haber sido nom­brado obispo (361).

Pero ya entonces debía haber comenzado a desenvolver aquella ac­tividad de exegeta y de teólogo que le llevó a elaborar las doctrinas por las que se le recuerda. Con Apolinar, en efecto, puede decirse que las discusiones teológicas, que con el arrianismo se habían concentrado en torno a la Trinidad, adquieren y vuelven a tener por objeto principal un problema cristológico: la unión de las dos naturalezas en la única naturaleza de Cristo.

Apolinar fue víctima de la incertidumbre entonces reinante: para él, en efecto, «naturaleza» venía a signifi­car lo mismo que «persona». Por ello, para asegurar la unidad de persona, y aceptando la división en tres partes, según los filósofos, del hombre en cuerpo, alma y alma racio­nal («ñus» o también «logos» en cuanto reflejo del Logos, Verbo divino), o la bíblica en carne, alma y espíritu, o considerán­dolas coincidentes (se discute este punto), dedujo que en Jesucristo el Verbo divino había tomado el lugar del alma racional.

Con ello, la humanidad de Cristo no podía llamarse perfecta; y más bien que de enanthropesis (literalmente: «in-humanación») se habla de sarkosis («en-carnación», a «asun­ción de la carne»); se abría así el camino hacia el monofisismo.

Pero el «ñus» im­plica también una voluntad libre, capaz de escoger y de pecar: atribuirlo a Jesucristo le parecía a Apolinar — que carecía de una no­ción exacta del pecado original— equivalente a negar su impecabilidad. Además, Apolinar se mostraba contrario a la teología de los antioquenos, los cuales exaltaban la huma­nidad de Cristo con menoscabo de la divi­nidad.

De esta hostilidad contra los antio­quenos nacieron las disputas del Concilio de Alejandría del 362 y la condena de las doctrinas, pero no de la persona de Apolinar, que continuó gozando de gran prestigio (en 374- 375, San Jerónimo asistió a sus lecciones), mientras un discípulo suyo, Vital (consa­grado más tarde por Apolinar obispo del grupo disidente en Antioquía), suscitaba también sospechas en Roma, San Basilio se sepa­raba de él y San Epifanio lo combatía de un modo declarado.

De aquí la condena en Roma (377) y en otros concilios hasta el segundo ecuménico de Constantinopla (381), que fueron seguidos de decretos represivos de Teodosio. A pesar de lo cual, sobrevi­vieron grupos apolinaristas en torno a Ti­moteo (consagrado por Apolinar obispo de Berito o Beirut), y a ello se deben las numerosas falsificaciones (reveladas por el Adver sus fraudes apollinaristarum de Leoncio de Bizancio), por las cuales escritos, o frases, de Apolinar  fueron atribuidos a escritores ortodo­xos.

Y ello hace muy difícil identificar las obras de Apolinar que se han conservado (v. Tra­tados). Sabemos que combatió a Porfirio en 30 libros y a Juliano el Apóstata (De la verdad); además, a Orígenes, a Eunomio y a Marcelo de Ancira, a Diodoro de Tarso y a Flaviano de Antioquía. La Paráfrasis, o Metáfrasis, sobre el Salterio (v. Poemas), en hexámetros, ha querido arrebatársela alguien; se reconocen generalmente como suyos: tres escritos seudoatanasianos, Quod unus sit Christus, De incamatione Del Verbi, una carta (distinta de la auténtica) al emperador Joviano, un De unione corporis et divinitatis in Christo y un De fide et incamatione, atribuidos tradicionalmente al papa Julio I.

A. Pincherle