Aqueles Tacio

Fue considerado duran­te mucho tiempo como uno de los novelistas más tardíos; pero el reciente descubrimien­to de un papiro milanés de finales del si­glo II o comienzos del III d. de C. nos ha dado la seguridad de que floreció en el siglo II d. de C.

Nació en Alejandría, ya que es llamado alejandrino por Suidas y en los manuscritos de la obra, y a dicha ciudad rinde homenaje en el comienzo del libro V de la novela. Con toda seguridad se formó en Alejandría, donde se inició en los estudios retóricos, gramaticales, histó­ricos y científicos. El comentarista Thomas Magister le llama «retórico», y así se des­prende de sus discursos, su manera estilís­tica típicamente retórica.

Dice Suidas que al final de su vida se hizo cristiano y llegó a obispo; pero aunque el tono pagano de toda la obra de Aqueles Tacio no es un argumen­to negativo para su conversión al cristia­nismo, la noticia de que terminó en una sede episcopal es totalmente increíble, qui­zás tomada de un episodio análogo de la vida de Heliodoro.

Nuestro autor escribió un libro sobre Etimología y una obra his­tórica. Compuso, además, un tratado astro­nómico, Sobre la esfera, cuya paternidad le había sido negada por los estudiosos hasta el descubrimiento del papiro milanés. De ella nos han llegado algunos fragmentos con­tenidos en la poesía astronómica de Arato (Cod. Laur. 28, 44).

La obra más importante de Aqueles Tacio es la novela titulada Las aventuras de Leucipo y Clitofón (v.), en 8 libros: la novedad de esta obra con respecto a sus precedentes estriba en que el mismo protagonista narra las aventuras de sus amores con Leucipo, tomando como punto de partida un cuadro que representaba el rapto de Europa, lo cual ya tiene un precedente en el poemita de Mosco Europa, en el que la narración del rapto de Europa se vin­culaba a la descripción de las aventuras de Ío.

La novela de Aqueles Tacio, de gusto bizantino, es interesante tanto por la trama na­rrativa como por el estilo. Fue imitada, en efecto, por Eustacio y por Niceto Eugeniano. El patriarca Focio apreciaba el arte y la manera de «narrador» de Aqueles Tacio, pero criticaba ciertos episodios y digresiones, porque se alejaban de la pureza de senti­mientos y de vida que hubiera deseado.

Por el contrario, el autor del epigrama 203 del libro IX de la Antología Palatina exhor­taba al lector a considerar la obra como un tesoro, ya que veía en ella un elogio de la castidad y la exaltación de la virtuosa templanza en el amor.

M. T. Chianura

Apuleyo

Nacido hacia 125 en Madaur?. (África), en los confines de Getulia y Numidia, de familia muy distinguida; m. en Cartago en fecha ignorada. Realizados en Cartago los estudios retóricos, pasó a Ate­nas, donde se educó en el culto a Platón.

Realizó estudios sobre toda suerte de mate­rias: ciencias naturales, astronomía, medi­cina, música; y compuso también poesías. Deseoso de viajar, visitó muchos países. Y tras una estancia en ellos, cuya duración desconocemos, volvió a Cartago, donde pa­rece que se estableció.

El episodio más co­nocido de su vida fue el proceso incoado contra él en Oea (Trípoli) por los parientes de una rica viuda, Pudentila, los cuales le acusaban de haber seducido a aquella mujer mediante filtros y encantamientos y haberla obligado al matrimonio por la codi­cia de su dote.

Se defendió felizmente de tal acusación en su brillante y copiosa Apo­logía (v.) (en los manuscritos figura con el título de Pro se de magia líber); la auto­defensa fue pronunciada quizá entre el 155 y el 158 ante el tribunal de Claudio Má­ximo, procónsul romano en África.

La Apo­logía es el único discurso forense que nos queda de todo el período imperial. El dis­curso, juzgado por San Agustín de «copio­sísimo y disertísimo», fue revisado más tarde por el autor, de acuerdo con una cos­tumbre general de los oradores, y aumen­tado y embellecido con adornos literarios.

