Nacido hacia 310, m. alrededor del 390. Hijo del homónimo retórico cristiano llamado el Viejo, vivió al lado de su padre y colaboró con él, incluso después de haber sido nombrado obispo (361).
Pero ya entonces debía haber comenzado a desenvolver aquella actividad de exegeta y de teólogo que le llevó a elaborar las doctrinas por las que se le recuerda. Con Apolinar, en efecto, puede decirse que las discusiones teológicas, que con el arrianismo se habían concentrado en torno a la Trinidad, adquieren y vuelven a tener por objeto principal un problema cristológico: la unión de las dos naturalezas en la única naturaleza de Cristo.
Apolinar fue víctima de la incertidumbre entonces reinante: para él, en efecto, «naturaleza» venía a significar lo mismo que «persona». Por ello, para asegurar la unidad de persona, y aceptando la división en tres partes, según los filósofos, del hombre en cuerpo, alma y alma racional («ñus» o también «logos» en cuanto reflejo del Logos, Verbo divino), o la bíblica en carne, alma y espíritu, o considerándolas coincidentes (se discute este punto), dedujo que en Jesucristo el Verbo divino había tomado el lugar del alma racional.
Con ello, la humanidad de Cristo no podía llamarse perfecta; y más bien que de enanthropesis (literalmente: «in-humanación») se habla de sarkosis («en-carnación», a «asunción de la carne»); se abría así el camino hacia el monofisismo.
Pero el «ñus» implica también una voluntad libre, capaz de escoger y de pecar: atribuirlo a Jesucristo le parecía a Apolinar — que carecía de una noción exacta del pecado original— equivalente a negar su impecabilidad. Además, Apolinar se mostraba contrario a la teología de los antioquenos, los cuales exaltaban la humanidad de Cristo con menoscabo de la divinidad.
De esta hostilidad contra los antioquenos nacieron las disputas del Concilio de Alejandría del 362 y la condena de las doctrinas, pero no de la persona de Apolinar, que continuó gozando de gran prestigio (en 374- 375, San Jerónimo asistió a sus lecciones), mientras un discípulo suyo, Vital (consagrado más tarde por Apolinar obispo del grupo disidente en Antioquía), suscitaba también sospechas en Roma, San Basilio se separaba de él y San Epifanio lo combatía de un modo declarado.
De aquí la condena en Roma (377) y en otros concilios hasta el segundo ecuménico de Constantinopla (381), que fueron seguidos de decretos represivos de Teodosio. A pesar de lo cual, sobrevivieron grupos apolinaristas en torno a Timoteo (consagrado por Apolinar obispo de Berito o Beirut), y a ello se deben las numerosas falsificaciones (reveladas por el Adver sus fraudes apollinaristarum de Leoncio de Bizancio), por las cuales escritos, o frases, de Apolinar fueron atribuidos a escritores ortodoxos.
Y ello hace muy difícil identificar las obras de Apolinar que se han conservado (v. Tratados). Sabemos que combatió a Porfirio en 30 libros y a Juliano el Apóstata (De la verdad); además, a Orígenes, a Eunomio y a Marcelo de Ancira, a Diodoro de Tarso y a Flaviano de Antioquía. La Paráfrasis, o Metáfrasis, sobre el Salterio (v. Poemas), en hexámetros, ha querido arrebatársela alguien; se reconocen generalmente como suyos: tres escritos seudoatanasianos, Quod unus sit Christus, De incamatione Del Verbi, una carta (distinta de la auténtica) al emperador Joviano, un De unione corporis et divinitatis in Christo y un De fide et incamatione, atribuidos tradicionalmente al papa Julio I.
A. Pincherle