El discurso pronunciado fue con toda segu­ridad mucho más breve en la argumentación, menos rico en anécdotas y en dono­suras, menos refinado y exquisito en su estilo, ya que Apuleyo apenas dispuso de tres o cuatro días para preparar su defensa.

En la segunda parte de su vida lo encontramos en Cartago, donde recibió numerosos testi­monios de consideración y donde continuó desarrollando su actividad de orador y dan­do nuevas pruebas de una elocuencia des­lumbradora y resonante como hasta enton­ces no se había oído: la gente culta de Car­tago, como había hecho la de Oea, acudía a aquellas conferencias como si fueran un espectáculo público.

Nadie más apto para suscitar la admiración de sus auditores que Apuleyo, perfecto conocedor de las dos lenguas, el latín y el griego, y que en las dos, alter­nativamente, había sabido celebrar en prosa y en verso, en la basílica de Cartago, al dios Esculapio, de quien se había conver­tido en panegirista en todas las ciudades de África. Entre sus escritos menores figu­ran el tratado Platón y su dogma (v.), el opúsculo El demonio de Sócrates [De deo Socratis], donde se expone la doctrina de­moníaca; el De mundo y los Florida (v.), una colección de 23 fragmentos oratorios seleccionados de los discursos públicos de Apuleyo.

Su mayor fama como escritor ha que­dado vinculada a las Metamorfosis (v.), que los antiguos conocían también con el nombre de El Asno de oro [Asinus aureus]: una novela en once libros en la que se des­criben las peripecias de un joven (Lucio) transformado en asno mediante un ungüento mágico y vuelto más tarde, tras múltiples aventuras, a la forma humana. Las Metamorfosis se terminan entre celebraciones de los sagrados misterios.

El libro undécimo, que comienza con una temerosa alegría re­ligiosa, continúa siendo hasta el final el espléndido libro de las visiones estáticas, de la liturgia mística y de las iniciaciones sacras; y la personalidad del autor se per­fila de un modo preciso en la del protago­nista, que no es ya aquel Lucio natural de Grecia, sino la del «Madaurensis», el natu­ral de Madaura, el africano Apuleyo, en suma, filósofo y sacerdote. En las Metamorfosis se despliega todo el bagaje estilístico de Apuleyo, uno de los escritores más personales de la literatura clásica.

C. Marchesi

Guillaume Apollinaire

Nacido en Roma el 26 de agosto de 1880, m. en París el 11 de noviembre de 1918. Hijo de padre des­conocido (probablemente el oficial italiano Francesco Flugi d’Aspermont) y de una noble polaca, de la familia de los Kostrowitzky, llevó al principio el apellido de su madre.

Junto con ella, mujer de escasos prejuicios y maniática de los juegos de azar, abandonó pronto Italia y, tras breves permanencias en diversos lugares, se trasladó a París. Precozmente sensible, entris­tecido por las míseras condiciones económi­cas y por los desequilibrios de una educa­ción sin norma, trató muy joven de apro­vechar sus muchas experiencias culturales empleándose como preceptor en casas de familias ricas y haciendo con éstas largos viajes por Centroeuropa, durante los cuales comenzó a componer versos.

A los 22 años, siendo preceptor en casa de una familia alemana, empezó a enviar, desde Renania, algunos cuentos y poesías a la Revue Blanche, que llamaron la atención de Alfred Jarry y de Félix Fénéon.

A partir del otoño de 1902 se estableció en París, lo­grando al principio poder subsistir mediante un modesto empleo en un Banco, y más tarde con el periodismo y otras publicacio­nes. En 1903 y 1904 editó una modesta revista, Le festin d’Esope, a la que confió las primicias de una larga narración en prosa: L’enchanteur pourrissant, que deno­taba todavía la influencia del simbolismo.

Entre tanto, había trabado amistad con jó­venes destinados, como él, a la fama. Con éstos — entre los cuales André Salmón, Max Jacob y Picasso — descubrió su propia vo­cación de artista inquieto, no enemigo de la tradición, pero permanentemente a la búsqueda de formas nuevas que le permitieran la expresión de un lánguido pero poderosísimo círculo de sentimientos.

En 1910 reunió sus relatos en un volumen titu­lado L’Hérésiarque et Compagnie, el cual le valió el aliento de Elémir Bourges y obtu­vo, además, algún voto en el premio Goncourt de aquel año. Pero su gloria más du­radera ha quedado ciertamente vinculada a los dos volúmenes de poesía titulados Alco­holes (1913, v.) y Caligramas (1918, v.).

En el primero había reunido lo mejor de quin­ce años de producción poética. Los amores rechazados, la fuga del tiempo, la incertidumbre del mañana son los temas eternos, desarrollados frecuentemente con un arte indefinible que los rejuvenece y los hace más conmovedores.

En 1910 Apollinaire ordena de nuevo e incrementa sus colecciones de ver­sos (muchísimos inéditos han continuado y continúan apareciendo después de su muer­te); satisface una extraña inclinación a la literatura libertina rebuscando con minucio­sidad de erudito en el «infierno» de la Bi­blioteca Nacional parisiense; presentado por Léautaud, trabaja en el Mercure de France; y colabora — llegando a ser el más impor­tante personaje de Montmartre— en los movimientos artísticos más avanzados, mos­trándose crítico muy sensible en el libro Los pintores cubistas (1913, v.).

Vierte su espí­ritu en una novela rabelesiana (El poeta ase­sinado, 1916, v.) y en una especie de farsa surrealista (Los senos de Tiresias, 1917, v.). Poeta de los más auténticos de principios del XX y hombre activísimo, y al mismo tiempo sombrío, era capaz de abandonar las vio­lencias fáciles para seguir con penoso aban­dono una repentina imagen amorosa.

Su cosmopolitismo intelectual se concreta en los límites apasionados de su naturaleza francoitaliana; y de tal inspiración es una composición lírica que publicó en La voce de Florencia el 15 de noviembre de 1915: Á Vltalie. En 1914, apenas iniciada la gue­rra, había partido como voluntario; y en el 16 resultó herido en la cabeza.

La tre­panación del cráneo pareció curarlo, y co­mienza a escribir de nuevo; pero su natu­raleza ha quedado muy debilitada y no resiste a la epidemia de gripe de 1918. Y el destino le hace morir bajo el nombre de la tierra de nacimiento: en el hospital ita­liano de París.

F.Giannessi

Apolonio de Rodas

Nacido en los primeros años del siglo III a. de C. en Alejandría o en Naucratis; más probablemente en la primera ciudad, en el seno de una familia que procedía de Naucratis. La tradición le llama de Rodas porque en Rodas pasó los últimos años de su vida y porque casi con toda seguridad adoptó la ciudadanía rodia.

Realizó sus estudios en Alejandría, tenien­do como maestro a Calimaco y como com­pañero de escuela a Eratóstenes, destinado a sucederle en la famosa Biblioteca alejan­drina. Cuando tenía alrededor de 30 años, es decir, entre el 270 y el 265, Apolonio  fue nom­brado por el rey Tolomeo II Filadelfo bi­bliotecario para suceder al célebre gramá­tico Zenodoto.

En aquel tiempo, las rela­ciones entre Apolonio y su maestro Calimaco toda­vía eran afectuosas: por ello es bastante probable que el rey hubiera designado pri­mero a Calimaco como sucesor de Zeno­doto, y que después Calimaco renunciara a la dirección de la Biblioteca en favor de su discípulo.

Coetáneamente al nombramien­to de bibliotecario, Apolonio recibió el encargo de educar al hijo de Tolomeo Filadelfo, el futuro Tolomeo III Evergetes. Durante los veinte años que pasó en Alejandría al frente de la Biblioteca, compuso Apolonio su obra fundamental, Argonáuticas (v.), al mismo tiempo que otros numerosos libros sobre gramática.

Pero si en aquellos años la lite­ratura griega adquirió un monumento poé­tico, Apolonio no supo granjearse la amistad de su real alumno, ya que poco después, el año 246 a. de C., en que Tolomeo Everge­tes subió al trono, Apolonio fue obligado a aban­donar Alejandría y retirarse a Rodas, donde permaneció hasta el final de su vida.

No fue ajena a la desgracia de Apolonio la reina Berenice, hija de Maga de Cirene, con quien se había casado Tolomeo el 247; todo el favor de la reina se volcó en sus célebres conciudadanos Calimaco y Eratóstenes.

En este tiempo, se habían ya iniciado sin duda las disensiones entre Apolonio y Calimaco: la enemistad del maestro, la rivalidad de Eratós­tenes y la escasa simpatía de Berenice de­terminaron que el rey fuera considerando poco a poco a Apolonio  como persona poco grata en la corte.

Probablemente durante su per­manencia en Rodas, redactó Apolonio  una segun­da edición de Argonáuticas; pero es indu­dablemente falsa la noticia que nos ha trans­mitido una antigua Vida, según la cual hubo de dedicarse a dar lecciones de retó­rica a causa de su mísera situación eco­nómica.

Apolonio no sólo debió la celebridad a su poema épico, sino también a la famosa y violentísima polémica literaria que man­tuvo, aproximadamente entre el 246 y 240 a. de C., con su maestro Calimaco. Afirmaba éste que el único requisito de la poesía consistía en su esencia lírica, y había con­denado por ello, en bloque, toda la poesía épica antigua por su incapacidad de man­tener desde el principio hasta el fin, a cau­sa de su longitud, una continuidad de tono y de inspiración.

Esta y otras afirmaciones no menos revolucionarias suscitaron la in­dignación de Apolonio  que había consagrado toda su actividad de erudito y todo su arte a la tentativa de renovar los fastos de la poe­sía homérica.

Se alinearon al lado de Apolonio , en defensa de Homero, otros famosos poe­tas, como Asclepíades y Posidipo, y erudi­tos como el gramático Prasífanes de Mitilene. Calimaco murió sin reconciliarse con su antiguo alumno.

Y no puede aceptarse seriamente la leyenda según la cual, al final de su vida, Apolonio habría vuelto a Alejandría, donde, acogido con grandes honores por la nueva redacción de su poema, habría sido sepultado junto a Calimaco, haciendo ter­minar al fin, en el común reposo de la muerte, el odio que los había separado en vida.

G. Morelli

Apolonio de Perge

Nacido hacia el 262 a. de C. en Perge, en Panfilia; se ignora el año y el lugar de su muerte. Vivió largo tiempo en Alejandría, primero como discí­pulo y más tarde como profesor en la es­cuela de los sucesores de Euclides, escuela que recibió nuevo impulso de Apolonio.

Realizó numerosos viajes y residió también durante algún tiempo en Éfeso y en Pérgamo, a cuyo rey Atalo I (224-197) dedicó el cuarto libro de su tratado sobre las figuras Cóni­cas (v.). Apolonio hizo con respecto a las figuras cónicas lo que Euclides había hecho un siglo antes en cuanto al círculo, y fue él quien dio a las secciones del cono las deno­minaciones todavía en uso: parábola, hi­pérbola, elipse.

Aunque sólo cuatro, de los ocho libros de que estaba compuesto, hayan llegado a nosotros en el texto original (po­seemos otros tres en idioma árabe), el tra­tado es tan completo que habían de pasar siglos antes de que pudiera añadirse algo al tema. Además de este libro, Apolonio escribió otras obras sobre matemáticas. Han llegado a nosotros, en versión árabe, dos libros so­bre Divisiones de las proporciones, una obra sobre Tangencias y dos libros sobre Lugares planos.

Entre los escritos perdidos se cono­cen los títulos de una obra sobre Resolu­ción rápida y otra sobre espejos ustorios. Después de Arquímedes, Apolonio es el más pro­fundo y original de todos los matemáticos griegos. Los antiguos le atribuyeron la in­vención de una forma especial de reloj so­lar y precursores descubrimientos astronómicos.